La escritora: El deseo incontrolable | Relato erótico
Natalia decide acudir a la cita con Lucas y él le dice algo que no esperaba, lo que desencadena algo que no puede ser controlado.
La lluvia no había cesado cuando el taxi la dejó frente a la fachada discreta del hotel boutique. Natalia caminó hacia la entrada apoyándose en un bastón de diseño elegante que había comprado esa misma tarde; la férula en su tobillo le recordaba a cada paso el peso de la realidad, pero su mente estaba completamente sumergida en la ficción que estaba construyendo.
Al cruzar el umbral del bar, la penumbra, el aroma a madera y el tenue sonido de un piano la envolvieron. Lucas ya estaba allí, sentado en la misma mesa del rincón donde se conocieron por primera vez. Vestía un traje oscuro sin corbata, y sostenía un vaso de whisky entre los dedos. Al verla llegar con el bastón, una sonrisa enigmática y afilada se dibujó en sus labios.
—Vaya, parece que la escritora tuvo una semana agitada —dijo él sin levantarse, señalando el asiento frente a él con la mirada.
Natalia se acomodó con cierta dificultad, manteniendo la compostura.
—Un pequeño incidente en la calle. Nada de qué preocuparse.
Lucas inclinó la cabeza, observándola como si pudiera leer las capas de aire entre los dos. Se acercó un poco más sobre la mesa, apoyando los codos.
—No me refiero al tobillo, Natalia —murmuró con voz baja —. Me refiero a la mirada. Hay una tensión distinta en ti hoy. Menos bloqueo creativo, más distracción. Como si no estuvieras del todo presente aquí conmigo.
El corazón de Natalia dio un vuelco sutil, pero sostuvo la mirada.
—Vine porque me citaste. Estoy aquí.
—Estar físicamente no es estar aquí —replicó él, haciendo una pausa para darle un trago a su bebida—. Sabes, he estado pensando en tu novela. En esa protagonista que busca inspiración en lo desconocido. Me pregunto qué pasa cuando la inspiración se le queda corta con un solo hombre y empieza a buscar matices en otros.
Natalia sintió que el aire de la mesa se volvía helado. Lucas sacó su teléfono del bolsillo del saco y lo dejó sobre la mesa, con la pantalla hacia arriba.
—Ayer por la tarde pasé cerca de tu edificio para asegurarme de que el paquete te hubiera llegado —dijo Lucas con una calma escalofriante—. Y me encontré con una escena bastante pintoresca en el pasillo. Un hombre muy atento sujetándote por la cintura... y otro vecino mirándolo como si quisiera matarlo.
La revelación cayó sobre Natalia como un balde de agua fría. La audacia de Lucas para vigilar su entorno superaba cualquier límite que hubiera imaginado.
—¿Me estabas siguiendo? —preguntó ella, con la voz firme, pero con el pulso acelerado.
—Solo observaba a mi musa —contestó él con una chispa de diversión peligrosa en los ojos—. Y me dio curiosidad saber hasta dónde llega tu capacidad para jugar en varios tableros a la vez. Así que vamos a hacer una prueba, escritora.
Lucas deslizó su teléfono hacia ella.
—Llámalos. A cualquiera de los dos. Pon el altavoz y dile que estás en apuros con el tobillo y que necesitas que vengan a buscarte a este hotel. Si realmente estás usando este juego para tu libro, me demostrarás que tienes el control sobre ellos y sobre ti misma. Pero si dudan, o si tú dudas al marcar... significará que este juego te sobrepasó y que la historia se te salió de las manos.
Natalia miró la pantalla del teléfono y luego a Lucas. La propuesta era una provocación directa, una prueba de lealtad a la narrativa que ella misma había creado. A escasos kilómetros de allí, Javier esperaba su llamada para saber cómo estaba, mientras Mateo vigilaba la luz de su departamento desde el pasillo. Y frente a ella, Lucas disfrutaba acorralándola en su propio terreno.
Natalia estiró la mano despacio y tomó el teléfono, sabiendo que el siguiente paso cambiaría por completo las reglas entre los cuatro.
