La mujer en el mapa
La lluvia en Ciudad de México no caía: se
suspendía. Una llovizna fina y persistente que convertía los reflectores de los
coches en manchas borrosas y hacía que el asfalto oliera a tierra mojada y
aceite caliente. Adrián Varela observaba esa lluvia desde el tercer piso de un
edificio de oficinas en la colonia Roma, con un vaso de mezcal sin tocar en la
mano. Tenía treinta y seis años, la mandíbula marcada por una cicatriz fina que
le cruzaba el lado izquierdo del mentón y la costumbre de no confiar en nadie
que le ofreciera trabajo después de las diez de la noche.
La llamada había llegado a las 10:14 P.M. Voz
de mujer. Firme, con un leve acento que no era del todo mexicano ni del todo
europeo. Había dicho su nombre, Selene Marchand, y había mencionado un objeto
que Adrián juraba haber olvidado: un espejo de obsidiana con filigranas de oro
que no correspondían a ninguna cultura catalogada. El Espejo de Ashara. Solo un
puñado de personas en el mundo conocían ese nombre, y la mayoría estaban
muertas o desaparecidas.
Quedaron en verse en un departamento alquilado
por días en la calle Orizaba. Adrián llegó veinte minutos antes, revisó las
salidas, las ventanas y el espacio bajo la cama por puro reflejo profesional.
Cuando ella apareció, la lluvia le brillaba en el cabello oscuro recogido en un
moño bajo. Llevaba un abrigo negro largo, botas de caña alta y una carpeta de
cuero bajo el brazo. No sonrió al verlo. Solo lo miró con unos ojos color miel
oscura que parecían evaluar el precio exacto de su escepticismo.
—Doctor Varela —dijo—. Gracias por venir.
—No soy doctor de nada que importe —respondió
él—. Y usted no parece restauradora de arte.
¿Quién eres en realidad?
Selene dejó la carpeta sobre la mesa de centro
y se quitó el abrigo. Debajo llevaba una blusa de seda color vino y unos
pantalones negros que se ajustaban con precisión a sus caderas. No había nada
ostentoso en ella, y precisamente por eso resultaba difícil apartar la mirada.
—Restauradora es una palabra útil —contestó—.
Abre puertas. Cierra otras.
Abrió la carpeta. Dentro había fotografías de
alta resolución, un fragmento de mapa dibujado en piel curtida y un análisis
espectrométrico incompleto. Adrián reconoció el estilo del trazo de inmediato.
Lo había visto doce años atrás, en una excavación menor en la sierra de
Guerrero que terminó en desastre. En aquella ocasión solo habían recuperado un
trozo irregular de obsidiana ennegrecida. Dos semanas después, la mujer con la
que trabajaba y con la que compartía cama apareció muerta en el fondo de una
barranca. Accidente, dijeron los informes. Adrián nunca lo creyó del todo.
—¿Dónde consiguió esto? —preguntó, sin tocar
todavía las fotos.
—De un coleccionista que ya no puede usarlo
—respondió Selene—. Y de alguien que sabe que usted tocó un fragmento en 2014.
Adrián levantó la vista. Ella no apartó la
mirada.
—Eso no está en ningún informe.
—No todo lo importante está en los informes.
Se quedó un rato en silencio. La lluvia
golpeaba el cristal con un ritmo monótono. Adrián tomó finalmente una de las
fotografías. El espejo aparecía incompleto, semienterrado en raíces y barro,
pero incluso en la imagen se percibía algo incorrecto en su superficie, no
reflejaba la selva que lo rodeaba, sino una luz interior, como si estuviera
iluminado desde dentro.
—¿Cuánto ofrecen? —preguntó.
Selene dijo una cifra. Adrián no hizo ningún
gesto, pero por dentro calculó que con ese dinero podía desaparecer durante
tres años sin trabajar.
—Y si digo que no?
—Entonces alguien más lo recuperará. Alguien
peor que usted. Y el espejo no distingue entre manos limpias y manos sucias.
Solo distingue entre voluntades fuertes y voluntades rotas.
La forma en que pronunció la última frase le
produjo un escalofrío absurdo. Adrián dejó la fotografía sobre la mesa y se
acercó a la ventana. Abajo, un coche pasó despacio, las ruedas chapoteando.
—Quédese esta noche —dijo él sin volverse—.
Mañana hablamos de logística.
No fue una invitación elegante. Fue una
necesidad. Llevaba meses sin tocar a nadie de verdad, y la presencia de aquella
mujer activaba algo que no era solo atracción sexual. Era reconocimiento. Como
si una parte de él ya supiera cómo olía su piel.
Selene no respondió con palabras. Simplemente
se acercó por detrás, pasó los brazos alrededor de su cintura y apoyó la frente
entre sus omóplatos. El contacto fue breve, pero suficiente para que Adrián
sintiera el calor de ella a través de la tela.
