Lo que queda en el reflejo
El sonido del espejo se volvió insoportable.
Era como si mil voces presionaran desde el otro lado del cristal, todas
pidiendo la misma cosa: decisión. Héctor dio otro paso, el cuenco de piedra en
una mano y el cuchillo en la otra. La sangre de su palma ya había dejado un
rastro oscuro hasta el pedestal. Era la hora de decidir, el espejo esperaba eso
y no iba a ser tan paciente, no quedaba mucho tiempo, era ahora o nunca.
—Elíjanlo de una puta vez —dijo con la voz
rota—. Fusión. Destrucción. O me dejan terminar lo que empecé en el ochenta y
siete.
Adrián miró a Selene. En sus ojos ya no había
solo la mujer que había conocido bajo la lluvia de Ciudad de México. Había
capas. Había Ashara. Había el eco de todas las que habían tocado el espejo
antes. Y, debajo de todo, seguía estando ella: la que había dejado la nota
sobre la almohada, la que había cogido con él como si el mundo fuera a
acabarse, la que temblaba cuando él la tocaba demasiado despacio. La que
suspiraba con cada caricia y que sin darse cuenta en el poco tiempo se había
vuelto una pieza indispensable de su vida.
—Hay otra forma —dijo Adrián.
La voz le salió más firme de lo que esperaba.
Su mente no tenia dudas, solo quedaba actuar.
Selene apretó su mano.
—La carga compartida —susurró ella, y la voz
doble sonó por última vez perfectamente sincronizada—. No nos fundimos. No lo
destruimos. Lo partimos. Cada uno se lleva una mitad. El espejo sigue vivo,
pero ya no puede completar el triángulo. Y nosotros… nosotros nos quedamos
atados. Para siempre. Es la mejor salida para nosotros dos.
Héctor palideció.
—Eso no funciona. Nunca ha funcionado. Alguien
tiene que quedarse dentro para equilibrar.
—Nadie se queda dentro —respondió Selene—.
Nosotros dos nos convertimos en el equilibrio. Es lo que Ashara intentó hacer
la última vez. Falló porque estaba sola. Nosotros no lo estamos. Estamos juntos
y sabemos perfectamente lo que tenemos que hacer para que funcione.
Adrián no esperó más. Soltó la mano de Selene,
se acercó al pedestal y colocó ambas palmas sobre la superficie del espejo. El
dolor fue inmediato y blanco. Sintió que algo le arrancaban desde el centro del
pecho. Selene se colocó al otro lado y hizo lo mismo. El grito que salió de los
dos fue el mismo. Era más que un grito de dolor, el espejo podía arrancarle su
esencia, su propia alma y es por eso que ese breve contacto se hacía tan
doloroso.
La luz dorada se volvió cegadora. Las
proyecciones estallaron en mil fragmentos. Héctor gritó y soltó el cuenco.
Intentó lanzarse hacia adelante, pero una fuerza invisible lo lanzó contra la
pared. El espejo se agrietó exactamente por la mitad con un sonido como de
hueso rompiéndose. Dos fragmentos de obsidiana y oro cayeron sobre la piedra.
Uno rodó hacia Adrián. El otro hacia Selene.
Cuando la luz se apagó, el silencio fue
absoluto.
Adrián estaba de rodillas, sangrando por la
nariz. La marca de su palma ya no ardía: ahora era una línea fina y permanente,
como una cicatriz antigua. Selene tenía una marca idéntica en el centro del
pecho, justo sobre el corazón. Héctor yacía inconsciente contra la pared,
respirando, pero incompleto todavía. El hueco que llevaba décadas no se había
cerrado. El espejo ya no podía devolverle lo que perdió. Era algo que ya había
perdido y no iba a regresar.
Selene recogió su fragmento. Adrián recogió el
suyo. Se miraron a través del espacio que había ocupado el objeto entero.
—Se acabó —dijo ella con su voz normal, solo
suya otra vez—. Casi.
Salieron del templo al amanecer. Héctor se
quedó atrás. No intentaron ayudarlo. Tampoco lo mataron. Algunas deudas no se
cobran con sangre. Algunas deudas las cobra con dolor y con soledad,
posiblemente era el destino de Hector, ellos no estaban seguros, pero existen
situaciones que llevan a un triste final.
