Propiedad de Thorne: La obsesión que quema

 Después de aquella primera noche completa, algo dentro de mí se rompió de forma irreversible. Ya no era solo deseo físico. Era una obsesión que me consumía. Cada vez que cerraba los ojos veía a Julian: su mirada oscura, su pene grueso abriéndome, su voz susurrando que era suya. Me despertaba empapada, mi sexo palpitando, buscando su cuerpo incluso en sueños.

Esa noche había abierto una caja de deseo que desconocía totalmente, esa hambre por el cuerpo de ese hombre me esta volviendo loca, en mis pensamientos solo existía mi deseo de complacerlo, de cumplir sus más oscuras fantasías, me estaba volviendo dependiente como si fuera una droga por el placer que me estaba causando con cada una de sus visitas en los anteriores días.

Mientras dormía mi cuerpo se recuperaba de los castigos que me imponía Julian Thorne, era ese momento de paz que aprovechaba para recuperarme del cansancio, aún así deseaba que amaneciera, para someterme a los caprichos de Julian Thorne, ese era el deseo más ferviente que mi cuerpo pedía a gritos.

Esa mañana me encontró en su cama, todavía marcada por sus manos y su semen. Me besó en la frente con una ternura que contrastaba brutalmente con la violencia de la noche anterior. Aún me contrastaba ese cambio de personalidad, ese lado rudo y perverso, con el tierno y amoroso por así decirlo.

—Buenos días, mi devota —murmuró, acariciando mi cabello—. Hoy no habrá reglas estrictas. Quiero que sientas lo que significa pertenecer a alguien como yo.

Sus palabras me extrañaron, hoy seria diferente a las veces anteriores y mi curiosidad era grande, quería saber que tan diferente seria este día. Me llevó a desayunar al jardín interior de la mansión, un lugar oculto con rosas negras y una fuente que murmuraba suavemente. Me sentó en su regazo, desnuda bajo una bata de seda fina, y me dio de comer con sus propias manos. Cada bocado venía acompañado de un roce: sus dedos rozando mis labios, bajando por mi cuello, pellizcando mis pezones por debajo de la tela. Mi sexo se mojaba solo con eso. Parecía tan poco, pero era una caricia prolongada que tenía mi cuerpo ardiendo y estremecido por el placer que estaba recibiendo.

—Eres tan hermosa cuando te rindes —susurró, metiendo dos dedos dentro de mí mientras yo mordía una fresa—. Tan mojada… tan mía. Me excita saber cómo te mojas por mis caricias

Me penetró con los dedos allí mismo, lentamente, mientras el sol calentaba mi piel. Me corrí en silencio, mordiendo su hombro para no gritar. Dejando escapar toda esa calentura que había acumulado con esas caricias tan constantes y provocadoras, me costó recuperar el aliento después de ese silencio, pero intenso orgasmo que había experimentado minutos antes. Luego me llevó a la biblioteca. Me sentó en su escritorio y me abrió de piernas sobre los libros antiguos.


—Lee en voz alta —ordenó, arrodillándose entre mis muslos.

Mientras yo intentaba leer un poema erótico del siglo XIX, sus besos ascendían por mis muslos acercándose peligrosamente a mi vagina que aún seguía empapada de mi anterior corrida, su boca se abrió paso hasta llegar a mi sexo y con su lengua me acariciaba de una manera tan intensa como provocadora, él me devoraba la vagina con la lengua. Cada vez que tartamudeaba, me daba una nalgada o chupaba mi clítoris con más fuerza. Me corrí dos veces antes de terminar la página, temblando y gimiendo su nombre. Fue una de las lecturas más interesantes y calientes que había experimentado en toda mi vida, esas dos corridas me dejaron completamente satisfecha.

Por la tarde me permitió caminar con él por los terrenos de la mansión. Me tomaba de la mano, un gesto casi romántico, pero a cada rato, a los pocos minutos me empujaba contra un árbol y me penetraba con los dedos o me hacía arrodillarme para chupársela. Su pene estaba siempre dura para mí. Se corría en mi boca y me obligaba a tragarlo todo, limpiándolo después con la lengua los restos de su placentera venida, estaba usando todos mis agujeros para su propio placer y eso volvía a calentarme de una manera tan fuerte cada vez que lo pensaba,

—Te amo —me dijo de repente, deteniéndose en medio del bosque—. Te amo de una forma que me aterra, Elena. Si alguien intentara apartarte de mí… lo destruiría. No se de que seria capaz de hacerle a esa persona que intente alejarte de mi lado.

Sus palabras me excitaron y me asustaron al mismo tiempo. Esa noche, en su cama, me hizo el amor de una forma diferente. No fue solo coger. Fue posesivo, lento, profundo. Me penetró mirándome a los ojos, moviéndose con embestidas largas y controladas mientras me susurraba al oído:

—Eres mía. Dilo otra vez.

