La universidad: El rumor | Parte 2 — El eco de la provocación
Cuatro días después de su primer encuentro con Mateo, Rosa regresa al pabellón abandonado de la universidad. El deseo, la curiosidad y una nueva tentación cambiarán su relación para siempre.
La universidad: El rumor continúa...
Después de aquel primer encuentro en el pabellón abandonado, Rosa no ha podido dejar de pensar en Mateo. Cuatro días han sido suficientes para transformar su curiosidad en una necesidad que la lleva nuevamente hasta aquel lugar.
Los cuatro días posteriores al primer encuentro en el pabellón abandonado fueron una tortura constante para Rosa. En la universidad, ya no caminaba con la mirada fija en el suelo ni se sentía invisible. La experiencia de haber sido dominada y llevada al clímax por Mateo había dejado una huella imborrable en su cuerpo y en su mente.
Se descubría a sí misma en medio de las clases de historia repasando cada detalle: la firmeza de las manos de Mateo en su cintura, la presión de su cuerpo entre sus piernas y la voz grave ordenándole que no se tapase la boca. Cada vez que recordaba el sonido de su propio gemido retumbando en el aula vacía, una ola de calor le recorría la espalda, obligándola a cruzar las piernas bajo el pupitre para disimular la humedad instantánea de su ropa interior.
La búsqueda de Mateo en el campus se convirtió en una obsesión. Lo veía a lo lejos, caminando entre los edificios de la facultad de ingeniería con esa seguridad innata que lo caracterizaba. Un par de veces sus miradas se cruzaron a la distancia; él no sonreía, no saludaba, solo sostenía la mirada durante unos segundos eternos, recordándole el pacto silencioso que existía entre ambos antes de continuar su camino.
El lunes por la tarde, el cielo volvió a teñirse de un gris claro. Las clases habían concluido y la mayoría de los estudiantes se apresuraban a tomar el transporte hacia sus casas. Rosa, sin embargo, no dudó. Ajustó la correa de su bolsa y tomó el sendero caminando por los pinos hacia el viejo pabellón de arquitectura. Esta vez, sus pasos no eran vacilantes; caminaba impulsada por una necesidad que sobrepasaba cualquier rastro de timidez.
Al subir las escaleras de piedra del piso superior, el aire denso y el olor a madera vieja la recibieron como un viejo conocido. El pasillo estaba en penumbra, iluminado únicamente por los relámpagos lejanos de la tormenta que se aproximaba.
Rosa no tuvo que buscarlo. Mateo estaba esperándola en la misma aula, sentado sobre la mesa de dibujo con los brazos cruzados y una sonrisa de satisfacción contenida. Vestía unos pantalones oscuros y una camisa gris de mangas remangadas que dejaba al descubierto los músculos marcados de sus antebrazos.
—Llegas tarde, Rosa —dijo él con esa voz profunda que le aceleró el pulso al instante.
—Tenía clase hasta las cuatro... —alcanzó a decir ella, dando un par de pasos hacia el interior de la habitación.
Mateo bajó de la mesa con lentitud y caminó hacia ella. Su presencia llenaba todo el espacio. Sin mediar palabra, la tomó de la barbilla con dos dedos, obligándola a levantar la cabeza, y le dedicó un examen minucioso.
—Has cambiado —observó él con voz baja—. Ya no caminas como si le pidieras permiso al mundo para respirar. Mírame a los ojos y dime a qué has venido.
El corazón de Rosa golpeaba con fuerza contra su pecho. La dominación de Mateo la acorralaba, destruyendo de manera inmediata la poca cordura que le quedaba.
—He venido por ti... —confesó ella en un susurro cargado de honestidad.
—Entonces vas a aprender lo que significa entregarte del todo —respondió él, tomándola del brazo con firmeza para guiarla no hacia la mesa, sino hacia la puerta del aula.
Mateo la llevó hasta el final del pasillo, donde una pequeña puerta de madera conducía a un antiguo depósito de materiales. El espacio era mucho más reducido, sin ventanas al exterior, iluminado solo por la tenue luz que se filtraba por la rendija inferior de la puerta. El encierro era absoluto.
