Propiedad de Thorne: El secreto que sangra
Los días pasaban en mi vida, estaba cansada, pero anhelaba cuando se hacia de noche en este lugar, era mi momento preferido de esta cárcel, no era una tortura de esas que te causan dolor, en mi mente y en mi cuerpo me causaban placer y era ese el motivo porque los días lejos del mundo exterior no me cansaban, pero como en cualquier historia o momento de la vida, no todo puede ser perfecto, había un detalle que me incomodaba desde que lo descubrí, era una duda simple, pero con el pasar del tiempo se volvía más grande y amenazaba lentamente con acabar es estado de paz y placer que actualmente me encontraba.
La sexta noche en la mansión Thorne trajo la primera grieta real en mi rendición. Después de días de placer y posesión, el secreto que Julian ocultaba empezó a envenenarme. La mujer del retrato no salía de mi mente. Sus ojos, tan parecidos a los míos, me perseguían cada vez que cerraba los párpados. Acaso era ese parecido con la mujer de ese retrato que había hecho que Julian Thorne, se fijara en mí, esa duda carcomía mi mente. Lo importante de esa mujer en la vida de Julian Thorne, posiblemente solo me había elegido solo por mi parecido, yo me consideraba especial y esa verdad me debilitaba, lentamente me hacia daño, pero hacia todo lo posible para ocultar mis pensamientos y sentimientos ante ese dilema.
Esa tarde, mientras Julian estaba en su despacho atendiendo asuntos que nunca compartía conmigo, bajé sola a la galería. Me detuve frente al cuadro. La placa dorada debajo decía simplemente: “Isabella, 2024”. Dos años atrás. ¿Qué le había pasado? Era la gran duda, la única respuesta la tenia Julian Thorne, pero estaba muy segura que no iba a respondérmela, no me diría por nada del mundo, a pesar de mi insistencia, sospechaba que el mantendría ese secreto. Mi mente se había vuelto una prisión de pensamientos, me encontraba parada al frente de ese cuadro, sin desviar mi mirada, sin moverme hacia otro lado. Era como si una fuerza invisible evitara que pudiera moverme.
Cuando Julian me encontró allí, su expresión cambió. La ternura de los últimos días desapareció. Sus ojos se volvieron fríos, peligrosos. Ese cambio me sorprendió, en ese momento descubrí que ese secreto tenia mas peso del que yo estaba imaginando.
—No deberías estar aquí —dijo con voz baja.
—¿Quién era ella? —pregunté, la voz temblando—. ¿Otra como yo? ¿Otra a la que entrenaste hasta romperla?
Julian me agarró del brazo con fuerza y me llevó de vuelta a la habitación principal. Me empujó contra la cama y me miró desde arriba como si estuviera decidiendo si destruirme o salvarme. Era una mirada que demostraba una rabia contenida que, si la liberaba, me iba a convertir en solo cenizas, o eso pensaba en ese momento.
—Isabella fue un error —admitió finalmente, la voz ronca—. Ella quiso lo mismo que tú al principio: el placer, la entrega, el poder. Pero no soportó la oscuridad. Intentó huir. Y yo… no la dejé. Sus palabras me crearon una duda más grande de la que mi mente era pesa en ese momento.
Sentí un escalofrío. Que recorrió todo mi cuerpo
—¿Qué le hiciste?
—Nada que ella no hubiera pedido al principio —respondió, pero sus ojos decían otra cosa—. La até, la castigué, la penetré hasta que suplicó. Pero cuando quiso marcharse… la encerré tres días en el sótano. Al cuarto día se rompió. Se cortó las venas en la bañera.
El silencio que siguió fue asfixiante. Lágrimas calientes corrieron por mis mejillas. Intenté apartarme, pero Julian me sujetó con más fuerza. El golpe de saber que yo podía correr con la misma suerte de esa chica fue abrumador. Era la realidad que no quise ver debido a la fascinación por Julian Thorne y ahora al saber esos detalles se podía en duda todo lo que había pensado antes.
—No eres ella —gruñó, bajando la cabeza hasta que su frente tocó la mía—. Tú eres más fuerte. Tú entiendes el placer que hay en la entrega total. Tú me amas como ella nunca pudo.
Me besó con desesperación, mordiendo mis labios, arrancándome la ropa. Estaba furioso, aterrado y excitado al mismo tiempo. Me tiró sobre la cama y me abrió las piernas con violencia. Mi respiración se detuvo en ese momento, era como si una bestia deseaba poseerme, una bestia que podía destrozar mi cuerpo en cualquier momento. El tiempo se detuvo para nosotros o esa era la percepción que tenía en ese momento.
—Necesito recordarte a quién perteneces —dijo, metiendo tres dedos en mi vagina de golpe.
