Lo que se funde
El amanecer en las montañas de Morelos llegó gris y sin pájaros. Héctor no durmió. Tampoco ellos. A las cinco y media los hizo salir del lugar con la caja del espejo, un maletín negro y la pistola siempre visible. Viajaron en silencio durante horas. Primero carretera, después caminos de tierra, después la selva otra vez. Adrián reconocía los árboles. Reconocía el olor. Estaban regresando al templo de Chiapas, pero Héctor no se detuvo en el claro que Adrián había encontrado. Siguió más adentro, guiado por marcas que solo él parecía ver, hasta una grieta estrecha entre dos peñascos cubiertos de musgo negro. Una entrada difícil de encontrar para alguien que no tuviera el conocimiento necesario, obviamente el conocimiento de Hector superaba todo lo que nosotros sabíamos de este espejo.
—El verdadero acceso —dijo simplemente—. El que está arriba es solo la antecámara. Lo que importa siempre estuvo debajo. Vamos a entrar para que conozcan la verdad.
Descendieron con linternas frontales y cuerdas. La grieta se convirtió en túnel, el túnel en escalera tallada en la roca. El aire se volvió frío y denso. Cada peldaño que bajaban hacía que la marca de la palma de Adrián ardiera con más fuerza. Selene iba delante de él; cada cierto tiempo él le tocaba la espalda solo para confirmar que seguía siendo ella. Dudando por si acaso otra persona tomara su lugar.
La cámara final era circular y enorme. El techo se perdía en la oscuridad. En el centro había un segundo pedestal, más alto y más antiguo que el de arriba. Héctor colocó la caja sobre la piedra, la abrió y retiró la tela. El Espejo de Ashara quedó expuesto. Esta vez no se limitó a absorber la luz: la devolvió multiplicada, proyectando reflejos que no correspondían a ninguna de las linternas.
—Pónganse a cada lado —ordenó Héctor—. No intenten nada elegante. El espejo ya los tiene. Solo necesita que dejen de resistirse
Adrián miró a Selene. Ella le devolvió la mirada y, por un segundo, sus ojos no fueron del todo los suyos. Había una profundidad antigua allí, una calma que no pertenecía a la mujer que había conocido en Ciudad de México. Esa mirada era diferente como si otra personalidad fuera la que ahora ocupaba ese cuerpo.
El espejo se activó sin que nadie lo tocara.
Las proyecciones aparecieron primero como humo, después como cuerpos. Adrián vio a Selene de pie frente a él… pero con el rostro de Elisa. Exactamente el de Elisa. La misma boca, la misma forma de inclinar la cabeza. La figura sonrió con una tristeza que él recordaba demasiado bien. Después el rostro cambió otra vez: se volvió el de Selene, pero más severo, con una corona de plumas negras y la piel marcada con los mismos relieves que las paredes del templo. Me sentía en otro lugar, como si la realidad que conocía pudiera distorsionarse tan fácilmente con solo respirar.
Selene, al otro lado, vio algo distinto. Vio a Adrián, pero no al de ahora. Vio a un hombre de otra época, con el torso cubierto de cicatrices rituales, sosteniendo el espejo mientras una mujer que era ella y no era ella se arrodillaba frente a él. Vio el momento exacto en que esa versión de Adrián la condenaba a quedarse dentro del reflejo para salvar a los demás. Vio el odio y el deseo mezclados en la misma mirada.
—No son visiones —dijo Héctor, con la voz tensa de quien reconoce el proceso—. Son ecos. El espejo está alineando las voluntades. Cuanto más los empuje, más se fundirán.
Adrián intentó dar un paso atrás. No pudo. El aire se había vuelto espeso, casi sólido. Selene tampoco se movía. Solo el espejo parecía respirar.
Héctor abrió el maletín y extrajo un cuenco de piedra y un cuchillo ceremonial. Cortó su propia palma y dejó caer sangre sobre el borde del espejo. Después señaló a Adrián y a Selene.
—Ahora ustedes. O lo hago yo de la forma menos delicada.
Sus palabras eran una amenaza, que a pesar de todo debían obedecer. No les dio tiempo a decidir. El espejo emitió un pulso. Un calor oscuro les recorrió la columna. El deseo llegó de golpe, violento, como una orden. Adrián sintió que se le endurecía la polla con una urgencia casi dolorosa. Selene soltó un jadeo y se llevó una mano entre las piernas, como si el cuerpo le respondiera solo.
Se miraron. En ese momento ya no había elección.
