Quien mira adentro
El aire en la cámara circular se había vuelto
casi sólido, una carga completa para quien lo respiraba. Cada respiración
costaba. El Espejo de Ashara, todavía sobre el pedestal, emitía una luz dorada
oscura que no iluminaba: revelaba. Las paredes reflejaban versiones posibles de
lo que estaba a punto de ocurrir, como si el tiempo se hubiera plegado sobre sí
mismo. Revelando situaciones que estaban por ocurrir dependiendo de lo que
ellos decidieran, tenían en sus manos el destino de ambos o de uno de los dos,
el camino a seguir era su elección, pero también las consecuencias de su
decisión.
Héctor dio un paso hacia el centro, sus pasos
eran lentos, muy medidos, con una calma que asustaba, la pistola aún en la
mano, aunque ya parecía un objeto ridículo en aquel espacio. La sangre de su
palma cortada seguía goteando sobre la piedra. Dejando evidencia de la visita
de personas a esa cueva con los rastros de ese vital líquido.
—No hay más tiempo —dijo—. El triángulo está
casi cerrado. Solo falta la entrega voluntaria. O la rotura. Ustedes eligen el
método. Yo solo necesito el resultado. Sus palabras sonaban a una sentencia. El
tiempo se acababa y debían decidir que camino tomarían.
Adrián se colocó frente a Selene, todavía
desnudo, el cuerpo marcado por arañazos y sudor. La erección no había
desaparecido del todo; el espejo no permitía que el deseo se apagara. Selene o Ashara,
el eco, ambas lo miraban con una calma que no pertenecía enteramente a esta
vida. Era una de esas miradas que te congelaban con su atención.
—Si lo completamos —dijo ella con aquella voz
doble—, uno de los dos se disuelve. O los dos se funden hasta dejar de ser
separables. Si lo destruimos… el rebote puede vaciarnos. He visto ambas cosas.
He sido ambas cosas. Tú decides que camino quieres tomar.
El espejo reaccionó a sus palabras. Las
proyecciones se volvieron nítidas y crueles.
Primera visión: Adrián aceptaba la fusión.
Veía su cuerpo y el de Selene acercarse hasta superponerse. El placer era
absoluto, total, una corriente que borraba nombres y recuerdos. Después solo
quedaba una figura de pie frente al pedestal. Tenía sus ojos y la boca de ella.
Detrás, Héctor recuperaba el color del rostro, la completitud, y sonreía con
gratitud cansada. La figura fusionada, sin embargo, ya no recordaba por qué
había luchado.
Segunda visión: Selene se entregaba por
completo para salvarlo. Adrián la veía arrodillarse, tocar el espejo y
desaparecer hacia adentro como humo invertido. Él quedaba solo, libre, con la
marca de la palma apagada. Pero en cada espejo futuro que miraba, cristales de
ventanas, charcos, la superficie de un café, ella estaba al otro lado,
mirándolo sin poder salir. Atrapada en una cárcel eterna que le impedía
regresar del lugar donde se encontraba.
Tercera visión: Adrián intentaba destruir el
objeto. Tomaba una piedra y lo golpeaba. El espejo se rompía en tres
fragmentos. El grito que salía de él no era de cristal: era de todas las
voluntades atrapadas. Adrián y Selene caían de rodillas, sangrando por la nariz
y los ojos. Cuando se levantaban, algo esencial había desaparecido. Podían
tocarse, podían incluso coger, pero el deseo llegaba amortiguado, lejano, como
recordado por otro. Habían sobrevivido vacíos. Sin esa energía que los
caracterizaba, solo un cascaron ocupando ese cuerpo humano.
Cuarta visión: se traicionaban. Adrián
empujaba a Selene hacia el espejo para salvarse. O ella lo empujaba a él. En
ambos casos el sobreviviente lograba salir del templo… y pasaba el resto de su
vida soñando con el peso del cuerpo del otro contra el suyo, sin poder volver a
sentir nada parecido.
Las imágenes se sucedían sin piedad. Adrián
vio versiones en las que odiaba a Selene. Versiones en las que la amaba hasta
la destrucción. Versiones en las que ambos se convertían en guardianes eternos
del espejo, cogiendo una y otra vez frente a él para mantenerlo saciado, sin
envejecer, sin morir, sin ser ya del todo humanos. Eran seres que solo tenían
una misión y vivían para cumplirla.
—Basta —gruñó.
El espejo no se detuvo. Solo cambió el ángulo.
Ahora mostraba a Héctor. No al hombre de pelo blanco que tenían delante, sino a
uno más joven, de pie junto a una mujer de cabello negro y ojos enormes. Ambos
tocaban el espejo. Ambos gritaban. La mujer se disolvía hacia adentro. Héctor
quedaba de rodillas, con una mitad de su voluntad arrancada. La imagen se
repetía una y otra vez, como un bucle de fracaso.
