Caña y sangre: El regreso al sur
El sonido de la caña bajo el machete ya no me sabía a resignación, sino a una cuenta atrás. Los días en el Lindero Este se habían vuelto densos, pesados, como si el mismísimo aire de la plantación presintiera la tormenta de ceniza que se venía fraguando desde la capital. Los capataces andaban más nerviosos que de costumbre, apretando el paso y soltando latigazos al menor descuido, bajo las órdenes directas de un Sergio que no dejaba de vigilar los caminos reales. Pero no eran los capataces los que me mantenían despierto por las noches con el cuerpo tenso y los puños apretados sobre mi cama; era la certeza de que ella volvía. Don Jorge había ordenado levantar una nueva molienda presidencial en la zona del trapiche viejo, una estructura monumental de madera noble y hierro forjado destinada a procesar el azúcar de la Corona. Y para inaugurarla, la comitiva del Gobernador descendería al sur. Jazmín regresaba al fango que la había visto nacer, pero esta vez no lo hacía atada a la parte...