Caña y sangre: La mujer más peligrosa de la provincia

 El regreso desde la capital provincial hacia las tierras del sur había sido un viaje infernal, una tortura silenciosa que me había carcomido las pocas esperanzas que le quedaban a mi mente. Encerrada en el carruaje de mi padre, el sonido de las ruedas contra las piedras del camino real ya no sonaba a opulencia; sonaba a burla, a una carcajada constante que celebraba mi humillación pública. El eco del anuncio del Gobernador en el gran salón de baile seguía retumbando en mis oídos, de forma punzante y destructiva, como un clavo ardiente hundiéndose en mi cerebro: «He decidido tomar por legítima esposa y Primera Dama de la provincia a la mujer que me acompaña: Jazmín».

Una espiral neurótica y obsesiva se había apoderado de cada uno de mis pensamientos. No dormía. Pasaba las noches en vela en mi habitación de la casona principal, paseando descalza sobre las maderas que crujían, con las manos entrelazadas sobre mi corpiño desabrochado, temblando bajo el influjo de una inestabilidad emocional que me desbordaba. Mis celos, que al principio eran una simple disputa carnal por el control de mi semental, se habían transformado en una llaga viva, una infección que me devoraba el orgullo aristocrático. Ver a esa morena maldita, a la esclava de carga que yo misma había intentado destruir con mis intrigas ante mi padre, vestida de seda inmaculada con hilos de oro y luciendo las perlas de la gobernación en su cuello suave, me había quebrado por completo. Ella no solo me había arrebatado la atención devota de Baltasar; me había robado el estatus, la dignidad y el derecho absoluto a ser la mujer más reverenciada de esta provincia.

—No puede quedarse con todo… no lo voy a permitir —repetía en la oscuridad, mordiéndome las uñas hasta hacerme sangre, sintiendo el sabor salado de mi propia desesperación.

Mi padre, Don Jorge, compartía mi angustia, pero desde una perspectiva puramente mercantilista y temerosa. Su ambición ciega se había convertido en pánico; sabía perfectamente que el nuevo estatus de Jazmín como Primera Dama ponía en peligro sus monopolios de azúcar y la seguridad de su propia cabeza. Por ello, financió sin dudarlo mi plan de espionaje. Contraté a dos de los secretarios menores del palacio presidencial, hombres ambiciosos y de bolsillos vacíos, para que vigilaran cada movimiento de la nueva consorte. Necesitaba un cabo suelto, una debilidad, un rastro del barro que la seda blanca no pudiera ocultar.

La oportunidad de sabotear su posición se presentó con la primera visita oficial de la Primera Dama a la capital del sur, un banquete de beneficencia organizado en el Club de la Unión para la recaudación de fondos parroquiales. Todo el linaje de los terratenientes locales asistiría, y yo me encargué personalmente de orquestar una humillación social tan aplastante que el mismísimo Sebastián Montenegro se vería obligado a recluirla en un convento por pura vergüenza política.

Me preparé para esa noche con una minuciosidad demente. Elegí un vestido de color carmín, ajustado con un corsé implacable que me cortaba el aliento, pero realzaba mi palidez aristocrática, y lo combiné con las esmeraldas herencia de mi madre. Quería lucir perfecta, un monumento viviente del linaje de sangre pura que esa sierva impostora jamás podría emular.

Al llegar al Club de la Unión, la atmósfera estaba cargada de una expectación fría. Las damas de alta cuna cuchicheaban detrás de sus abanicos de encaje, preparadas para sumarse al vacío social que le haríamos a la intrusa. Cuando las puertas se abrieron, Jazmín entró sola, custodiada únicamente por dos oficiales coloniales de la escolta del Gobernador, quien se había quedado en la capital atendiendo decretos reales.

Vestía un diseño exquisito de seda verde esmeralda que acentuaba la suavidad de su piel morena y la forma exótica de sus curvas. Caminaba con esa gracia majestuosa, esa barbilla levantada y esa calma analítica que tanto odiaba y que, de manera perversa, me encendía la sangre.

Avancé hacia el centro del salón, interrumpiendo su paso, seguida por un séquito de hijas de terratenientes. El silencio se apoderó de la estancia.

—Buenas noches, Excelentísima Señora —pronuncié con una voz cargada de un veneno destilado, forzando una reverencia exagerada que rayaba en la burla—. Es una sorpresa ver que las dependencias del palacio le permiten viajar tanto. Nos preguntábamos si su excelencia real venía a supervisar la molienda del azúcar o si extrañaba el aroma de los pilones de la lavandería, donde sus manos pasaron tanto tiempo restregando mis sábanas.

Una ola de risitas ahogadas recorrió el grupo de aristócratas. Estaba convencida de que la mención directa de su pasado de esclava la haría flaquear, que bajaría los ojos delatando su origen humilde ante la alta sociedad del sur. Mi pulso latía con una adrenalina salvaje, saboreando el inicio de su ruina.

Sin embargo, Jazmín ni siquiera pestañeó. Su máscara de frialdad y soberbia permaneció inalterable, fría como el mármol del palacio. Dio un paso al frente, acortando la distancia de tal manera que el aroma a jazmines silvestres de su perfume importado inundó mis sentidos, despertando en mi entrepierna un latido caliente y pervertido que me descolocó por completo. Ella me miro a los ojos con una intensidad, midiendo mi debilidad con una sola mirada calculadora.

