La La universidad: El rumor | Relato erótico universitario
Rosa sigue en el pabellón de la universidad. Lo que comenzó como un rumor se convierte en una historia de deseo, secretos y nuevas tentaciones.
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👉 Primera parte de este relato
Cuando Mateo finalmente decidió besarla de verdad, lo hizo con una posesividad que hizo que a Rosa se le aflojaran las rodillas. La tomó de la nuca con firmeza, uniendo sus bocas en un beso profundo, cálido y dominante. Su lengua se abrió paso con destreza, enseñándole a la chica un ritmo que ella jamás había imaginado. Tan intenso como dominante, la boca de ese chico no le daba respiro, la dejaba sin aliento con cada movimiento. Rosa ahogó un gemido contra los labios de él, sujetándose de la parte delantera de la chaqueta de cuero para no caerse. La intensidad debilito su cuerpo de una manera que no se esperaba.
El beso fue escalando en intensidad. Mateo la estrechó contra su pecho, haciendo que ella sintiera la dureza de su cuerpo atlético. Con la mano libre, él bajó hacia la cintura de Rosa y comenzó a subir la tela de su blusa, exponiendo la piel de su abdomen al aire fresco del aula. Ella noto el movimiento de su mano, pero disfrutaba las sensaciones que experimentaba con ese beso intenso y se concentró solo en disfrutarlo. Le daba control total de su cuerpo a ese desconocido que solo había conocido hace unos minutos antes.
—Tienes la piel increíblemente suave —murmuró él entre beso y beso, descendiendo con sus labios hacia la mandíbula de la joven y luego hacia su cuello, donde dejó una mordida juguetona que hizo que Rosa diera un leve brinco de sorpresa y placer. La acción de ese chico la sorprendió de una manera grata. Él representaba una bestia salvaje con la palabra sexo tatuada en su frente, un limite que ella no había sobrepasado con nadie y que con ese chico parecía tan fácil cruzarlo para descubrir el placer que siempre quiso experimentar.
—Mateo... —murmuró ella, usando su nombre por primera vez. El sonido sonó suplicante, lleno de una necesidad que ni ella misma comprendía.
—Dime, Rosa. ¿Te gusta estar aquí? ¿Es así como te lo imaginabas? —preguntó él, acariciando con la palma de la mano el costado de su cintura, subiendo peligrosamente hacia la curva inferior de su pecho. Tan cerca que ella podía sentir ese tacto encima de la piel de su pecho.
—Es... es mucho mejor... —confesó ella con la honestidad que le dictaba el descontrol de sus sentidos. Una sinceridad que podía ser su completa perdición.
Mateo emitió un bajo gruñido de satisfacción. La cargó con facilidad por los muslos y la sentó sobre el borde de la mesa de dibujo. La posición dejó a Rosa a la altura exacta de sus ojos, con las piernas ligeramente separadas rodeando la cintura de él.
Él se acomodó entre sus muslos, apretando su cadera contra la de ella. A través de la tela de sus ropas, Rosa pudo sentir por primera vez la presión firme y rígida de la masculinidad de Mateo. Un choque de calor directo atravesó su pelvis, obligándola a arquear la espalda. Ante esa presión tan deliciosa que experimentaba por primera vez.
—Siente esto —le susurró él, presionando su cuerpo con más intención—. Esto es lo que provocas. Tu curiosidad nos ha traído hasta aquí, y ahora vas a sentir exactamente lo que le haces a un hombre. Sus palabras sonaron como una afirmación que estremeció completamente a Rosa.
Mateo introdujo sus manos por debajo de la falda de Rosa, recorriendo la piel desnuda de sus muslos. Sus dedos avanzaron con una maestría implacable, subiendo centímetro a centímetro mientras mantenía sus ojos fijos en los de ella, disfrutando de cómo las pupilas de la chica se dilataban de pura expectación. Ante el avance atrevido de sus dedos, el roce con su piel la estremecía, sus ojos transmitían su sorpresa y como disfrutaba ese toque desconocido por ella hasta ese momento.
Cuando la punta de sus dedos rozó la seda de su ropa interior, notó de inmediato la calidez y la humedad que la impregnaban. Un gesto de satisfacción se dibujó levemente en su rostro.
—Estás completamente empapada, mi pequeña tímida —se burló él con voz baja y ronca, haciendo que un nuevo rubor invadiera las mejillas de Rosa, aunque esta vez no era de vergüenza, sino de puro deseo.
Él no esperó permiso. Desplazó levemente la tela de su lencería y presionó con la yema del dedo directamente sobre el centro sensible de la chica. Logrando que se sobresaltara.
Rosa soltó un jadeo alto, llevando una mano a su propia boca para ahogarlo, recordando de golpe que estaban en un edificio donde cualquiera podía andar cerca.
