Propiedad de Thorne: Las reglas de la mansión
Desperté con el cuerpo dolorido y mi sexo todavía palpitando. Las cintas de seda ya no me sujetaban, pero sentía sus marcas en las muñecas como un recordatorio permanente de lo intenso de la noche anterior. La habitación estaba en penumbras, solo la luz del amanecer se filtraba débilmente por el ventanal. Mis ojos se acostumbraban a esa oscuridad y al silencio de esa habitación Mi vestido estaba arrugado alrededor de mi cintura, mi panty empapado y pegadas a mi piel. Olía a sexo, a sudor y a él. Julian Thorne.
Me incorporé lentamente, las piernas temblorosas. Entre mis muslos sentía la humedad pegajosa de mi propia corrida de la noche anterior. El recuerdo de sus dedos penetrándome sin piedad, de su voz ordenándome que me corriera, me hizo apretar los muslos con una mezcla de vergüenza y excitación renovada. ¿Cómo era posible que mi cuerpo reaccionara así después de lo que me había hecho? Yo, que siempre había sido independiente, fuerte, ahora estaba húmeda caliente solo de pensar en él. Había logrado despertar mis ansias de mujer, mi cuerpo quería más, aunque me costara admitirlo, esa pequeña prueba de deseo, me mantenía pensando en sexo, en que poseyera completamente mi cuerpo.
La puerta se abrió sin aviso. Julian entró como si la habitación le perteneciera, y yo también. Vestía un traje negro impecable, el cabello perfectamente peinado, pero sus ojos seguían siendo los mismos pozos oscuros de la noche anterior. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis pezones marcados contra la tela y en la mancha húmeda entre mis piernas. Evidencias del deseo palpable en mi piel.
—Buenos días, Elena —dijo con esa voz grave que me erizaba la piel—. Veo que tu vagina aún recuerda quién es su dueño ahora.
Me sonrojé violentamente, pero no pude negar la verdad. Mi cuerpo ya lo sabía. Y esa mirada tan intensa me daba escalofríos y sensaciones sin siquiera tocarme, Aún no podía creer como mi cuerpo reaccionaba ante su presencia tan imponente.
—Levántate. Desnúdate por completo. No quiero que nada se interponga entre mi mirada y lo que es mío.
Obedecí con las manos temblando. El vestido cayó al suelo, luego la ropa interior empapada. Me quedé desnuda frente a él, los pezones duros por el frío y la excitación, mi sexo brillante y hinchado a la vista. Julian se acercó y pasó dos dedos por mis labios vaginales, recogiendo mi humedad y llevándoselos a la boca.
—Deliciosa —murmuró—. Pero hoy aprenderás las reglas, y las reglas dicen que tu placer depende completamente de mí.
Me llevó a un baño adjunto, enorme y lujoso, con una bañera de mármol que parecía un altar. Me metió en la ducha y abrió el agua caliente. Él no se desnudó. Se quedó fuera, observándome mientras el agua corría por mis pechos, por mi vientre, por mi vagina sensible. Me ordenó que me lavara lentamente, que abriera las piernas y me tocara los labios hinchados, pero sin tocar mi clítoris.
—Solo para que te limpies. No para que te corras. Si te corres sin permiso, te castigaré.
Me lavé con las mejillas ardiendo, sintiendo su mirada como una caricia física. Cuando terminé, me secó él mismo con una toalla suave, demorándose en mis pezones y en mi sexo, rozando apenas mi clítoris hinchado hasta que gemí de frustración. No podía evitar reaccionar ante ese mínimo roce de sus manos a través de la toalla. Mi cuerpo estaba muy sensible en ese momento, por eso cualquier roce despertaba un sin numero de sensaciones que hacían temblar mi cuerpo.
—Regla número uno —dijo mientras me ponía un camisón corto y transparente que apenas cubría mi trasero—: Hablarás solo cuando yo te lo permita. Regla número dos: Tu cuerpo es mío. Cada orgasmo, cada gemido, cada gota de tu corrida me pertenece. Regla número tres: Intentar huir o desobedecer tendrá consecuencias… deliciosas para mí, dolorosas para ti. Estas son mis reglas y te pido las obedezcas sin ninguna objeción.
Me llevó a recorrer la mansión. Cada habitación era una declaración de poder. La biblioteca con libros antiguos y un escritorio donde me imaginaba doblada mientras él me penetraba sin descanso. El salón de música con un piano de color negro. El sótano… ese me heló la sangre. Había una sala especial: paredes de piedra, argollas en las paredes, una gran cruz de madera, una cama con correas y un armario lleno de juguetes: plugs, palas, vibradores, cuerdas, pinzas. Todo perfectamente ordenado.
—Este será tu lugar favorito muy pronto —susurró contra mi oído, presionando su erección dura contra mis nalgas por encima del camisón—. Aquí te enseñaré lo que significa entregarte por completo.
