El precio de la lealtad

 

El frío de Budapest se filtraba por las ventanas del ático incluso con la calefacción encendida. Diego Voss despertó con la boca seca y un dolor sordo en el cuello donde la aguja había entrado. Las esposas le cortaban la circulación de las muñecas. Helen estaba sentada frente a él, ya vestida con un jersey negro y pantalones ajustados, las piernas cruzadas, observándolo como quien estudia un animal peligroso que acaba de despertar. Con una frialdad que en cierta forma molestaba a Diego a verse en desventaja ante esa mujer tan misteriosa. Su mirada tranquila demostraba su temple, le resultaba irritante verse en desventaja ante una mujer que él consideraba su presa.

—Bienvenido al Círculo Negro —dijo sin sonreír—. Tienes dos opciones. Trabajar para nosotros o desaparecer. No hay tercera. Espero tomes la mejor decisión no quisiera tener que eliminar a un elemento tan valioso y te aseguro que no dudare ni en segundo en hacerlo.

Le inyectaron un rastreador subcutáneo en el antebrazo izquierdo mientras aún estaba esposado. El dispositivo era del tamaño de un grano de arroz y emitía una señal continua. Helen le explicó las reglas con voz calmada: no intentaría escapar, no contactaría a su antigua agencia, y completaría una misión de prueba. Si fallaba, el rastreador se activaría con una dosis letal de neurotoxina. Si tenía éxito, quizás viviría un poco más.

La misión era simple en apariencia: eliminar a un traidor dentro de la organización. Un hombre llamado Viktor Kassel, antiguo intermediario de armas que había empezado a vender información a terceros. Diego debía hacerlo en Praga, en menos de setenta y dos horas.

Durante los dos días siguientes, Helen no se separó de él. Dormían en la misma cama. Comían juntos. Ella lo entrenaba en los protocolos del Círculo: códigos, rutas de escape, nombres falsos. Y por las noches, cuando la ciudad se apagaba, ella se quitaba la ropa y se subía encima de él. Para darle una dosis de placer que no afectaba la actual situación.

La primera noche fue casi violenta. Helen lo ató de nuevo a la cabecera con correas de cuero y se sentó a horcajadas sobre su rostro. Diego lamió porque no tenía otra opción, pero también porque el sabor de ella lo volvía loco. Ella se movía con lentitud deliberada, frotando su sexo húmedo contra su boca, gimiendo en voz baja mientras se tocaba los pechos. Cuando estuvo a punto de correrse, se bajó, se dio la vuelta y se empujó hacia atrás hasta que su erección desapareció dentro de ella. Cabalgó con fuerza, las manos apoyadas en sus muslos, el cuerpo arqueado. Diego no podía tocarla. Solo podía mirar cómo su vagina se abría y se cerraba alrededor de su pene, cómo su excitación le brillaba en los muslos. Ella se corrió primero, con un temblor largo y silencioso. Él la siguió segundos después, enterrado hasta el fondo, los dientes apretados. Con la respiración agitada ante la agotadora noche de placer que ambos habían experimentado.

La segunda noche ella trajo una cámara. La colocó en un trípode frente a la cama y la encendió sin decir nada. Diego entendió. Estaban grabando. Ella se arrodilló entre sus piernas y lo chupó con una lentitud casi cruel, torturándolo de placer con su lengua y su boca, mirando a la lente de vez en cuando. Cuando él estuvo a punto de corrérsele en la boca, se detuvo, se subió encima y lo guio dentro de ella. Cogieron de frente, lento al principio, luego más rápido. Helen le sujetó la cara con ambas manos y lo obligó a mirarla a los ojos mientras se movía. Lo controlaba para exprimirle todo el placer, lo usaba como un consolador, pero a pesar de esa situación tan denigrante, se mantenía tan excitado, ser usado como un juguete sexual por esa fascinante y embrujadora mujer.

—Sé que odias esto —susurró—. Y aun así estás duro como una roca. Eso me gusta.

Diego la agarró de las caderas con fuerza suficiente para dejar marcas y embistió hacia arriba. Ella soltó un grito ahogado y se corrió otra vez, el cuerpo convulsionando. Él no se detuvo. La giró, la puso de rodillas y la penetró desde atrás con embestidas profundas y brutales. La cámara captaba todo: el sonido húmedo, los gemidos de ella, la expresión de rabia y placer en el rostro de él. Cuando se corrió, lo hizo dentro, sin retirarse, y se quedó así, respirando contra su espalda.

