Propiedad de Thorne: Caida total

 

La octava noche fue la que selló mi destino. Después del castigo de la noche anterior, mi cuerpo estaba marcado: nalgas rojas, pezones sensibles, sexo hinchado y todavía lleno de su semen. Pero lo que más me dolía era el corazón. Un sentimiento fuerza embriagaba por completo mi corazón. Ya no luchaba. Ya no quería huir. Solo quería rendirme por completo. El impulso de escapar había desaparecido, se había esfumado de la misma manera que había aparecido, un sentimiento diferente sentía dentro de mi corazón. Estaba en calma esperando la llegada de Julian Thorne esa noche, una tranquilidad inesperada para la tormenta que se había formado la noche anterior.

Julian lo notó. Esa mañana, en vez de órdenes frías, me despertó con besos suaves por la espalda. Una caricia suave que me sorprendió gratamente. Me giró y me miró a los ojos con una intensidad que me desarmó. Era un cambio muy notorio con lo que me había demostrado la noche anterior. Espera tranquila lo que me iba a decir, esperaba con ansias escuchar su voz. Y ese anhelo no tardo en llegar, por fin Julian Thorne dijo unas palabras.

—Hoy no habrá castigo —susurró—. Hoy vas a elegir quedarte. De verdad.

Me llevó al baño y me bañó personalmente de una manera muy cariñosa. Sus manos enjabonaron cada centímetro de mi piel con una reverencia casi religiosa. Me lavó el cabello, me besó los moretones, me metió dos dedos en mi sexo con suavidad mientras me besaba. Sus movimientos eran más lentos, buscaba provocar y llevarme a disfrutar lentamente, mi cuerpo despertaba con cada embestida de sus dedos, no duro mucho en notarse mi humedad sobre sus dedos, como la evidencia del placer que me estaba brindando con sus caricias, no podía controlarla salía en abundancia de mi sexo, cada movimiento me llevaba muy cerca de mi orgasmo, estaba sintiendo que en cualquier momento iba a explotar de placer.

 Me corrí en su mano, gimiendo contra su boca, y él me sostuvo mientras temblaba. Mi cuerpo convulsionaba entregada al placer, ese toque lento había disparado mi excitación robándome el aliento, me costaba regular mi respiración, apoyada en su cuerpo para no caerme debido a que mis piernas se sentían muy débiles por ese orgasmo. Él me brindo su cuerpo para apoyarme mientras recuperaba mis fuerzas, seguía sorprendiéndome sus gestos caballerosos que mostraba con menos frecuencia.

Después del baño me vistió con un camisón blanco transparente, casi virginal, y me llevó al jardín interior. Me sentó sobre una manta bajo las rosas negras y me dio de comer frutas con sus dedos. Cada bocado era una caricia. Cada mirada era una promesa. Era un momento en que sentí que realmente le pertenecía y el me cuidaba como mi el dueño de mis deseos. Fue un momento tan íntimo, muy emocional, de mi parte sus acciones creaban la conexión que necesitaba para despejar mis dudas sobre Julian Thorne.

—Quiero que entiendas algo, Elena —dijo mientras me acariciaba el muslo—. No te quiero rota. Te quiero mía. Completa. Entregada porque lo deseas, no porque te obligue.

Me besó lentamente, con una ternura que contrastaba con toda la oscuridad anterior. Sus manos bajaron por mi cuerpo, levantando el camisón. Me abrió las piernas y me lamió mi sexo con devoción, suaves lamidas que recorrían la forma de mi vagina, aplicando la presión correcta para hacerme gemir de placer, cada movimiento de su lengua me causaba un estremecimiento completo en mi cuerpo, él siguió chupando mi clítoris con suavidad, metiendo la lengua dentro de mí como si estuviera adorándome. Me corrí con un gemido largo y profundo, sujetando su cabello para sostenerme ante la intensidad de mi repentino orgasmo.

Luego me puso encima de él. Me penetró despacio, centímetro a centímetro, mirándome a los ojos mientras me llenaba por completo. Podía sentir como su miembro se abra paso en mi interior, como rozaba mis paredes con cada embestida, disfrutaba cada movimiento abrazándome a su cuerpo, sintiendo su calor, mirando sus ojos volvía a mojarme con la misma intensidad que el orgasmo anterior, todo era lento, me acomodaba a su dureza mientras seguía entrando y saliendo de mi sexo, suspiraba con cada embestida, me sostenía fuerte para guiarme completamente.