—No te tapes la boca —le ordenó Mateo con firmeza, quitándole la mano con suavidad, pero sin admitir réplicas—. Quiero escucharte. Si alguien pasa por el pasillo y escucha cómo te quejas de placer, que sepa que eres mía.
Esa declaración de posesión terminó de romper las últimas defensas de la joven. Mateo comenzó a mover sus dedos con un ritmo lento, circular y experto, aplicando la presión justa que la hacía estremecerse. Cada pase de su mano hacía que Rosa perdiera un poco más el control de la realidad. Era la primera vez que otros dedos que no fueran los suyos la tocaban en ese sitio tan íntimo, las sensaciones eran muy diferentes, todo eran tan intenso, tan inesperado y tan placentero.
El placer que Rosa estaba experimentando era algo para lo que no tenía palabras. Cerraba los ojos y veía destellos de luz tras sus párpados. Se sujetaba con fuerza de los hombros de Mateo, mientras él la dominaba por completo con la mano entre sus piernas y con besos hambrientos que le robaban el aliento. Era una escena tan caliente, de esas que ella había visto solo en películas, pero que nunca por ninguna razón hubiera imaginado que seria la gran protagonista.
—Mírame, Rosa —volvió a ordenar él, sin detener el movimiento implacable de sus dedos.
Ella abrió los ojos, entrecortada la respiración, encontrando la mirada calculadora y ardiente del muchacho. Era un momento intenso, tan tenso que su cuerpo temblaba ante tantas sensaciones que se iban acumulando en un solo punto de placer.
—Vas a llegar al final por primera vez, y vas a hacerlo mirándome a mí —le susurró él, aumentando la velocidad de sus caricias, buscando el punto exacto que hacía que el cuerpo de la chica se tensara como una cuerda de guitarra.
—Mateo... no puedo... es demasiado... —suplicó ella, sintiendo que una ola gigante de calor se acumulaba en su vientre, amenazando con destruirla.
—Sí puedes. Entrégate —le exigió él con voz categórica.
El impulso final fue una oleada expansiva. El cuerpo de Rosa se convulsionó en un espasmo de placer puro y desconocido. Un gemido prolongado y dulce se le escapó de la garganta mientras se aferraba desesperadamente a Mateo, sintiendo cómo las paredes de su ser temblaban en una cascada de sensaciones que duró varios segundos inacabables. Ella quedo sin fuerzas ante la expulsión de tanto deseo acumulado. Su respiración visiblemente descontrolada y su corazón que amenazaba con salirse de su pecho.
Mateo la sostuvo con fuerza durante todo el proceso, besando su frente y sus mejillas con una mezcla de dominación y un cuidado casi protector, asegurándose de que no se cayera mientras el orgasmo la sacudía por entero. Ella sentía las contracciones de sus paredes vaginales mientras ese gran orgasmo la sacudía, sorprendiéndola de la gran intensidad que estaba experimentando.
Cuando la tormenta comenzó a calmarse en su cuerpo, Rosa quedó apoyada contra el pecho de él, respirando con dificultad, sintiendo los latidos del corazón de Mateo bajo la piel. Él continuaba acariciándole la espalda con lentitud, disfrutando del estado de completa rendición en el que había quedado la chica.
—¿Ves? —le dijo él al oído, con una voz suave y satisfecha—. Ya no tienes que imaginarte nada. Ya sabes lo que se siente.
Rosa levantó la mirada, aún mareada por la experiencia, y contempló el rostro del chico que acababa de cambiar su mundo para siempre. El chico que le había abierto las puertas a un mundo de placer que era tan desconocido para ella y que siempre tuvo la curiosidad de experimentar mientras tenia algunas de sus fantasias.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella con timidez, sintiendo que la virginidad de su mente había quedado atrás, aunque su cuerpo aún guardase el último paso para el futuro.
Mateo le sonrió, una sonrisa de complicidad absoluta, mientras le acomodaba con delicadeza la ropa y el cabello.
—Ahora sabes dónde encontrarme —respondió él, dándole un último beso profundo en los labios—. Este pabellón ya no es un misterio para ti, Rosa. Es nuestro lugar. Y esto... apenas ha sido la primera lección. Cuando quieras dar otro paso más atrevido ya sabes dónde encontrarme, yo estaré complacido de enseñarte todo lo que tu desees.
Sus palabras eran una promesa de placer que eran toda una tentación, después de todo el placer que había experimentado esta noche. Su mente no tenía decidido si volvería, pero ella estaba segura que su cuerpo no dudaría en volver, había experimentado el placer y ese era un vicio del cual ella se podía volver adicta.
Pero aquella noche no sería el final de su historia. El pabellón apenas había comenzado a revelar sus secretos.
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