La visita peligrosa

 Valeria aún sentía el peso de la ruptura con Marcos. Durante meses había aguantado humillaciones, gritos y desprecios que habían ido mermando su autoestima. Esa tarde, después de una pelea especialmente violenta donde él le gritó en la cara que era una inútil, algo dentro de ella la hizo despertar. Valeria por fin le dijo que todo había terminado. Cortó la llamada de golpe y bloqueó su número. Por primera vez en mucho tiempo respiró aliviada. Definitivamente ella tenía que alejarse de ese hombre que no le hacía nada bien a su persona, quedarse a su lado era una sentencia de muerte para su amor propio.

Solo habían pasado unas horas cuando la pantalla de su celular volvió a encenderse, recibió un mensaje de Alex, su amigo de la secundaria que siempre la había mirado con deseo, solo que había fingido no darse cuenta por miedo o inmadurez.

 “Hace mucho que no hablamos. ¿Te apetece que pase a verte y jugamos algo?” 

Valeria sonrió. Sintiendo un cosquilleo desconocido. Aceptó. Ella deseaba distraerse, olvidar el sabor amargo de Marcos, y Alex representaba la vía de escape perfecta. Le propuso verse la semana siguiente, aprovechando que sus padres estarían de viaje fuera de la ciudad, así evitaría las preguntas incomodad de su familia y la pena de tener que justificar la presencia de otro hombre tan pronto en su casa.

Alex llegó el día pactado puntual a la cita. Al abrir la puerta, a Valeria se le conto un poco el aliento. Alto, de hombros anchos, cabello negro desordenado y una sonrisa de medio lado que siempre desde la adolescencia, había tenido el poder de ponerla nerviosa. Traía un paquete de cervezas frías y dos controles de videojuegos.

Se sentaron en el sofá de la sala, mucho más cerca de lo estrictamente necesario. Mientras jugaban en la consola, sus rodillas se rozaban a cada momento con un contacto eléctrico que ninguno de los dos intentaba evitar. La tensión sexual en el ambiente se volvió casi sólida. Alex la miraba de reojo cuando creía que ella no se daba cuenta, fijando la vista en como la camiseta se le pegaba al relieve de su cuerpo y en el brillo de sus labios carnosos.

Después de varias partidas, con el pulso acelerado, Valeria pausó el juego. Estaba temblando por dentro, pero la adrenalina de su reciente libertad la empujo a ser decidida

—Alex… siempre me gustaste —confesó en un susurro, obligándose a sostener la mirada—. En el colegio nunca me atreví a decírtelo, y después apareció Marcos… pero ahora estoy por fin libre.

El silencio que siguió en la sala se volvió espeso, roto solo por la música ambiental del videojuego. Valeria sintió un vuelco horrible en el estómago, arrepintiéndose en el instante ante la falta de reacción. Alex soltó el control lentamente, pero no la miro de inmediato. Cuando por fin giró la cabeza, sus ojos negros recorrieron su rostro con una atención que le hizo estremecer. Su voz, sin embargo, se mantuvo peligrosamente calmada, controlando cada palabra:

—No juegues conmigo. Valeria. No tienes idea de lo que estas provocando.

Antes de que ella pudiera procesar sus palabras, Alex se puso en pie y se despidió con una frialdad ensayada que la dejo sumida en un mar de confusión frustración y un deseo completamente encendido ¿Acaso no le atraía? Aquella actitud la obsesionó durante los días siguientes.

Dando por hecho que entre ellos había algo inconcluso. Valeria volvió a invitarlo a su casa la semana siguiente, sabiendo que esa tarde, su padre estaría muy ocupado en el trabajo. Para prepararse se dio un largo baño y se colocó ropa cómoda a la espera de su llegada. Calculaba que Alex tardaría al menos una hora más en llegar, pero apenas termino de secarse el cabello, recibió el mensaje de texto indicado que ya estaba en la puerta.

Valeria corrió a abrirle, olvidando por completo que vestía únicamente un short bastante corto y una blusa delgada de algodón pegada al cuerpo que usaba sin sostén. Al verla, la expresión de Alex cambio al instante; sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa y una mirada tan atenta hacia mi cuerpo. Ella lo dejo entrar mientras notaba que la mirada de él no se despegaba de su pecho, donde la fina tela delataba la reacción de su piel al frio. Esa mirada era completamente diferente a la primera vista, demostraba un deseo voraz, una posesividad que disipo de golpe todas las dudas de Valeria. Ella si que causaba un efecto en él.

Ambos volvieron a sentarse juntos en el sofá, repitiendo la cercanía de la vez anterior, pero esta vez el roce de sus muslos quemaba. Valeria no podía evitar irradiar el calor que emanaba de su propio cuerpo al sentir la proximidad de Alex. Podía notar los ojos de él devorándole en cada pausa, hasta que el simulacro de jugar se volvió insostenible. De repente, Alex arrojo el control de lado. Se acercó con un movimiento lento, la tomo por la nuca y la beso.

Al principio fue un contacto suave, un reclamo contenido, pero en segundos se transformo en un beso hambriento y profundo. Las manos de Alex bajaron firmes hacia su cintura, tirando de ella para aplastarla con su cuerpo, Valeria sintió la rigidez de su miembro endureciéndose claramente contra su muslo, lo que le arranco un gemido bajito de la garganta

—No sabes cuánto maldito tiempo esperé esto —murmuró Alex contra sus labios, sin romper el aliento.

