Temporada de verano: La temperatura aumenta

 Al día siguiente, el calor del verano ya se sentía desde temprano, pegándose a la piel como una promesa silenciosa. Mientras desayunaba con Emily en el comedor principal, Ninguna hablaba, solo el sonido de los cubiertos era el único que se escuchaba en ese comedor. De ponto el teléfono de mi amiga vibro sobre la mesa. Ella miro la pantalla, sonrió y respondió de inmediato, era su madre. Justo en ese preciso instante, la puerta del pasillo se abrió y Mauricio entro al comedor. Llevaba el cabello un poco húmedo, un pantalón corto a la altura de su cintura y ninguna camisa. Dejando a la vista ese pecho firme, bronceado por el sol del verano, que ya se había convertido en protagonista de mis peores y más deliciosas fantasías.

Sin pedir permiso, arrastró la silla de madera y se sentó justo a mi lado, muy cerca. Su calor corporal me impacto de inmediato, alterando mi ritmo cardiaco. Emily seguía hablando por el celular concentrada en su llamada, haciendo gestos con su mano libre, completamente ajena a que el aire entre Mauricio y yo se había vuelto pesado, cargado de electricidad estática que amenazaba con hacer estallar el comedor en cualquier momento.

Ese día me había vestido con una blusa blanca de algodón ligero y una falda corta de cuadros que, al sentarme, se subía inevitablemente, mostrando una generosa parte de mis muslos. Mauricio no hizo el menor esfuerzo por disimular. Su mirada, oscura y pesada, se clavó en mi piel expuesta con una determinación que me hizo pasar saliva con dificultad. Sentí un escalofrío delicioso. Impulsada por una audacia que no sabía que poseía, decidí jugar su mismo juego. Clavé mis ojos en los suyos y, con una lentitud deliberada, usé las yemas de mis dedos para arrastrar el borde de la falda de cuadros solo unos milímetros más arriba, desafiándolo abiertamente.

Mauricio aceptó el reto al instante. Sus ojos se oscurecieron, transformándose en los de un depredador que ha visto a su presa entregarse voluntariamente. Sin apartar la vista de mi rostro, bajó su mano izquierda de la mesa. Su palma, grande y cálida, se cerró sobre mi muslo izquierdo de forma posesiva. El contacto inicial me quemó la piel, enviando una descarga directa a mi vientre. Sus dedos comenzaron a subir con una lentitud que me castigaba, un centímetro a la vez, presionando la carne con la fuerza justa para hacerme saber que él tenía el control.

De fondo, la voz de Emily sonaba como un eco lejano, hablando sobre compras y horarios, mientras yo sentía que el mundo exterior desaparecía por completo. Cada milímetro que la mano de Mauricio avanzaba acortaba mi respiración. Cuando las puntas de sus dedos rozaron finalmente la delicada tela de mi panty, el aire se me congeló en los pulmones.

—Cristina, ¿te pasa algo? —La pregunta de Emily cortó el silencio como un cuchillo.

Mi cuerpo dio un salto involuntario bajo la mesa, haciendo que la taza de café se tambaleara. El pánico me oprimió la garganta al ver que mi amiga me miraba con curiosidad, con el teléfono aún pegado a la oreja. Debajo de la mesa, la mano de Mauricio no se retiró; al contrario, aprovechó mi sobresalto para deslizar sus dedos con firmeza bajo la tela elástica de mi panty, buscando la entrada de mi sexo.

—No… no es nada —logré decir, forzando una sonrisa que debió parecer una mueca. Mi voz sonó extraña, más aguda de lo normal.

Los dedos de Mauricio comenzaron a moverse, masajeando el área más sensible de mi cuerpo, encontrando una humedad que me delataba por completo. La sensación era tan abrumadora, tan intensamente placentera, que tuve que clavar los dedos en el borde de mi silla y morderme la lengua con fuerza para no soltar un gemido frente a mi mejor amiga. El contraste entre la inocencia de la conversación de Emily y la absoluta perversión de lo que ocurría a pocos centímetros de ella me estaba volviendo loca.

