El gimnasio: El tratamiento adecuado | Relato erótico
Lucía finalmente acepta entrenar a solas con Marcos después del cierre del gimnasio. La atracción que ambos han intentado contener durante semanas está a punto de cambiar las reglas entre entrenador y clienta.
Las nueve de la noche. El eco del último portón de metal al cerrarse retumbó en todo el local. Santi y Leo se habían marchado hacía diez minutos. Apagué las luces principales del área de pesas, dejando únicamente encendidas las halógenas tenues de la barra de recepción y las luces cálidas del espejo central. El gimnasio Iron & Steel cambió por completo de atmósfera: de ser un templo de ruido y sudor pasó a convertirse en un espacio íntimo, sombrío y lleno de tensión.
Lucía estaba en la zona de poleas. Llevaba un conjunto deportivo azul noche que se ajustaba a sus curvas como una segunda piel. Con el mes de entrenamiento estricto que le había exigido, su cuerpo había tomado una firmeza espectacular; sus glúteos lucían elevados, su cintura más estrecha y la línea de su espalda definida con una elegancia madura que me borraba la cabeza. Definitivamente era una mujer que podía volver loco a cualquier hombre, de eso no tenía la menor duda.
Caminé despacio hacia ella, haciendo sonar apenas las suelas de mis zapatillas contra el piso de goma.
—Llegó la hora, Lucía —dije, deteniéndome justo a su lado.
Ella se giró despacio, respirando con cierta agitación. Sus ojos verdes me buscaron en la penumbra, brillando con una mezcla de anticipación y un nerviosismo que intentaba disimular bajo su habitual postura elegante. Lo podía notar en su mirada y eso me encantaba, me fascinaba saber el poder que estaba ejerciendo sobre ella mi presencia.
—El gimnasio se siente muy distinto a esta hora —murmuró, pasándose una mano por el cuello humedecido por el sudor.
—A esta hora no hay distracciones —respondí, dándole un paso al frente y acortando el espacio entre ambos hasta quedar a menos de veinte centímetros—. No hay chicas jóvenes buscando atención, ni asistentes interrumpiendo. Solo tú, yo y la tensión que llevas guardada todo este mes.
Lucía trago saliva. Su mirada bajó instintivamente hacia mi pecho desnudo bajo la camiseta de tirantes y luego volvió a mis ojos.
—Te dije que podía con la exigencia, Marcos —sostuvo, aunque el temblor en su voz la traicionaba.
—Vamos a comprobarlo —susurré.
Mis palabras sonaron como una sentencia, y era eso lo que precisamente estábamos por comprobar, si íbamos a traspasar esa delgada línea de lo que no debemos hacer o simplemente mantenernos alejados evitando la tentación.
La tomé del brazo con firmeza, pero sin brusquedad, guiándola hacia el banco declinado del fondo, la zona más oscura del gimnasio. Le pedí que se posicionara para una serie de estiramientos profundos de cadera. Lucía obedeció, apoyando las manos sobre el borde del banco y flexionando el torso hacia adelante, dejando su cadera elevada hacia mí.
Me ubiqué justo detrás de ella. La tentación que había estado alimentando durante semanas estaba servida. Coloqué mis manos sobre sus caderas, sintiendo la calidez de su piel a través de la tela del pantalón deportivo. Sentí cómo un espasmo recorrió todo su cuerpo ante mi contacto. Mi cuerpo la ponía tensa, era más que obvio que reaccionaba ante mi presencia y la cercanía de mi cuerpo.
—Estás demasiado rígida, Lucía —dijo mi voz, sonando más grave y profunda de lo normal—. Necesitas soltar el control.
—Es difícil... cuando estás tan cerca —confesó ella en un hilo de voz, inclinando la cabeza hacia adelante.
—Ese es tu problema. Piensas demasiado en tu esposo, en tu casa vacía, en lo que deberías hacer —me pegué más a ella, haciendo que sintiera la dureza de mi anatomía presionando contra la parte trasera de sus muslos—. Aquí no eres la mujer casada de nadie. Aquí solo eres mía.
Deslicé mis manos desde sus caderas hacia arriba, colándolas por debajo de su camiseta hasta alcanzar la piel desnuda de su espalda. Subí con lentitud, sintiendo su respiración entrecortada, hasta desabrochar el broche de su sujetador deportivo con un movimiento rápido de mis dedos.
Lucía soltó un jadeo ahogado. Trató de incorporarse, pero la tomé suavemente de la nuca, manteniéndola inclinada sobre el banco.
—Marcos... mi anillo... mi matrimonio... —alcanzó a protestar, aunque sus caderas se empujaban sutilmente hacia atrás, buscando más de mi contacto.
—Ese anillo no te ha dado el calor que necesitas en años —sentencié, bajándole la camiseta por los hombros hasta dejar sus pechos firmes al descubierto sobre el tapizado del banco.