Selene respiró hondo.
—Él no es el antagonista —dijo en voz baja,
pero con certeza—. Es el resto. El residuo de una pareja que no fue lo bastante
fuerte. El espejo lleva siglos buscando dos voluntades lo suficientemente rotas
y lo suficientemente potentes como para sostenerlo sin que se quiebre.
Nosotros… somos exactamente eso. Él solo quiere recuperar lo que perdió.
Nosotros somos la llave. La salida que ha estado buscando el espejo desde hace
mucho tiempo.
Héctor no negó nada. Bajó la pistola un
centímetro.
—En 1987, ella se llamaba Mariana —dijo con
voz ronca—. Yo la amaba. El espejo nos eligió. Yo dudé en el último segundo.
Ella pagó el precio. Desde entonces vivo con el hueco, sintiendo que la parte
más importante de tu vida fue arrancada. Ustedes no tienen idea de lo que se
siente caminar incompleto durante décadas. Cada deseo, cada sueño, cada cogida…
llega a medias. Como si alguien hubiera cortado el volumen de la vida.
Adrián miró el espejo, después a Selene,
después al hombre que había sido su mentor.
—Si te dejamos completarlo, ¿qué pasa con
nosotros?
—Lo justo —respondió Héctor—. El espejo
siempre equilibra. Uno se queda. O los dos comparten la carga. O se destruye y
todos perdemos. Ya lo vieron.
El deseo volvió a subir de golpe. El espejo no
permitía pensar con claridad demasiado tiempo. Adrián sintió el tirón hacia
Selene como una corriente eléctrica. Ella también. En segundos estaban otra vez
uno contra el otro, besándose con una urgencia casi violenta. Las manos de
Adrián le bajaron los restos de ropa que todavía le colgaban. La levantó y la
penetró allí mismo, de pie, sosteniéndola contra el aire espeso. Selene lo
rodeó con las piernas y se dejó embestir con la frente apoyada en su hombro. Cada
embestida hacía que las proyecciones tiemblen. Veían las versiones futuras
mientras cogian: la fusión, la pérdida, el vacío, la traición. El placer se
mezclaba con el terror hasta volverse indistinguible.
—Elige —susurró Selene contra su oído,
mientras se corría con un temblor largo y silencioso—. Porque si no eliges tú,
el espejo elegirá por nosotros.
Adrián embistió más profundo, buscándose a sí
mismo dentro de ella. Se dejo llevar por sus instintos mientras aumentaba el
ritmo de sus penetraciones, ese calor del interior de ella lo hacía disfrutar
demasiado, cada movimiento lo llevaba a una cumbre bien alta que estaba a punto
de llegar a su límite. Se derramó con un gemido que sonó a rabia. Por un
segundo, en pleno orgasmo, vio la quinta visión: una posibilidad que el espejo
no había mostrado antes. Ellos dos, meses o años después, en algún lugar lejos
del templo, tocándose con cuidado. Ya no eran completamente individuales.
Tampoco estaban fundidos. Habían repartido la carga. El deseo seguía allí,
intenso, pero ya no era una orden. Era una elección. Y el espejo… el espejo
estaba sellado, no destruido, dividido en dos fragmentos que cada uno cargaba
sin poder separarse del todo. Una oportunidad que por alguna razón había
aparecido en su mente, una salida que parecía la opción más tentadora de todas
las realidades que habían pasado por sus propios ojos.
Cuando bajó de la intensidad, Adrián todavía
dentro de Selene, miró a Héctor.
—Tú no eres el enemigo final —dijo—. Eres solo
el último que falló. El espejo te usó igual que nos está usando a nosotros. Esa
es la gran verdad.
Héctor sonrió con cansancio.
—Lo sé. Pero todavía puedo ser el que termine
esto.
Levantó el cuenco de piedra y el cuchillo. La
luz del espejo se intensificó, impaciente. Las proyecciones giraban cada vez
más rápido: fusión, vacío, traición, carga compartida, disolución.
Selene bajó los pies al suelo, se separó con
lentitud de Adrián y se colocó a su lado. Ambos desnudos, marcados, todavía
temblando por el orgasmo y por lo que acababan de ver.
—Ya no miramos desde fuera —dijo ella, y esta
vez la voz de Ashara y la de Selene sonaron perfectamente sincronizadas—. Ahora
miramos desde dentro.
El Espejo de Ashara emitió un sonido como de
cristal bajo presión. Héctor dio un paso adelante. Adrián cerró la mano sobre
la de Selene. Y por primera vez desde que el fragmento lo marcó doce años
atrás, comprendió que la verdadera pregunta no era si iban a sobrevivir.
Era qué parte de ellos mismos estarían
dispuestos a dejar atrás para hacerlo. Era la hora de decidir como iba a
terminar la historia que ambos estaban viviendo.
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