El cliente VIP

 La suite del penthouse no era solo una habitación; era un santuario de penumbra donde el aire vibraba con una promesa implícita: esta noche, el mundo exterior dejaría de existir. Al cruzar el umbral, mis ojos tardaron en acostumbrarse a la oscuridad, rota únicamente por el resplandor de una ciudad que rugía cuarenta y dos pisos abajo, dejando líneas de plata sobre la alfombra grande de ese cuarto.

Él estaba allí. Una silueta imponente, sentada en el cuero negro del sofá, sosteniendo una copa de whisky como quien sostiene el destino de alguien. No era la belleza convencional lo que me cortaba la respiración, sino su presencia, esa autoridad que emanaba de su mandíbula cuadrada y sus manos grandes, marcadas por venas que prometían una fuerza contenida, era un aura que llenaba toda la habitación.

—Quítate el vestido. Despacio —ordenó. Su voz, una caricia de terciopelo y mando, no dejó espacio a la duda.

La seda negra se deslizó por mi cuerpo con un susurro, revelando la vulnerabilidad de mi piel ante su mirada devoradora. Podía sentir cómo me saboreaba sin moverse, recorriendo cada curva hasta mis tacones de aguja, mientras el frío del aire chocaba con el calor que ya empezaba a irradiar mi cuerpo al sentirme desnuda ante sus ojos.

Bajo su orden, mis rodillas se hundieron en la suavidad de la alfombra. Sus manos, expertas y posesivas, no tardaron en reclamar territorio, despertando gemidos que yo misma desconocía. El mundo se volvió negro cuando la venda de seda cubrió mis ojos; el resto de los sentidos se agudizaron de forma casi dolorosa, al verme privada de uno de ellos.

—Esta noche no vas a ver nada —susurró contra mi oído, marcando su territorio con un leve mordisco—. Solo vas a sentir. Y vas a obedecer sin oponerte.

El sonido metálico de las esposas contra el cabecero de la cama fue el disparo de salida. La anticipación era un veneno dulce. Escuché el clic de un maletín y mi corazón se convirtió en un tambor desbocado, imaginando las herramientas que utilizaría para explorar mis límites de mi cuerpo excitado, que sería torturado de varias formas, mis pensamientos se perdían ante esa anticipación.

El contraste era brutal: el frío del metal en mis pezones y el calor abrasador de su lengua recorriéndome. Me llevó al borde del abismo una y otra vez, solo para retirarme el aliento en el último segundo, cuando mi cuerpo se elevaba a ese mundo del placer que deseaba disfrutar.

—No —sentenció con esa frialdad que me hacía arder—. Todavía no tienes mi permiso.

Cuando finalmente la paciencia se agotó y su peso me reclamó por completo, el encuentro fue una colisión de fuerzas. Cada embestida era un recordatorio de quién tenía el control, un baile salvaje de piel contra piel donde el aroma a whisky y deseo lo inundaba todo.

Incluso después de que el primer orgasmo me hiciera temblar de forma violenta, él no mostró piedad. Entre juguetes que intensificaban cada sensación y órdenes que mi cuerpo acataba sin cuestionar, me perdí en el laberinto de placer que él había diseñado, era como una caja donde yo era su mascota, una caja que no deseaba escapar, era su mascota sumisa a sus órdenes y más oscuros deseos.

Al final, cuando el silencio regresó a la suite y la venda cayó, me encontré refugiada contra su pecho. Sus caricias ahora eran de una ternura inesperada, un contraste fascinante con el hombre que minutos antes me había dominado sin reservas, saciando sus más oscuros deseos, utilizándome como un objeto de placer.

—Esta noche apenas empieza —murmuró, delineando mis labios hinchados con sus dedos.

Exhausta, pero con el deseo renaciendo entre las cenizas de la fatiga, sonreí contra su piel.

—Entonces no pares, Cliente VIP... Soy toda tuya hasta que el sol vuelva a salir.

La versión sin censura la puedes encontrar en el siguiente link;

Cliente VIP



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