Caña y sangre: El regreso al sur
El sonido de la caña bajo el machete ya no me sabía a resignación, sino a una cuenta atrás. Los días en el Lindero Este se habían vuelto densos, pesados, como si el mismísimo aire de la plantación presintiera la tormenta de ceniza que se venía fraguando desde la capital. Los capataces andaban más nerviosos que de costumbre, apretando el paso y soltando latigazos al menor descuido, bajo las órdenes directas de un Sergio que no dejaba de vigilar los caminos reales. Pero no eran los capataces los que me mantenían despierto por las noches con el cuerpo tenso y los puños apretados sobre mi cama; era la certeza de que ella volvía.
Don Jorge había ordenado levantar una nueva molienda presidencial en la zona del trapiche viejo, una estructura monumental de madera noble y hierro forjado destinada a procesar el azúcar de la Corona. Y para inaugurarla, la comitiva del Gobernador descendería al sur. Jazmín regresaba al fango que la había visto nacer, pero esta vez no lo hacía atada a la parte de atrás de una carreta rústica con las muñecas sangrando; regresaba como la Primera Dama de la provincia, la legítima esposa del hombre que manejaba los hilos del ejército colonial.
A mi alrededor, los cortadores murmuraban historias que sonaban a leyenda en los barracones. Decían que la morena que se había bañado desnuda en nuestro río ahora dormía entre sábanas de seda holandesa, que vestía telas blancas bordadas con hilos de oro auténtico y que los mismísimos jueces de la capital doblaban su espalda en señal de reverencia. A mí esos lujos de los blancos me daban asco, me revolvían las entrañas, pero mentiría si dijera que el deseo carnal que esa mujer me había dejado sembrada en el cuerpo se había apagado. Al contrario. Pensar en la suavidad de sus muslos morenos, en la forma salvaje en que me había clavado las uñas en la espalda mientras la penetraba en el aire dentro del granero, era una llaga viva que Leticia no lograba calmar con sus visitas nocturnas y pervertidas.
El juego con la hija del amo se había vuelto mecánico, una descarga de desprecio mutuo donde yo descargaba la furia de mi cautiverio y ella buscaba una sumisión inversa para olvidar su propia humillación. Leticia venía a mi choza de adobe controlada por unos celos obsesivos y una inestabilidad emocional que rozaba la locura. Me arañaba, me suplicaba que la destrozara con mi vigor, pero en la penumbra, cuando su sexo mojado y caliente se contraía alrededor de mi miembro erecto, yo solo veía los ojos negros de Jazmín. Yo seguía atrapado en la red de la esclava nueva, y Leticia lo sabía, lo respiraba en cada una de mis embestidas rudas y ausentes.
A media mañana del viernes, el sonido de la escolta de caballería interrumpió el trabajo en los cañaverales. Los machetes se detuvieron de golpe. Me erguí lentamente, limpiándome el sudor de la frente con el antebrazo calloso, y clavé la mirada en el Sendero Alto.
El carruaje lujoso del Gobernador avanzaba con una suavidad insultante, escoltado por soldados coloniales de casacas rojas que apartaban a los peones a culatazos. El vehículo se detuvo frente a la casona principal, donde Don Jorge y Sergio esperaban con las cabezas bajas y las sonrisas hipócritas de los perdedores.
La portezuela se abrió. Sebastián Montenegro descendió primero, sosteniendo su bastón de mando con empuñadura de plata, luciendo esa elegancia de estatua de mármol que tanto odiaba. Y tras él, una mano fina de dedos delgados se apoyó en su guante para salir a la luz del mediodía.
El mundo pareció congelarse en el cañaveral.
Era Jazmín. Vestía un vestido de color verde esmeralda que contrastaba de manera escandalosa con la suciedad del patio de la hacienda. Las perlas cultivadas brillaban en su cuello, y una capa de encaje francés cubría sus hombros finos. Pero debajo de toda esa actitud de los amos, su porte majestuoso seguía intacto. Alcé la vista de frente, permitiendo que mi contextura fuerte destacara entre la línea de los esclavos que hacían la reverencia, desafiando el protocolo.
Nuestras miradas se cruzaron a la distancia en un segundo eterno, rompiendo el aire sofocante del verano.
En sus ojos negros no encontré la timidez de la consorte; encontré la misma mirada intensa, la misma calma fría y analítica que me había desarmado en el río. Jazmín me sostuvo el desafío sin pestañear, recorriendo con una sutil lentitud coqueta mis hombros desnudos y cubiertos de hollín, dejándome claro con una leve sonrisa disimulada que la seda blanca no había borrado la memoria de su piel morena. La tensión sexual estalló entre los dos con la fuerza de un volcán contenido, un hilo invisible de deseo carnal y provocación pervertida que se tensó en medio del barro ante los ojos mismos del Gobernador. Mi virilidad reaccionó de inmediato, congestionándose bajo el pantalón rústico de tela, endureciéndose con un dolor sordo que me nubló el juicio. Ella sabía el efecto que me causaba, y le gustaba exhibir su nueva autoridad sobre el semental de la propiedad.
