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Mostrando las entradas de mayo, 2026

Caña y sangre: El regreso al sur

 El sonido de la caña bajo el machete ya no me sabía a resignación, sino a una cuenta atrás. Los días en el Lindero Este se habían vuelto densos, pesados, como si el mismísimo aire de la plantación presintiera la tormenta de ceniza que se venía fraguando desde la capital. Los capataces andaban más nerviosos que de costumbre, apretando el paso y soltando latigazos al menor descuido, bajo las órdenes directas de un Sergio que no dejaba de vigilar los caminos reales. Pero no eran los capataces los que me mantenían despierto por las noches con el cuerpo tenso y los puños apretados sobre mi cama; era la certeza de que ella volvía. Don Jorge había ordenado levantar una nueva molienda presidencial en la zona del trapiche viejo, una estructura monumental de madera noble y hierro forjado destinada a procesar el azúcar de la Corona. Y para inaugurarla, la comitiva del Gobernador descendería al sur. Jazmín regresaba al fango que la había visto nacer, pero esta vez no lo hacía atada a la parte...

Caña y sangre: La mujer más peligrosa de la provincia

 El regreso desde la capital provincial hacia las tierras del sur había sido un viaje infernal, una tortura silenciosa que me había carcomido las pocas esperanzas que le quedaban a mi mente. Encerrada en el carruaje de mi padre, el sonido de las ruedas contra las piedras del camino real ya no sonaba a opulencia; sonaba a burla, a una carcajada constante que celebraba mi humillación pública. El eco del anuncio del Gobernador en el gran salón de baile seguía retumbando en mis oídos, de forma punzante y destructiva, como un clavo ardiente hundiéndose en mi cerebro: «He decidido tomar por legítima esposa y Primera Dama de la provincia a la mujer que me acompaña: Jazmín». Una espiral neurótica y obsesiva se había apoderado de cada uno de mis pensamientos. No dormía. Pasaba las noches en vela en mi habitación de la casona principal, paseando descalza sobre las maderas que crujían, con las manos entrelazadas sobre mi corpiño desabrochado, temblando bajo el influjo de una inestabilidad emo...

El profesor: La propuesta

 Terminaba mi clase de literatura en el campus universitario. Un complejo bastante alejado de la ciudad, donde los docentes solíamos residir durante el semestre. Mis alumnos estaban sumamente atentos a mis enseñanzas, para el semestre tenían el proyecto final de hacer una novela corta, por lo que decidí terminar más temprano la sesión de clases. Tengo 35 años y debo decirlo, soy muy popular entre mis estudiantes, ellos me consideran muy divertido. —Bien, eso es todo por hoy. Cuídense y vayan con cuidado a casa—me despedí mientras guardaba mi cuaderno de notas. —Gracias profesor—me respondieron al unisonó mientras caminaban hacia la salida. Me quede guardando mi laptop en el maletín cuando Becky, una estudiante de primer año ce acercó al escritorio. Era la típica reservada e ingenua que solía preguntar ante la más mínima duda. —Disculpe, profesor. Tengo una pregunta—dijo tímidamente—. En clase menciono que debemos meternos en la piel de nuestro personaje, para desarrollar la trama d...

Caña y sangre: La reina blanca

 El Palacio Presidencial de la capital se había vestido de gala para la recepción anual de la aristocracia, y yo me preparaba para caminar directo hacia las fauces de los lobos. Mis aposentos privados estaban inundados por el resplandor de decenas de velas de cera de abejas que se reflejaban en los espejos de cristal de Venecia. Frente a mí, dos sirvientas daban los últimos toques al atuendo que Sebastián había ordenado confeccionar con los tejedores más caros de la metrópoli. Era un vestido de seda blanca tan pura que parecía brillar con luz propia, ceñido al corsé de ballenas que entallaba mi cintura y realzaba la firmeza de mi pecho moreno. Sobre los hombros, una finísima capa de encaje francés caía como una cascada de escarcha. En mi cuello, no había cadenas de hierro; lucía un collar de perlas cultivadas que Sebastián mismo había abrochado minutos antes, sellando mi transformación social. Al mirarme al espejo, la esclava del sur había desaparecido por completo bajo el ropaje d...

Caña y sangre: El palacio

 El silencio de las medianoches en el palacio presidencial posee la textura del cristal soplado: es hermoso, frío y sumamente frágil. Sentado detrás de mi escritorio de caoba tallada, bajo la parpadeante luz de un candelabro de plata de doce brazos, observaba los informes fiscales que mis secretarios habían preparado con tanto esmero. Los números se alineaban en columnas perfectas, detallando la recaudación de los puertos, el tonelaje de azúcar que salía hacia la metrópoli y las mermas provocadas por los contrabandistas del sur. Sin embargo, por primera vez en mi carrera política, mi mente no lograba anclarse en las variables del poder de la gobernación. Mi atención, usualmente inflexible en mis asuntos de gobernador, se desviaba constantemente hacia el ala norte del palacio, hacia el espacio donde habitaba mi más costosa y fascinante adquisición. Jazmín llevaba dos semanas bajo mi techo. Tres mil piezas de oro auténtico habían sido un precio que hizo temblar las rodillas del rústi...

