La escritora: Entre lo real y lo escrito| Relato erótico

 Natalia vuelve a su casa después de su intensa cita con Lucas, para descubrir que su vida se esta mezclando con la trama de su libro, podrá evitar esa catástrofe o será superada por la trama inesperada.

La luz fría de la mañana atravesó las cortinas de la suite, dibujando franjas grises sobre la cama. Natalia abrió los ojos despacio, sintiendo el peso del agotamiento físico y una calidez difusa en la espalda. Lucas dormía a su lado, de lado, con la respiración pausada y la espalda descubierta, exhibiendo las marcas leves que las uñas de Natalia habían trazado en su piel la noche anterior.

Ella se incorporó en la cama con lentitud. Cada músculo de su cuerpo parecía conservar recuerdo de la feroz noche de pasión que había vivido horas atrás. El tobillo lesionado le lanzó una punzada de advertencia al apoyar el pie en la alfombra, pero la incomodidad física era insignificante comparada con el torbellino que llevaba por dentro. Se vistió en penumbras, utilizando el abrigo largo para cubrir la rasgadura lateral del vestido. Antes de salir, observó a Lucas un último segundo: tendido sobre la cama, desarmado por el sueño, ya no parecía el manipulador peligroso del bar, sino simplemente un hombre consumido por su propio juego.

Tomó su bastón y abandonó la habitación sin despertarlo. El trayecto en taxi de vuelta a su departamento fue un ejercicio de evaluación. Observaba la ciudad a través del cristal humedecido por la llovizna, sintiendo que la frontera entre su vida real y la trama de su libro se había vuelto tan delgada que amenazaba con romperse. Lucas le había exigido demostrar quién tenía el control, pero la verdadera prueba no estaba en la suite de un hotel boutique, sino en el impacto que esa vorágine tendría al colisionar con su rutina.

Al llegar a su piso, el pasillo del edificio estaba en absoluto silencio. Natalia caminó a paso lento, tratando de no hacer ruido con el bastón para no alertar a Mateo. Logró entrar a su departamento y cerrar el cerrojo con un suspiro de alivio. El aire dentro del departamento olía a la sopa caliente que su vecino le había dejado la tarde anterior y al rastro tenue del perfume cítrico de Javier.

Se despojó de la ropa arruinada, se dio una ducha rápida para limpiar la piel de los rastros de la noche y se vistió con ropa cómoda: un suéter amplio de lana y pantalones suaves que cubrían la férula del tobillo. Necesitaba sentarse a escribir de inmediato. La experiencia con Lucas estaba hirviendo en su memoria, exigiendo convertirse en texto antes de que la intensidad se disipara.

Apenas llevaba media hora frente al ordenador, tecleando a una velocidad endiablada mientras las palabras se acomodaban en la pantalla con una precisión casi quirúrgica, cuando el timbre de la puerta sonó.

Natalia se congeló con los dedos suspendidos sobre el teclado. Miró el reloj de la pared: eran las nueve y media de la mañana. Se levantó con la ayuda del bastón y caminó hacia la entrada.

—¿Quién es? —preguntó pegando el rostro a la madera.

—Nati, soy yo, Javier —resonó la voz cálida y tranquila desde el pasillo—. Te traje el desayuno de la cafetería que te gustaba cerca del colegio.

El corazón de Natalia dio un vuelco. La culpabilidad no era una emoción que soliera dominarla, pero el contraste entre la furia física que había vivido con Lucas hacía apenas unas horas y la entrega dulce y nostálgica de Javier la tomó con la guardia baja. Quito el seguro y abrió la puerta.

Javier estaba de pie en el pasillo, luciendo impecable con una chaqueta de cuero marrón y una sonrisa franca que iluminaba su rostro. Llevaba una bolsa de papel artesanal de la que emanaba un delicioso aroma a café recién molido y panecillos calientes, además de un pequeño ramo de fresias amarillas.

—Buenos días, escritora —dijo él, dando un paso al frente para depositar un beso suave y prolongado en su mejilla—. Prometí que vendría a saber cómo estabas.

—Javier... no tenías por qué tomarte tantas molestias —dijo ella, haciéndose a un lado para dejarlo pasar, mientras intentaba disimular la rigidez de sus movimientos.

—No es ninguna molestia. Tenía ganas de verte —contestó él, dejando la bolsa y las flores sobre la mesa del comedor—. ¿Cómo amaneció ese tobillo? Espero que no hayas estado caminando mucho.

—Está mejor, el descanso me ayudó bastante —mintió Natalia, evitando sostenerle la mirada durante demasiado tiempo mientras caminaba hacia la cocina a buscar dos tazas.

Javier se movió por la sala con la familiaridad de alguien que busca quedarse. Acomodó las flores en un vaso con agua que encontró en la encimera y luego se acercó a ella. Al notar que Natalia se movía con cierta rigidez, la tomó suavemente por la cintura para guiarla de vuelta al sofá. El contacto de sus manos, tan diferente al agarre brusco de Lucas, hizo que Natalia sintiera una punzada de incomodidad que luchó por ocultar.

—Te ves cansada, Nati —observó Javier con genuina preocupación, sentándose a su lado y tomando una de sus manos entre las suyas—. ¿Estuviste despierta hasta tarde escribiendo?

