El gimnasio: La dueña de las reglas | Relato erótico
Lucía se dejó llevar por la tentación y tuvo relaciones con Marcos y ahora se pregunta si vale la pena du actual vida.
Llegué a casa a las diez y media de la noche. El eco de mis tacones sobre el piso de mármol de la entrada sonaba distinto, más firme, libre de la pesadez que me había acompañado durante años. Me detuve frente al espejo del recibidor para mirarme: tenía las mejillas encendidas, los labios ligeramente hinchados y en la piel de mis caderas aún persistía el calor de las manos de Marcos. No sé si sería solo me impresión, pero de mi cuerpo desprendía una sensualidad que no reconocía y la mejor parte que me encantaba la imagen que mostraba el espejo.
En la sala, la luz de la lámpara de pie estaba encendida. Sobre el sofá descansaba una maleta ejecutiva de cuero negro. Roberto había regresado antes de su viaje. Un regreso que ahora me era indiferente.
—¿Lucía? —escuché su voz desde la cocina. Apareció con un vaso de agua en la mano, vistiendo su habitual camisa de vestir desabrochada en el cuello, luciendo el aspecto cansado y distante de siempre—. Pensé que estarías dormida. ¿Dónde estabas?
—En el gimnasio —respondí, mirándolo directamente a los ojos. Jamás le había sostenido la mirada con tanta frialdad—. Mi entrenador tuvo que ajustar la rutina de la noche.
Roberto me miró de arriba abajo por un segundo, pero no notó absolutamente nada. No vio el brillo en mis ojos ni el leve desorden en mi peinado; estaba demasiado ocupado en su propio universo. Eso me decepciono, por un momento esperaba que me notara, que notara ese cambio que había visto al reflejarse mi imagen en el espejo.
—Ah, qué bien que te mantengas ocupada —dijo, dándome un beso seco en la mejilla, un contacto mecánico que ni siquiera me hizo pestañear—. Tengo que revisar unos informes para mañana a primera hora. No me esperes despierta.
Se dio media vuelta y caminó hacia su estudio, cerrando la puerta tras de sí. Era una rutina que se repetía una y otra vez, nada me sorprendía de Roberto, solo enfocado en su mundo más importante: sus negocios.
Me quedé sola en el pasillo. Miré el anillo de oro en mi mano izquierda y, por primera vez en años, no sentí culpa ni tristeza. Sentí una liberación absoluta. Mi matrimonio era una cáscara vacía, pero mi cuerpo pertenecía a alguien que sí sabía cómo reclamarlo. Entré al baño, me desvestí despacio frente al espejo y contemplé las marcas leves de los dedos de Marcos en mi piel. Sonreí en la penumbra. El tratamiento apenas comenzaba y lo mejor es que me estaban encantando los resultados.
Al mes siguiente, la dinámica en Iron & Steel se transformó por completo. Ya no era la clienta tímida de treinta años que buscaba una esquina discreta para entrenar. Caminaba por el área de peso libre con una seguridad aplastante, vistiendo ropa deportiva que remarcaba mi figura esculpida por el rigor de Marcos. Me gustaba mostrarme, que todos notaran lo que había conseguido siguiendo esas rutinas intensas y extenuantes, era fruto del sudor de mi cuerpo y me sentía muy orgullosa de todo lo que había conseguido.
Las chicas más jóvenes, como Camila, notaron el cambio de inmediato. Observaba sus miradas de celos cuando Marcos cruzaba la sala principal ignorando sus risitas para dirigirse directamente hacia mí. Santi y Leo, los entrenadores asistentes, me trataban con un respeto casi reverencial; sabían perfectamente que la regla de oro del jefe se había roto en mil pedazos por mí. Pero no opinaban, ni murmuraban, solo se guardaban en silencio sus propios pensamientos y era lo mejor para mantener esa convivencia que tenían con su jefe.
—Estás bajando con excelente control, Lucía —dijo Marcos una tarde de jueves, situándose a mi lado mientras yo realizaba prensa de piernas con un peso considerable.
Lo miré a través del reflejo del espejo. Llevaba su habitual camiseta ajustada, pero sus ojos oscuros tenían una chispa de complicidad exclusiva que solo compartía conmigo.
—Tengo un buen maestro —respondió mi voz con un tono bajo, provocador.
Él se inclinó levemente, fingiendo revisar el seguro de las pesas, y rozó con la palma de su mano la parte interna de mi muslo, un toque caliente e imperceptible para el resto de la gente en el gimnasio. Pero lo suficiente para encender mi cuerpo levemente ante ese inesperado toque de sus manos.