—Las sábanas de su casona eran toscas y de lino barato, señorita Leticia —su voz sonó pausada, melódica, pero con una nitidez que cortó el aire del salón—. Es comprensible que una familia que arrastra tantas deudas con el fisco de la capital no pueda permitirse algo mejor. Mi esposo, el Gobernador, acaba de firmar un decreto de auditoría especial sobre los libros contables de Don Jorge. Sería una lástima que el patrimonio de su linaje terminara confiscado por la Corona debido a ciertos… desajustes en las declaraciones del azúcar. Disfrute de su vestido carmín esta noche, porque podría ser el último que su padre pueda pagar.

El golpe fue devastador, una lección de pura soberbia y poder político que me dejó sin aliento. Las risitas de mis acompañantes se extinguieron al instante; los rostros de las jóvenes aristócratas se tornaron pálidos de miedo al comprender que la esclava de ayer tenía ahora el poder legal de arruinar sus familias con un solo trazo de pluma. Jazmín me dedicó una sutil sonrisa ladina, una muestra de absoluto desprecio, y continuó su avance por el salón sin que nadie más se atreviera a interponerse en su camino. Estaba siempre un paso adelante, decodificando mis ataques con una frialdad estratégica que me hacía sentir estúpida y pequeña.

Al regresar a la hacienda esa madrugada, la rabia y la humillación se transformaron en una fiebre carnal incontrolable. Me encerré en mis aposentos, despojándome del vestido con violencia, jadeando de pura frustración. Sentía una tensión sexual enferma y retorcida hacia Jazmín; la odiaba con cada fibra de mi ser, pero la forma en que me había dominado con su mirada fría me había dejado la intimidad latiendo, completamente mojada y caliente, segregando fluidos de pura agitación.

Necesitaba un escape, una descarga de brutalidad que borrara el rostro de la Primera Dama de mi mente. Sin pensarlo, me cubrí con una capa oscura y me escurrí por el cañaveral hacia el Lindero Este, buscando la choza de Baltasar.

Entré sin llamar, cerrando el cerrojo apenas entre. Baltasar estaba tumbado en su cama de paja, con el torso desnudo cubierto de un sudor fino, pasando su propio rencor por la pérdida de Jazmín. Al verme, sus ojos oscuros se encendieron con esa lascivia cruda e indomable que compartíamos en la clandestinidad.

—Vienes buscando que tu semental te quite la soberbia de la capital, ¿verdad, niña Leticia? —me gruñó con su voz ronca, poniéndose en pie con la rapidez de un cimarrón.

—Cállate y tómame, Baltasar… hazme olvidar a esa maldita negra —le suplique, lanzándome a sus fuertes brazos.

El choque de nuestros cuerpos fue violento, un desahogo lascivo alimentado por el odio y el desprecio mutuo. Baltasar me desgarró las prendas con su rudeza, tirándome sobre la paja sucia. Su miembro, erecto, enorme y congestionado por el deseo reprimido, se incrustó de un solo golpe seco en mi vagina húmeda, provocando que soltara un alarido de éxtasis y dolor que ahogué contra sus hombros musculosos. Me embestía con un ímpetu salvaje, indomable, usándome como el instrumento que era, mientras yo arqueaba la espalda, clavándole las uñas en la piel, buscando en la intensidad de sus penetraciones profundas un alivio a la humillación que Jazmín me había infligido en el Club. El sonido húmedo de la fricción carnal inundó la choza de adobe, un torbellino de sudor y fluidos donde la heredera y el siervo se consumían en una sumisión inversa. Tras una serie de embestidas implacables que hicieron temblar las tablas de la cama, ambos alcanzamos un clímax salvaje y vacío, un orgasmo cargado de rencor que nos dejó exhaustos sobre el suelo de tierra.

Mientras me recuperaba en la penumbra, limpiándome los rastros del sexo con el lino roto, miré a Baltasar, que respiraba con dificultad a mi lado. Fue en ese instante de claridad posterior al deseo cuando mi mente analítica e inestable unió las piezas del rompecabezas definitivo. Baltasar seguía obsesionado con Jazmín; lo notaba en la forma en que pronunciaba su nombre entre dientes durante el coito. Y Jazmín, a pesar de sus vestidos de seda y sus perlas de Primera Dama, había conocido la fuerza de los hombros de este semental en el granero.

Una sonrisa perversa y letal dibujó mis labios en la oscuridad de la choza. La mujer más peligrosa de la provincia creía haber ganado el juego político, pero yo acababa de descubrir su talón de Aquiles. Jazmín regresaría pronto al sur para la inauguración oficial de la nueva molienda presidencial de mi padre, y yo me encargaría de tender la red definitiva. Usaría el hambre carnal de Baltasar como el cebo perfecto; si lograba que esos dos volvieran a cruzarse en la oscuridad del barro, la corona de la Primera Dama caería directo al fango de la traición, y esta vez, ni todas las piezas de oro del Gobernador podrían salvarla de su ejecución pública.


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