—¿Segura? Te noto extraña, como intranquila —insistió Emily, mirándome unos instantes mientras se despedía de su madre en la llamada.

—No te preocupes, de verdad, no me pasa nada. Solo… el calor de hoy está fuerte —mentí, sintiendo cómo los dedos de Mauricio daban un toque directo en mi clítoris, haciéndome apretar las piernas instintivamente, atrapando su mano entre mis muslos, lo que pareció causarle gracia a juzgar por la curva sutil que se formó en sus labios.

Emily suspiró, guardando el teléfono en el bolsillo de su short.

—Saldré a recoger unas cosas que mi mamá necesita para la casa. No es necesario que me acompañen, de verdad. Pueden quedarse aquí, ver una película y relajarse. No demoro mucho, creo que será solo una hora —dijo, tomando las llaves del auto que estaban sobre la barra de la cocina.

—No te preocupes, prima —respondió Mauricio, retirando finalmente la mano de mi ropa interior, pero dejando su palma apoyada en mi rodilla, en una última caricia dominante—. Cristina y yo nos divertiremos mucho. No pases apuro.

El sonido de la puerta principal al cerrarse y el crujido de las llaves al pasar el cerrojo marcaron el inicio de una cuenta regresiva. La casa quedó sumida en un silencio sepulcral, roto únicamente por el sonido desbocado de mi propia respiración.

No hubo palabras. Mauricio se levantó de la silla, me tomó firmemente de la mano y me obligó a ponerme de pie. Su agarre no era violento, pero era firme, cargado de una urgencia que me hizo flaquear las piernas. Me guió por el pasillo a pasos rápidos, directos hacia su habitación. Apenas cruzamos el umbral, empujó la pesada puerta de madera con el pie, cerrándola de un golpe que resonó en mis oídos.

Antes de que pudiera procesar el cambio de luz, me acorraló contra la pared. El impacto de mi espalda contra la superficie dura y fría del cemento me arrancó un suspiro que él atrapó de inmediato con sus labios. Sus besos no eran como los de mi pasado, los de mi antiguo novio; no había timidez ni ternura en ellos. Eran intensos, voraces, hambrientos. Su lengua invadió mi boca con una autoridad que me dejó sin aliento, reclamando cada rincón mientras sus manos, grandes y expertas, subían por mis costados.

Con un movimiento fluido, tiró del borde de mi blusa blanca hacia arriba, arrastrándola por encima de mi cabeza y dejándola caer en alguna parte del suelo. Mis pechos quedaron libres del sostén, expuestos al aire fresco de la habitación y, un segundo después, al calor de sus palmas. Los atrapó con firmeza, masajeándolos en movimientos circulares que me hicieron arquear la espalda hacia él. Sus besos bajaron por mi barbilla, trazando un camino de fuego hasta mi cuello, donde mordisqueó la piel sensible justo en el lugar donde latía mi pulso.

Mi cuerpo estaba tan caliente que sentía que me derretía. No quería que se detuviera; la vergüenza y la timidez que me habían acompañado toda la vida se habían disuelto bajo la presión de sus manos. Mauricio bajó la cabeza y su boca atrapó uno de mis pechos. Cuando su lengua húmeda y caliente acarició la punta de mi pezón, un gemido agudo se me escapó de mi garganta. Él succionó con fuerza, provocándome un espasmo de placer que me obligó a enterrar los dedos en su cabello oscuro, sosteniendo su cabeza contra mi pecho.

Al mismo tiempo, su mano libre volvió a encontrar el camino bajo mi falda de cuadros. Esta vez no hubo lentitud de tanteo; sus dedos se perdieron directamente dentro de mi panty, encontrando una inundación de deseo que arrancó una risa ronca de su garganta.

—Estás empapada, Cristina… —susurró contra mi piel, antes de volver a masturbarme con un ritmo constante, metiendo un dedo profundamente dentro de mí mientras su pulgar se encargaba de torturar mi clítoris.

Abrazaba su cabeza, completamente entregada, sintiendo cómo cada una de sus succiones y el movimiento experto de sus dedos me empujaban hacia un abismo desconocido. Mis pezones se sentían dolorosamente sensibles bajo su boca caliente, y mis gemidos ya no intentaban ser contenidos; llenaban la habitación, rebotando en las paredes del lugar.