Al día siguiente viajaron a Praga en un coche negro sin matrícula visible. El club se llamaba Velvet Chain. Estaba en un sótano reformado del barrio de Vinohrady, con música baja, luces rojas y una política estricta de privacidad. El objetivo, Viktor Kassel, estaría allí esa noche. Helen le dio a Diego una identidad falsa y una orden clara: acercarse, confirmar, eliminar. Ella lo acompañaría como su “acompañante”.

Entraron a las once. El aire olía a perfume caro, sudor y sexo. Había parejas cogiendo abiertamente en sofás semiprivados, tríos en rincones oscuros, una mujer atada a una cruz de San Andrés mientras dos hombres la usaban. Diego sintió la tensión familiar del trabajo mezclada con algo más oscuro. Helen llevaba un vestido corto de cuero negro sin nada debajo. Cada vez que se movía, él lo notaba. Ese sitio tenia la palabra sexo grabada en las paredes, un bacanal de lujuria desenfrenada se exponía ante sus ojos, con una acompañante que cada vez que la miraba caminar quería cogérsela, pero tan letal como sensual.

Localizaron a Kassel en una sala lateral. Era más viejo de lo que Diego recordaba, el pelo gris, la cicatriz en la ceja izquierda todavía visible. El mismo hombre que le había enseñado a disparar en un campo de entrenamiento en las afueras de Marsella doce años atrás. Su mentor. Su primer oficial de control.

Diego se quedó frío.

Helen notó el cambio. Le apretó el brazo.

—¿Problemas?

—Ninguno.

Se acercaron. La cobertura era simple: una pareja buscando diversión. Helen se sentó en el regazo de Diego frente a Kassel y empezó a besarlo. Las manos de ella bajaron, abrieron su pantalón y sacaron su pene ya duro. Sin miramientos, se levantó un poco, se orientó y se la hundió dentro. Empezó a cabalgarlo allí mismo, de cara a Kassel, el vestido de cuero subido hasta la cintura. Diego le agarró las caderas y embistió hacia arriba, usando el ritmo para ocultar el temblor de sus manos. El sonido de sus cuerpos chocando se mezclaba con la música. Helen gemía contra su oído, real o fingido, él ya no sabía distinguirlo. Esa mujer sabia ocultar bien sus intenciones, era una caja de pandora que podía convertirse en su desgracia.

Mientras cogían, Diego miró alrededor. Un hombre del Círculo Negro, uno de los que lo habían escoltado desde Budapest, estaba de pie cerca de la barra. Cuando se subió la manga para beber, Diego vio la cicatriz: una línea fina y pálida en el antebrazo interno, idéntica a la que Helen tenía bajo el chip de localización. Exactamente igual.

El golpe llegó de golpe. No era solo una organización rival. El Círculo Negro era una célula fantasma creada por su propia agencia años atrás. Operaciones no autorizadas. Agentes quemados y reciclados. Helen no era una traidora. Era una de los suyos. O lo había sido. Esa mujer era todo un enigma.

Se corrió dentro de ella con la mandíbula apretada, el cuerpo tenso. Helen se quedó quieta un segundo, sintiéndolo, y luego se levantó con calma, se acomodó el vestido y le sonrió a Kassel como si nada.

Más tarde, en el callejón trasero del club, Diego empujó a Helen contra la pared de ladrillo y le puso el cañón de la pistola bajo la mandíbula. Ella no se defendió. Solo lo miró.

—Lo sabías —dijo él—. Todo el tiempo.

—Sí.

—El Círculo es de la agencia.

—Era. Ahora tiene vida propia. Y tú eres el último test de lealtad.

Le entregó un pequeño pendrive. Estaba caliente por haberlo llevado contra su piel.

—Si matas a Kassel esta noche, eres uno de nosotros. Si no… ambos morimos antes del amanecer. Ellos están escuchando. El rastreador sigue activo.

Diego bajó el arma un centímetro. La nieve empezaba a caer otra vez, fina y silenciosa. Helen no apartó la mirada. Ella lo miro de manera desafiante, ella no tenia miedo de morir, él podía ver eso en sus ojos.

—Decide, Halcón —susurró—. Todavía hay tiempo. Pero no mucho. Y lo que decidas cambiará el  destino de los dos.

 

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