Temporada de verano: La invitación

 La invitación de Mauricio había quedado flotando en el aire de la habitación como una orden silenciosa e inevitable. Desde ese momento, mis nervios se habían instalado en la boca de mi estómago. Tras haber experimentado la destreza de su boca en mi intimidad, una parte de mí, una completamente desconocida y hambrienta. Sabía que era imposible negarse. Mi cuerpo, recién despierto Al pecado, exigía seguir experimentando ese placer prohibido, y estaba segura de que el pervertido de Mauricio se encargaría de darme mucho más.

Para empeorar mi agitación, Emily planeó para esa noche una sesión de baile en la terraza antes de irnos a dormir. Según ella, era la forma perfecta de pasar el rato y relajarnos bajo las estrellas. Aunque el temor y la anticipación hacían temblar mis piernas, acepté de inmediato; realmente deseaba cualquier distracción que lograra aplacar la tormenta de expectación que me consumía por dentro.

Emily encendió una playlist de ritmos latinos muy movidos y sensuales. La música, con sus bajos pesados, empezó a llenar el aire cálido de la noche mientras ambas comenzábamos a movernos para divertirnos. No pasó mucho tiempo antes de que Mauricio apareciera en la terraza. Se quedó apoyado contra el marco de la puerta, con un vaso en la mano y los ojos fijos en mí. Pude sentir su mirada recorriendo cada curva de mi cuerpo, deteniéndose en el vaivén de mis caderas con cada movimiento de baile. Aunque disimulé por completo, fingiendo que estaba absorta en la música, la realidad era otra. Su sola presencia transformó mis movimientos, volviéndolos deliberadamente más atrevidos, provocativos y coquetos. Sabía perfectamente que él me devoraba con los ojos, cargado de un deseo oscuro que hacía juego con el ritmo de la noche. Emily, atrapada en su propia diversión, era completamente ajena a la densa tensión sexual que crecía entre Mauricio y yo con cada cruce de miradas.

—También quiero bailar —soltó Mauricio de repente, dejando su vaso de lado y dando un paso firme hacia nosotras.

—Perfecto. Puedes bailar con Cristina un momento mientras voy adentro a hablar con mis padres por teléfono —le contestó Emily de inmediato, sin sospechar absolutamente nada.

Ver a Emily alejarse hacia el pasillo me provocó un vuelco en el corazón. De repente, la terraza se sintió más pequeña, más íntima, y el peso de encontrarnos a solas me erizó la piel. Mauricio no perdió un solo segundo. Se acercó con unos pasos lentos, magnéticos y su mirada embriagadora que me congelaba el aire en los pulmones. Sin pedir permiso, sus manos grandes y cálidas se cerraron alrededor de mi cintura, tirando de mí hacia su cuerpo con una firmeza inquebrantable. Comenzó a moverse siguiendo el compás de la música, obligándome a acoplarme a su ritmo.

Nuestros cuerpos quedaron tan pegados que podía sentir el calor que emanaba de su piel. Al alzar la vista, me topé directamente con sus ojos oscuros, fijos en los míos, cargados de una promesa de destrucción que me fascinaba. Bajó la cabeza despacio, torturándome con la cercanía, hasta que sus labios reclamaron los míos en un beso voraz, un beso que me transmitió todas sus ganas acumuladas. Sus manos no se mantuvieron quietas; subieron por mi espalda, delineando mi columna, antes de bajar sin el menor reparo hacia mis nalgas. Sus fuertes dedos las tomaron con posesión, apretándolas con fuerza contra él mientras intensificaba el beso, devorando mi boca.

Aquel contacto encendió mi fuego interno a niveles insoportables. Mauricio me pegó tanto a su cuerpo que la última barrera de mi resistencia se desmoronó: sentí la clara y agresiva dureza de su pene presionando directamente contra mi entepierna. Era una presión deliciosa, un recordatorio masivo de lo que me esperaba, que encendió mis ganas de una forma salvaje. Lo deseaba con desesperación. Ese roce disipó cualquier pizca de duda o moralidad; lo visitaría esa noche, costara lo que costara. Mi cuerpo necesitaba sus besos de fuego, la fricción de su piel y el placer oscuro que solo él sabía provocar.

