La tercera voluntad
Regresaron a Ciudad de México dos días después, con el Espejo de Ashara envuelto en tela gruesa y guardado dentro de una caja de madera reforzada que Adrián había improvisado con lo que encontró en el campamento. El objeto no pesaba mucho, pero ambos sentían su presencia como una tercera respiración dentro del vehículo. Cada vez que el coche tomaba una curva pronunciada, Adrián notaba un leve tirón detrás de los ojos, como si el espejo recordara el camino.
Selene apenas hablaba. Se pasaba los dedos por el pecho, exactamente donde la marca pálida había aparecido después de la noche en el templo. Adrián tenía la suya todavía visible en la palma: un dibujo fino que parecía moverse cuando no lo miraba de frente. Ambos estaban pensativos perdidos en sus recuerdos, en sus propias preocupaciones, algo había cambiado en esa cueva y este silencio pesado hacia muy evidente esa situación.
Alquilaron un piso temporal en la Condesa, lo bastante discreto y con salida por la azotea. La primera noche no tocaron el espejo. Lo dejaron en su caja, en el armario más alejado, y aun así soñaron lo mismo. Era como si ambos se hubieran conectado al objeto, controlando sus mentes.
En el sueño no había selva ni templo. Había un espacio oscuro y circular, como el interior de un espejo visto desde el otro lado. Adrián y Selene estaban desnudos, de pie uno frente al otro, sin poder moverse. Detrás de ellos, reflejada en una superficie que no existía, una tercera figura los observaba. No tenía rostro claro. Solo una silueta alta, de hombros anchos, y dos puntos de luz donde deberían estar los ojos. La figura no hablaba. Solo esperaba. Pero su presencia infundía temor, un miedo natural a lo desconocido.
Despertaron al mismo tiempo, empapados en sudor, con el corazón desbocado. Selene se incorporó y miró hacia el armario. Preocupada por lo que acababa de soñar.
—Ya no está solo con nosotros —susurró.
Adrián no respondió. Se limitó a atraerla hacia sí. El sexo de esa madrugada fue distinto a todo lo anterior. No hubo juego ni exploración. Fue necesidad pura. Él la puso a horcajadas encima y la penetró de un solo movimiento mientras ella todavía temblaba por la pesadilla. Selene se aferró a sus hombros y cabalgó con fuerza, buscando profundidad, buscando olvido. Cada embestida parecía empujar un poco más lejos al observador del sueño, pero nunca del todo. Cuando se corrieron, lo hicieron con los ojos abiertos, mirándose, como si tuvieran miedo de que al cerrarlos la tercera figura apareciera entre ellos. Esa tercera figura representaba algo diferente, una sensación de incomodidad se había sembrado en ambos.
Durante los días siguientes el vínculo se volvió adictivo. No podían pasar más de unas horas sin tocarse. El simple roce de los dedos de Selene en la muñeca de Adrián le provocaba una erección casi dolorosa. El olor de él en la piel de ella la dejaba húmeda al instante. cogían en la cocina, contra la ventana, en la ducha, a veces dos y tres veces al día. El sexo se había vuelto posesivo, casi animal. Adrián le dejaba marcas en los muslos y en los pechos. Selene le arañaba la espalda hasta hacerla sangrar. Y cada orgasmo traía fragmentos nuevos del sueño: la silueta un poco más cerca, los puntos de luz un poco más nítidos. Era una extraña situación, la conexión que habían adquirido con el espejo de Ashura.
Fue en ese estado de nervios tensos y cuerpos agotados cuando apareció Héctor Rivas.
Llegó una tarde de lluvia, sin avisar, con un paraguas negro y el mismo abrigo largo que Adrián le recordaba de los años de universidad. El pelo ya casi del todo blanco, la misma cicatriz en la ceja izquierda, la misma forma de mirar como si ya supiera el final de la conversación.
Adrián lo hizo pasar porque no tenía otra opción. Héctor conocía demasiadas cosas.
—Hijo de puta —dijo Adrián sin rodeos cuando cerró la puerta—. ¿Cuánto tiempo llevas rastreándome?
Héctor dejó el paraguas en el recibidor y miró hacia el armario donde estaba la caja.
—Desde que el fragmento de 2014 desapareció de los inventarios —respondió con calma—. Y más en serio desde que ustedes dos activaron el completo.
Selene salió de la habitación. Vestía solo una camisa de Adrián. No intentó cubrirse. Héctor la saludó con una inclinación de cabeza educada, casi antigua.
—Señorita Marchand. O como prefiera llamarse ahora.
—Selene basta —contestó ella.
Se sentaron en la sala. Adrián no ofreció bebida. Héctor tampoco la pidió.
—Vengo a ayudarlos a sellarlo —dijo el hombre mayor—. Antes de que los consuma. He visto lo que hace cuando se le deja demasiado tiempo. He visto lo que queda después.
