La universidad: El rumor | Relato erótico universitario
Un rumor comienza a recorrer la universidad y termina revelando un secreto prohibido. Un relato de romance, deseo y tensión universitaria.
La universidad: El rumor es un relato erótico universitario de romance, deseo y secretos. Lo que comienza como un simple rumor entre estudiantes llevará a Rosa a descubrir que algunos secretos del campus son mucho más intensos de lo que imaginaba.
El campus de la universidad permanecía lleno de vida durante
el día, pero al caer la tarde, la geografía del lugar cambiaba radicalmente.
Entre las facultades más antiguas y la zona arbolada del límite oeste, destacaba
el viejo pabellón de arquitectura. Era un edificio de dos plantas parcialmente
en desuso, cuyos pasillos superiores y aulas de dibujo técnico habían quedado
relegados al olvido tras la construcción de las nuevas instalaciones.
Para la mayoría de los estudiantes, no era más que un bloque
de concreto gris. Sin embargo, en los pasillos, cafeterías y grupos de chat
corría un secreto a voces: el piso superior del pabellón era el territorio de
los encuentros furtivos. Las parejas calientes habían reclamado ese territorio
para entregarse al deseo más primitivo del ser humano: El sexo.
Rosa, de dieciocho años, escuchaba estos rumores con una
mezcla de rubor e intriga. Era una chica retraída, de primer año, que solía
pasar inadvertida tras sus grandes cuadernos de notas y sus faldas por debajo
de la rodilla. Nunca había tenido novio, jamás había dado un beso con verdadera
intención y la idea de la intimidad era para ella un terreno puramente teórico.
No obstante, bajo esa fachada reservada, latía una curiosidad voraz. Cada vez
que escuchaba a sus compañeras susurrar sobre lo que ocurría en las sombras de
aquel edificio, un calor extraño le recorría el vientre. Su mente creaba en su
cabeza miles de fantasías donde ella era una mujer ardiente. Lo opuesto a su
verdadera personalidad.
Ese jueves, la curiosidad pudo más que la prudencia. Las
clases habían terminado a las cinco de la tarde y el sol comenzaba a ocultarse,
tiñendo el cielo de tonos anaranjados y púrpuras. Rosa, con el corazón
latiéndole en la garganta, caminó hacia el sendero rodeado de pinos que
conducía al pabellón solitario. Sus pies caminaban solos, hacia ese lugar sin
que su mente pudiera controlarlos, por primera vez en mucho tiempo, se dejo
gobernar por un impulso repentino,
El silencio en el pasillo principal del edificio era casi
absoluto, interrumpido únicamente por el eco de los pasos de Rosa. El aire olía
a polvo, madera vieja y a una humedad pesada. Subió los escalones de piedra con
lentitud, sujetando la tira de su mochila contra el pecho como si fuera un
escudo.
Al llegar al segundo piso, la penumbra era casi total. Las
grandes ventanas del fondo solo dejaban pasar la luz moribunda del atardecer. Rosa
caminó por el pasillo central, observando las puertas entreabiertas de las
antiguas aulas de maquetas. La atmósfera estaba cargada de un peligro
electrizante; sabía que no debía estar allí, y justo esa prohibición hacía que
su piel estuviera erizada. Era un golpe de adrenalina que ella no había
experimentado, y esa sensación diferente la hechizaba completamente, logrando
que rompiera todas las reglas y su sentido común.
Se detuvo frente a un aula cuya puerta crujió levemente por
la corriente de aire. Se asomó con cautela. La habitación estaba vacía, salvo
por una larga mesa de dibujo de madera y un par de taburetes volcados.
—Buscando algo en particular, ¿o solo explorando?
La voz, profunda, pausada y con una firmeza absoluta, resonó
desde la sombra de la esquina del pasillo.
Rosa dio un brinco, ahogando un grito. Al girarse, vio a un
chico apoyado casualmente contra el marco de una ventana. Tenía unos veintitrés
años aproximadamente, era alto, de espaldas anchas y llevaba una chaqueta de
cuero negro sobre una camiseta oscura. Sus ojos, fijos en ella, brillaban con
una intensidad calculada.
—Yo... lo siento. Me equivoqué de camino —balbuceó Rosa,
sintiendo cómo el rostro le ardía al instante. Dio un paso hacia atrás,
dispuesta a huir hacia las escaleras. El miedo se había apoderado de ella y sus
piernas no respondían a sus pensamientos.
—No te equivocaste —dijo él, sin moverse de su posición,
pero cruzándose de brazos con una calma dominante—. Nadie llega hasta este piso
por error, y menos a esta hora. Sabes perfectamente qué es este lugar.
La seguridad con la que hablaba el desconocido paralizó a Rosa.
No había burla en su tono, sino una certeza absoluta que la dejó sin
argumentos. Él dio un paso al frente, saliendo de la penumbra. Se llamaba
Mateo, un estudiante de último año cuyo porte proyectaba un control total de la
situación. Lo reconoció apenas pudo ver su rostro, una de sus compañeras estaba
completamente loca de amor por ese chico.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él, recortando la distancia
entre ambos con pasos lentos, deliberados, como un depredador que no tiene
prisa.
—Rosa... —respondió ella apenas en un susurro, atrapada por
la mirada del muchacho.
—Rosa —repitió él, saboreando el nombre—. Tienes cara de no
haber roto un plato en tu vida, Rosa. Y sin embargo, estás aquí, en el piso más
infame del campus, temblando como una hoja pero sin dar un solo paso realmente
para irte.