A unos metros, oculta bajo la sombra del balcón de hierro, Leticia contemplaba el encuentro. Su rostro pálido estaba desencajado por una furia demente, y sus ojos claros temblaban por el influjo de sus celos obsesivos. Vi cómo sus manos blancas se apretaban contra el corpiño, registrando con una madurez psicológica letal que el cebo de su trampa carnal ya estaba colocado. Leticia pretendía usar mi deseo para arrastrar a Jazmín al fango de la traición, y yo, ciego de lascivia y rencor, estaba dispuesto a morder el anzuelo con tal de volver a meter mis manos callosas por debajo de esas sedas reales.
El banquete de inauguración se celebró en el granero nuevo al caer la tarde. El aire se llenó del olor dulzón del guarapo caliente y de las risas vulgares de los terratenientes locales que intentaban ganarse el favor de Sebastián. Aprovechando el bullicio de los amos, la música de la orquesta de la capital y el descuido de una guardia colonial ablandada por el ron barato, me retiré hacia los linderos oscuros del trapiche viejo.
Sabía que ella vendría. Su mente calculadora no resistiría la tentación de probar su dominio sobre mí una vez más.
Me oculté en la penumbra del almacén de fardos de cáñamo, con el pecho subiendo y bajando por la agitación, empuñando el mango de mi machete por puro instinto revolucionario. El crujido sutil de la madera de la puerta trasera me puso en alerta.
Jazmín se deslizó al interior de la estancia, cerrando el pestillo de hierro tras de sí.
La luz de la luna se colaba por las rendijas, dibujando líneas doradas sobre la seda verde de su vestido. Se quitó la capa de encaje con una calma majestuosa, dejándola caer sobre el suelo de tierra sin importarle el polvo. Estaba completamente cambiada, despidiendo un aroma fragante a esencias caras que desentonaba con el olor rancio a melaza fermentada del almacén, pero su mirada seguía siendo la de la loba que me disputaba el control del juego.
—Has vuelto al barro, Primera Dama —le dije con una voz ronca, un susurro quebrado que delataba la furia de mi deseo acumulado durante semanas.
—El barro solo está en tus pies, Baltasar —replicó ella, dando tres pasos pausados, acortando la distancia con una audacia felina que me encendió la sangre—. En mi palacio solo hay mármol. Pero vine a ver si el semental de Don Jorge seguía relinchando en su jaula de adobe o si el látigo de Sergio finalmente le había enseñado a obedecer a sus dueños.
No respondí con palabras. El choque de nuestros cuerpos fue inmediato, directo y violento. acorté el espacio con una rapidez felina, acorralándola contra uno de los pilares gruesos de caoba de la estructura. Mis manos grandes, toscas y llenas de callosidades, se colocaron contra su cintura fina, hundiéndose en la tela de seda con una fuerza posesiva que la hizo soltar un gemido ahogado de puro placer carnal. Mi miembro, completamente erecto y descomunal por la excitación, presionó salvajemente a través de mi pantalón rústico directamente contra su pubis húmedo. A través de las finas telas de la corte, sentí que su sexo estaba latiendo con fuerza, hirviendo en una fiebre carnal que respondía a mi brutalidad con una fluidez líquida y abundante.
Le tapé la boca con un beso salvaje, un intercambio lascivo de fluidos donde nuestras lenguas se buscaron con la desesperación de dos cimarrones hambrientos. Jazmín respondió con el mismo ímpetu, clavándome las uñas perfectas en mis hombros musculosos, mordiéndome sutilmente el labio inferior hasta hacerme saborear la sal de mi propia carne. Metí una de mis manos por debajo de los faldones de su vestido esmeralda, rasgando las enaguas de seda fina con un desgarro seco que retumbó en la estancia, buscando la suavidad caliente de sus muslos morenos. Sus dedos delgados se hundieron en mi vello oscuro mientras arqueaba la espalda de forma pronunciada contra el pilar, entregada por completo a la crudeza de una posesión que ponía en peligro su corona de Primera Dama. Nos convertimos en un torbellino de sudor fragante y respiraciones jadeantes en medio de la penumbra del trapiche, ignorando que fuera de esas maderas viejas, la trampa de Leticia estaba a punto de cerrarse sobre nuestras cabezas con el filo de una ejecución pública.
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