Natalia sostuvo la mirada de Lucas durante tres segundos eternos, sintiendo la provocación vibrar en el ambiente. En lugar de obedecer la orden de marcar a uno de los otros hombres, deslizó el teléfono de regreso por la mesa, empujándolo suavemente con la punta de los dedos hasta el vaso de whisky de él.
—Tú no diriges mi novela, Lucas —dijo en un susurro firme, con la voz cargada de un tono desafiante—. Si quisiera un director de escena, me habría buscado a un actor. Pero estoy aquí por ti.
La sonrisa afilada de Lucas se congeló un instante para dar paso a una chispa de sorpresa absoluta. El descaro de la escritora al romper sus reglas en su propio terreno encendió algo sofocante en la mirada del desconocido.
Sin pedir permiso, Natalia dejó caer el bastón a un costado de la mesa y se incorporó despacio, ignorando el pinchazo leve en el tobillo. Rodeó la pequeña mesa redonda y se inclinó sobre él, apoyando ambas manos en los apoyabrazos de la silla de cuero donde Lucas estaba sentado, acorralándolo físicamente. La cercanía fue tan repentina que el aroma a tabaco dulce, cuero y el calor de la piel de Lucas envolvieron a Natalia de golpe.
—¿Querías probar si me sobrepasó la historia? —murmuró ella, acercando sus labios a la oreja de él hasta que su aliento tibio le erizó la piel del cuello—. Los otros son solo palabras en el papel. Tú eres la única razón por la que la piel se me pone de gallina.
Lucas soltó un aliento entrecortado y, perdiendo por completo la compostura analítica que ostentaba, atrapó a Natalia por la nuca con una mano firme y dominante, pegando la boca de ella a la suya en un beso hambriento, sucio y sin rodeos. El choque de sus labios fue directo, cargado de una rabia contenida y un deseo voraz que llevaba días acumulándose.
Él la atrajo con fuerza hacia su regazo, desentendiéndose del entorno del bar en penumbras. Las manos de Lucas subieron con desesperación por los muslos de Natalia, apretando la carne firme bajo la falda con una posesividad brutal que le sacó un gemido sordo en medio del beso. Ella enredó los dedos en el cabello de él, arqueando la espalda e incitándolo a ir más allá, sintiendo la dureza evidente de Lucas presionando contra su cadera.
—Eres peligrosa, escritora —gruñó Lucas contra sus labios, respirando con dificultad mientras su mano bajaba con decisión por la parte posterior de su vestido, buscando la piel descubierta—. Me gusta que juegues con fuego, pero en esta habitación las decisiones las tomo yo.
—Demuéstramelo arriba —desafió ella, mordiéndole el labio inferior con la fuerza justa para dejarle un sabor a adrenalina.
Lucas no esperó un segundo más. La tomó con firmeza de la cintura para ponerla de pie, recogió el bastón y, sin soltarle la mano con un agarre que casi quemaba, la guio a paso acelerado hacia el ascensor privado que conducía a las habitaciones del hotel, dejando claro que el juego mental había quedado destruido por la pura necesidad física.
El ascensor privado subió en un silencio cargado de aire pesado y miradas que no se cedían un solo milímetro. En cuanto el mecanismo encajó en el piso superior y la puerta se abrió, Lucas no dio margen de maniobra. Atravesó el umbral de la suite boutique arrastrando a Natalia del brazo, antes de estrellar su espalda contra la madera maciza de la puerta cerrada.
El golpe seco retumbó en el espacio amplio de la habitación, apagado apenas por el papel tapiz. El bastón cayó al suelo con un chasquido metálico que nadie atendió. Lucas la acorraló de inmediato, encajando sus muslos entre las piernas de ella y atrapando sus muñecas por encima de la cabeza con una sola mano. Su otra mano subió directamente al cuello de Natalia, presionando con la fuerza justa para obligarla a arquear la garganta y buscar aire mientras sus bocas volvían a encontrarse en un choque feroz. No había espacio para la cortesía; el beso sabía a whisky, a rabia contenida y a una urgencia física que devoraba cualquier intento de análisis.