Adrián soltó una risa seca.
—Tú nunca ayudaste a nadie sin cobrar un precio.
—Esta vez el precio es simple —respondió Héctor—. Me dejan estar presente cuando lo sellen. Necesito… cerrar algo.
Durante dos días Héctor compartió información. Les habló de otros portadores, de intentos fallidos de destrucción, de un método teórico para “dormir” el espejo usando sangre de las dos voluntades activas y un círculo de sal negra que solo se encontraba en ciertos yacimientos de Guerrero. Adrián escuchaba, tomaba notas, y por las noches, cuando Héctor se retiraba a un hotel cercano, se hundía en Selene con una urgencia que rayaba en la desesperación.
El deseo se había vuelto casi doloroso. Necesitaban el contacto como quien necesita aire. Una noche, después de que Héctor se marchara, Adrián tomó a Selene contra el escritorio, de espaldas, sin apenas prepararlas. Ella estaba tan húmeda que entró de un solo empujón. La penetró con fuerza, una mano enredada en su cabello, la otra apretándole la cadera. Selene gemía contra la madera, empujando hacia atrás, pidiendo más. Cuando se corrió, el espejo —todavía dentro de su caja— emitió un sonido casi inaudible, como un cristal que se tensa. Adrián se derramó dentro de ella segundos después, y la visión del observador les golpeó a los dos al mismo tiempo: la silueta ya no estaba detrás. Estaba entre ellos, mirando.
Al tercer día, Héctor los llevó a un chalet que decía haber alquilado en las montañas de Morelos, lejos de la ciudad. “Necesitamos aislamiento para el ritual de sellado”, explicó. El lugar era de piedra y madera, con un gran ventanal que daba a un barranco cubierto de niebla. Habían llevado el espejo consigo.
Esa noche, después de una cena tensa, Héctor se retiró temprano. Adrián y Selene se quedaron en la sala junto a la chimenea. El sexo fue lento y profundo, casi ritual. Él la recostó sobre una manta frente al fuego y la penetró con embestidas largas mientras la miraba a los ojos. Cada vez que llegaba al fondo, Selene susurraba su nombre como si quisiera anclarlo. Cuando ambos estuvieron cerca, se besaron con desesperación, y el orgasmo los atravesó como una corriente compartida. En ese instante vieron con claridad la tercera figura: ya no era una silueta. Tenía el rostro de Héctor Rivas, pero más joven, y los ojos completamente negros.
Adrián se separó de golpe.
—Rayos.
Selene se incorporó, temblando.
—Lo viste también.
No alcanzaron a vestirse del todo. Héctor apareció en el umbral de la escalera, descalzo, con una pistola calibre 38 en la mano derecha y un pequeño frasco de polvo negro en la izquierda.
—Lamento la teatralidad —dijo con voz cansada—. Pero ya no hay tiempo para explicaciones amables.
Adrián empujó a Selene detrás de sí.
—Tú no quieres sellarlo.
—No —admitió Héctor—. Quiero completarlo.
Bajó un peldaño.
—Toqué el espejo en 1987. En una excavación que nunca existió oficialmente. Durante unos segundos mi voluntad se dividió. Una parte se quedó dentro. Desde entonces vivo a medias. Sueño con cosas que no me pertenecen. Deseo cosas que no debería. Ustedes dos… ustedes activaron la fase que yo nunca pude. La segunda voluntad. Ahora solo falta el triángulo. Tres puntos. Tres voluntades. Cuando se complete, lo que me pertenece volverá. Y lo que sobra… bueno. El espejo siempre cobra.
Selene habló desde detrás de Adrián, la voz más firme de lo que el temblor de su cuerpo sugería.
—Si nos usas, nos destruirás.
—Posiblemente —aceptó Héctor—. Pero yo llevaré doce años incompleto. Ustedes apenas van por días. El dolor no se reparte de forma equitativa.
Levantó la pistola.
—Mañana al amanecer haremos el círculo. Pueden cooperar… o puedo empezar por ella y seguir con usted, doctor Varela. El espejo acepta voluntades rotas igual de bien que enteras. Solo que duele más.
Adrián miró la caja del espejo, que ahora parecía latir con una luz tenue a través de la madera. Después miró a Selene. Después miró al hombre que le había enseñado a leer mapas antiguos y a no confiar en nadie.
Por primera vez comprendió que el verdadero peligro no era perderse dentro del Espejo de Ashara.
Era descubrir que alguien más ya se había perdido hace mucho… y había venido a buscar lo que le faltaba usando sus cuerpos como llave.
Fuera, la niebla subía por el barranco. Dentro del lugar, el fuego de la chimenea crujió. Y en algún punto exacto entre los tres, el observador del sueño sonrió sin boca.
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