La escritora: El vecino celoso | Relato erótico
Natalia se enfrenta al reclamo de Mateo y ese reclamo tendrá un desenlace que ella no espera, pero que le servirá para aclarar las cosas.
El
sonido de la cerradura de la puerta girando al otro lado hizo que Natalia no
tuviera tiempo de retroceder hacia la sala. Antes de que pudiera decidir si
responder o fingir que no había nadie, la figura de Mateo llenó el marco de la
entrada. No esperaba a que ella le abriera del todo; la firmeza de su hombro
empujando la madera con suavidad, pero con determinación dejó claro que no
pensaba aceptar una evasiva.
Mateo
vestía ropa informal de estar en casa, pero su postura no tenía nada de
relajada. Traía la mandíbula apretada y la mirada cargada de un brillo oscuro y
exigente que Natalia no le había visto nunca. Entró al recibidor sin pedir
permiso, haciendo que ella tuviera que dar un par de pasos hacia atrás
apoyándose con fuerza en su bastón.
—Mateo...
¿qué haces? —preguntó ella, intentando mantener un tono de voz neutral, aunque
el pulso le latía con violencia en los oídos.
—Se
acabó el juego del vecino educado, Natalia —dijo él, cerrando la puerta tras de
sí con un chasquido seco que resonó en el pasillo silencioso—. He pasado dos
días viendo cómo entra y sale ese tipo con flores, con café, agarrándote de la
cintura como si fuera el dueño de tu casa. Y mientras tanto, tú me miras en el
pasillo como si lo que pasó entre nosotros en esa habitación fuera un fantasma.
Natalia
sostuvo la respiración. La proximidad de Mateo era sofocante. El aroma de su
piel, el calor que emanaba de su cuerpo y la urgencia contenida en sus palabras
creaban una presión muy distinta a la caballerosidad nostálgica de Javier o a
la frialdad manipuladora de Lucas. Mateo era el peligro real y cercano, el
hombre que vivía a tres metros de su puerta y que había probado el fruto de la
audacia de ella. Desde ese día la
dinámica entre ellos había cambiado, él ya se sentía en el derecho de
reclamarle.
—Lo que
pasó aquí fue un momento impulsivo, Mateo. Te agradecí el favor de las cajas
y... —empezó a decir Natalia, intentando construir un muro con las palabras.
—No me
mientas —la interrumpió él, dando un paso brusco hacia adelante que acortó la
poca distancia que los separaba—. No me des una explicación para salir del paso
como si fueras a escribirla en uno de tus libros. Vi cómo me miraste cuando
estabas sola en la cama. Vi cómo me miraste cuando me puse de rodillas frente a
ti. Y vi exactamente la cara que pusiste cuando ese imbécil te trajo ayer a la
puerta. No estás enamorada de él, Natalia. Estás jugando a ser la buena chica
con él mientras te quemas por dentro.
El
impacto de las palabras de Mateo la dejó sin aliento. La crudeza con la que
había desnudado la mentira la golpeó de lleno. Natalia intentó dar un paso
atrás, pero el tobillo le falló ligeramente y soltó un pequeño gemido de
molestia. Ese paso en falso le había dolido levemente.
Antes
de que pudiera perder el equilibrio, Mateo la tomó con ambas manos por la
cintura. El agarre fue firme, posesivo, sin la delicadeza temerosa de Javier.
La atrajo hacia su cuerpo con una fuerza que hizo que el bastón de Natalia
cayera sobre la alfombra con un golpe sordo.
—Déjame
adivinar —susurró Mateo, pegando su frente a la de ella, sintiendo cómo la
respiración de Natalia se volvía acelerada y errática—. Tu amigo del colegio te
ofrece té, flores y un pasado bonito. Pero eso no es lo que te hace escribir
hasta las cuatro de la mañana, ¿verdad?
—Mateo,
por favor... —murmuró ella, con los labios a escasos milímetros de los suyos.
—Dime
que me equivoque —desafió él, bajando una de sus manos por la curva de su
espalda hasta presionar la base de su cadera contra la suya—. Dime que no has
estado pensando en lo que pasó aquí cada vez que cruzas el pasillo. Dime que no
quieres que termine lo que tú empezaste. Sus palabras eran una invitación a
pasar la línea nuevamente.
La
resistencia de Natalia se desmoronó en un segundo. La tensión acumulada entre
ellos desde la tarde de las cajas, mezcladas por los celos indiscretos de Mateo
y la intensidad del encierro, se convirtió en una descarga de deseo puro. En
lugar de empujarlo, Natalia le enredó los dedos en el cabello por la nuca y le
tiró de la cabeza hacia abajo, uniendo sus bocas en un beso intenso, hambriento
y cargado de una rabia contenida.