La humedad entre mis piernas crecía a pasos agigantados con la presión de su miembro. Impulsada por la música y el alcohol, no pude evitar mover mis caderas, restregándome contra su erección al ritmo de la melodía. Cada movimiento hacía que su dureza se incrustara contra mí, haciéndome perder la cabeza. Sus labios bajaron a mi cuello, dejando besos húmedos y mordiscos suaves que elevaron mi temperatura al límite. Estaba completamente fuera de mí, deseando ser suya, suplicando internamente que me poseyera allí mismo. Mi cuerpo entero vibraba ante esa fricción constante. Sin embargo, el sonido lejano de los pasos de Emily nos obligó a separarnos de golpe. Con la respiración agitada y las pulsaciones al tope, respiré hondo y pasé el resto de la velada actuando con normalidad, ocultando el caos de mis hormonas ante mi amiga.

Cuando finalmente nos fuimos a dormir, el tiempo se estiró de forma agónica. Esperé unos minutos que me parecieron horas en la oscuridad de mi cuarto, escuchando los ruidos de la casa hasta que el silencio absoluto me confirmó que Emily dormía. Me puse de pie. Mi pijama consistía en un pantaloncillo corto y una blusa de tela sumamente delgada; a propósito, decidí no usar sostén, dejando mis pezones libres bajo la prenda, tal como él lo anticiparía.

Caminar por el pasillo a oscuras fue una tortura de suspenso. Al llegar frente a su puerta y levantar la mano, el temor y la vergüenza volvieron a golpearme el pecho. Di media vuelta, dispuesta a regresar corriendo a la seguridad de mi cama, pero no tuve tiempo. La puerta se abrió repentinamente. Mauricio estaba allí, como si hubiera estado esperando detrás de la madera. Antes de que pudiera decir una palabra, su mano derecha se cerró en mi muñeca, jalándome hacia el interior de la penumbra de su habitación con un tirón firme.

Cerró la puerta de un golpe de cadera y, antes de que pudiera protestar, me callo con su boca con la misma pasión devastadora del baile. Sus manos no tardaron en apoderarse de mi espalda, despertando las corrientes de placer que solo él controlaba. Bajaron con rapidez hacia mis glúteos, apretándome con fuerza hacia arriba para presionarme, una vez más, con su agresiva virilidad entre mis piernas. Era una presión tan intensa que sentía que me penetraba a pesar de la ropa de ambos, arrancándome un suspiro ahogado. Con una destreza que me asustaba, sus dedos hábiles desabrocharon los botones de mi blusa mientras su boca descendía por mi cuello, dejando un rastro de besos ardientes. Abrió la prenda por completo, liberando mis pechos desnudos. Mauricio se apartó solo un milímetro para mirarme; la lujuria pura en sus ojos al verme desnuda de la cintura para arriba me provocó una oleada instantánea de excitación.

No esperó más. Sus dedos y su boca invadieron mi piel. Sus labios calientes envolvieron uno de mis pechos mientras su lengua comenzaba un roce rápido, eléctrico y delicioso contra la punta de mi pezón. Se movía con una velocidad que abarcaba toda la areola, para luego meter el pecho completo en su boca, succionando con fuerza. Mientras me torturaba arriba, sus dedos traviesos y decididos se deslizaron por debajo del pantaloncillo de mi pijama, buscando mi vagina. Esas yemas insistentes tocaron mi piel ardiente, masajeando mis labios vaginales con movimientos circulares y leves que me hicieron soltar un gemido ahogado en su habitación.

Con una lentitud calculada para volverme loca, me fue despojando del resto de la ropa mientras seguía acariciándome, hasta dejarme caer por completo sobre el colchón de su cama. Me quedé sin aliento al ver cómo él también se desnudaba en la penumbra, revelando ese cuerpo perfecto e imponente. Se colocó de inmediato encima de mí, atrapándome con su peso, y volvió a invadir mi boca con su lengua. La intensidad de su beso me embriagaba; intenté luchar con mi propia lengua, pero terminé cediendo sumisamente ante su ardiente autoridad. Su deseo me quemaba la piel; sentir su cuerpo completamente desnudo sobre el mío me hacía arder en una fiebre incontrolable.