—Sí, la inspiración llegó de golpe y no quise desaprovecharla —respondió ella, forzando una sonrisa tibia—. A veces el bloqueo se rompe de la forma más imprevista.

Javier sonrió, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar.

—Me alegra mucho oír eso. Siempre supe que tenías un talento especial. En el colegio, cuando leías tus relatos en clase de literatura, todos nos quedábamos en silencio. Yo especialmente... aunque nunca me atreví a decírtelo en ese momento.

Natalia lo observó. Los ojos de Javier reflejaban una honestidad transparente, un afecto construido sobre los cimientos de la nostalgia y la ilusión de recuperar el tiempo perdido. Él representaba la seguridad, un puerto firme donde la vida podía ser tranquila, predecible y llena de atenciones sinceras. Era el ideal del romance clásico que cualquier mujer desearía. Y, sin embargo, mientras él le hablaba del pasado, la mente de Natalia no podía evitar trazar comparaciones involuntarias.

Pensó en la mirada oscura de Mateo al verla en el pasillo, en la tensión prohibida que compartían a escasos metros de distancia, y en la violencia pasional con la que Lucas la había tomado sobre las sábanas de la suite. Javier le ofrecía paz, pero la paz no era lo que alimentaba el fuego de su novela... ni lo que mantenía su pulso acelerado.

—Javier, de verdad aprecio todo lo que estás haciendo por mí —murmuró Natalia, buscando las palabras adecuadas para establecer un límite sin herirlo—. Pero las cosas están pasando muy rápido. Ayer nos reencontramos después de diez años y... mi vida ahora mismo es un poco complicada.

Javier no perdió la sonrisa, aunque una sombra de comprensión seria cruzó su rostro.

—Lo entiendo, Nati. No pretendo presionarte ni acelerar nada. Sé que ha pasado mucho tiempo y que ambos hemos cambiado. Solo quiero estar presente, apoyarte y demostrarte que aquello que sentimos en la secundaria no era solo un capricho de adolescentes. Vamos al ritmo que tú decidas.

Su respuesta fue tan impecable, tan madura y considerada, que Natalia sintió que una presión invisible le oprimía el pecho. ¿Cómo podía explicarle que la mujer que él recordaba del colegio ya no existía? La Natalia de hoy era una autora dispuesta a descender a los abismos de la pasión y el peligro para encontrar su propia voz.

Pasaron la siguiente hora desayunando en la sala. Javier le contó sobre su trabajo como arquitecto, sus viajes y la vida que había construido en los últimos años. Natalia lo escuchaba con atención, disfrutando verdaderamente de su compañía, pero sintiendo a la vez una distancia insalvable. Javier estaba enamorado del recuerdo de una muchacha idealizada, mientras que ella estaba inmersa en una realidad cruda y convulsa.

Alrededor de las once de la mañana, el teléfono de Natalia sonó sobre la mesa del comedor. Era una notificación de mensaje de texto.

Javier echó una mirada involuntaria hacia el aparato, que estaba cerca de su taza de café. Natalia se levantó con el bastón y tomó el teléfono con rapidez, pero no antes de que la pantalla se iluminara mostrando las primeras líneas del mensaje de un número no guardado:

“Supongo que la escritora ya volvió a su torre de marfil a procesar la noche. El vestido rasgado se quedó en mi suite. Nos vemos pronto.”

El rostro de Natalia se mantuvo impasible, pero su pulso se disparó de inmediato. Borró la notificación de un deslizamiento rápido de dedo y guardó el teléfono en el bolsillo de su suéter.

Javier la observó con una ceja levemente alzada, notando el repentino cambio en la postura de ella.

—¿Todo bien? —preguntó él con tono sereno, aunque con una ligera duda en la voz.

—Sí, solo un correo de mi editora recordando la entrega del capítulo —mintió ella sin pestañear.

Javier se puso de pie, ajustándose la chaqueta.

—Entiendo. No quiero quitarte más tiempo de tu trabajo. Sé lo importante que es esta entrega para ti.

Caminó hacia la puerta y Natalia lo acompañó. Al llegar al umbral, Javier se tomó un segundo para mirarla de nuevo, acortando la distancia entre los dos para colocar una mano suave en su mejilla.

—Voy a salir de la ciudad el fin de semana por un proyecto de trabajo, pero regreso el lunes —dijo él en voz baja—. Me gustaría invitarte a cenar a un lugar tranquilo. Sin prisas, solo nosotros dos. ¿Aceptas?

Natalia miró la sinceridad en sus ojos y, tras una breve pausa, asintió.

—Está bien, Javier. Cenamos el lunes.

—Descansa esa pierna, Nati —dijo él antes de besarle la frente con delicadeza.

Cuando la puerta se cerró tras la salida de Javier, Natalia se recostó contra la madera. La tranquilidad duró apenas unos segundos. Al darse la vuelta para regresar a su estudio, escuchó el sonido característico de la puerta del 4B abriéndose en el pasillo, seguido de unos pasos firmes que se detuvieron justo al otro lado de su entrada.

Un par de toques secos y decididos en la madera hicieron que Natalia contuviera el aliento.

Mateo no había esperado a que Javier estuviera lejos. La tensión acumulada en el edificio estaba a punto de romper la barrera del disimulo, y Natalia sabía que la confrontación con su vecino no podría posponerse






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