Mateo quedó a menos de medio metro de ella. El contraste era
brutal: ella, pequeña, encogida y nerviosa; él, alto, seguro y emitiendo un
calor corporal que a Rosa le pareció sofocante. El aroma de su perfume, fresco
y amaderado, inundó los sentidos de la chica. Definitivamente su olor era
embriagante, un chico con un aura que volvería loca a cualquier mujer.
—No debería estar aquí —alcanzó a articular ella, intentando
sostenerle la mirada, aunque la intensidad de Mateo la obligó a bajar los ojos
hacia los labios de él.
—Pero estás —dijo él con suavidad, aunque con un tono
imperativo que no admitía réplica. Extendió una mano y, con la yema del dedo
índice, le rozó la barbilla, obligándola a levantar el rostro de nuevo—. Y la
curiosidad se te nota en los ojos. Estás muerta de miedo, pero también quieres
saber si todo lo que dicen de este sitio es verdad.
El roce de ese dedo encendió una chispita caliente en el
interior de Rosa. Trató de tragar saliva, pero tenía la garganta seca. La forma
en que él la miraba, sin pestañear, como si fuera capaz de leer sus
pensamientos más atrevidos, la desarmaba por completo.
—Nunca he... nadie me ha... —trató de explicar ella,
buscando una excusa para justificar su torpeza.
—Eres virgen —afirmó Mateo sin rodeos, no como una pregunta,
sino como una afirmación evidente.
Rosa abrió los ojos de par en par, avergonzada por la facilidad
con la que él había pronunciado esa palabra. Intentó dar un paso atrás, pero
Mateo fue más rápido: avanzó la mano y la tomó de la cintura con firmeza,
pegándola sutilmente hacia él, bloqueando cualquier vía de escape.
—No hay nada de qué avergonzarse —murmuró él, bajando la
cabeza hasta que su aliento cálido rozó la oreja de la joven—. La inocencia es
encantadora, Rosa. Pero la curiosidad sin satisfacer es una tortura. Y tú
viniste aquí buscando respuestas.
El contacto de la mano de Mateo en su cintura hizo que a Rosa
se le cortara la respiración. Podía sentir la fuerza de los dedos de él
atravesando la tela de su blusa. La firmeza de ese agarre no era agresiva, pero
sí indiscutible: le dejaba claro que él tenía el control de la situación.
Mateo la guió sin prisa hacia el interior del aula vacía.
Cerró la puerta tras de sí con un empujón del pie, sumiendo la habitación en
una sombra aún más densa, iluminada solo por el resplandor lejano de los
faroles del campus.
—Suelta la mochila —ordenó él con voz baja pero autoritaria.
Rosa, hipnotizada por la dominancia del chico y por la marea
de sensaciones desconocidas que la inundaban, dejó caer la mochila al suelo. El
sonido sordo del bolso al chocar contra la madera pareció marcar el punto de no
retorno.
—Mírame —dijo Mateo, dando un paso más para acorralarla
suavemente contra el borde de la gran mesa de dibujo.
Rosa obedeció. Sus piernas temblaban tanto que agradeció
tener la mesa detrás para apoyarse. Mateo colocó ambas manos sobre la madera, a
cada lado de las caderas de la chica, encerrándola en su espacio personal.
—Si quieres irte, dímelo ahora y te dejo marchar —dijo él,
mirándola fijamente a los ojos—. Pero si te quedas, vas a hacer exactamente lo
que yo te diga. Sin dudas, sin prisas. Vas a aprender lo que se siente estar en
este pabellón.
Rosa sintió un nudo en el estómago. La razón le decía que
debía pedir que la dejara salir, pero su cuerpo, traicionero y hambriento de
experiencias, reaccionaba de forma opuesta. Sentía una humedad incipiente entre
las piernas y una aceleración salvaje en el pecho. La duda era evidente, pero
al final gano su curiosidad.
—Me... me quedo —susurró ella, sorprendiéndose a sí misma
por la decisión en su voz.
Una sonrisa lenta y complacida se dibujó en los labios de
Mateo.
—Buena chica —murmuró él.
Mateo no la besó de inmediato. En lugar de eso, comenzó a
explorar su terreno con una paciencia calculada. Su mano derecha subió
lentamente por el brazo de Rosa, rozando la piel desnuda de su antebrazo,
subiendo por el hombro hasta llegar a su cuello. Sus dedos, cálidos y
ligeramente ásperos, acariciaron la curva de su garganta, sintiendo cómo el
pulso de la chica latía desenfrenado.
Rosa cerró los ojos, soltando un suspiro tembloroso. Jamás
nadie la había tocado de esa manera. Cada caricia de Mateo enviaba descargas
eléctricas directamente a su vientre.
—Abre los ojos —le ordenó él suavemente—. Quiero que veas
quién te está tocando.
Rosa abrió las pestañas, encontrándose con la mirada
penetrante del joven. Mateo inclinó la cabeza y rozó sus labios contra los de
ella, no en un beso profundo, sino en un contacto rozado, provocador, que la
dejó deseando más. La hizo esperar, apartándose apenas un centímetro cada vez
que ella intentaba buscar su boca.
—Tranquila —le dijo él, sonriendo ante la impaciencia de la
chica—. El placer no se precipita, Rosa. Se prueba lento y se disfruta.
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