Lo que el espejo recuerda

 

La selva de Chiapas no perdonaba la duda. El aire era una mezcla espesa de humedad, hojas en descomposición y tierra caliente que se pegaba a la piel como una segunda capa. Adrián Varela llevaba tres días internado en ella, siguiendo las coordenadas incompletas del fragmento de mapa que Selene había dejado sobre la almohada. El calor le empapaba la camisa. Los mosquitos lo trataban como a cualquier otro animal de sangre caliente. Y en el bolsillo interior de la chaqueta ligera, el trozo de piel curtida seguía tibio, como si tuviera fiebre propia. Era un mal lugar para pasar mucho tiempo, pero debía cumplir su misión.

Llegó al claro al atardecer del cuarto día. El templo no era un edificio imponente. Era una herida en la tierra: una estructura baja, semienterrada, cubierta de raíces gruesas y musgo negro. Las piedras tenían un color oscuro que no correspondía del todo a la zona. Adrián se detuvo en el borde del claro, respiró hondo y bajó la mochila. Revisó el arma corta que llevaba en la funda del muslo, más por costumbre que por convicción. Después se acercó.

El acceso principal estaba parcialmente derrumbado. Tuvo que gatear entre raíces y escombros durante varios metros antes de que el espacio se abriera. Dentro, la temperatura bajaba de golpe. El aire olía a piedra fría y a algo metálico, casi dulce. Encendió la linterna frontal. El haz de luz recorrió paredes cubiertas de relieves desgastados: figuras humanas con los rostros limados por el tiempo, manos que sostenían discos, cuerpos entrelazados en posturas que no eran exactamente de combate.

Y al fondo, sobre un pedestal de piedra negra, estaba el espejo.

No era grande. Apenas el tamaño de un escudo de brazo. Obsidiana pura rodeada en un marco de oro opaco que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla. La superficie no devolvía la luz de la linterna. Devolvía otra cosa: una profundidad que no debería existir en un objeto sólido.

Adrián se acercó despacio. El corazón le golpeaba con un ritmo demasiado consciente. Recordó la visión del departamento en Ciudad de México. Recordó el trozo de obsidiana de hace doce años. Recordó el cuerpo al fondo de la barranca.

Extendió la mano.

El contacto fue inmediato y absoluto.

La selva desapareció. El templo desapareció. De pronto estaba otra vez en la tienda de campaña de 2014, con el barro seco rajado en el suelo y el olor a café recalentado y sudor. En sus manos jóvenes tenía el fragmento irregular de obsidiana. Al otro lado de la mesa baja estaba ella: Elisa. Cabello castaño corto, ojos color miel, una sonrisa cansada que él había amado con la intensidad estúpida de los veinticuatro años. Elisa decía algo. Esta vez Adrián pudo oírla.

—No lo sueltes todavía —susurraba—. Siento que me mira desde dentro.

Después la imagen se quebró y se recompuso. Noche. Lluvia. El borde de la barranca. Elisa corría delante de él, descalza, el camisón empapado pegado al cuerpo. Se giró una última vez. Ya no tenía del todo la cara de Elisa. Los ojos eran los mismos, pero el resto parecía prestado, como si otra voluntad estuviera empujando desde atrás del rostro. Abrió la boca para decir su nombre… y el suelo cedió.

Adrián gritó.

El sonido lo devolvió al templo. Estaba de rodillas frente al pedestal, la mano todavía pegada a la superficie del espejo. La obsidiana ardía. No de calor: de presencia. Cuando logró separar los dedos, vio que la piel de la palma había quedado marcada con un dibujo fino y oscuro, como una filigrana quemada que se desvanecía lentamente.

—Ya te reconoció.

La voz llegó desde la entrada del túnel.

Selene estaba allí. Empapada por la lluvia de la selva, el cabello pegado a la cara, la misma chaqueta ligera de Ciudad de México ahora cubierta de barro. No llevaba arma visible. No necesitaba parecer peligrosa. El simple hecho de que hubiera llegado hasta ese punto sin que él la detectara ya lo era. Era una mujer con habilidades que él desconocía.

Adrián se puso de pie con dificultad. La marca de la mano todavía le latía.

—¿Cuánto tiempo llevas siguiéndome? —preguntó.

—Desde que el fragmento te eligió —respondió ella—. Doce años. Aunque al principio solo eran sueños. Después fueron impulsos. Después supe tu nombre.

Se acercó. La luz de la linterna la iluminó de abajo hacia arriba. Tenía una cortada fina en el pómulo izquierdo y barro en el cuello. Incluso así, resultaba imposible no mirarla. Ella llamaba poderosamente la atención.

—Elisa —dijo Adrián—. La mujer que murió. ¿Quién era realmente?

Selene detuvo el paso a un metro de él.

—Era alguien que tocó el mismo fragmento antes que tú. El espejo empezó a fusionarla con algo que ya estaba dentro. Cuando la voluntad externa es más fuerte, la original se agrieta. A veces se rompe del todo. Cuando eso sucede ya no hay vuelta atrás.

—¿Y tú?

—Yo soy la segunda voluntad —contestó con sencillez—. La que el espejo necesita para equilibrar la tuya. Por eso me trajo hasta ti.

Adrián soltó una risa corta y sin humor.

