La escritora: El cuadrado | Relato erótico
Después de encontrase con su compañero de colegio, ella se da cuenta que una nueva pieza se ha añadido a su vida y eso puede incomodar a las anteriores.
El trayecto hacia la clínica transcurrió entre el zumbido del motor y una conversación que de inmediato acortó los años de distancia. Javier conducía con soltura, echándole miradas de reojo a Natalia para asegurarse de que el dolor no fuera agudo. Había en él una calidez genuina, como un recuerdo de esa época en la que ambos compartían libros en la biblioteca del colegio y cruzaban miradas cargadas de algo que nunca se atrevieron a nombrar. Ambos eran tímidos y no supieron expresar sus sentimientos, quedando lo que sentían en algo que nunca llego a materializarse.
Al llegar al centro médico, Javier no permitió que ella pusiera un solo pie en el suelo. La tomó en brazos con cuidado para llevarla hasta la recepción de emergencias y se encargó de todos los trámites con una eficiencia impecable. Su manejo ante la situación fue impecable, asegurándose que Natalia fuera rápidamente atendida en ese hospital, gracias al trámite realizado por Javier.
Una hora después, tras las radiografías de rigor, el diagnóstico trajo calma: solo un esguince leve en el tobillo derecho y rozaduras en la palma de la mano. Con una férula blanda colocada y una receta de analgésicos en mano, Natalia salió de la consulta apoyada en el hombro de Javier. Él no perdió tiempo para brindarle su apoyo tanto de forma física como emocional, se mostraba muy atento a todo lo que Natalia pidiera o necesitara.
—Te prometo que mi intención al salir a manejar hoy no era atropellar a mi amor platónico de la secundaria —bromeó Javier mientras la ayudaba a acomodarse en el auto, dedicándole una sonrisa franca que hizo que a Natalia se le encogiera suavemente el pecho.
—Al menos me aseguré un chofer privado por hoy —respondió ella, devolviéndole la sonrisa.
El camino de regreso al departamento fue tranquilo. Al llegar al edificio, Javier la acompañó hasta el ascensor y la sostuvo firmemente por la cintura mientras caminaban por el pasillo del tercer piso. La atención constante de Javier, su aroma limpio a colonia cítrica y la seguridad que transmitía actuaban como un bálsamo reconfortante frente al caos de sensaciones que Natalia había vivido en las últimas veinticuatro horas. Su vida había cambiado mucho desde que decidió vivir una vida diferente y su vida tenía un rumbo muy diferente.
Justo cuando se detuvieron frente a la puerta del 3A, la puerta del 4B se abrió. Mateo salió al pasillo vistiendo una chaqueta ligera, visiblemente listo para salir. Sin embargo, al ver a Natalia apoyada tan cerca de un desconocido que la sujetaba con familiaridad por la cintura, sus pasos se detuvieron en seco.
La mirada de Mateo cambió en un segundo. La confusión inicial dio paso a una tensión contenida y territorial que no pudo disimular. Natalia notó de inmediato cómo los ojos de su vecino viajaron de la férula en su tobillo al rostro de Javier, para finalmente fijarse en los suyos. Estaba segura que en la mente de su vecino se había armado una especie de película y lo peor que no sabía que trama había construido con los hechos.
—¿Natalia? ¿Te pasó algo? —preguntó Mateo, dando un par de pasos hacia ellos con la voz baja y tensa.
—Un pequeño accidente en la calle, pero ya está todo controlado —contestó ella, manteniendo la compostura mientras sentía la presión del brazo de Javier en su cintura.
Javier dio un paso al frente, manteniendo una postura protectora pero educada.
—Hola. Soy Javier, un amigo de Natalia de toda la vida. Afortunadamente solo fue un susto y un esguince leve. La estaba dejando segura en su casa.
—Entiendo. Soy Mateo, su vecino —respondió él, estrechando la mano que Javier le extendía. El apretón fue breve, firme y cargado de una rivalidad implícita que flotó de inmediato en el aire. Mateo volvió a mirar a Natalia, sosteniéndole los ojos con intensidad—. Si necesitas ayuda con la pierna o cualquier cosa durante la noche, avísame. Sabes que mi puerta está a unos pasos.
—Gracias, Mateo. Javier se va a quedar un rato para ayudarme a acomodarme, pero lo tendré en cuenta —respondió Natalia con sutileza. La leve chispa de celos en el rostro de Mateo le provocó un estremecimiento sutil de control.
Mateo asintió despacio, dedicándole una última mirada indescifrable antes de avanzar hacia el ascensor.
Una vez dentro del departamento, Javier ayudó a Natalia a recostarse en el sofá y le preparó un vaso con agua para que tomara el analgésico. La atmósfera en la sala se volvió íntima y pausada. Javier se sentó en el borde de la mesa de centro, quedando frente a ella, y tomó su mano sana con delicadeza.
—Siento que el tiempo no pasó entre nosotros, Nati —murmuró él, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar—. Siempre me arrepentí de no haberte dicho lo que sentía antes de que nos graduáramos. Verte hoy... aunque haya sido así, se siente como una segunda oportunidad.
Las palabras de Javier, cargadas de una sinceridad romántica y dulce, hicieron eco en la mente de Natalia. Mientras lo escuchaba, su teléfono vibró sobre la mesa.
Un mensaje de texto iluminó la pantalla. Natalia bajó la mirada y leyó sin que Javier lo notara:
“Espero que estés disfrutando el regalo, escritora. Mañana a la misma hora en el bar del hotel. No me hagas esperar. —L.”
