Caña y sangre: El despertar de un monstruo
El amanecer sobre los cañaverales del sur no trajo la luz de un nuevo día, sino la claridad de un cementerio humeante. Desde el porche de la casona principal, contemplaba las columnas de humo negro que todavía se alzaban hacia el cielo gris, devorando los restos del trapiche viejo y del granero nuevo. El olor a madera quemada, pólvora y melaza carbonizada flotaba en el aire matutino, pegándose a la garganta con la persistencia de una maldición. Sostenía mi bastón de mando con una rigidez impropia de mi rango; la empuñadura de plata, fría y labrada, era el único eje de simetría en medio del desastre colonial que amenazaba con sepultar mi carrera política. Todo esto se había convertido en un desastre. A mi lado, Don Jorge temblaba de pies a cabeza, con el rostro pálido y las ropas cubiertas de ceniza. No lloraba por la pérdida de sus estructuras; lloraba por el pánico que le inspiraba la presencia del Gobernador de la provincia transformado en una estatua de hielo. —Excelencia... yo...