Se giraron al mismo tiempo. El primer beso no
fue suave. Fue un choque. Dientes, lengua, la mano de ella en la nuca de él
tirando hacia abajo, la de él en la cintura de ella subiendo la blusa. La seda
se arrugó entre sus dedos. Selene soltó un sonido bajo cuando él le mordió el
labio inferior. Retrocedieron hacia el sofá sin separarse. Adrián la sentó en
el respaldo y se colocó entre sus piernas. Le abrió los pantalones con prisa,
encontró la tela húmeda de su panty y la apartó. Dos dedos entraron en ella sin
resistencia. Estaba caliente, resbaladiza, ya lista. Selene arqueó la espalda y
apoyó los talones en sus glúteos, empujándolo más adentro.
—Más profundo —susurró.
Él obedeció. La penetró con los dedos mientras
el pulgar frotaba su clítoris en círculos firmes. Selene se corrió rápido, con
las piernas temblando y un gemido que contuvo contra su hombro. Apenas se
recuperó, bajó del sofá, se arrodilló y le abrió el pantalón a Adrián. Su pene
salió erguido y duro. Ella no dudó. La tomó en la boca hasta el fondo, la
garganta relajada, la lengua presionando la vena inferior. Adrián se aferró a
su moño y embistió con cuidado al principio, luego con más fuerza cuando ella
no se apartó. El sonido húmedo de la succión llenó la habitación. Cuando estuvo
cerca, la separó, la levantó y la llevó hasta la pared más cercana. Allí la
levantó por los muslos y la penetró de un solo empujón.
El calor de ella lo envolvió por completo.
Selene enredó las piernas alrededor de su cintura y lo recibió con embestidas
cortas y profundas. Cada vez que él entraba hasta el fondo, ella soltaba un
jadeo roto. Adrián le mordió el cuello, el hombro, el borde de la mandíbula. El
ritmo se volvió brutal. La pared golpeaba con cada embestida. Selene se corrió
una segunda vez con un grito ahogado, el coño apretándolo en espasmos rítmicos.
Adrián aguantó lo suficiente para sentir esos espasmos y después se derramó dentro
de ella con un gruñido largo, enterrado hasta la base.
Se quedaron así un momento, sudorosos,
respirando el mismo aire. Después se trasladaron a la cama sin hablar. El
segundo round fue más lento. Adrián la puso boca abajo, le levantó las caderas
y la tomó desde atrás con embestidas profundas y controladas. Una mano le
rodeaba el cuello, no para apretar, solo para sentir el pulso acelerado bajo
los dedos. Selene empujaba hacia atrás, buscando más. Cuando se corrieron esta
vez, lo hicieron casi en silencio, el cuerpo de ella temblando bajo el de él
durante varios segundos.
Más tarde, con la lluvia todavía golpeando el
cristal, Selene se durmió con una pierna echada sobre las suyas. Adrián no pudo
dormir. Se levantó desnudo, fue hasta la mesa y tomó el fragmento de mapa. La
piel curtida estaba tibia, como si hubiera absorbido el calor de la habitación.
Al pasarle el pulgar por una de las líneas grabadas, la visión lo golpeó sin
aviso.
No fue un recuerdo borroso. Fue una escena
nítida, iluminada desde dentro. Él mismo, doce años más joven, en una tienda de
campaña llena de barro seco. En sus manos había un trozo irregular de obsidiana
negra. Al otro lado de la mesa estaba ella: no Selene, pero casi. Misma
estructura de rostro, mismos ojos color miel, el cabello más corto. La mujer de
entonces sonreía y decía algo que Adrián no podía oír. Después la imagen
cambió. La misma mujer yacía al fondo de una barranca, el cuello en un ángulo
imposible, los ojos abiertos mirando un cielo que ya no veía.
Adrián soltó el fragmento como si quemara. El
corazón le golpeaba la caja torácica. Sudor frío le bajaba por la espalda.
Cuando se giró, Selene seguía dormida. O eso
parecía.
Se acercó a la cama y se quedó mirándola un
largo rato. El perfil, la curva del hombro descubierto, la respiración lenta.
Por un instante absurdo pensó en despertarla y exigir explicaciones. En lugar
de eso, se bañó, se vistió y se sentó en el sillón con el fragmento de mapa
otra vez entre las manos, esperando que amaneciera.
El amanecer llegó gris y húmedo. Cuando la luz
fue suficiente para distinguir los muebles sin encender la lámpara, Adrián miró
hacia la cama.
Estaba vacía.
Las sábanas todavía conservaban el hueco de su
cuerpo y un leve olor a piel y sexo. Sobre la almohada había dejado el
fragmento del mapa… y una nota escrita con letra pequeña y precisa:
Ya te marcó una vez.
Esta es la segunda.
No había firma. No hacía falta.
Adrián se quedó mirando la nota durante un
minuto entero. Después la dobló con cuidado, la guardó en el bolsillo interior
de la chaqueta junto al fragmento de piel curtida, y salió del departamento sin
mirar atrás. Abajo, la lluvia había escampado. El aire olía a tierra mojada y a
algo más antiguo, algo que no debería estar en una ciudad del siglo XXI.
Mientras bajaba las escaleras, Adrián Varela
comprendió dos cosas con absoluta claridad.
La primera: el Espejo de Ashara no era una
leyenda.
La segunda: él ya había sido elegido hacía
doce años. Y esta vez no iba a poder fingir que no lo sabía.
En el bolsillo, el fragmento de mapa latía con
un calor suave, casi imperceptible, como un segundo corazón.
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