—Eso suena a justificación de locos.

—Lo es —aceptó ella—. También es verdad.

Se quedaron mirándose en la penumbra. El espejo, sobre el pedestal, parecía observarlos sin ojos. Adrián sintió el tirón otra vez: no solo deseo sexual, sino una necesidad más honda de cerrar distancia, de confirmar que el cuerpo de ella era real y no otra visión.

Selene dio el último paso. Esta vez no hubo choque violento como en Ciudad de México. Se tocaron con una lentitud casi ceremonial. Ella le quitó la linterna frontal y la apagó. La oscuridad del templo se volvió casi completa, rota solo por la débil luminosidad que parecía emanar del propio espejo. Adrián le subió la camiseta empapada por encima de la cabeza. Los senos de Selene estaban fríos por la lluvia; los pezones se endurecieron al contacto con el aire y después con su boca. Ella arqueó la espalda y se aferró a su cabello cuando él los chupó uno y después el otro, con dientes y lengua.

Se quitaron el resto de la ropa sin prisa. El suelo de piedra estaba frío y desigual. Adrián tendió la chaqueta y la camisa como pudo. Selene se recostó sobre ellas y lo atrajo hacia sí. El primer contacto de piel contra piel les arrancó un sonido sincronizado, mitad suspiro, mitad gruñido. Él bajó por su cuerpo, le abrió los muslos y la lamió con lentitud deliberada. El sabor de ella se mezclaba con el de la lluvia y el barro. Selene temblaba. No de frío. Cuando Adrián introdujo dos dedos y buscó ese punto exacto mientras la lengua trabajaba el clítoris, ella se corrió en silencio, con las piernas cerrándose alrededor de su cabeza y los dedos clavándose en sus hombros.

Fuertes sensaciones rodearon su cuerpo entregándose al placer. Después lo guio hacia arriba. Adrián se colocó entre sus piernas y entró despacio, centímetro a centímetro, hasta que no quedó espacio. El calor de ella era casi insoportable. Empezó a moverse con embestidas profundas y lentas. Cada vez que llegaba al fondo, Selene soltaba un jadeo roto y levantaba las caderas para recibirlo mejor. No había prisa. No había violencia. Solo una intensidad que parecía venir de más atrás en el tiempo.

Y entonces llegaron los recuerdos prestados.

Con el primer orgasmo compartido, el de ella apretándolo en espasmos, el de él derramándose dentro con un gemido gutural, las imágenes explotaron detrás de sus párpados. No eran solo de Elisa. Eran de otras mujeres, otros hombres, otras épocas. Cuerpos entrelazados frente a ese mismo espejo. Gemidos en idiomas muertos. Manos que se aferraban mientras la voluntad se disolvía. Adrián vio un hombre con el rostro tatuado gritando de placer y de terror al mismo tiempo. Vio a una mujer de espalda arqueada cuyo rostro, por un segundo, fue el de Selene y el de Elisa fundidos. Vio su propio cuerpo de hace doce años empujando dentro de Elisa mientras ella miraba al vacío y susurraba un nombre que no era el suyo.

Cuando volvió en sí, estaba desplomado sobre Selene, sudando, el corazón desbocado. Ella lo sujetaba con ambos brazos y ambas piernas, como si tuviera miedo de que se separara demasiado.

—¿Lo viste? —preguntó él, con la voz ronca.

—Sí.

—¿Qué era?

Selene pasó los dedos por su cabello empapado de sudor.

—Lo que el espejo recuerda. Todas las veces que dos voluntades se tocaron a través de él. Algunas resistieron. Otras se rompieron. Elisa… se rompió.

Adrián se separó con cuidado y se sentó sobre las ropas extendidas. El espejo seguía allí, imperturbable, devolviendo una luz que no provenía de ninguna parte.

—Dijiste que ella no era quien yo creía.

Selene se incorporó también. La marca tenue que el espejo había dejado en la palma de Adrián parecía reflejarse ahora, muy pálida, en el centro del pecho de ella.

—Elisa tocó el fragmento tres semanas antes que tú —explicó—. Para entonces ya no estaba completamente sola dentro de su cabeza. Lo que murió en la barranca era una mezcla. Parte de ella. Parte de algo que el espejo llevaba siglos arrastrando. Por eso su cara te resultó familiar cuando me viste por primera vez. No era coincidencia. Era reconocimiento.

Adrián se pasó una mano por la cara. Tenía la boca seca.

—¿Y ahora qué se supone que haga?

—Ahora —dijo Selene— decides si rompes el ciclo o si lo completas. Pero ya no puedes fingir que no te eligió.

Se quedaron en silencio un largo rato. Fuera, la noche de la selva empezaba a llenarse de sonidos. Dentro del templo, el único sonido era la respiración de los dos y el leve zumbido casi inaudible que parecía salir del espejo.

Adrián miró la marca de su palma. Después miró a Selene. Después miró el objeto de obsidiana que los había puesto en el mismo punto del mapa doce años después.

Por primera vez desde que tenía memoria, no sabía si el deseo que sentía por aquella mujer era suyo… o simplemente el eco de todas las voluntades que el Espejo de Ashara había devorado antes que ellos.

Y lo peor era que, en ese momento, ya no estaba seguro de que importara.

 

 

 

 

 

 

 

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