Propiedad de Thorne: Amenaza externa

 La novena noche trajo el primer golpe real del mundo exterior. Era algo que ninguno de los dos esperaba. Hasta ese momento, la mansión Thorne había sido nuestro universo privado: placer, dolor, obsesión y devoción. Solo nosotros dos en este universo, solo rodeados de los sirvientes de Julian. Pero el pasado no se queda enterrado para siempre. Te busca en el lugar más alejado que te encuentres, para recordarte lo que habías jurado olvidar.

Estábamos en la biblioteca. Julian me tenía inclinada sobre el escritorio, penetrándome lento y profundo mientras yo intentaba leer en voz alta un poema erótico. Su pene entraba y salía de mi sexo empapado con ritmo posesivo, sus manos apretando mis pechos. Disfrutaba sentir como su pene rozaba mis paredes, abriéndose paso en mi entrada para llegar a mi punto más profundo, esos movimientos me estaban volviendo loca, cada movimiento estremecía de placer. Me había corrido dos veces ya y estaba a punto de la tercera cuando sonó el timbre de la puerta principal.

Julian se tensó. Salió de mí con un gruñido de frustración y se abrochó el pantalón.

—Quédate aquí —ordenó—. No te muevas.

Pero no obedecí. Me puse una bata de seda y lo seguí en silencio. Desde lo alto de la escalera vi a un hombre alto, de cabello oscuro y mirada peligrosa. Tenía un aire parecido al de Julian, pero más salvaje.

—Hermano —dijo el desconocido con una sonrisa fría—. Veo que sigues coleccionando muñequitas bonitas. Esta es muy bonita, muy superior a las demás.

Julian se puso rígido. 

—Vete, Marcus. No eres bienvenido aquí.

Marcus rio y miró hacia arriba. Me vio. Sus ojos recorrieron mi bata entreabierta, mis piernas desnudas, las marcas rojas que Julian había dejado en mi cuello la noche anterior.

—Así que esta es la nueva —dijo burlándose—. Isabella duró menos de un año. ¿Cuánto crees que aguantará esta?

Julian se lanzó sobre él. Los dos hermanos forcejearon, pero Marcus era más grande y consiguió empujarlo contra la pared. Lo estaba dominando con su fuerza.

—Solo vine a advertirte —dijo Marcus, limpiándose la sangre del labio—. Hay gente haciendo preguntas sobre Isabella. La familia de ella no se cree el “accidente”. Si no quieres que vengan aquí y se lleven a tu nueva puta, más te vale controlarte. No queremos otra investigación del mismo tipo y que eso nos complique la vida. Siempre te cuidare, aunque no quieras que lo haga.

Julian lo echó de la mansión con violencia. Cuando cerró la puerta, se giró hacia mí. Sus ojos estaban llenos de furia y miedo.

—Sube al sótano —ordenó.

Obedecí, el corazón latiéndome con fuerza. Me ató a la gran cruz, más fuerte que nunca. Me vendó los ojos y empezó el castigo más intenso hasta ahora. Podía sentir que este castigo seria muy diferente a los demás, su mirada así lo indicaba, mostraba su oscuridad en todo su esplendor.

Primero las nalgadas con la pala, luego el flogger. Cada golpe era más fuerte. Mi culo ardía, mis pechos escocían. Luego sacó un plug más grande y me lo metió en el culo sin casi lubricación. Gemí de dolor y placer. Después me penetró mi vagina con un dildo grueso mientras vibraba mi clítoris. Me estaba torturando de placer de una manera tan intensa y salvaje, la visita de ese hombre había sacado su lado más salvaje.

—No te corras —gruñó—. Este castigo es para que entiendas lo que está en juego.

Me mantuvo al borde durante lo que parecieron horas. Supliqué, lloré, grité. Cuando por fin me dejó correrme, fue devastador. Me corrí tan fuerte que mojé el suelo y me temblaron las piernas. Fue la sensación de placer más fuerte que había sentido desde mi llegada a la mansión de Julian Thorne.

Julian me desató, me puso a cuatro patas en el suelo y me penetró como un animal. Su pene entraba y salía de mi sexo con embestidas brutales, su mano tirando de mi cabello. Era una escena más parecida a una película porno por lo intensa y salvaje de sus embestidas. 

—Eres mía —gruñó—. Nadie va a apartarte de mí. Ni Marcus, ni la familia de Isabella, ni nadie.