Caña y sangre: La despedida del barro

 El sonido del carruaje de Sebastián Montenegro no se parecía en nada al azote rústico de la carreta que me había traído al sur. Este vehículo se movía con una suavidad insultante, suspendido sobre muelles de acero que amortiguaban cada imperfección del camino real. Sentada sobre los cojines de terciopelo carmesí, miré hacia atrás a través de la pequeña ventanilla con una comodidad que ni en mis más locos sueños pensé que experimentaría. La silueta de la hacienda de Don Jorge comenzaba a desdibujarse en la penumbra de la madrugada, devorada por la neblina espesa que se levantaba desde los cañaverales. A la distancia, justo antes de que la curva del camino nos ocultara por completo, alcancé a ver el patio del Lindero Este iluminado por las antorchas de la guardia. Allí se quedaba el barro. Allí se quedaba Baltasar. Podía imaginarlo perfectamente, con el torso desnudo cubierto de hollín, apretando sus puños fuertes y rugiendo de una rabia ciega e impotente al ver cómo el carruaje del...

Caña y sangre: El gobernador

 El buen gusto no es una inclinación, es una disciplina implacable. Desde las ventanas del carruaje presidencial, contemplaba el despliegue del paisaje del sur con una calma que mis ministros solían confundir con indiferencia. El polvo de los caminos reales se alzaba en finas cortinas doradas al paso de mi escolta de caballería, ensuciando las casacas rojas de los soldados coloniales. A mi lado, el secretario de finanzas me decía una tediosa letanía sobre aranceles aduaneros, contrabando de tabaco y la creciente insubordinación fiscal de los terratenientes locales. Lo escuchaba sin mirarlo, sosteniendo entre mis dedos refinados la empuñadura de plata de mi bastón de mando, cuyo frío metal era el único recordatorio de la realidad en medio de aquel sopor de números que amenazaba con congelar mi alma. Para un hombre de mi posición, la gobernación de esta provincia no era un honor; era un tablero de ajedrez mal nivelado. Los terratenientes del sur, hombres rústicos enriquecidos por el ...

Caña y sangre: El granero

 El incremento de la vigilancia de Sergio causo que le añadiera más carbón al fuego que me quemaba por dentro. El aire de la plantación se había vuelto sofocante, cargado de una electricidad estática que anunciaba tormenta. Cada vez que me cruzaba con Jazmín en los pilones de la lavandería o cerca del trapiche, el cruce de nuestras miradas era como el choque de dos piedras de pedernal: saltaban chispas capaces de incendiar los cañaverales enteros. Ella mantenía esa postura de reina, esa barbilla levantada que volvía locos de rabia a los capataces, pero a mí me volvía loco de un deseo salvaje y desesperado. Su provocación en el río me había dejado con el miembro latiendo en una erección permanente y dolorosa; no pensaba en otra cosa que no fuera acorralarla donde nadie pudiera salvarnos de nuestro propio instinto. La oportunidad llegó al anochecer del quinto día. Una densa neblina proveniente del río comenzó a lamer los linderos bajos, camuflando las chozas y los caminos de tierra. ...

Caña y sangre: Celos en la oscuridad

 Desde el balcón de mi habitación, el mundo me pertenecía. O al menos, eso era lo que mi padre y las leyes de esta provincia me habían enseñado a creer. El sol de la tarde comenzaba a ocultarse, bañando con un color naranja furioso los campos de caña de azúcar, y el aire transportaba ese olor pesado a melaza que odiaba tanto como amaba. Me abanicaba con calma, sosteniendo una taza de té helado que ya se había vuelto tibia. Sin embargo, mis ojos claros no estaban fijos en la inmensidad de las tierras de la hacienda, sino abajo, en el Lindero Este. Específicamente, en él. Baltasar cruzaba el patio principal con su habitual caminar felino y desvergonzado. Tenía el torso desnudo, y los músculos de su espalda se contraían y relajaban con una gracia brutal bajo la luz dorada del atardecer. Un estremecimiento involuntario me recorrió el vientre bajo, haciéndome apretar los muslos. Recordar la noche anterior, la paja sucia raspando mi espalda, la rudeza con la que me había tomado por la ci...

Caña y sangre: La mujer que no bajo la mirada

 El sonido de la carreta rústica se me clavaba en los huesos con cada bache del camino de tierra. Llevábamos horas viajando bajo un sol caliente que amenazaba con derretir los pocos aires de dignidad que nos quedaban a los que viajábamos apretados en la parte trasera. Mis muñecas, aprisionadas por unos grilletes de hierro demasiado estrechos, sangraban despacio; la línea roja y pegajosa corría por mis antebrazos, mezclándose con el polvo del sur. A mi alrededor, las otras mujeres sollozaban en silencio, con las cabezas hundidas entre las rodillas, rotas por el miedo al destino desconocido que les aguardaba en los mercados o en las plantaciones coloniales. Pero yo no iba a llorar. Me negaba a darles ese placer. No bajaría la cabeza, aunque mi vida terminara en ese instante. Había aprendido muy pronto que, en este mundo de hombres blancos, el llanto era la invitación perfecta para el látigo. Mis facciones finas, mi piel morena y tersa, y una soberbia que la naturaleza me había dado c...