Mauricio se apartó de mi pecho de golpe, haciéndome soltar un quejido de protesta. Pero el descontento duró poco. Se agachó frente a mí, arrodillándose en la alfombra, y metió la cabeza directamente debajo de mi falda de cuadros. El roce de su respiración caliente contra mis muslos me hizo temblar. Pude sentir la textura áspera de sus manos sujetando mis glúteos para mantener de pie mi cuerpo tembloroso.

Luego, me hizo estremecer por completo al posar su boca sobre la delgada tela de mi panty. Sentí sus lamidas, húmedas y calientes, traspasando la tela, concentrándose en mi centro. El placer era tan oscuro, tan abrumadoramente pervertido para alguien que hasta hace unos días era completamente nula en experiencias sexuales. Ahora me encontraba en la habitación del primo de mi mejor amiga, entregada a un deseo que desafiaba toda mi moral.

Con un movimiento rápido, Mauricio usó sus dientes para apartar la tela de mi panty hacia un lado, dejando mi vagina completamente expuesta a su mirada y a su lengua. Cuando esa lengua caliente y firme devoró mis labios vaginales con un deseo salvaje que estremeció todo mi cuerpo, mis rodillas fallaron. Tuve que apoyarme firmemente contra la pared para no caer al suelo. Acariciaba sus cabellos con desesperación, enredando mis dedos en ellos mientras él se ensañaba en mi sexo, lamiendo y succionando con una voracidad que me hacía perder la noción de dónde estaba.

Finalmente, su lengua rozó mi clítoris. El punto más sensible de mi cuerpo, que en ese momento estaba hinchado y latiendo con mucho deseo, mi clítoris recibió el impacto directo de su destreza. Mauricio concentró allí todo su esfuerzo, alternando lamidas rápidas con succiones profundas que me hicieron perder el control por completo. Mi respiración era un jadeo caótico, mi cabeza daba vueltas y una presión insoportable comenzó a acumularse en la base de mi vientre.

Tantos pensamientos confusos, el miedo a Emily, el deseo por este chico malo, todo se quemó en el fuego de la excitación. Mi cuerpo se tensó de golpe. Desde lo más profundo de mi vagina, sentí como si un volcán hiciera erupción, liberando una oleada de espasmos y contracciones involuntarias que me sacudieron de la cabeza a los pies. Era mi primer orgasmo real, una explosión de placer tan pura que me hizo echar la cabeza hacia atrás, gritando su nombre sin importar nada más.

Mauricio no se detuvo; continuó lamiendo y succionando los jugos que salían en abundancia, prolongando la intensidad de mis contracciones hasta que sentí que mi cerebro se desconectaba por completo de mi cuerpo. Mis piernas cedieron del todo, pero antes de que tocara la alfombra, los fuertes brazos de Mauricio me rodearon, sosteniéndome contra su cuerpo firme mientras yo intentaba desesperadamente recuperar el aire y el control de mis extremidades.

Pasaron varios minutos antes de que los latidos de mi corazón bajaran de ritmo. Cuando finalmente abrí los ojos, me encontré con su mirada lujuriosa, clavada en mí, llena de un orgullo primitivo por haberme destruido de esa manera. Se incorporó lentamente, quedando a mi altura, y se acercó a mi oído, rozando mis labios con los suyos.

—Quiero que me visites esta noche en mi cuarto, cuando todos estén dormidos —me susurró, con una voz cargada de una promesa oscura—. Esto solo fue el principio, Cristina. Quiero tenerte en mi cama, sin ropa y sin apuros.

Su aliento caliente contra mi oreja me provocó un último escalofrío. Era una invitación peligrosa, una locura que ponía en riesgo mi amistad con Emily y mi propia tranquilidad. Sin embargo, mientras miraba sus ojos oscuros y sentía el rastro de mi propia humedad en sus labios, supe que era una invitación que ya estaba dispuesta a aceptar, sin importar las consecuencias.


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