Me corrí otra vez, gritando. Él se corrió dentro de mí con un rugido, llenándome hasta rebosar. Después me abrazó en el suelo, temblando. Quedamos fundidos en un abrazo que parecía eterno, mientras nuestras pulsaciones volvían a su estado normal.

—No voy a perderte —susurró contra mi cabello—. Haré lo que sea necesario para proteger lo nuestro.

Esa noche dormimos en el sótano, rodeados de sus juguetes. Me abrazaba con fuerza, casi con desesperación. Por primera vez vi al Julian vulnerable: un hombre capaz de todo por mí, incluso de lo peor.

Y yo… lo amaba más que nunca. Sus fuertes sentimientos me daba una confianza en la relación en la que había formado.

La amenaza externa solo había conseguido una cosa: unirme más a él. Ya no era solo devoción. Era supervivencia. Los dos contra el mundo.

Y estaba dispuesta a quemarlo todo si era necesario para quedarme a su lado.

La décima noche en la mansión Thorne fue la que lo cambió todo. La amenaza de Marcus había puesto el mundo exterior a nuestras puertas, pero en vez de separarnos, nos unió de forma definitiva. Julian ya no ocultaba nada. Me contó todo: cómo Isabella se había obsesionado con él hasta el punto de volverse autodestructiva, cómo él había intentado salvarla y cómo había fallado. Me confesó que conmigo era diferente. Que yo era la primera mujer que lo había mirado sin miedo… y que eso lo aterrorizaba.

Esa noche no hubo sótano. Me llevó a la azotea de la mansión, bajo un cielo estrellado. Me desnudó lentamente, besando cada marca que me había dejado durante estos diez días. Me tumbó sobre una manta de seda y me hizo el amor bajo las estrellas. Esta era la otra personalidad de ese hombre llamado Julian Thorne, la protectora y cariñosa a su modo.

Su pene entró en mí con lentitud reverente. Me miró a los ojos mientras se movía, profundo, posesivo, pero lleno de algo nuevo: devoción absoluta.

—Eres mía para siempre, Elena —susurró, acelerando el ritmo—. Y yo soy tuyo. Destrúyeme si quieres. Quémame. Pero no me dejes nunca.

Me corrí con un sollozo, abrazándolo con fuerza. Él se corrió dentro de mí, llenándome, marcándome por dentro mientras me besaba como si el mundo se fuera a acabar.

Después de corrernos, me abrazó y me habló claro por primera vez:

—Marcus no volverá. Me encargué de él. Y si alguien más viene… los destruiré. Nadie va a apartarte de mí.

Lo creí. Porque en sus ojos vi la verdad: Julian Thorne ya no era solo mi dueño. Yo también era la suya.

Los días siguientes fueron una mezcla de pasión y paz. Me penetraba en cada rincón de la mansión: sobre el piano, contra los ventanales, en la bañera, en el bosque. Me ataba, me azotaba, me hacía suplicar… pero también me abrazaba después durante horas, me leía poemas, me alimentaba con sus manos. Me convertí en su reina y en su puta. En su obsesión y en su salvación. Una mezcla de sus dos personalidades que estaba disfrutando enormemente.

Una noche, mientras me penetraba lento y profundo en su cama, me miró a los ojos y me preguntó:

—¿Quieres quedarte para siempre?

—Sí —respondí sin dudar—. Para siempre.

Se corrió dentro de mí con un gemido ronco, y yo me corrí con él, sellando nuestro pacto.

Meses después, la mansión Thorne seguía siendo nuestro mundo. El exterior casi no existía. Julian había cortado todos los lazos que pudieran amenazarnos. Yo ya no era la Elena que había llegado. Era suya. Completamente. Devota. Obsesionada. Enamorada de un hombre oscuro que me había roto y reconstruido a su imagen.

Y él… era mío.

La última noche de nuestro primer año juntos, me llevó de nuevo a la habitación donde todo empezó. La silla de terciopelo carmesí seguía allí. Me ató con las mismas cintas de seda negra y me miró con esa sonrisa oscura y perfecta que tanto amaba.

—Bienvenida a casa, mi amor —susurró, arrodillándose entre mis piernas abiertas.

Y mientras su lengua me devoraba el coño y sus dedos me penetraban sin piedad, supe que esta era la única prisión en la que quería vivir.

Para siempre.










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