El último protocolo

 

Moscú lo recibió como un activo de alto valor, no como un prisionero. Lo llevaron a un edificio sin nombre en las afueras, con paredes grises y ventanas que no se abrían. Le quitaron el rastreador antiguo y le implantaron uno nuevo, más sofisticado. Lo interrogaron durante horas con métodos limpios: privación de sueño, preguntas repetidas, imágenes de su pasado proyectadas en pantallas. Helen estaba presente en casi todas las sesiones. A veces tomaba notas. A veces solo lo miraba. Era una mera espectadora mientras Diego resistía las torturas y desafiaba a sus secuestradores con su mirada orgullosa.

Por las noches la dejaban entrar en su celda. No había esposas. No había cámaras visibles. Solo ella, desnuda bajo un albornoz negro, y el silencio cargado entre ambos. La primera noche se limitó a tocarlo. Le recorrió el pecho con los dedos, bajó hasta su pene duro y lo masturbó con lentitud, mirándolo a los ojos. Sus movimientos eran lentos, pausados, pero aplicando la presión suficiente para mantenerlo muy caliente, ella le gustaba tentarlo, mantenerlo en ese punto alto de excitación por mucho tiempo, para después acelerar con una intensidad alta para lograr que se viniera con sus caricias. Le gustaba tentarlo, tenerlo al limite del placer la mayor parte del tiempo, para cuando decidiera acelerar y hacerlo disfrutar como nunca.

Cuando se corrió en su mano, ella se llevó los dedos a la boca y los lamió sin decir nada. La segunda noche se montó encima de él y lo cabalgó en silencio, los movimientos profundos y controlados, como si intentara memorizar cada centímetro. Diego la agarró de las caderas con fuerza suficiente para dejar moretones y embistió hacia arriba hasta que ella se corrió con un gemido ahogado contra su cuello. Se entregan al deseo, dos cuerpos que eran dominados por el placer olvidando que estaban en bandos contrarios, que uno era el prisionero y la otra su carcelera, estaban atrapados en este juego de placer y lujuria desde el momento que se conocieron por primera vez esa noche. Después se quedaron abrazados, sudorosos, sin hablar de traiciones. Solo eran dos amantes que se entregan al placer y que eran muy compatibles cuando sus cuerpos hablaban por ellos.

En la tercera noche él la giró, la puso de rodillas en la cama estrecha y la penetró desde atrás con embestidas lentas y profundas. Una mano le rodeaba el cuello, la otra le frotaba el clítoris. Helen empujaba hacia atrás, buscando más, La embestía sin darle descanso, sin compasión como si solo para ellos existiera ese lugar, ese momento de placer, lejos de los guardias, las traiciones, la agencia y todas esas misiones donde arriesgaron su vida para ganar renombre entre sus compañeros, ahora solo eran dos cuerpos que buscaban disfrutar el placer y complacer al otro hasta el cansancio, y cuando se corrió lo hizo con todo el cuerpo temblando. Diego se derramó dentro de ella segundos después, el rostro enterrado en su espalda. En ese momento, por primera vez, sintió algo parecido a ternura. Y la odió por provocársela.

Al cuarto día le revelaron el objetivo real. Por fin había descubierto toda la verdad y porque era considera para estas personas.

El protocolo se llamaba Oráculo. Una inteligencia artificial diseñada para predecir y manipular redes de espionaje a escala global. Podía anticipar movimientos de agencias, romper alianzas, fabricar traiciones antes de que ocurrieran. Solo podía activarse con la firma biométrica de tres agentes clave creados específicamente para ello. Dos ya estaban muertos. Diego era el último. Su entrenamiento, sus misiones, incluso su personalidad, habían sido moldeados durante años para que su patrón neurológico y su biometría coincidieran exactamente con la llave final. Por eso nunca fue intención de ellos hacerle daño, era demasiado valioso para arriesgarlo, la verdad podía golpear a veces de la manera que menos te la esperas.