Gemí fuerte, todavía mojada a pesar del miedo. Me penetró con los dedos sin piedad, curvándolos contra mi punto G mientras su pulgar castigaba mi clítoris. Me corrí rápido, gritando, pero él no paró. Me dio la vuelta, me puso a cuatro patas y me metió el pene en el sexo de un solo empujón brutal.
—Dime que eres mía —exigió, penetrándome con embestidas salvajes.
—Soy tuya… —sollocé.
Más fuerte. Más profundo. Su mano bajó y empezó a frotar mi clítoris mientras me penetraba. Esa caricia le dio mucho placer a mi cuerpo, llevándome a gemir sin poder controlarme. Mi cuerpo reaccionaba ante tanta intensidad que deseaba expresarlo, mi boca lo expresaba de una manera tan real que me sorprendía.
—Más fuerte —ordenó.
—Soy tuya, Julian… solo tuya… por favor…
Me seguía penetrando con esa intensidad tan animal que me fascinaba, tomaba control de mi cuerpo para disfrutar al máximo el encuentro, él me guiaba y yo lo obedecía en esa danza de placer tan pervertida como placentera, su pene entraba en mi sexo abriéndose paso con tanto ímpetu, ese deseo salvaje subía la temperatura de mi cuerpo que solo alcanzaba a abrazarlo, deseaba fundirme con su cuerpo, extender este placer por más tiempo, mi deseo crecía sin saber si en algún momento encontraría un techo.
Me corrí de nuevo, mi sexo apretando su pene con fuerza. Él me penetró durante lo que parecieron horas, cambiando de posición, usándome como necesitaba. Me hizo correrme en su boca, en sus dedos, alrededor de su pene. Al final me penetró el culo, penetrándome con fuerza mientras me sujetaba el cuello desde atrás. En esa posición me sentía tan utilizada, solo para complacerlo, pero al mismo tiempo calentaba mi cuerpo a un nivel alto, un nivel que todo mi cuerpo se estremeciera con sus vigorosas embestidas.
—Nunca vas a dejarme —gruñó, corriéndose dentro de mí con un rugido animal—. Aunque tenga que encerrarte, aunque tenga que romperte… nunca vas a dejarme.
Me derrumbé sobre la cama, temblando, llena de su semen por ambos agujeros. Julian me abrazó después, limpiando mis lágrimas con besos suaves, casi suplicantes. La situación había cambiado, estaba indefensa y sensible ante la situación y el me demostró cariño, o era eso lo que me quería hacer que creyera, las dudas volvían a golpear mis pensamientos, como un látigo incansable que me seguía torturando.
—No soy un monstruo, Elena —susurró contra mi cabello—. Solo un hombre que te ama demasiado. No me obligues a demostrarte lo lejos que puedo llegar.
Esa noche dormí entre sus brazos, pero el miedo ya había echado raíces. Lo amaba. Lo deseaba con una intensidad que me aterrorizaba. Pero también sabía que Julian Thorne era capaz de destruirme si intentaba escapar. Y esa era la gran duda, si a pesar de todo algún día yo quisiera escapar de él, por ahora escapar no pasaba por mi mente, tampoco quería el mismo final que la chica del cuadro, yo era diferente y tendría que demostrárselo a Julian Thorne.
Y lo peor era que, incluso sabiéndolo, una parte de mí ya no quería escapar. Quería ser parte de su vida y no salir de su cama y que todas las noches me demostrara ese deseo intenso que sentía.
Quería quedarme.
Quería arder con él.
Aunque eso significara convertirme en cenizas. Si era capaz de destruirme lo iba a averiguar, eso había decidido.
Al día siguiente, cuando me desperté, Julian ya no estaba en la cama. Abrace la almohada, definitivamente me hacía falta su calor corporal. Abrí los ojos lentamente acostumbrándome a la débil luz que se filtraba por las paredes, mientras mis ojos se acostumbraban a la luz, miré la mesita de la habitación. Sobre la mesita había una rosa negra y una nota:
“Eres mía.
No lo olvides nunca. Era un recordatorio o era una sentencia.
J.”
Toqué la nota con dedos temblorosos. Mi sexo todavía latía por él. Mi corazón latía por él. Podía lograr eso con solo letras escritas en una nota, no había ninguna duda del poder que Julian Thorne estaba ejerciendo sobre mí en ese momento, era difícil de explicar con palabras, pero mi cuerpo reconocía esa situación. Reconocía a quien le pertenecía, aunque solo fueron sus letras escritas sobre el papel, pero mi mente imaginaba su voz, su olor y su presencia.
Estaba perdida.
Y cada día me perdía un poco más.
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