—Querías fuego, escritora —susurró Lucas contra sus labios, su aliento caliente rozándole las comisuras mientras la mano libre descendía con brusquedad para enganchar la tela del vestido—. Vamos a ver si puedes sostener la mirada cuando la historia no la controles tú.
Un tirón limpio de la costura lateral acompañó sus palabras. La tela cedió dejando la piel de los costados de Natalia expuesta al frío de la habitación. Ella soltó un jadeo profundo, pero lejos de amedrentarse, liberó una de sus manos del agarre de él y le enredó los dedos en el cuello de la camisa, tirando de la tela hasta hacer saltar un par de botones.
Lucas soltó un gruñido sordo y la levantó de golpe. Natalia rodeó la cintura de él con las piernas, ignorando el pinchazo de advertencia en su tobillo lesionado mientras el calor de la ingle de Lucas presionaba directamente contra la suya. Él la llevó en brazos hasta la cama de matrimonio, dejándola caer de golpe sobre el edredón de plumas.
Antes de que Natalia pudiera acomodarse, Lucas se posicionó sobre ella. Se despojó de la chaqueta del traje lanzándola al suelo y, con una rapidez felina, apartó los restos del vestido con ambas manos. Sus dedos, ásperos y calientes, se clavaron en la piel de sus caderas, dejando marcas rojas que prometían recordar la noche durante días.
—Mírame —ordenó él con voz baja, oscura, mientras alineaba su cuerpo con el de ella.
Natalia abrió los ojos de golpe. Las pupilas de Lucas estaban dilatadas por completo, rodeadas apenas por un fino aro gris. La mirada de él no buscaba romanticismo ni refugio; era la exigencia pura de un hombre reclamando su lugar en la narrativa que ella misma había convocado.
La primera embestida fue directa, profunda y sin anestesia. Natalia echó la cabeza hacia atrás sobre las almohadas, soltando un gemido agudo que resonó en el techo alto de la suite. La sensación la atravesó con una violencia eléctrica que disipó cualquier pensamiento sobre la lluvia, el pasillo del edificio o las promesas de Javier. Solo existía el peso de Lucas sobre su cuerpo, el choque constante de sus caderas contra el colchón y el ritmo acelerado de dos respiraciones fuera de control.
Lucas la tomó de las manos, entrelazando sus dedos con firmeza contra las sábanas para marcar un ritmo cada vez más rápido, más exigente. Cada movimiento de él provocaba en ella un temblor que le recorría la espalda desde la nuca hasta los muslos. La intensidad del encuentro era tan abrumadora que el aire en la habitación parecía haberse agotado, sustituido por el sonido de la piel chocando contra la piel y los suspiros ahogados que ambos se devolvían a la boca.
—Dime de quién es esta historia —exigió Lucas entre dientes, acentuando la presión de cada embestida hasta hacerla jadear sin aliento.
—Mía... —logró articular ella, clavándole las uñas en la espalda a través de la camisa rota, apretando las piernas a su alrededor para incitarlo a ir más profundo—. Todo es mío...
La respuesta de Natalia pareció detonar el último hilo de contención de Lucas. Aumentó la velocidad de forma casi salvaje, llevándola directo al límite en una marea de calor y contracciones involuntarias que hicieron que Natalia arqueara la cintura al máximo, soltando un grito sofocado contra el hombro de él mientras el clímax la sacudía por completo.
Lucas la siguió segundos después, dejando escapar un gemido grave y prolongado contra el cuello de ella antes de dejarse caer con todo su peso sobre la cama, con el corazón latiéndole como un martillo neumático contra el pecho de la escritora.
El silencio volvió a adueñarse de la suite, interrumpido únicamente por el pulso acelerado de ambos y el rumor lejano de la lluvia contra los ventanales. Natalia permaneció tendida entre las sábanas revueltas, sintiendo la calidez del cuerpo de Lucas sobre el suyo y la certeza de que este encuentro acababa de sellar un punto de no retorno en su vida... y en las páginas de su libro.
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