Luna de caza: La tercera noche
La tercera noche llegó como una tormenta que llevaba horas gestándose. Después de la segunda noche, donde ese alfa llamado Kael me había mantenido unida a él durante casi una hora, apenas pude caminar. Mi cuerpo estaba marcado: mordidas visibles en el hombro y el cuello, moretones en las caderas, y entre mis piernas una sensibilidad constante que hacía que cada roce de la tela de mis pantalones fuera una tortura placentera. Su semen se había secado en mis muslos y aún sentía cómo palpitaba mi vagina, vacía y ansiosa al mismo tiempo. Ese hombre lobo había despertado en mi cuerpo un deseo que hasta ese momento era desconocido. Ahora crecía en mi interior como una llama que ardía sin control.
Durante todo el día intenté razonar. Recogí datos, revisé mis notas, me repetí una y otra vez que esto era una alucinación causada por alguna planta o esporas del bosque. Pero cada vez que cerraba los ojos veía esos ojos dorados, sentía su gruñido vibrando contra mi espalda y recordaba la forma en que mi cuerpo había traicionado a mi mente, corriéndose una y otra vez alrededor de su cuerpo. El deseo había tomado control de mi cuerpo, era una gran verdad que me negaba a aceptar, por eso trataba de ocupar mis pensamientos en tareas, pero estaba fracasando, mi mente solo pensaba en Kael, deseaba ser suya otra vez.
Al atardecer, la manada empezó a cantar. Aullidos lejanos que se acercaban poco a poco. No eran aullidos normales. Eran una llamada. Una invitación. Una sentencia.
Cuando la luna llena alcanzó su punto más alto, Kael apareció en la entrada de mi tienda. Esta vez no estaba solo. Detrás de él, en la penumbra entre los árboles, se distinguían siluetas: ojos dorados brillando en la oscuridad. La manada había venido a presenciar la reclamación final. Sentirme expuesta ante tantas miradas, lograba causarme una sensación completamente contradictoria, una parte de mi se sentía completamente avergonzada por lo que estaba a punto de suceder, pero en el fondo estaba la otra parte que se excitaba al saber que ellos verían como disfrutaba entregarme a su líder.
—Esta noche no hay escapatoria, Elena —dijo con voz grave, casi solemne—. La luna llena termina mañana. Si no te reclamo por completo frente a ellos, la marca no será permanente. Y yo no voy a permitir que eso ocurra. Por eso esta noche volverás a ser completamente mía.
Me sacó de la tienda. Iba vestida solo con una camiseta fina y unos shorts de camping. Kael me llevó hasta el claro principal, mucho más grande de lo que recordaba. En el centro había un altar natural de piedra plana cubierto de las pieles más gruesas y suaves que había visto. Alrededor, formando un amplio círculo, la manada observaba en silencio: algunos en forma humana, otros como lobos enormes. Todos con los ojos fijos en mí. Me había convertido en el centro de atención de ese ritual animal que estaba por suceder, eran sus leyes, la timidez se esfumaba al sentir el contacto firme de Kael, él me daba la seguridad necesaria para seguir adelante sin que mi cuerpo temblara.
Kael me quitó la camiseta lentamente, exponiendo mis pechos al aire fresco de la noche. Mis pezones se endurecieron al instante. Luego me bajó los shorts y mi panty, dejándome completamente desnuda bajo la luz plateada de la luna. Sentí decenas de miradas sobre mi cuerpo. La vergüenza me quemó las mejillas, pero también una excitación enfermiza que hizo que mi vagina se humedeciera visiblemente. Mi cuerpo reaccionaba a las miradas, era algo que no podía negar tampoco explicar, pero mi excitación crecia más que las otras veces que me entregue a Kael.
—Arrodíllate —ordenó Kael.
Obedecí. La piedra estaba fría bajo mis rodillas. Él se colocó frente a mí, se bajó los pantalones y su pene, ya completamente duro y me tentaba a acercarme, a acariciarlo con mi boca, quedó a centímetros de mi rostro.
—Muéstrales a quién perteneces.
Abrí la boca sin que me lo pidiera dos veces. Kael agarró mi cabello con una mano y empujó su pene entre mis labios. Estaba caliente, gruesa, con sabor a hombre y a bosque salvaje. Empezó a penetrarme la boca con movimientos controlados pero profundos, golpeando el fondo de mi garganta. Babeaba abundantemente, lágrimas corrían por mis mejillas, pero no aparté la mirada de sus ojos dorados. Ni me detuve en mi tarea de darle placer.
