Espejos rotos
Diego no mató a Viktor Kassel. Le perdono la
vida sin importar las consecuencias. Había sido su mentor, la persona que lo
protegió en este mundo tan peligroso, él había pasado la línea entre el bien y
el mal muchas veces, pero acabar con la vida de su mentor, era un pecado que no
estaba dispuesto a cargar en su conciencia, ni siquiera si eso significaba que
su vida terminara en el preciso momento que se negara, pero El Círculo Negro no
estaba dispuesto a dejarlo escapar tan fácilmente.
En el callejón de Praga, con la nieve cayendo
y el cañón aún caliente contra la piel de Helen, tomó la decisión en silencio.
Disparó dos veces al aire, lo bastante cerca para que los micrófonos del
Círculo captaran el sonido. Luego empujó a Helen hacia el coche negro y
arrancó. Kassel quedó vivo, escondido en un sótano que solo Diego conocía. El
rastreador seguía activo bajo su piel, pero el pendrive que ella le había
entregado contenía un código de interferencia temporal. Diez horas. Suficiente
para desaparecer. El tiempo suficiente para intentar salir de ese enredo que se
había formado, confiaba en su capacidad para salir airoso de esa situación tan
complicada que podía en peligro su propia vida.
Cruzaron la frontera hacia Alemania antes del
amanecer. Berlín los recibió con lluvia fría y calles vacías. Durmieron tres
horas en un hotel de mala muerte cerca de Alexanderplatz. No hablaron del
mentor. No hablaron de la traición. Cuando Helen se quitó la ropa mojada, Diego
la empujó contra la pared del baño, la beso con una intensidad casi animal, sus
labios eran fuego ardiendo y el cuerpo de ella buscaba quemarlo, le provocaba
un deseo que no podía ignorar, que necesitaba ser saciado de alguna manera, la
tomó allí mismo, de pie, con el agua todavía corriendo. Fue rápido, casi
violento. Él la levantó, le abrió las piernas y se hundió dentro de un solo
golpe. Se movió como si no hubiera mañana, el deseo le quemaba la piel, solo
buscaba saciarlo con ese cuerpo que lo enloquecía, esa mujer tenia algo que lo
volvía completamente loco y lo llevaba a actuar como un animal preso por su
propio instinto.
Ella se
aferró a sus hombros y mordió su cuello para no gritar. Cada embestida era un
golpe de rabia y necesidad. Su cuerpo disfrutaba cada embestida, la dureza de
sus penetraciones, esa hambre que él le demostraba al poseerla, disfrutaba su
compañía, pero estaba segura que en algún momento tendría que decidir, por
ahora era dejarse llevar por sus más bajos deseos y saciar esa calentura que
emanaba de su cuerpo. Se corrieron casi al mismo tiempo, temblando, sin mirarse
a la cara. Después se quedaron abrazados bajo el agua tibia hasta que se
enfrió. Fue un breve encuentro pasional para calmar el estrés, lo suficiente
para calmar ese deseo intenso y toxico que se tenían uno al otro.
Siguieron hacia el este. Trenes nocturnos,
coches robados, pasaportes falsos que cambiaban cada frontera. El sexo se
volvió una forma de no pensar. En el compartimento de un tren que iba a
Varsovia, con las cortinas corridas y el traqueteo de las vías como única
música, Helen se arrodilló entre sus piernas y lo chupó con una urgencia
desesperada. Diego le sujetó la cabeza y embistió hacia su garganta hasta que
ella se atragantó y lloró, pero no se apartó. Seguía lamiendo y succionando el
pene de Diego, a pesar de que usaba su boca como si fuera su cueva del placer,
ella lo complació a pesar de su intensidad.
Cuando
él estaba a punto, la levantó, la sentó a horcajadas y la penetró. Ella cabalgó
en silencio, los ojos cerrados, las uñas clavadas en su pecho. Dejándose llevar
por su deseo, buscando ese punto en su interior donde el roce de la punta del
pene de Diego la hiciera estremecer, movía sus caderas rítmicamente para
disfrutar con cada movimiento
Se
corrió mordiendo su hombro. Él la siguió segundos después, enterrado hasta el
fondo, el cuerpo rígido. Se entregaban a la pasión, a ese deseo tan primitivo
que los hacia perder el control y olvidar por minutos ese juego de vida y
muerte donde la vida de ambos estaba en juego.
