El último protocolo
Moscú lo recibió como un activo de alto valor, no como un prisionero. Lo llevaron a un edificio sin nombre en las afueras, con paredes grises y ventanas que no se abrían. Le quitaron el rastreador antiguo y le implantaron uno nuevo, más sofisticado. Lo interrogaron durante horas con métodos limpios: privación de sueño, preguntas repetidas, imágenes de su pasado proyectadas en pantallas. Helen estaba presente en casi todas las sesiones. A veces tomaba notas. A veces solo lo miraba. Era una mera espectadora mientras Diego resistía las torturas y desafiaba a sus secuestradores con su mirada orgullosa. Por las noches la dejaban entrar en su celda. No había esposas. No había cámaras visibles. Solo ella, desnuda bajo un albornoz negro, y el silencio cargado entre ambos. La primera noche se limitó a tocarlo. Le recorrió el pecho con los dedos, bajó hasta su pene duro y lo masturbó con lentitud, mirándolo a los ojos. Sus movimientos eran lentos, pausados, pero aplicando la presión su...