La suite del penthouse no era solo una habitación; era un santuario de penumbra donde el aire vibraba con una promesa implícita: esta noche, el mundo exterior dejaría de existir. Al cruzar el umbral, mis ojos tardaron en acostumbrarse a la oscuridad, rota únicamente por el resplandor de una ciudad que rugía cuarenta y dos pisos abajo, dejando líneas de plata sobre la alfombra grande de ese cuarto. Él estaba allí. Una silueta imponente, sentada en el cuero negro del sofá, sosteniendo una copa de whisky como quien sostiene el destino de alguien. No era la belleza convencional lo que me cortaba la respiración, sino su presencia, esa autoridad que emanaba de su mandíbula cuadrada y sus manos grandes, marcadas por venas que prometían una fuerza contenida, era un aura que llenaba toda la habitación. —Quítate el vestido. Despacio —ordenó. Su voz, una caricia de terciopelo y mando, no dejó espacio a la duda. La seda negra se deslizó por mi cuerpo con un susurro, revelando la vulnerabilida...
Estaba en la ciudad reclutando dos ayudantes para una expedición, después de 3 horas dos hombres valientes y fuertes, convencidos por una paga justa me ayudarían, era el director de un museo con un objetivo, conseguir una joya perdida en uno de los templos perdidos de la ciudad, busque un guía, uno de los comerciantes me recomendó un lugar donde buscar, pregunte a varias personas hasta que apareció, desde que la vi quede impresionado, una mujer muy bella, alta de cuerpo atlético se me presento como una guía especializada de la jungla que deseaba encontrar, sus ojos claros, tan azules como el cielo eran como un volcán, sus gestos sexys, su piel parecía que quemaba, lo sentí al estrechar nuestras manos, su cuerpo perfecto que se adivinaba perfectamente en la apretada ropa que usaba, me hacía desear estar con ella en otras situaciones, cuando complete el equipo decidí partir al día siguiente. Caminábamos por la jungla muy temprano esa mañana, mis dos ayudantes, nuestra guía, y...
La primera noche en la mansión Thorne fue una lección brutal sobre la pérdida absoluta de control. Julian me condujo a través de pasillos interminables donde la oscuridad reinaba, respirando contra mi nuca. Cada paso resonaba en el mármol frío y el aire estaba cargado de madera antigua, cera de vela y ese olor suyo: whisky añejo, cuero y algo más oscuro, más salvaje, que ya me estaba mojando mi panty ante mis pensamientos pervertidos. Me llevó hasta una habitación suspendida en el tiempo. Solo una silla de terciopelo carmesí en el centro, iluminada por un rayo plateado de luna que entraba por una ventana alta, como un foco sobre un escenario de depravación. —Siéntate —ordenó. Su voz grave no admitía réplica. Mis rodillas cedieron antes de que mi orgullo pudiera protestar. Al hundirme en el terciopelo suave, sentí el roce sedoso de las cintas de seda negra que él sacó del bolsillo. Con movimientos precisos, me sujetó las muñecas a los apoyabrazos. La seda no apretaba, pero su peso ...
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