En un motel barato a las afueras de Brest,
descubrieron la verdad sobre Kassel. El pendrive contenía más de lo que Helen
había dicho: archivos antiguos, órdenes firmadas, organigramas. Viktor Kassel
no era un traidor. Había sido el arquitecto original del Círculo Negro. Lo creó
como célula no autorizada para la agencia, y ahora intentaba desmantelarlo
desde dentro antes de que se volviera autónomo del todo. Diego lo había
protegido sin saberlo. Helen lo leyó en silencio, la mandíbula apretada. Se
mantuvo en silencio ante la gran verdad que había descubierto.
—Entonces todo era mentira —dijo él.
—No todo —respondió ella—. Yo sí te deseaba.
Eso era real.
No le creyó. Tampoco le importó demasiado.
Llegaron a Moscú bajo nombres falsos. El plan
era simple: contactar a un intermediario que podía extraerlos hacia el este,
borrar los rastros y desaparecer. El punto de encuentro era un apartamento en
un edificio soviético gris cerca de la estación de Kievskaya. Llegaron de
noche. La lluvia golpeaba los cristales. Diego abrió la puerta con la ganzúa y
entró primero, arma en mano.
La trampa se cerró en menos de treinta
segundos. No hubo tiempo de reaccionar ante lo que estaba por suceder, en
cuestión de segundos todo se volvió un caos.
Luces. Voces en ruso. Hombres con chalecos
tácticos y rostros cubiertos. Diego disparó dos veces. Uno cayó. El segundo le
golpeó la muñeca y le hizo soltar el arma. Lo derribaron contra el suelo. Helen
no se movió. Se quedó de pie en el centro de la habitación, las manos a la
vista, mientras los agentes rusos lo inmovilizaban.
Diego levantó la mirada y la vio.
Ella no parecía sorprendida. Su rostro
demostraba esa calma que la había caracterizado desde le inicio de toda esta
situación.
Uno de los hombres le habló en ruso rápido.
Helen respondió en el mismo idioma, con acento perfecto, sin dudar. Luego se
acercó a Diego, se arrodilló junto a él y le acarició la mejilla con una
ternura que resultaba obscena en ese momento. En su mente pasaban miles de
escenarios sobre la situación que estaban viviendo y en todos ellos una palabra
destacaba más que las demás: Traición.
—Te amé lo suficiente como para no matarte el
primer día en Viena —susurró en español, cerca de su oído—. Ahora decide:
vienes conmigo a Moscú… o mueres aquí con tu mentor.
Los agentes lo levantaron. Las esposas le
cortaron de nuevo las muñecas. Helen se puso de pie, sacó una pistola de la
cintura de uno de los rusos y se la apuntó a la cabeza de Diego, no con
amenaza, sino con una calma casi íntima. Diego sabia que el tiempo se le
terminaba o era tal vez su propia vida.
—El Círculo Negro nunca fue de tu agencia
—continuó—. Ni de la mía. Fue un campo de pruebas. Yo soy del Servicio. Siempre
lo fui. Profunda penetración. Años. La seducción, el doble juego, la fuga… todo
para acercarte a los archivos que solo tú podías desbloquear. Biometría.
Códigos mentales que te implantaron durante el entrenamiento inicial. Kassel y
el Círculo eran piezas de sacrificio. Tú eras el objetivo real. Siempre fuiste
tú el verdadero objetivo, para poder descubrir esta información que es tan
importante para la organización.
Diego escupió sangre al suelo. —¿Y el sexo?
¿También era parte del protocolo?
Helen bajó un poco el arma. Por un segundo
algo se quebró en su expresión. Pero rápidamente su expresión volvió a ser la
misma de antes.
—Eso… fue un error de cálculo. Mío. Un error
que no debí cometer, pero no puedo borrar el pasado, solo me queda vivir el
presente.
Lo arrastraron hacia la escalera. Helen caminó
a su lado, la pistola todavía en la mano, el vestido negro de la huida todavía
manchado de lluvia y semen seco. En el rellano, antes de que lo metieran en el
furgón negro, se acercó una última vez.
—Si vienes, vives. Si te resistes, ambos
morimos esta noche. Y créeme, Diego… todavía no he decidido si prefiero que
vivas.
Las puertas del furgón se cerraron. Moscú se
tragó la noche. El rastreador bajo la piel de Diego seguía latiendo, pero ahora
emitía una frecuencia distinta. Rusa.
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