Lo trasladaron a un bunker secreto en Crimea, excavado bajo un acantilado que daba al Mar Negro. El viaje se hizo en un yate negro de líneas agresivas. Durante la travesía, Helen y él cogieron en el camarote principal con la puerta sin cerrar. Ella lo montó de frente, las piernas alrededor de su cintura, mirándolo mientras se movía. Había culpa en sus ojos. Había deseo. Había algo roto que ninguno de los dos sabía nombrar. Un sentimiento que no podía ser expresado con palabras y para dos personas que vivían en un mundo donde sobrevivir era lo más importante, ese sentimiento sobraba porque te podía hacer débil y convertirte en el blanco de tus enemigos o ser traicionado por ese sentimiento, por eso a veces solo una mirada para entender todo lo que las palabras no habían explicado.

Cuando se corrieron, se quedaron unidos, respirando el mismo aire denso. Algo entre ellos había cambiado, eso hacia más pesada su convivencia. Se sentía como la última vez que estarían juntos, por eso extendían esa cercanía, tan extraña para dos personas de ese mundo tan peligroso y cruel. El bunker olía a metal y aire filtrado. En la sala central había una consola circular y tres terminales biométricos. El mando ruso, un hombre delgado de pelo blanco llamado Volkov, le explicó el procedimiento con voz calmada. Diego debía colocar la mano en el sensor, recitar una secuencia de códigos mentales implantados durante su entrenamiento inicial, y el Oráculo se activaría.

Diego aceptó.

En el momento exacto en que su palma tocó el cristal, todo cambió.

Sacó el arma que había escondido bajo la consola (la había robado a uno de los guardias durante el traslado) y disparó dos veces. Volkov cayó con un agujero en la frente. El segundo disparo alcanzó a un técnico. El resto reaccionó tarde. Diego se movió con la precisión de quien ha matado muchas veces. Liberó a Viktor Kassel, que resultó estar vivo y encerrado en una celda adyacente, drogado pero consciente. El mentor lo miró con una mezcla de orgullo y algo más oscuro.

—Sabía que lo conseguirías —dijo Kassel con voz ronca.

Helen entró en la sala con el arma en la mano. Apuntó a Diego. Él le apuntó a ella. Kassel se puso de pie con dificultad, sonriendo.

—Ella también es una de las nuestras —explicó el mentor—. Huérfana. Reclutada a los nueve años. El mismo programa que te creó a ti. Todo su “amor”, todas sus traiciones… estaban dentro de los límites de su programación. Igual que tú.

El silencio fue absoluto durante tres segundos.

Luego Helen giró el arma y disparó a Kassel. El proyectil le entró por la sien. El cuerpo del mentor se desplomó contra la consola.

—Ya no —dijo ella con voz temblorosa—. Ya no estoy dentro de ningún límite.

Diego no bajó el arma. Ella tampoco.

—¿Por qué? —preguntó él.

—Porque te amé lo suficiente como para romper el protocolo. Y porque tú también lo rompiste al no matarme en Praga.

Se miraron. El Oráculo seguía a medias activado en las pantallas, esperando la confirmación final que nunca llegaría. Diego bajó el arma. Helen hizo lo mismo. Juntos destruyeron los terminales con disparos precisos y un incendio controlado. Luego escaparon por el túnel de emergencia que daba a una cala escondida

El yate negro todavía estaba anclado. Partieron hacia el sur bajo nombres falsos, rumbo a una identidad nueva en Argentina. Durante tres días no hablaron del pasado. Solo navegaron, comieron y se tocaron como dos personas que ya no sabían quiénes eran fuera del juego.

La última noche el cielo se abrió sobre el Mar Negro. La lluvia caía densa y fría. En la cubierta, bajo el toldo a medias plegado, Helen se quitó la ropa y se acercó a Diego. Él la levantó, la sentó en la barandilla y entró en ella con un movimiento lento y profundo. Ella lo rodeó con las piernas y lo besó mientras la lluvia les empapaba el cabello y la espalda. Cogieron sin prisa, sin violencia, con una ternura rota que dolía más que cualquier traición. Cuando se corrieron, se quedaron abrazados, temblando, el agua resbalándoles por la piel.

Helen apoyó la frente contra la de él.

—¿Algún día podrás confiar en mí?

Diego la miró. La lluvia le corría por la cara como lágrimas que no eran suyas.

—Nunca —respondió—. Por eso todavía te quiero.

El yate siguió avanzando hacia la oscuridad. Atrás, en algún servidor oculto, el Oráculo seguía activo, incompleto, esperando. Ambos lo sabían. Alguien, algún día, vendría a buscarlos.

Pero esa noche, bajo la lluvia, solo existían ellos dos y el sonido del mar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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