De repente, el eco de unos pasos y voces masculinas resonó en la planta baja del pabellón. Eran conserjes o estudiantes que cruzaban el piso inferior. Rosa se congeló de pavor, dando un paso atrás.
—Shh... —le susurró Mateo directamente al oído, pegando su cuerpo contra la espalda de la chica y atrapándola entre el muro y su cuerpo—. Si hacemos el menor ruido, vendrán a investigar. Tu reputación de chica perfecta se acabará en un segundo.
La cercanía del peligro elevó la excitación de Rosa a niveles desconocidos. Podía sentir el pulso acelerado de Mateo en su espalda, el calor abrasador de su piel y la rigidez indiscutible de su cuerpo presionando contra sus nalgas a través de la falda.
—Mateo... nos van a oír —murmuró ella, temblando.
—Solo si no aprendes a controlar tus gemidos —le contestó él con voz ronca, deslizando una mano por debajo de su blusa para presionar directamente sobre su estómago antes de subir con decisión hacia su pecho.
Mateo no le dio tiempo a asimilar el miedo. Con una destreza precisa, desabrochó el sujetador de Rosa y atrapó su pezón entre sus dedos, apretándolo y masajeándolo con un ritmo constante mientras con la otra mano le sujetaba la cadera, manteniéndola pegada a su cuerpo rígido.
Rosa echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de Mateo, ahogando un grito contra su propio brazo. La combinación de la oscuridad del depósito, el eco de las voces lejanas en el pasillo y el toque experto del muchacho le nubló el juicio por completo.
Él no se detuvo. Bajó la mano hacia el dobladillo de la falda de Rosa y la subió de un tirón. Sin rodeos, desnudó sus piernas retirando la pequeña prenda de encaje y dejándola caer al suelo. Sus dedos, cálidos y dominantes, penetraron la humedad de la joven de inmediato, buscando la entrada de su centro.
—Estás lista... —murmuró Mateo contra su cuello, lamiendo la piel sensible detrás de su oreja mientras movía dos dedos en su interior con un ritmo lento y profundo que hacía que las piernas de la chica flaquearan.
—Por favor, Mateo... no puedo más... —suplicó ella, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones.
Las voces en el piso inferior comenzaron a alejarse hasta extinguirse por completo en la distancia, dejando únicamente el sonido de la lluvia azotando el tejado del edificio.
Mateo la giró de golpe, encarándola en la penumbra del depósito. Con un movimiento decidido, se desabrochó el pantalón y liberó su virilidad, erguida, pulsante y de una magnitud que hizo que a Rosa se le secara la garganta. La chica lo miró a los ojos, comprendiendo que el momento que había evitado y deseado a la vez durante tanto tiempo había llegado finalmente.
—Esta es la primera vez para ti, Rosa —dijo él, sujetándola firmemente por las caderas y levantándola levemente para posicionarla sobre el borde de un pequeño mueble de madera—. Quiero que recuerdes cada segundo de este momento. Vas a ser mía en este pabellón.
Rosa rodeó la cintura de Mateo con sus piernas de forma instintiva. Se aferró a sus hombros musculosos mientras él alineaba la cabeza de su miembro rígido directamente con su entrada empapada.
—Mírame —ordenó él con voz grave y autoritaria.
Rosa abrió de par en par sus ojos brillantes, sosteniéndole la mirada en medio de la penumbra.
Mateo empujó con lentitud, pero con una firmeza absoluta. El primer contacto fue un impacto de plenitud que hizo que Rosa soltara un sollozo ahogado. Sintió la presión intensa de su miembro abriéndose paso a través de las paredes estrechas de su interior, estirando su anatomía virgen hasta el límite.
—Ah... Mateo... duele un poco... —alcanzó a decir ella, clavando las uñas en la espalda del chico.
Él se detuvo a mitad del camino, manteniendo la presión. Inclinó la cabeza y la besó en los labios con una ternura inesperada, una devoción hambrienta que acalló sus protestas y le hizo olvidar la pequeña molestia inicial.