—Hoy no quiero entrenar en el depósito, Lucía —me susurró al oído con esa voz grave que me erizaba la piel—. Tengo la llave de mi departamento a tres calles de aquí. A las nueve.
Sostuve su mirada con audacia, apretando los músculos de mis piernas.
—Allí estaré, Marcos.
El departamento de Marcos era exactamente como lo imaginaba: moderno, minimalista, con grandes ventanales que dominaban la vista de la ciudad iluminada. En cuanto crucé la puerta, no hubo espacio para las palabras ni para los estiramientos técnicos. Marcos no espero ni un segundo para demostrar sus verdaderas intenciones y esa situación me calentaba de una manera que no puedo encontrar las palabras adecuadas para expresarlo.
Marcos me acorraló contra la pared de la entrada, tomándome del rostro para hundirme en un beso feroz, hambriento y posesivo. Le quité la camiseta con impaciencia, recorriendo con mis manos los músculos firmes de su espalda, mientras él me desnudaba con una maestría que me dejó sin aliento en cuestión de segundos. Me tenía desnuda ante sus ojos, apreciando mi cuerpo con esos ojos que demostraban ese gran deseo por devorarme, por hacerme suya otra vez.
Me levantó en el aire y me llevó hacia el gran ventanal de la sala. Me apoyó de espaldas contra el cristal frío, mientras la ciudad iluminada se extendía a nuestros pies en la penumbra. Estar en esa posición, con él al control, mientras solo esperaba que comenzara esa lucha de placer que estaba por ocurrir.
—Mírate, Lucía... —murmuró él, sujetándome de las nalgas con fuerza mientras alineaba su virilidad dura con mi entrada empapada—. Ya no queda nada de la mujer dócil que entró por la puerta de mi gimnasio. Y ese cambio que has tenido me fascina tanto, que siento que me vuelvo loco por ti.
—Tú me cambiaste, Marcos... ahora hazte cargo —supliqué, rodeando su cintura con mis piernas.
Sin perder un segundo, me penetró de un solo empujón brutal y profundo. Un gemido de placer absoluto se me escapó contra su cuello, mientras el contraste del cristal frío en mi espalda y el calor abrasador de su cuerpo me llevaba directo a la locura.
Marcos comenzó a embestir con una velocidad y una furia desenfrenadas. El sonido de nuestras pieles chocando y mis gemidos libres resonaban en todo el departamento. Ya no había prisa, ni miedo a que los conserjes nos escucharan, ni la sombra de mi esposo interponiéndose. Éramos dos voluntades dominantes alimentándose del deseo mutuo. Dejándose llevar por la lujuria que controlaban sus cuerpos, solo buscando apagar ese deseo incontrolable que ambos teníamos y que nos hacia desearnos mutuamente sin control.
Él me tomaba con autoridad, cambiando de ritmo, hundiéndose hasta el fondo de mi sexo, obligándome a sostenerle la mirada mientras la marea del placer me consumía. Le gustaba mirar mi cara de placer al penetrarme con intensidad y dureza.
—Eres mía, Lucía... en el gimnasio y fuera de él —afirmó en un gruñido bajo.
—Tuya... siempre tuya —acepté, entregándome por completo.
El clímax nos golpeó al mismo tiempo, una explosión devastadora que nos hizo temblar abrazados contra el ventanal, uniendo nuestras respiraciones en medio de la noche. Con nuestros cuerpos agotados del esfuerzo físico y satisfechos por este momento.
Nos quedamos tendidos sobre el gran sofá de la sala, envueltos en una sábana oscura. El silencio era cálido, reconfortante. Marcos me acariciaba el hombro con una calma que me brindaba seguridad, mirando las luces lejanas de la avenida.
—Santi me preguntó ayer si iba a volver a abrir la agenda para clientas casadas —comentó él con una sonrisa sarcástica.
—¿Y qué le dijiste? —pregunté, apoyando la barbilla en su pecho.
Marcos se giró hacia mí, tomándome de la barbilla para darme un beso corto pero cargado de posesión.
—Le dije que la regla sigue vigente para todas... menos para la dueña del gimnasio.
Sonreí con complicidad. Me acomodé entre sus brazos, sabiendo que mi vida anterior había quedado atrás. Tenía un matrimonio conveniente de fachada y un amante insaciable que gobernaba mi cuerpo. La excepción a la regla se había convertido, para siempre, en nuestra propia ley.
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