Se besaron con una violencia nacida de años de espera. Alex deslizo una de sus manos por debajo de la blusa acariciándole la piel desnuda de sus costados hasta subir a sus pechos, masajeándolos en círculos mientras sus pezones se ponían completamente erectos bajo la presión de sus dedos. La intensidad subía a cada segundo. Valeria completamente nublada por el placer y sintiéndose muy mojada entre las piernas, bajo la mano y apretó el pene por encima del pantalón, maravillada por su grosor y firmeza. Estaban a punto de despojarse de la ropa en medio de la sala cuando un sonido metálico los congeló, el eco inconfundible de una llave girando en la cerradura de la puerta principal.

—¡Mierda! Es mi papá —susurró Valeria, con el pánico cortando la neblina del placer.

Con el corazón en la garganta y los segundos contados. Valeria empujo a Alex hacia el balcón de la sala y cerro el ventanal corredizo de vidrio justo cuando la puerta de la calle se abría por completo. Alex quedo atrapado afuera, oculto a duras penas detrás de las cortinas, intentando calmar su respiración agitada con el miembro todavía duro de ese momento de pasión.

Valeria se ajusto la ropa con manos torpes y se coloco una bata ligera encima, intentando parecer normal. Su padre entro arrastrando los pies, visiblemente agotado.

—Hola hija. Que día más pesado—dijo dejando las llaves sobre la mesa y dejándose caer pesadamente sobre el sofá de la sala, justo el mueble que daba la espalda al ventanal del balcón.

Valeria se obligo a caminar hacia el pasillo y se quedo de pie a un lado del sofá para asegurarse de que su padre mantuviera la vista fija en la televisión. Sin embargo, el espacio era peligrosamente reducido. A su espalda, la cortina se movió un milímetro. La mano de Alex, de manera atrevida, guiada por la frustración de haber sido interrumpido, se deslizo silenciosamente por la rendija apenas abierta del vidrio.

El contraste de la situación se volvió asfixiante. Mientras su padre hablaba de los problemas de la oficina y del tráfico, los dedos hábiles de Alex encontraron la piel desnuda del muslo de Valeria por debajo de la bata. Ella se tensó por completo conteniendo la respiración.

—¿Te pasa algo? Te noto pálida —preguntó su padre, girando levemente la cabeza hacia ella.

—No, papá…solo es el cansancio por el calor—logro decir Valeria. Su voz sonó un tono mas agudo de lo normal.

En ese momento los dedos de Alex alcanzaron el encaje de su panty. No era una caricia tímida, era un toque posesivo y exigente. El pulgar de Alex empezó a frotar su clítoris con movimientos circulares bien medidos sobre la delgada tela. Valeria sintió que las piernas se quedaban sin fuerzas, tuvo que apoyarse en el respaldo del sofá, a escasos centímetros de donde su padre descansaba la cabeza. El calor de la caricia logro que volviera a mojarse, causando una humedad incontrolable que empapó los dedos de Alex. Valeria tuvo que morderse el interior de la mejilla con tal fuerza que probo la sangre, todo para ahogar el gemido que empujaba por escapar de su garganta. Cada segundo era jugar a la ruleta rusa.

Su padre se levantó de golpe del sofá.

—voy a la cocina por un vaso de agua. ¿Quieres algo?

—No papá, estoy bien—susurró sintiendo un vacío inmenso cunado él se alejó por el pasillo.

Apenas la silueta de su padre desapareció en la cocina, la cortina se abrió y Alex la atrajo hacia la penumbra del balcón con una urgencia salvaje. Con un movimiento rápido y certero. Alex libero su miembro pulsante y la giro. Acorralándola contra el frio vidrio del ventanal. Valeria sintió la punta ardiente buscar desesperadamente su entrada presionando contra sus nalgas con una fuerza implacable.

—Quiero cogerte ahora mismo —gruñó Alex al oído de ella, con el aliento quemándole el cuello—. Se va a enterar de todos modos.

El peligro era real y absoluto. El tintineo de los hielos en la cocina anunciaba que su padre regresaría en cualquier instante. La mezcla de miedo y deseo prohibido causo que Valeria se mojara aún más, pero el instinto de supervivencia terminó por imponerse.

—No… Alex, por favor si nos descubre nos mata—suplicó en un susurró desesperado, interponiendo una mano firme entre sus cuerpos para frenar el empuje de las caderas de él.

Los pasos de su padre comenzaron a sonar de vuelta. Valeria usando toda su astucia, reacciono al límite, salió rápidamente del balcón hacia el pasillo para interceptar a su padre a mitad del camino, bloqueándole por completo la línea de visión hacia la sala.

—Papá voy a bajar un momento a tirar la basura de la cocina, antes que pase el camión—dijo, tomándole el brazo con naturalidad.

Esa distracción de apenas diez segundos le dio a Alex el margen exacto que necesitaba. Camino en silencio desde el balcón hacia la puerta de servicio de la cocina y desapareció en la penumbra de la noche, frustrado, cargado de una tensión insoportable y con la promesa implícita de que la próxima vez no habría interrupciones que valieran.

Cuando la puerta se cerro y su padre se acomodo de nuevo frente al televisor. Valeria camino a pasos rápidos hacia su habitación. Cerró la puerta con llave y apoyó la espalda contra la madera y se dejó deslizar hasta el suelo. Con el corazón latiéndole en la cabeza y el cuerpo temblando de adrenalina, metió la mano entre sus piernas. Se masturbó con un ritmo frenético alcanzando un orgasmo violento que la hizo estremecerse entera mientras cerraba los ojos e imaginaba, con lujo de detalles, todo lo que Alex le haría la próxima vez.















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