La recluta perfecta

 La nieve caía sobre Viena como una cortina lenta y silenciosa. Diego Voss observaba desde la ventana del bar del Hotel Sacher cómo los copos se derretían contra el cristal. Estaba tranquilo, esperando su momento para actuar. Tenía treinta y cuatro años, el cuerpo entrenado hasta el límite y una reputación dentro de la agencia que oscilaba entre “eficiente” y “problemático”. Esa noche su misión era sencilla en el papel: contactar a Helen Moreau, analista financiera de un banco privado suizo-austriaco sospechoso de mover dinero para un cártel de armas. Seducción, confianza, extracción de datos. Nada que no hubiera hecho antes. Era para él otra misión rutinaria, acostumbrado al peligro este tipo de misiones no le robaban la calma.

La vio entrar a las 9: 17 P.M. Abrigo negro de lana, falda lápiz gris oscuro, tacones bajos. El cabello castaño recogido en un moño imperfecto que dejaba ver la nuca. No era la belleza estridente de las operativas de miel que la agencia solía desplegar. Era otra cosa: una presencia quieta, casi seria, que hacía que la gente bajara la voz a su alrededor. Diego sintió el típico impulso profesional mezclado con algo más primario. Se levantó, dejó suficiente dinero en la barra y se acercó con el vaso de whisky todavía en la mano.

—¿Se puede? —preguntó en un alemán con acento deliberadamente neutro.

Helen lo miró. Los ojos eran grises, casi plateados bajo la luz cálida del bar. Sonrió apenas.

—Depende de lo que esté ofreciendo.

—Compañía. Y un whisky mejor que el que está bebiendo usted.

Aceptó. Hablaron de mercados, de la nieve, de un concierto de música de cámara que ninguno de los dos pensaba realmente asistir. Diego dejó que ella llevara la conversación técnica; él solo escuchaba, memorizaba cadencias, buscaba grietas. No las encontró. Helen era precisa, elegante y peligrosamente fácil de desear. Cuando la mano de ella rozó la suya al alcanzar la servilleta, el contacto se prolongó un segundo de más. Alex no lo retiró. La mantuvo buscando prolongar la sensación de su piel.

A las once ya estaban en el ascensor del hotel. La puerta se cerró. Helen lo miró de frente, sin sonreír.

—Usted no es banquero —dijo en francés.

—Tampoco usted es solo analista.

Ella dio un paso. El abrigo se abrió. Debajo llevaba una blusa de seda negra que se adhería al pecho con cada respiración. Diego la empujó suavemente contra la pared del ascensor. La besó. No fue un beso de exploración; fue el comienzo de una batalla donde las lenguas de los dos luchaban por dominar al otro. Helen respondió con la misma intensidad, abriendo la boca, mordiendo su labio inferior hasta casi hacerlo sangrar. Cuando las puertas se abrieron en el quinto piso, salieron sin separarse del todo. La llave de la suite de Diego tembló un instante en su mano antes de girar.

Dentro de la habitación, la ciudad se veía a través de los ventanales como un mapa de luces borrosas. Helen se quitó el abrigo. Diego se quitó la chaqueta. No hubo palabras. Él la giró, la pegó de espaldas contra el cristal frío y le subió la falda hasta la cintura. Las medias de mallas terminaban en la parte alta del muslo. Él pasó la mano por debajo, encontró la tela húmeda de su panty y tiró de ella hacia un lado. Helen jadeó cuando dos dedos entraron en ella de golpe. Estaba caliente, resbaladiza, ya lista. Diego frotó el pulgar contra su clítoris con presión firme mientras la penetraba con los dedos, buscando ese punto interno que la hizo arquearse y soltar un gemido bajo contra el cristal. Quería calentarla, hacerla gemir toda la noche con sus intensas caricias.

—Más —susurró ella.