Durante semanas viajaron sin destino fijo. El
deseo no había desaparecido. Al contrario: ahora era una corriente constante
que los unía, aunque estuvieran en habitaciones distintas. Si Adrián se tocaba,
Selene lo sentía. Si ella soñaba con él dentro de ella, él se despertaba duro y
necesitado. Aprendieron a vivir con eso. Aprendieron a no pelearse cuando el
tirón se volvía demasiado intenso. Aprendieron, sobre todo, a elegir. De alguna
forma después de que el espejo se separo ellos quedaron unidos, una nueva
realidad se abrió ante sus ojos, una que debían aprender sobrellevar.
Tres meses después encontraron una casa de
madera frente al Pacífico, en un tramo de costa donde casi no llegaban
turistas. Compraron el lugar con dinero que ya no importaba de dónde salía.
Colocaron los dos fragmentos del espejo en una caja de madera oscura, separados
por una tela gruesa, y la dejaron en el fondo de un armario. No los
destruyeron. No podían. Tampoco los juntaron nunca. Decidieron no arriesgarse a
tenerlos juntos, por miedo a que el espejo de Ashara pudiera fusionarse
nuevamente y ellos pagar las consecuencias.
La noche en que el relato termina llovía. Una
lluvia fina y constante que olía a sal y a tierra mojada. Adrián estaba en la
terraza cubierta, mirando el mar negro. Selene salió descalza, con una camisa
suya que le llegaba a la mitad del muslo. Se acercó por detrás y le rodeó la
cintura con los brazos. Él se apoyó en su cuerpo para sentir su calor.
—¿Todavía lo sientes? —preguntó ella.
—Cada día —respondió—. ¿Tú?
—Cada día.
Se giraron. El beso fue lento. Ya no había la
urgencia violenta de los primeros días, ni el terror del templo. Había otra
cosa: un reconocimiento profundo, casi resignado, de que el otro era la única
constante que les quedaba. Adrián la levantó y la llevó dentro. La recostó
sobre la cama amplia frente a la ventana abierta. La lluvia entraba en forma de
brisa.
La desnudó con cuidado. Besó la marca de su
pecho. Selene le besó la marca de la palma. Cuando él entró en ella, lo hizo
despacio, mirándola a los ojos. Ella lo recibió igual de despacio, las piernas
abiertas, las manos en su espalda. Se movieron con un ritmo casi perezoso,
profundo, consciente. Cada embestida era una afirmación. Cada jadeo, una
aceptación. El placer subió sin prisa, como una marea.
Era un ritmo diferente, de dos amantes que se
conocían, que habían dejado atrás ese deseo incontrolable de saciar sus deseos
sin importar el lugar, era una necesidad que necesitaba solo ser saciada, ahora
era un deseo más controlado, más maduro y que ambos disfrutaban plenamente
Cuando Selene se corrió, lo hizo con un
temblor largo y silencioso, el rostro escondido en el cuello de él. Adrián la
siguió segundos después, derramándose dentro con un gemido bajo, quedándose
enterrado hasta el final de las contracciones de ella.
Se quedaron unidos mucho rato. La lluvia
seguía sonando. La calma los rodeaba, era un momento de paz y tranquilidad que
no deseaban que se acabara.
Selene pasó los dedos por el pelo húmedo de
Adrián y habló contra su piel.
—¿Crees que lo que sentimos es real? ¿O solo
el eco del espejo?
Adrián se separó un poco para poder mirarla.
Le apartó un mechón de la cara. Fuera, el mar golpeaba las rocas con un ritmo
antiguo.
—Ya no hay diferencia —respondió—. Y eso es lo
único que me queda claro.
Ella sonrió apenas. Una sonrisa cansada,
verdadera. Era una gran verdad, ya no importaba si era real o solo un
sentimiento generado por un eco, todo se había fusionado, ese sentimiento ya
era parte de ellos.
En el fondo de la habitación, dentro del
armario, los dos fragmentos del Espejo de Ashara reflejaban algo que ninguno de
los dos estaba haciendo en ese momento: se reflejaban uno al otro, separados
por la tela, pero todavía buscando la forma de volver a ser un solo objeto. La
luz que emitían era tan tenue que nadie la habría notado.
Nadie excepto ellos.
Y ellos, por primera vez en mucho tiempo,
eligieron no mirar. Era mejor olvidarse del espejo para darle paso a su nueva
vida.
Se quedaron abrazados mientras la lluvia
seguía cayendo sobre el techo de madera y el mar seguía su propio camino,
indiferente a los espejos y a las voluntades que alguna vez intentaron
atraparlo. Eran libres y querían disfrutar cada segundo de esa libertad.
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