Propiedad de Thorne: El castigo que quema

 Un día más en la vida de Julian Thorne, el hombre que había cambiado mi vida, pero ya no todo no era perfecto, mi mente y mi cuerpo se encontraban distanciados y esa diferencia de objetivos estaba castigando mi alma lentamente. La decisión que iba a tomar podía cambiar todo y llevarme a una vida muy diferente de la que estaba viviendo, pero no estaba segura si era lo que realmente deseaba en ese momento., mi mente dudaba de mi actual situación. El día transcurrió rápido en esa mansión, la noche estaba por llegar y sabia que muy pronto él aparecería, por eso tenía que decidir rápidamente que decisión debo tomar con respecto a la vida con Julian Thorne.

La séptima noche fue la primera vez que intenté rebelarme de verdad. La decisión estaba tomada. El secreto de Isabella me había envenenado y poco a poco ese veneno me estaba matando. Cada vez que Julian me tocaba, veía sus manos en el cuello de otra mujer. Cada vez que me susurraba “mía”, recordaba que había sido capaz de destruir a alguien antes que a mí. Y esas palabras empezaron a pesar, mi mente se había vuelto un mar de dudas, no podía dormir tranquila, esos pensamientos contaminaban mi mente. Miraba el techo con atención buscando un momento de calma en mi mente y en mi corazón, me movía mucho en mi cama, todo era muy pesado, hasta que me cansé y al fin cerré mis ojos y pude descansar mi cuerpo, libre de las preocupaciones que me agobiaban.

Esa mañana, cuando me desperté sola en su cama, decidí que no podía seguir así. Me vestí con la ropa que había traído el primer día (un vestido sencillo que ya parecía de otra vida) y bajé hasta la puerta principal. El corazón me latía en la garganta. La mansión estaba en silencio. Quizás podría llegar al bosque. Quizás podría huir. Pensaba en escapar, desde mi llegada esa idea no había pasado por mi mente, ahora tenía un mar de dudas y la idea de escapar era algo que a cada minuto se hacía más palpable. Dudaba que Julian Thorne me cuidaría, él era capaz de destruirme como la chica del cuadro y ese era mi miedo, tener el mismo final que ella tuvo.

La puerta estaba cerrada con llave. Por supuesto.

—Intentando escapar tan pronto? —la voz de Julian resonó detrás de mí, fría como el acero.

Me giré. Estaba al pie de la escalera, con los brazos cruzados y esa mirada que me hacía sentir pequeña. No había ternura. Solo peligro. Esa mirada era capaz de atravesar mi cuerpo en ese momento.

—No puedo seguir así —dije, la voz temblando, pero firme—. Lo de Isabella… me aterra. No quiero terminar como ella. Ese es mi mayor miedo y no podía ocultarlo.

Julian subió los escalones lentamente, como un depredador. Me agarró del brazo y me arrastró de vuelta al sótano sin decir una palabra. Me empujó dentro de la sala de juegos y cerró la puerta con llave.

—Desnúdate —ordenó.

—No.

Su sonrisa fue aterradora. Me agarró del cabello y me obligó a arrodillarme. Su fuerza superaba la mía ampliamente.

—Regla número seis —dijo con voz peligrosa—: Intentar huir se castiga. Severamente.

Me ató a la gran cruz, completamente desnuda, con las piernas y brazos abiertos. Me vendó los ojos. Luego empezó el castigo.

Primero, la pala de cuero. Nalgadas fuertes y precisas en mis nalgas, en los muslos, en mis pechos. Cada golpe resonaba en la sala. Gemía y lloraba, pero mi sexo estaba empapado. El dolor se convertía en calor que se evidenciaba entre mis piernas. Mi cuerpo seguía reaccionando de manera placentera a sus castigos, mi mente quería escapar de su dominio, pero no había dudas que me cuerpo no estaba liberado de ese poder que ejercía Julian Thorne sobre mí.

—Dime que lo sientes —exigió, dando una nalgada especialmente fuerte.

—Lo siento… señor…

No fue suficiente. Sacó un flogger y lo pasó por mi piel sensible. Los azotes llovieron sobre mi cuerpo: espalda, pechos, vagina. Cada golpe hacía que mi clítoris palpitara. Estaba llorando, suplicando, pero también goteando sobre el suelo. Era contradictoria esa situación, ardía de rabia, pero mi cuerpo lo deseaba dentro de mi y cada golpe despertaba una sensación placentera mezclada con dolor que se acumulaba en mi sexo, causando tanta excitación. 

Julian se detuvo. Sentí su aliento en mi sexo hinchado.

—Tan mojada incluso cuando te castigo… —murmuró—. Eres perfecta para mí. Reaccionas como deseo y estas dispuesta a complacerme.