Mateo
soltó un gruñido ahogado contra sus labios. La respuesta de ella fue la mecha
que encendió el fuego que llevaba albergando durante días. La levantó del suelo
sin esfuerzo, sujetándola por los muslos mientras Natalia rodeaba su cintura
con las piernas, ignorando el dolor del tobillo bajo el influjo de la
adrenalina.
La
llevó cargada hasta el estudio, la estancia donde las palabras de su novela
descansaban en la pantalla del ordenador. Mateo la depositó sobre el borde del
escritorio de madera, apartando de un manotazo violento las hojas impresas, los
bolígrafos y el teclado, que cayeron al suelo desparramados en un estruendo que
a ninguno de los dos les importó.
—Aquí
es donde inventas tus historias, ¿no? —dijo Mateo con la voz rota, respirando
con dificultad mientras le abría la chaqueta del suéter y deslizaba las manos
por su piel descubierta—. Pues vamos a darle algo real a tu libro.
El
choque de sus cuerpos sobre el escritorio fue directo, feroz y carente de las
pausas calculadas de Lucas o de la ternura de Javier. Mateo la tomó con una
urgencia territorial, reclamando cada rincón de su anatomía con caricias
marcadas y besos profundos que le arrancaban a Natalia gemidos sofocados. El
contraste entre la frialdad de la mesa de trabajo y la marea de calor que los
envolvía convirtió la escena en una experiencia sensorial pura.
Natalia
se entregó por completo al ritmo violento que Mateo imprimía. La sensación de
estar al borde del abismo, en su propia casa, a sabiendas de que cualquier
ruido podía delatarlos y de que su vida se estaba desarmando en pedazos, actuó
como el catalizador definitivo. Clavó las uñas en los hombros de Mateo,
guiándolo, exigiéndole más, sintiendo cómo la solidez de su vecino se deshacía
en una entrega absoluta que los llevó a ambos al límite en una marea de
espasmos y suspiros compartidos sobre la madera.
Cuando
la tormenta finalmente se aplacó, Mateo quedó apoyado sobre ella, con la frente
pegada a su hombro y el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético. El
silencio volvió a instalarse en el estudio, interrumpido solo por el zumbido
del monitor encendido y el leve parpadeo del cursor sobre la página en blanco
que había quedado a medio escribir.
Mateo
se incorporó despacio. Se pasó una mano por el rostro, despeinándose el cabello
húmedo por el sudor, y miró a Natalia. Su rostro ya no reflejaba la rabia ni
los celos de antes; había una mezcla de satisfacción oscura y de vulnerabilidad
al descubierto.
—Ahora
dime que esto es solo ficción —dijo él en voz baja, arreglándose la ropa
mientras la observaba levantarse del escritorio con parsimonia.
Natalia
se ajustó el suéter, recogió el bastón del suelo y se apoyó en él. Su mirada,
sin embargo, ya no era la de la mujer desorientada que había recibido el
paquete días atrás. Había una claridad absoluta en sus ojos.
—Esto
no es ficción, Mateo —respondió ella con la voz firme y serena—. Es exactamente
lo que necesitaba para entenderlo todo.
Mateo
la miró con el ceño levemente fruncido, sin comprender del todo el alcance de
sus palabras. Le dedicó una última mirada cargada de intención antes de salir
del estudio y abandonar el departamento, dejando la puerta ajustada a su paso.
Natalia
caminó hacia el escritorio. Recogió las hojas dispersas del suelo, acomodó el
teclado y se sentó en la silla. Miró la pantalla de la computadora.
El
mosaico estaba completo.
Tenía a
Javier: el amor puro, la nostalgia, la promesa de una vida segura que su
corazón anhelaba en los momentos de soledad.
Tenía a
Mateo: la pulsión prohibida, la tentación física al alcance de la mano, la
pasión terrenal y salvaje del entorno cotidiano.
Y tenía
a Lucas: el enigma oscuro, el desafío intelectual, el riesgo absoluto que la
empujaba a cruzar todos los límites.
Los
tres hombres no eran solo personas en su vida; eran las tres fuerzas que habían
roto su parálisis creativa. Pero Natalia sabía que no podía quedarse atrapada
en el juego para siempre. La historia exigía un final, y ella era la única
dueña de la pluma.
Con los
dedos volando sobre el teclado y la mente más lúcida que nunca, Natalia comenzó
a redactar el capítulo final de su obra maestra, sabiendo que, al terminar la
última página, tendría que tomar la decisión más difícil de su vida real, había
llegado el momento de decidir.
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