La mujer en el mapa
La lluvia en Ciudad de México no caía: se suspendía. Una llovizna fina y persistente que convertía los reflectores de los coches en manchas borrosas y hacía que el asfalto oliera a tierra mojada y aceite caliente. Adrián Varela observaba esa lluvia desde el tercer piso de un edificio de oficinas en la colonia Roma, con un vaso de mezcal sin tocar en la mano. Tenía treinta y seis años, la mandíbula marcada por una cicatriz fina que le cruzaba el lado izquierdo del mentón y la costumbre de no confiar en nadie que le ofreciera trabajo después de las diez de la noche. La llamada había llegado a las 10:14 P.M. Voz de mujer. Firme, con un leve acento que no era del todo mexicano ni del todo europeo. Había dicho su nombre, Selene Marchand, y había mencionado un objeto que Adrián juraba haber olvidado: un espejo de obsidiana con filigranas de oro que no correspondían a ninguna cultura catalogada. El Espejo de Ashara. Solo un puñado de personas en el mundo conocían ese nombre, y la ma...