Me comió el sexo con hambre salvaje, sus lamidas sobre mi piel eran intensas, deseaba devorarme y lo estaba demostrando, su lengua acariciaba toda mi vagina con lamidas largas, de abajo hacia arriba me acariciaba, con esa intensidad que me enloquecía, en cada lamida rozaba mi clítoris logrando estremecerme de placer, cerraba mis piernas instintivamente sobre la cabeza de Julian Thorne, quien me obligaba a mantenerlas abiertas para que siguiera devorándome.

Subió la temperatura de sus caricias y tomo su clítoris con sus labios transmitiéndome el calor de su boca, no me dejo descansar, sus labios acariciaron mi clítoris con esa intensidad tan salvaje que estaba demostrándome, él seguía chupando mi clítoris y penetrándome con la lengua, combinando esas caricias para llevarme a ese punto tan alto del placer, las caricias de su boca me estaban enloqueciendo, mi cuerpo no podía soportar tanto placer, estaba a punto de no soportar tanto placer hasta que me corrí gritando de placer por la intensidad de mi orgasmo. Pero no me dio descanso. 

Me penetró con un dildo grueso mientras me ponía pinzas en los pezones. Me penetró sin piedad, negándome el orgasmo una y otra vez. Eso era un castigo tan agotador que aumentaba mi deseo y mi frustración, deseaba correrme una y otra vez con esa intensidad que me dejara completamente sin fuerzas para moverme, con la mente en blanco y así olvidarme de todas mis dudas y solo disfrutar el momento que pasábamos juntos y volviera a disfrutar con tanta intensidad sus castigos de placer

—Suplica —ordenó.

—Por favor… señor… déjame correrme… por favor…

—Dime que no volverás a huir. Quiero escuchar tu voz decirlo, no me hagas esperar.

—No huiré… soy tuya… por favor…

Me dejó correrme. El orgasmo fue devastador. Grité hasta quedarme ronca, mi sexo contrayéndose violentamente alrededor del juguete. Julian lo sacó y me penetró con su pene de un solo golpe brutal. Al entrar una corriente de placer me atravesó de manera fulminante dejando mi abrumado de tanto placer 

—Esto es lo que pasa cuando intentas dejarme —gruñó, penetrándome con embestidas salvajes—. Te recuerdo a quién perteneces y es algo que no debes olvidar y si lo haces te lo hare recordar.

Me penetró como un animal: duro, profundo, sin piedad. Julian se había dejado llevar por su instinto. Me dio la vuelta, me puso a cuatro patas y me penetro el culo mientras me daba nalgadas. Me dolía menos que las otras veces, me había acostumbrado un poco a ese vigor tan salvaje que me demostraba, pero no podía negar que solo era placer, era una mezcla disfrutable del dolor y el placer. Una sensación rara y que disfrutaba, me había convertida en una esclava de sus más aberrantes fantasías  

Me corrí otra vez, sollozando de placer y dolor. Al final me puso boca arriba, me sujetó las muñecas y me penetró mirándome a los ojos, ese momento fue intenso, me hizo sentir que era una persona muy importante en su vida, ese momento fue muy íntimo, sentí un momento especial entre los dos, que no solo sexo y deseo, que existía un tipo de conexión especial que no lo podía explicar.

—Te amo —dijo entre embestidas—. Te amo tanto que preferiría destruirte antes que perderte.

Sus palabras eran una promesa que se volvía peligrosa y a su vez alegraba mi corazón, lo de nosotros era una dependencia extraña por nuestros fetiches, el destino nos había unido y la incertidumbre de a donde nos llevaría esta loca historia era lo que me había hecho dudar de permanecer a su lado.

Se corrió dentro de mí con un rugido, llenándome hasta desfallecer. Luego me desató, me llevó a la cama del sótano y me abrazó mientras yo lloraba contra su pecho.

—No vuelvas a intentarlo —susurró, besando mis lágrimas—. Porque la próxima vez no será un castigo. Será una lección que no olvidarás jamás.

Me quedé dormida entre sus brazos, el cuerpo dolorido pero el corazón latiendo solo por él. El miedo seguía ahí, pero también una verdad aterradora: incluso su castigo me hacía sentir viva. Incluso su oscuridad me atraía. Meterme de lleno en su oscuridad era lo que me hacia sentir más viva, era algo que no lo podía negar, me costaba admitirlo. Pero era mi gran realidad.

Julian Thorne me estaba destruyendo.  

Y yo ya no quería que parara. Sin importarme las consecuencias de esa destrucción. Esperaba que esta relación no cambiara a pesar de las dudas del momento.



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