—Buena hembra —gruñó—. Tan obediente ya…
Después de varios minutos me levantó y me tumbó sobre el altar de piedra y pieles. Me abrió las piernas ampliamente, exponiéndome por completo a la manada que observaba en silencio. Kael se arrodilló entre ellas y me devoró la vagina con hambre brutal. Su lengua entraba y salía, succionaba mi clítoris hinchado, mordía mis labios. Dos dedos gruesos me penetraban mientras su boca trabajaba sin descanso. Dándome tanto placer que mis gemidos escaparon de mis labios, mientras le abría más las piernas ala boca de Kael, que no dejaba de comerme de una forma tan literal y placentera.
Estaba al borde del orgasmo cuando se apartó. Sollozaba de necesidad. Me frustraba que se detuviera cuando me encontraba tan cerca.
—Por favor, Kael… alfa… te necesito dentro…
—No todavía. Aun no es el momento.
Me dio la vuelta y me puso a cuatro patas, de cara a la manada. Sentí su cuerpo grande cubriéndome por completo. Su pene frotándose contra mi entrada empapada. Ese roce era una tortura deliciosa que lograba que me mojara mucho más de lo que estaba. Con un rugido poderoso empujó hasta el fondo de un solo golpe. Grité. La manada respondió con aullidos bajos que vibraron en mi pecho. Ese sonido hacia más sensible a mi cuerpo, que respondía de manera natural a esos sonidos tan animales, ellos eran parte de este ritual tan caliente que me tenia al borde de la locura.
Empezó a penetrarme con fuerza. Embestidas profundas, salvajes, que hacían que mis pechos se balancearan y que el sonido húmedo de mi vagina resonara en el claro. Cada vez que su cuerpo golpeaba contra mi entrada, gemía más alto. Expresando todo el placer que estaba sintiendo, lo disfrutaba. Me calentaba ser poseída por ese alfa, sentirme completamente llena de su pene, sentir su vigor y deseo que con cada movimiento amenazaban con destrozar mi cuerpo, eso no me importaba, deseaba pertenecerle completamente en cuerpo y en alma.
—Diles a quién perteneces —exigió, tirando de mi cabello para que levantara la cabeza.
—Soy tuya… —gemí—. Soy la hembra del alfa…
Kael aceleró. Sus manos apretaban mis caderas con fuerza posesiva. Sentía cómo su pene se hinchaba más y más. La manada observaba en silencio, algunos masturbándose lentamente, otros gruñendo con aprobación. Fascinados por el espectáculo sexual que le estábamos brindando.
De repente, Kael me levantó sin salir de mí. Me sentó sobre su regazo, de cara a él, empalada completamente en su pene. Mis piernas rodearon su cintura mientras él me penetraba desde abajo, muy profundo y brutal. Sus dientes se clavaron en mi cuello, marcándome de verdad esta vez. La sangre caliente corrió por mi piel y él la lamió con un gruñido de puro placer.
El dolor se mezcló con un placer tan intenso que mi visión se volvió blanca.
—Ahora —gruñó contra mi cuello—. Córrete para tu alfa. Córrete mientras la manada te ve.
El orgasmo me atravesó como un rayo. Grité su nombre mientras mi vagina se contraía violentamente alrededor de su pene. Kael rugió y empujó su pene completamente dentro de mí. El estiramiento fue brutal y perfecto. Su pene se hinchó al máximo, sellándonos juntos. Chorros calientes y abundantes de semen me llenaron hasta que sentí mi vientre ligeramente hinchado. Seguí corriéndome alrededor de él, espasmo tras espasmo, mientras la manada aullaba en aprobación.
Kael nos tumbó de lado sobre las pieles, aún unidos por el deseo y el placer. Me abrazó contra su pecho, una mano protectora sobre mi vientre hinchado de su semen, la otra acariciando mi cabello con sorprendente ternura.
—Estás marcada —susurró contra mi oído mientras lamía la nueva mordida en mi cuello—. La manada lo ha visto. Ya no hay vuelta atrás, Elena. Eres mía. Mi compañera. Mi hembra.
Me quedé allí, temblando, unida a él, rodeada por decenas de ojos dorados que me miraban con respeto y deseo. Por primera vez no sentí miedo. Sentí pertenencia.
Horas después, cuando su deseo finalmente bajó lo suficiente para que se separara, Kael me levantó en brazos y me llevó hasta una cueva cercana, más profunda en el territorio de la manada. Me acostó sobre un lecho de pieles dentro de lo que claramente era su guarida personal.
—Descansa —murmuró, acurrucándose detrás de mí, su cuerpo grande envolviéndome por completo—. Mañana comenzará tu nueva vida. Ya no eres solo una científica humana. Eres parte de la manada.
Cerré los ojos, exhausta, dolorida y completamente llena de él. Mi mente aún intentaba procesar todo, pero mi cuerpo y mi alma ya habían aceptado la verdad.
Kael era mi alfa.
Y yo, bajo la luz de la luna llena, me había convertido voluntariamente en su loba.
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