—Soy tuya… solo tuya, Julian.

Me corrí con un sollozo, abrazándolo con fuerza. Él se corrió dentro de mí, llenándome, marcándome por dentro. Después me abrazó durante horas, acariciando mi espalda, besando mi cabello. De esa manera tan cariñosa y protectora que pocas veces me mostraba, pero que en los últimos días se hacía tan frecuente.

Pero en medio de esa ternura oscura, los celos empezaron a carcomerme. ¿Cuántas mujeres habían dormido en esta misma cama? ¿Cuántas habían gritado su nombre antes que yo? La idea me quemaba por dentro. No podía evitar que ese pensamiento contaminara mi mente de tantas dudas, impidiéndome disfrutar el momento.

Al día siguiente, mientras explorábamos una galería de retratos antiguos, vi un cuadro de una mujer hermosa, de cabello oscuro, con una mirada parecida a la mía. Julian se tensó cuando me detuve frente a ella. Definitivamente esa mujer era muy importante en la vida de Julian Thorne o eso me dio a pensar la reacción que tuvo frente a ese cuadro.

—¿Quién era? —pregunté, rompiendo el silencio.

—Alguien del pasado —respondió secamente—. No importa.

Pero importaba. Esa noche, cuando me ató a la cama y me penetró con fuerza, sentí que estaba castigándome por haber preguntado. Sus embestidas eran más brutales, sus manos apretaban más fuerte. Ese lado cariñoso había dado paso a ese lado casi animal que me estaba mostrando mientras me hacia suya, esa rabia contenida la estaba soltando con mi cuerpo.

—Nadie más importa —gruñó mientras me penetraba el sexo sin piedad—. Solo tú. Y si vuelves a dudar, te recordaré exactamente a quién perteneces.

Me corrí gritando, pero las lágrimas corrían por mis mejillas. Después de corrernos, me abrazó de nuevo, limpiando mis lágrimas con besos.

—No llores, mi amor —susurró—. Te estoy dando todo lo que soy. No necesitas nada más.

Sus palabras me calmaron y me aterrorizaron al mismo tiempo. Estaba cayendo más profundo. Ya no quería escapar. Quería que me consumiera por completo. Y ese pensamiento causaba esa mezcla de satisfacción y de temor al mismo tiempo ¿Realmente quien era Julian Thorne? Esa presencia animal, que me penetraba sin piedad o ese otro hombre que me mostraba un lado mas tierno por poco tiempo.

Esa noche soñé con la mujer del retrato. Me miraba con lástima. “Él te destruirá como me destruyó a mí”, parecía decirme.

Me desperté sudando, con el corazón latiendo fuerte. Julian dormía a mi lado, perfecto y peligroso. Pasé los dedos por su pecho, bajando hasta su pene semi erecto. La acaricié hasta que se endureció. Me subí encima y me la metí lentamente, penetrándome mientras dormía. Quería poseerlo, que no se olvidara de mi cuerpo, del calor que le ofrecía mi vagina, que considerara esa cueva tan familiar que siempre quisiera estar dentro de mí.

Abrió los ojos de golpe y sonrió con esa oscuridad que tanto amaba. Disfrutaba la escena que le estaba brindando al abrir sus ojos.


—Mi pequeña puta insaciable —gruñó, sujetándome las caderas y embistiéndome desde abajo con fuerza. Me domino apenas despertó y controlo la situación de una manera que no admitía discusión.

Me penetró hasta que me corrí dos veces, y luego me dio la vuelta y me penetró por mi trasero hasta correrse dentro de mí. Su deseo fue intenso, no me dejo descansar mientras poseía mi cuerpo caliente, era un animal insaciable que a la mínima provocación demostraba ese deseo insaciable que siempre estaba presente en su personalidad.

Mientras me abrazaba de una manera tan posesiva que logro estremecerme después, susurró contra mi cabello:

—Nunca te dejaré ir, Elena. Ni siquiera, aunque me lo supliques. Eres mía y no escaparas de mi lado.

Y en ese momento, con su semen corriendo por mis muslos y su corazón latiendo contra mi espalda, supe que ya no quería que me dejara ir. Y yo tampoco quería escapar, mucho menos que alguien me liberara de este encierro que había despertado mi lado caliente y ese lado tan sumiso que hasta ahora desconocía.

Estaba perdida. No tenia escapatoria. La llave que liberaba ese candado había sido lanzada a un abismo tan profundo y oscuro como el deseo que sentía por Julian Thorne. Un abismo que no tenia profundidad ni fin.

Completamente, irrevocablemente perdida en Julian Thorne.












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