Propiedad de Thorne: El entrenamiento de los sentidos
La tercera mañana en la mansión Thorne desperté con el plug anal todavía dentro de mí, presionando en un lugar que nunca había sido tocado de esa manera. Cada movimiento me recordaba su presencia: un estiramiento constante, un recordatorio humillante y excitante de que Julian ya poseía partes de mí que nadie más había reclamado. Mi sexo estaba hinchado y sensible después de la noche anterior, y la piel de mis pechos y vientre todavía conservaba restos secos de su semen. Olía a él. Me sentía marcada como un animal. Era parte de su propiedad y solo estaba destinada para su satisfacción sexual y tener certeza de ese detalle hacía que mi cuerpo se calentara con ese pensamiento de anticipación y deseo, deseaba ser penetrada por Julian Thorne.
Era mi tercer día en esta mansión, el tercer día que mi vida había cambiado para convertirme en su esclava, mi única función era complacer sus más oscuras. fantasías y definitivamente que eran fantasías muy oscuras. Los dos primeros días habían sido muy intensos, mi cuerpo aún no se recuperaba de esa mente tan pervertida y estaba segura que este tercer día iba a ser tan intenso o mucho peor que los anteriores saber ese pequeño detalle me causaba una satisfacción tan primitiva como oscura que motivaba mi cuerpo de una manera tan abrumadora.
Julian entró sin llamar, como siempre. Esta vez traía una bata de seda negra que me puso sobre los hombros, pero sin permitir que la cerrara. Definitivamente le gustaba admirar mi cuerpo.
—Hoy vamos a entrenar tus sentidos, Elena —dijo con esa voz baja y autoritaria que me mojaba al instante—. Vas a aprender que no necesitas ver, ni hablar, ni siquiera pensar. Solo sentir. Y obedecer.
Me llevó al sótano. La sala de juegos estaba iluminada con luces tenues y rojas. En el centro había una mesa acolchada con correas. Me ordenó que me quitara la bata y me subiera. Me ató de pies y manos, dejándome completamente abierta y expuesta. El plug en mi culo se movió con la posición, arrancándome un gemido involuntario, En ese momento el control de mi cuerpo era mínimo, sentía que mi resistencia era baja y con cualquier caricia o castigo de su parte iba a explotar en un mar de sensaciones.
—Regla número cuatro —murmuró mientras colocaba una venda negra sobre mis ojos—: Tus orgasmos son míos. Intentar tener uno sin permiso se castiga.
No veía nada. Solo sentía. El frío del aire en mis pezones duros. El roce de sus dedos bajando por mi vientre. El sonido de un cajón abriéndose. Luego, algo frío y metálico rozó mi clítoris: pinzas. Las colocó una a una, ajustándolas hasta que el dolor agudo se convirtió en un latido constante y placentero. Gemí alto, arqueando la espalda y acostumbrándome a esa rara mezcla de dolor y placer.
—Tan sensible… —susurró—. Mira cómo tu sexo chorrea solo con esto. Eres tan sensible de eso no tengo dudas, tu cuerpo reacciona a cada castigo de mi parte de una manera que no lo hubiera imaginado.
Sentí su aliento caliente en mi vagina antes de que su lengua me atacara. Lamió mi clítoris hinchado alrededor de las pinzas, chupándolo con fuerza, metiendo dos dedos dentro de mí mientras el plug en mi culo hacía que todo se sintiera más lleno, más intenso. Estaba al borde en segundos.
—No te corras —ordenó, deteniéndose justo cuando empezaba a temblar.
Sollocé de frustración. Julian rio y subió la intensidad. Esta vez usó un vibrador grueso contra mi clítoris mientras sus dedos me penetraban sin piedad. El sonido húmedo y obsceno de mi sexo llenaba la sala. Estaba empapando la mesa, mis jugos corrían por mis nalgas y el plug. Era una escena muy caliente, lo imaginaba y mi cuerpo se estremecía con solo imaginar el espectáculo que Julian Thorne tenía ante sus ojos.
—Por favor, señor… necesito correrme… por favor…
—Suplica mejor.
—Por favor, señor… soy tu puta… mi sexo es tuyo… déjame correrme en tu mano, por favor…
Me dejó correrme. El orgasmo fue violento. Grité, mi vagina contrayéndose alrededor de sus dedos, chorros de corrida saliendo de mí mientras las pinzas en mi clítoris amplificaban todo. No paró. Siguió penetrándome con los dedos, prolongando el placer hasta que me corrí otra vez, sollozando de sobrecarga sensorial. Mi cuerpo estaba abrumado de tantas sensaciones, me costó recuperar el aliento ante la intensidad de esa corrida. Mi mente había quedado en blanco y mi cuerpo se sentía sin fuerzas, me quede inmóvil mientras me él no paraba de moverse extendiendo mi placer de una manera indescriptible.