Se encontraron en el centro de la cámara, junto al pedestal. Las manos de Adrián le arrancaron la ropa a Selene con una urgencia que rayaba en la violencia. Ella le hizo lo mismo. Cuando quedaron desnudos, el espejo los reflejó multiplicados: versiones de ellos cogiendo en otras vidas, en otras posturas, con otros nombres. Adrián empujó a Selene contra el pedestal y la penetró de un solo golpe. Ella estaba empapada. Gritó, mitad placer, mitad algo más antiguo. Él embistió con fuerza, profundo, sin contención. Cada embestida hacía que las proyecciones se volvieran más nítidas. Veía a Elisa bajo él. Veía a la mujer de la corona de plumas. Veía a Selene. A veces las tres al mismo tiempo. Frente a sus ojos pasaban rápidamente varias versiones de posiblemente una misma persona.
Selene lo rodeó con las piernas y le clavó las uñas en la espalda. Una forma intensa de demostrar el deseo que sentía.
—Más —pidió con una voz que no era del todo la suya—. Más adentro.
Adrián la levantó, la sentó sobre el borde del pedestal y la penetró de pie, los músculos del muslo temblando por el esfuerzo. El espejo absorbía cada gemido, cada sonido húmedo, cada golpe de piel contra piel, y los devolvía amplificados. De pronto ambos sintieron sensaciones que no les pertenecían: la presión de otras manos, la lengua de alguien que había muerto hacía siglos, el orgasmo de una mujer que se había entregado al espejo para no perder a su amante. Adrián se corrió con un gruñido animal, derramándose dentro de Selene, y ella lo siguió segundos después, el cuerpo convulsionando, la espalda arqueada contra la piedra fría.
No se detuvieron.
La necesidad seguía allí, más fuerte. Adrián la giró, la puso a cuatro patas sobre la ropa tirada y la tomó desde atrás con embestidas brutales, su cuerpo se movió solo, guiándose por su propio deseo. La tomaba con la cintura con firmeza mientras sus movimientos se aceleraban. Luego una mano le sujetaba la cadera, la otra le rodeaba el cuello. Selene empujaba hacia atrás, pidiendo más fuerza, más profundidad. Cada vez que él llegaba al fondo, una nueva oleada de memorias ajenas los atravesaba. Vieron a una pareja arrodillada frente al mismo espejo, cogiendo mientras lloraban. Vieron a un hombre que se dejaba poseer por completo para que su mujer pudiera escapar. Vieron el momento exacto en que Ashara, la última, decidió quedarse dentro del reflejo para sellarlo desde el otro lado.
Fue entonces cuando Selene habló con una voz distinta.
Más grave. Más serena. Más vieja.
—Basta.
Adrián se detuvo, todavía enterrado dentro de ella, jadeando. Selene se giró despacio. Cuando lo miró, los ojos ya no eran solo miel oscura. Había capas detrás. Siglos.
—Yo no fui elegida al azar —dijo con aquella voz doble—. Yo soy lo que queda de Ashara. El eco que logró no disolverse del todo. Por eso el espejo me trajo hasta ti. Porque tú ya me habías tocado antes. En otra vida. En otra voluntad. Parte de lo que sientes por mí… no nació en esta piel.
Adrián retrocedió un paso, todavía duro, el semen de ambos resbalándole por el muslo. El espejo pulsaba con una luz ahora abiertamente dorada.
Héctor, desde el borde de la cámara, sonrió por primera vez con algo parecido a alivio.
—Perfecto —susurró—. La tercera voluntad ya no soy solo yo. Ella siempre fue el verdadero vértice. Ahora el triángulo puede cerrarse.
Selene —o Ashara, o ambas— miró a Adrián con una mezcla de deseo, tristeza y una determinación antigua.
—Si completamos esto —dijo—, uno de los dos se queda dentro. O los dos. O ninguno. Pero ya no hay forma de salir limpiamente.
El espejo proyectó entonces la imagen más clara hasta el momento: Adrián y Selene fundidos en una sola figura frente al pedestal, mientras Héctor recuperaba un rostro que había perdido hacía décadas.
Adrián sintió el tirón final. El deseo, el miedo y el reconocimiento se habían vuelto la misma cosa.
Y por primera vez desde que todo empezó, no supo si la mano que extendía hacia Selene era completamente suya. O le pertenecía a otra de sus voluntades. Su mente era un enredo, desconfiaba hasta de quien tenia control de su cuerpo, era un momento donde estaba dudando de su propia existencia.
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