Él obedeció. La giró de nuevo, la levantó y la sentó en el borde de la mesa de centro. Se arrodilló, le abrió las piernas y hundió la lengua en ella. Helen se agarró a su cabello. El sabor era salado y dulce a la vez. Alex lamió con lentitud deliberada, recorriendo la forma de su sexo aplicándole la presión exacta para calentarla, luego con rapidez, chupando el clítoris entre los labios mientras introducía de nuevo los dedos. Ella llegó al orgasmo con las piernas temblando alrededor de su cabeza, el cuerpo convulsionando en oleadas silenciosas. Cuando bajó, él se puso de pie, se desabrochó el pantalón y sacó su miembro grueso y parado. Elena lo miró, se humedeció los labios y se inclinó hacia adelante. Lo tomó en la boca sin preámbulos, engullendo casi toda la longitud hasta que la punta tocó la garganta. Diego gruñó y se aferró a su moño, guiando el ritmo. Ella no se resistió; al contrario, abrió más la garganta y dejó que él penetrara su boca con embestidas profundas y controladas.

Cuando estuvo al borde, la separó, la levantó y la llevó a la cama. La desnudó por completo. El cuerpo de Helen era delgado pero fuerte, con senos pequeños y firmes, pezones oscuros ya duros. Diego se quitó la ropa restante y se colocó entre sus piernas. Entró de un solo movimiento. Ella soltó un grito ahogado. Él no esperó. Empezó a embestir con fuerza, profunda, el sonido húmedo de sus cuerpos llenando la habitación. Elena enredó las piernas alrededor de su cintura y lo recibió todo. Cada embestida hacía que sus pechos se movieran; Diego se inclinó y tomó un pezón entre los dientes, mordiendo lo justo para arrancarle otro gemido. Se besaron con deseo mientras se entregaron a la lujuria.

Cambió de posición. La puso a cuatro patas. Entró desde atrás, agarrándola de las caderas, y la penetró con ritmo brutal. La mano libre le rodeó el cuello, no para apretar del todo, solo para recordarle quién llevaba el control. Helen empujó hacia atrás, buscando más. El segundo orgasmo la atravesó mientras él seguía moviéndose; el tercero llegó cuando él se inclinó, le alcanzó el clítoris con los dedos y lo frotó en círculos rápidos. Diego aguantó hasta que ella se derrumbó sobre los codos, el cuerpo temblando. Entonces se dejó ir, enterrándose hasta el fondo y corriéndose dentro de ella con un gruñido largo y bajo. Se quedaron así unos segundos, unidos, respirando con fuerza. Cansados de ese intenso encuentro sexual.

Más tarde, bajo las sábanas, Helen trazó círculos ausentes en el pecho de Diego.

—¿Cuánto tiempo llevas en esto? —preguntó ella.

—Demasiado.

Ella sonrió contra su piel. —Yo también.

A la mañana siguiente, mientras ella dormía, Diego copió el contenido del portátil que había dejado en el escritorio. Encontró las transferencias. También encontró algo más: un archivo cifrado con un protocolo de seguridad que no correspondía a un simple analista bancario. Y bajo la almohada de ella, un pequeño estuche de metal. Dentro había un inyector de insulina vacío… y un chip de localización del tamaño de un grano de arroz, todavía con restos de tejido.

Helen se despertó cuando él ya estaba vestido. Se incorporó, desnuda, el cabello suelto sobre los hombros.

—Encontraste el chip —dijo sin sorpresa.

Diego no respondió. Solo miró el inyector.

Ella se levantó de la cama, caminó hacia él sin intentar cubrirse y tomó el estuche de su mano. Lo miro de manera relajada, como si controlara completamente la situación que se estaba formando entre ellos.

—No era para ti. Era para mí. Por si las cosas se complicaban.

—¿Quién eres realmente?

Helen se puso de puntillas y lo besó. El beso fue lento, casi tierno. Cuando se separó, había una jeringa en su mano. La aguja ya estaba en el cuello de Diego antes de que él pudiera reaccionar. El frío se extendió rápido.

—Helen Moreau no existe —susurró ella contra su oído mientras él empezaba a tambalearse—. Y tú, Halcón, acabas de volar directo a la jaula.

La oscuridad llegó mientras él todavía intentaba alcanzarla. Lo último que vio fueron sus ojos grises, perfectamente calmados, y la nieve que seguía cayendo al otro lado de la ventana. 

Cuando recuperó la conciencia, estaba esposado a una silla de metal en un ático con vistas a Budapest. Helen, vestida solo con una camisa blanca de hombre, se sentó a horcajadas sobre sus piernas y le acarició la mejilla.

—Ahora trabajas para nosotros… o mueres —dijo con voz suave—. Y créeme, Diego… todavía no he decidido cuál de las dos opciones me divierte más.


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