Le tomé ambos pechos con mis manos, apretando sus pezones ya erectos con una maestría calculada. Lucía echó la cabeza hacia atrás, soltando un gemido agudo que retumbó en la soledad del recinto. La duda había desaparecido; la necesidad acumulada en sus noches en soledad acababa de romper todas sus defensas. Mis manos le acariciaban los pechos descubriendo su piel caliente, rozando las puntas de sus pezones para mantenerla excitada con las caricias de mis manos.
No hubo más palabras. La giré de golpe sobre el banco y la tomé de los labios en un beso hambriento, dominador y salvaje. Lucía correspondió con una voracidad contenida durante meses, enredando sus dedos en mi cabello, tirando de mí hacia ella mientras gemía contra mi boca. El sabor de su boca era dulce, maduro y desesperado. Era un beso que despertaba el deseo y sensaciones, dos cuerpos dejándose llevar por la tentación, besándose sin parar, esperando que ese fuego mutuo que sentían no los consumiera completamente.
Le bajé el pantalón deportivo junto con su ropa interior de un solo tirón hasta sus tobillos, dejándola completamente expuesta de la cintura para abajo. Estaba empapada; su sexo destilaba una humedad abundante que delataba el deseo que la consumía. Mi deseo crecía ante esa imagen tan provocadora que tenía delante de mis ojos.
—Mírate, Lucía... tanto tiempo guardándote esto —me burlé con voz baja, pasándole dos dedos directamente sobre su sexo sensible, haciéndola dar un brinco sobre el banco.
—¡Ah... Marcos! ¡Por favor! —suplicó ella, perdiendo todo vestigio de compostura, abriendo las piernas sin ningún tipo de reserva.
Liberé mi virilidad rígida de un solo movimiento. Me posicioné entre sus muslos cansados por el entrenamiento, la tomé con fuerza de la cintura y la penetré de un solo empujón certero, profundo e implacable.
Un grito de placer puro se le escapó a Lucía, llenando el silencio del gimnasio. El ajuste de sus paredes vaginales era estrecho, caliente y apretado, aprisionándome como un guante de fuego. La tomé de las nalgas con ambas manos y comencé a embestir con un ritmo constante, pesado y dominante, haciendo que el banco de metal crujiera con cada impacto. Era una danza de placer y pecado, habíamos pasado la línea de lo prohibido y con cada embestida no me arrepentía de mis actos, disfrutaba ese momento, mientras sentía mi pene tan apretado en su interior y cada roce provocando una deliciosa descarga de placer en todo mi cuerpo.
—Dime quién te está haciendo sentir viva de nuevo —ordené en su oído, mordiendo con fuerza el lóbulo de su oreja mientras aumentaba la velocidad de las estocadas.
—Tú... ¡tú, Marcos! ¡Ahhh! —gemía ella fuera de sí, arqueando la espalda, sujetándose de mis hombros con una fuerza increíble mientras recibía cada una de mis penetraciones profundas.
El ritmo se volvió salvaje. El sonido del roce de nuestras pieles y sus gemidos constantes llenaban la penumbra. Lucía se movía al compás que yo le imponía, entregada por completo al instinto, olvidando a su esposo, sus treinta años y el mundo exterior. Se había entregado a la lujuria, su cuerpo se movía solo entregado al placer.
Sintiendo que los músculos de su interior comenzaban a contraerse en espasmos violentos, aceleré el ritmo al máximo, embistiendo hasta el fondo con una furia desenfrenada.
—¡Me voy a correr! ¡Marcos, me voy a...! —gritó ella, alcanzando un orgasmo devastador que sacudió todo su cuerpo.
Al sentir el apretón convulso de su sexo aprisionándome, solté un rugido sordo y me hundí una última vez hasta la raíz, liberando mi venida en lo más profundo de su interior, sellando la traición en medio de la penumbra de mi gimnasio.
Nos quedamos unos minutos sobre el banco, recuperando la respiración agitada. Lucía mantenía los ojos cerrados, con una sonrisa de absoluta plenitud en los labios y las mejillas encendidas, apoyando su cabeza en mi pecho desnudo. Descansado mientras llegaba a recuperar sus fuerzas.
Me retiré despacio y la ayudé a incorporarse. Le acomodé la ropa con la misma serenidad de siempre, contemplando las marcas leves de mis dedos en sus caderas.
—Una excelente sesión, Lucía —dije con una sonrisa lenta, volviendo a tomar mi papel de entrenador.
Ella se arregló el cabello, me miró a los ojos con una complicidad brillante y se ajustó el anillo en el dedo, que ahora parecía no pesarle en absoluto. Definitivamente ella había cambiado después de entregarnos al placer, no mostraba el nerviosismo inicial.
—Creo que voy a necesitar este tipo de entrenamiento muy seguido, Marcos —respondió con una voz firme y renovada.
—A las cinco de la tarde, todas las semanas —concluí, dándole un beso corto en los labios—. Las reglas están para romperse. Y nosotros habíamos pasado los limites sin saber a dónde nos llevaría nuestros deseos.
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