—Respiras conmigo, Rosa... despacio —le susurró contra la boca, esperando a que los músculos de la joven se adaptaran a su tamaño.
Cuando sintió que las paredes de la chica cedían y lo abrazaban con espasmos cálidos, Mateo dio un último empujón profundo, enterrándose hasta la raíz. Rosa soltó un jadeo largo, sintiendo una ola de calor expansivo que borró cualquier rastro de dolor para darle paso a un placer abrumador y desconocido.
—Eso es... eres increíblemente estrecha y perfecta —gruñó Mateo entre dientes, sintiendo cómo el interior de la joven lo aprisionaba con fuerza.
Comenzó a moverse. Primero con embestidas lentas, largas y calculadas, permitiendo que Rosa sintiera cada centímetro de su grosor entrando y saliendo de su cuerpo. El sonido del roce de sus pieles y el ritmo constante de sus caderas llenaron la pequeña habitación.
A medida que el ritmo aumentaba, Rosa perdió por completo el control de sus sentidos. Ya no le importaba si alguien los escuchaba; se movía al compás que Mateo le imponía, elevando sus caderas para recibir cada penetración con mayor intensidad. Sentía cómo él la tomaba de las nalgas con fuerza, sosteniéndola contra su cuerpo mientras embestía con una furia y un dominio absoluto.
—Mateo... ¡ah! ... más rápido... —suplicó ella, perdiendo la vergüenza por completo.
—Pedirlo así te va a costar caro, pequeña —respondió él con una sonrisa oscura, aumentando la velocidad y la profundidad de sus penetraciones.
Cada embestida alcanzaba el punto más sensible en lo profundo de Rosa, acumulando una tensión eléctrica que amenazaba con hacerla estallar en mil pedazos. Mateo la penetraba con ritmos cambiantes: tres embestidas rápidas y cortas seguidas de una embestida profunda que la hacía arquear la espalda y gemir contra su cuello.
La tormenta fuera del pabellón alcanzó su punto máximo al mismo tiempo que la pasión en el depósito. Mateo aceleró las estocadas a un ritmo salvaje e implacable, sintiendo cómo las paredes vaginales de Rosa se contraían desesperadamente a su alrededor, avisándole que el final estaba cerca.
—Te vas a correr conmigo ahora mismo, Rosa —ordenó él, apretando el agarre en sus caderas y embistiendo hasta el fondo.
El mandato de Mateo fue el detonante definitivo. Un orgasmo devastador sacudió el cuerpo de la joven de pies a cabeza. Rosa soltó un grito ahogado contra el hombro del chico mientras su interior se contraía en espasmos violentos que aprisionaron el miembro de Mateo como un guante de fuego.
Al sentir el apretón convulso de la chica, Mateo perdió también el control. Soltó un gruñido bajo y animal, hundiéndose por completo una última vez mientras su propia marea cálida se liberaba en el fondo de la joven, sellando la entrega en medio de la penumbra.
Quedaron inmóviles durante varios minutos, abrazados fuertemente, escuchando únicamente el repiqueteo de la lluvia sobre el techo y el sonido agitado de sus respiraciones interconectadas.
Mateo besó la sien de Rosa con suavidad mientras se retiraba muy despacio, haciendo que ella soltara un pequeño suspiro de nostalgia al sentir la separación. Con delicadeza, la ayudó a acomodarse la ropa, limpiando con sus propios dedos el rastro de la pasión que corría por sus muslos.
—Ya no eres la chica tímida e inocente que entró por esa puerta, Rosa —dijo él, mirándola a los ojos con un orgullo dominante mientras le acomodaba el cabello tras la oreja.
Rosa se contempló en la penumbra. Su cuerpo aún temblaba, pero en su interior sentía un poder y una plenitud que jamás había imaginado poseer.
—Gracias a ti... —respondió ella, dándole un beso corto pero cargado de intención en los labios.
—Esto solo ha sido la iniciación —le advirtió Mateo con una sonrisa conspiradora mientras abría la puerta del depósito—. A partir de hoy, la universidad va a ser un lugar muy distinto para los dos.
Continuará...
Comentarios
Publicar un comentario