Sus palabras tenían siguiendo ese efecto tan devastador en mi cuerpo. El tour terminó en el comedor. Me hizo sentar en su regazo mientras desayunábamos. Su mano libre subía por mi muslo, rozando mi sexo desnudo bajo el camisón. Cada vez que intentaba cerrar las piernas, me daba una nalgada ligera pero firme.
—Come —ordenó—. Vas a necesitar fuerzas.
Mientras comía, sus dedos jugaban conmigo: rozaban mi clítoris, se hundían apenas en mi entrada, me penetraban lentamente sin dejarme correrme. Estaba empapando su pantalón, gimiendo bajito, suplicando con la mirada. Él solo sonreía con esa crueldad elegante. Disfrutaba torturarme de placer, esa era una verdad que no se podía negar.
Después del desayuno me llevó de nuevo a la habitación de la silla. Esta vez me ató más fuerte: muñecas y tobillos, dejándome completamente abierta y expuesta. Sacó un vibrador delgado y lo colocó contra mi clítoris, encendiéndolo en la potencia más baja.
—Hoy vas a aprender a suplicar como se debe —dijo, quitándose la chaqueta y arremangándose la camisa. Sus antebrazos venosos y fuertes me hipnotizaban.
El vibrador zumbaba contra mi clítoris hinchado. El placer era inmediato e insoportable. Gemí alto, moviendo las caderas para buscar más fricción. Julian se sentó frente a mí y me observó mientras yo me retorcía. Disfrutaba torturarme de esa manera tan intensa.
—Por favor… Julian… déjame correrme…
—No uses mi nombre. Llámame señor.
—Por favor, señor… necesito correrme…
Subió la intensidad del vibrador. Mi sexo chorreaba, los jugos corrían por mis muslos y por la silla. Estaba al borde, temblando, a punto de explotar…
Y lo apagó.
Sollocé de pura frustración. Julian se acercó, se arrodilló entre mis piernas abiertas y lamió lentamente mi sexo empapado. Su lengua era experta: lamía mi clítoris, lo chupaba, metía la lengua dentro de mí, penetrándome con ella mientras sus manos apretaban mis pechos y pellizcaban mis pezones. Estaba en el cielo y en el infierno al mismo tiempo. Era una tortura insoportable que no quería que terminara.
—Tan dulce… tan mojada para mí —gruñó contra mi vagina—. Esta vagina ya es mía, Elena. Dilo.
—Es tuya, señor… por favor…
Me comió mi sexo con hambre, añadiendo dos dedos que me penetraban con fuerza. El orgasmo me golpeó como un tren. Grité, corriéndome en su boca, chorros de mi corrida empapándole la cara y la camisa. Él no se detuvo, lamiendo cada gota hasta que me dejó temblando y sensible.
Cuando se levantó, su erección marcaba claramente el pantalón. Se bajó la cremallera y sacó su pene: grueso, largo, venoso, la cabeza brillante de sus ganas. Me miró a los ojos mientras se masturbaba lentamente frente a mí. Sus ojos reflejaban ese deseo intenso que despedía de su cuerpo y de sus acciones.
—Todavía no te la mereces —dijo con voz ronca—. Pero mírala bien. Este pene va a destruir tu sexo muy pronto. Y cuando lo haga, vas a rogar por más.
Se corrió sobre mis pechos y mi vientre, chorros calientes y espesos que me marcaron como suya. Luego, sin limpiarme, me desató y me ordenó que me quedara así el resto del día: con su semen secándose sobre mi piel, recordándome a quién pertenecía. Marcaba mi cuerpo, pero mi alma ya lo estaba reconociendo como su dueño.
Esa tarde me permitió caminar por la mansión, pero siempre con su mirada o con alguna orden. Cada vez que pasaba cerca de él, me tocaba: una nalgada, un pellizco en el pezón, dos dedos metidos en mi vagina por sorpresa. Usaba cualquier ocasión para seguirme torturando de placer a su antojo. Al anochecer estaba desesperada otra vez, mi sexo hinchado y dolorido de tanto deseo negado.
Antes de dormir, me ató a la cama con las piernas abiertas y colocó un plug anal pequeño pero firme. Sentí una leve molestia, pero con el tiempo se transformo en un pequeño placer que se iba extendiendo por todo mi cuerpo.
—Duerme con esto dentro —ordenó, dándome una última nalgada en el trasero—. Mañana lo reemplazaré por algo más grande… y por mi pene.
Me dejó sola, marcada, llena y desesperada.
Mientras el sueño me vencía, solo podía pensar en una cosa: ya no quería escapar. Quería que me rompiera. Quería ser suya por completo.
Y Julian Thorne lo sabía. Por eso disfrutaba mantenerme excitada, castigarme con sus caricias y hacerme sufrir de placer.
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