—Muévete —susurró—. cógeme tú.

Cabalgue sobre su pene grueso con movimientos lentos al principio, sintiendo cada vena, cada pulsación. Julian apretaba mis pechos, pellizcaba mis pezones, me besaba mientras yo subía y bajaba. Aceleré, penetrándome con desesperación, mis pechos rebotando, mi sexo tragándose su miembro hasta el fondo. Disfrutando cada movimiento, inclinándome para encontrar ese punto donde el roce de la punta de su pene me llevara a la gloria, estaba presa del deseo, solo deseo moverme y disfrutar hasta que mi cuerpo no pudiera moverse, congelar este momento y extenderlo hasta el infinito.

Sus manos me producían placer, mis pezones ardían con cada roce de sus dedos, llevando al limite de su sensibilidad al apretarlos, y por primera vez desde que había llegado a la mansión de Julian Thorne me dejaba llevar el control del acto, lo dominaba con mis movimientos, me movía buscando mi propio placer, me sentía libre encima de su cuerpo, viendo como disfrutaba del vaivén de mis caderas, tener ese poder por breve momento me daba una sensación que me hacia sentir muy poderosa, era una sensación muy diferente a lo que estaba acostumbrada a experimentar.

—Así… mi amor… —gruñó—. Eres perfecta. Tan apretada, tan mía.

Me corrí primero, gritando su nombre, mi sexo contrayéndose alrededor de él. Julian me sujetó las caderas y me penetró desde abajo con fuerza, corriéndose dentro de mí con un gemido ronco. Me deje caer sobre su cuerpo, presa del cansancio y satisfecha debido al gran orgasmo que había tenido. Me gustaba sentir el calor de su cuerpo, me sentía como en mi verdadero hogar, esa una sensación tan cómoda y reconfortante.

Después me abrazó bajo las rosas, todavía dentro de mí.

—Dime que te quedas —pidió, casi suplicando.

—Me quedo —respondí, las lágrimas corriendo por mis mejillas—. Soy tuya, Julian. Completamente. No quiero nada más que esto.

Esa noche me llevó de nuevo al sótano, pero esta vez fue diferente. Me ató con cuerdas rojas suaves, en una posición que me dejaba completamente abierta para él. Me vendó los ojos y pasó horas explorando mi cuerpo: plumas, hielo, cera caliente que goteaba sobre mis pechos y mi vientre, vibradores, su lengua, sus dedos. Me hizo correrme una y otra vez hasta que perdí la cuenta. Cada orgasmo era una declaración: me entrego. Disfrute esa noche más que las anteriores, era una entrega total en cuerpo y alma. Solo tenia tiempo para recuperar mis fuerzas y las caricias continuaban.

Al final me penetró con su pene, primero mi vagina, con firmes embestidas que me arrancaron varios gemidos de mis labios y luego el culo, alternando, usándome como su juguete favorito. Me corrí gritando, sollozando de placer.

Cuando terminó, me desató y me llevó a la cama. Me abrazó fuerte, besando cada marca roja de mi piel.

—Te amo —dijo por primera vez sin miedo—. Te amo tanto que el mundo fuera de esta mansión ya no existe para mí.

—Yo también te amo —respondí, y era verdad. Un amor enfermo, obsesivo, oscuro… pero real.

Esa noche dormí con su pene todavía dentro de mí, su semen corriendo por mis muslos, su corazón latiendo contra mi espalda. Traspasándome su calor mientras me abrazaba a su cuerpo, con una sensación de comodidad que era tan tentadora.

Ya no había Elena. Esa parte de mi estaba muriendo lentamente desde que cruce las puertas de la mansión de Julian Thorne, él se había encargado de matar esa parte de mi personalidad, para dar paso a la personalidad en que solo Julian Thorne era toda mi vida.

Solo existía la mujer que Julian Thorne había creado. 

Su devota. 

Su obsesión. 

Su todo.

Y por primera vez, me sentí completa.

 

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