Natalia respiró hondo, sintiendo el pulso acelerársele en la garganta.
Estaba recostada frente a Javier, el hombre que representaba el cariño sincero y el romance seguro de su pasado; a unos metros en el pasillo estaba Mateo, la tentación prohibida y cotidiana cargada de deseo no resuelto; y en la pantalla de su celular palpitaba la provocación oscura e impredecible de Lucas.
Por primera vez en meses, el bloqueo creativo había desaparecido por completo. Su vida se había convertido en la trama más compleja y adictiva que jamás hubiese podido escribir.
El silencio en la sala se volvió espeso, atravesado solo por la luz tenue de la lámpara de pie y el brillo persistente de la pantalla del teléfono. Javier continuaba acariciándole el dorso de la mano con una ternura que, a Natalia, por un instante, le pareció un refugio perfecto. Sin embargo, la notificación de Lucas flotando en su mente actuaba como una descarga eléctrica imposible de ignorar.
—¿Te duele mucho? —preguntó Javier con voz suave, notando la ligereza con la que ella había tensado los dedos.
—No, es solo que el analgésico está empezando a hacer efecto y me siento un poco mareada —mintió Natalia, regalándole una sonrisa tibia mientras deslizaba la mano de forma sutil para liberar su agarre—. Javier, de verdad no sé cómo agradecerte todo lo que hiciste hoy. Si no hubieras aparecido, no sé cuánto tiempo habría quedado ahí tirada.
—No tienes nada que agradecer, Nati —dijo él, poniéndose de pie con parsimonia—. Me alegra haber sido yo quien estuvo ahí. Te voy a dejar descansar, pero prometo llamar mañana temprano para saber cómo sigue esa pierna. Y esta vez no voy a dejar que pasen otros diez años para volver a verte.
Javier se inclinó despacio y le depositó un beso cálido y prolongado en la mejilla, rozando apenas la comisura de sus labios. La gestualidad rezumaba un romanticismo clásico, sin prisas, una invitación abierta a reconstruir lo que el tiempo había dejado en pausa.
Natalia lo acompañó con la mirada hasta que la puerta principal se cerró. En cuanto se escuchó el cerrojo, el departamento recuperó su quietud habitual. Ella tomó el teléfono, releyó el mensaje de Lucas una vez más y dejó escapar un largo suspiro. Luego, apoyándose en los muebles para no cargar peso sobre el tobillo vendado, caminó hacia la ventana de la sala que daba al pasillo interno del edificio.
Al asomarse, notó una rendija de luz bajo la puerta del 4B. Mateo estaba despierto. La imagen de su vecino acorralado por la chispa del deseo unas horas atrás, combinada con la mirada hosca y territorial que le había dedicado a Javier en el pasillo, le provocó un escalofrío en el vientre. Mateo era el peligro cercano, la tentación que respiraba a escasos metros de su rutina.
La mañana siguiente llegó con una luz grisacea y el sonido de la lluvia golpeando el cristal. Natalia pasó las primeras horas frente al ordenador. Las palabras ya no eran una carga; la interacción entre los tres hombres se volcaba en la página con una soltura casi violenta. Escribir sobre la devoción de Javier, la pulsión contenida de Mateo y la dominación impredecible de Lucas le devolvió el control absoluto de su narrativa.
A mediodía, el timbre del departamento sonó dos veces.
Natalia avanzó con torpeza usando las muletas de apoyo que Javier le había dejado. Al abrir la puerta, se encontró con Mateo. Traía en la mano un termo de acero y una pequeña bolsa de papel. Vestía de forma sencilla, pero la intensidad en sus ojos permanecía intacta.
—Buenos días —dijo él, escaneando de inmediato la postura de Natalia y las muletas—. Te vi batallar ayer con el tobillo. Te traje un poco de sopa caliente y café. Supuse que no podrías cocinar mucho hoy.
—Mateo... no tenías que molestarte —contestó ella, sorprendida por la iniciativa.
—No es una molestia —interrumpió él, dando un paso al frente con la misma determinación que la tarde anterior—. Ayer no pude decirte nada porque tu... amigo de la infancia estaba aquí. Pero quería asegurarme de que estuvieras bien. Y de que lo de ayer no fuera a cambiar las cosas entre nosotros.
Natalia sostuvo la mirada de Mateo, sintiendo la presión sutil del juego.
—¿Y qué son 'las cosas entre nosotros', Mateo?
Mateo sonrió con un matiz oscuro, dando un paso más hacia el interior del umbral, lo suficiente para que el aroma de su perfume inundara el espacio entre los dos.
—Algo que definitivamente no se arregla con una visita formal de un antiguo compañero de colegio —murmuró él en voz baja, rozando con la yema de sus dedos la muñeca de Natalia antes de entregarle la bolsa—. Descansa. Si necesitas algo más, solo toca mi puerta.
Mateo se retiró sin esperar respuesta, dejándola con el corazón latiéndole en la garganta.
Al cerrar la puerta, el teléfono en su bolsillo vibró de nuevo. Era un recordatorio en la pantalla: la cita con Lucas en el hotel Boutique estaba marcando la cuenta regresiva para la noche.
Natalia miró la bolsa de café que le había dejado Mateo, recordó la promesa de llamada de Javier y apretó el celular en su mano. La escritora ya no solo observaba la historia: estaba atrapada en el centro exacto de la tormenta.
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