Cuando por fin se detuvo, me quitó las pinzas. El torrente de sangre me hizo gritar. Julian me besó los pechos, lamiendo y mordiendo mientras yo temblaba.
—Buena chica —susurró—. Pero todavía no hemos terminado.
Me desató y me puso de rodillas. Su pene estaba fuera, grueso, duro y brillante. Me agarró del cabello y me la metió en la boca sin aviso. Fue una acción tan repentina que me tomo desprevenida, ante ese ímpetu tan característico de su parte.
—Chúpala. Muéstrame cuánto quieres complacerme.
La tomé tan profundo como pude, babeando, ahogándome con su tamaño. Julian penetraba mi boca con embestidas controladas, sujetándome la cabeza, usando mi garganta como un juguete. Las lágrimas corrían por mis mejillas bajo la venda, pero mi sexo estaba más mojado que nunca. Me sentía usada para su propio placer, él explotaba de maravilla ese lado sumiso que tenía oculto en mi interior, lo estaba sacando a flote con cada una de sus sesiones tan intensas que disfrutaba de una manera que ni siquiera yo esperaba que sucediera.
—Así… buena puta… trágatela toda.
Se corrió con un gruñido, llenándome la boca de semen espeso y caliente. Me obligó a tragarlo todo. Me hizo sentir usada y ese sentimiento me ponía tan caliente, de una manera que rebasaba mis propias expectativas.
—Regla número cinco —dijo mientras me limpiaba los labios con el pulgar—: Tragarás todo lo que te dé.
Me levantó y me llevó a otra parte de la mansión: una terraza privada con vista al bosque. Allí, por primera vez, vi un atisbo de algo parecido a ternura. Me sentó en su regazo, me cubrió con una manta y me permitió recostarme contra su pecho mientras bebíamos vino. Su mano acariciaba mi espalda con suavidad. Era una extraña combinación de ternura y perversidad, lo que había sucedido minutos antes contrastaba con este lado desconocido que ahora me estaba mostrando.
—Eres mía, Elena —susurró contra mi cabello—. No solo tu cuerpo. Quiero tu mente. Quiero que pienses en mí incluso cuando no estoy.
En ese momento sentí celos por primera vez. ¿Cuántas mujeres habían pasado por esta mansión antes que yo? ¿Cuántas se habían arrodillado para él? La idea me quemó por dentro. Era una sensación extraña hacia un hombre que simplemente me usaba para su placer, pero que de cierta forma sentía una conexión extraña con ese hombre.
—¿Y si no quiero ser solo una más? —pregunté en voz baja, rompiendo la regla del silencio.
Julian se tensó. Me agarró del cabello y me obligó a mirarlo.
—Eres la única que está aquí ahora —dijo con voz peligrosa—. Y vas a ser la última. Pero si vuelves a dudar de mí, te ataré en esa cruz y te penetrare hasta que olvides tu propio nombre.
Me besó con violencia, mordiendo mi labio inferior hasta que sangró un poco. Luego me llevó de vuelta al sótano. Se notaba visiblemente molesto por mis palabras.
Esa noche me ató a la gran cruz de madera, completamente desnuda. Usó una pala de cuero para darme nalgadas firmes y precisas, calentando mis nalgas hasta que estuve llorando y suplicando. Después me penetró con un dildo grueso mientras me pellizcaba los pezones, negándome el orgasmo una y otra vez hasta que estuve rota.
—Dime a quién perteneces —exigió mientras me penetraba con el juguete sin piedad.
—A ti, señor… solo a ti…
Cuando por fin me permitió correrme, fue el orgasmo más intenso de mi vida. Grité su nombre, corriéndome tan fuerte que mojé el suelo. Era increíble la cantidad de líquido que salió de mi cuerpo.
Julian me desató, me llevó a su cama y, por primera vez, me abrazó mientras dormía. Su pene duro presionaba contra mis nalgas, pero no me penetró. Solo me sostuvo. Me mantuvo muy cerca de su caliente cuerpo.
—Duerme, mi devota —susurró—. Mañana vas a sentirme dentro de ti por primera vez.
Y mientras el sueño me vencía, supe que ya no había vuelta atrás. Julian Thorne me estaba consumiendo. Y yo quería arder hasta desaparecer en él. Sus palabras se habían convertido en una promesa que ansiaba desde que había llegado a esta mansión. La espera se me iba a hacer muy largo deseaba a ese hombre dentro de mi en este momento, deseaba ser penetrada por Julian Thorne, una y otra vez hasta que mi cuerpo no pudiera moverse.
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