Mauricio volvió a bajar hacia mis pechos, atrapando uno con su boca con fuerza, mientras su mano aumentaba el ritmo abajo, esparciendo la humedad de mi ardiente sexo. El suave y experto masaje en mi clítoris elevó mis ganas a un punto de no retorno; estaba dispuesta a absolutamente todo. Abrí más las piernas de par en par, entregándome por completo a sus caricias. En ese momento, él tomó mi mano y la guío hacia abajo. Mis dedos se cerraron alrededor de su miembro; la carne era increíblemente dura, caliente y venosa. Comencé a mover mi mano suavemente a lo largo de su longitud, experimentando el poder de su masculinidad mientras él seguía estimulándome abajo. Lo apreté con fuerza, impulsada por el deseo salvaje que nublaba mi juicio.

—¿Lo quieres? —me preguntó con una voz ronca, deteniendo sus dedos por un segundo, obligándome a mirarlo.

—Sí… lo quiero dentro de mí —respondí, incapaz de controlar mis propias palabras o de fingir una timidez que ya no existía.

—Déjame prepararte primero —susurró con una sonrisa ladina.

Sus besos descendieron por mi abdomen, haciéndome contraer el vientre, mientras acomodaba su cuerpo justo en medio de mis piernas abiertas. Cuando sentí su aliento caliente rozar mi intimidad, mi cuerpo se arqueó instintivamente hacia arriba, buscando el contacto. Su lengua se posó sobre mi vagina; al principio, sus lamidas eran suaves, sutiles, sensibilizando cada rincón de mi sexo, para luego volverse hambrientas, eficientes y voraces. Mi humedad crecía en abundancia. Enredé mis manos en su cabello oscuro, mordiéndome los labios con desesperación para evitar que mis gemidos despertaran a Emily. Su lengua se introducía entre mis labios vaginales, haciéndome suspirar y abrir las piernas aún más para facilitarle el trabajo.

De pronto, su lengua traviesa subió directo hacia mi clítoris. Unos toques rápidos y eléctricos me hicieron ver el cielo en un instante. Cerré los ojos con fuerza, gimiendo contra la almohada mientras sentía la presión constante de su lengua en ese punto tan sensible. Sus lamidas creaban corrientes de calor que nacían allí y se extendían por todo mi vientre. Mi respiración era un jadeo caótico y mis piernas se apretaron involuntariamente alrededor de su cabeza al sentir que la ola del orgasmo me pasaba por encima. Pero justo cuando estaba a punto de estallar, Mauricio se detuvo en seco. Me dejó colgando en el abismo del placer, obligándome a abrir los ojos, jadeando y suplicando con la mirada mientras intentaba recuperar el aire.

Sin darme tregua, se incorporó y se colocó firmemente entre mis piernas para volver a besarme en la boca. En medio del beso, sentí la punta caliente de su pene presionando la entrada de mi vagina. La presión era abrumadora, pero la intensidad de su boca me distrajo lo suficiente; solo me separé de sus labios cuando sentí el empuje directo. Entró de golpe.

Me aferré a los hombros de su espalda con todas mis fuerzas, ahogando un grito en su cuello mientras una mezcla punzante de dolor y un placer agudo se apoderaba de mi anatomía. Fui consciente de mi propia estrechez rompiéndose ante su volumen. Primero fue ese desgarro inicial, pero a los pocos segundos, a medida que mi cuerpo se amoldaba a su tremenda dureza, el dolor se transformó en una delicia abrasadora. Mauricio comenzó a moverse con lentitud, hundiéndose en mí hasta el fondo mientras me clavaba una mirada cargada de triunfo. Ese ritmo pausado y profundo comenzó a enloquecerme. Rodeé su cintura con mis piernas, instándolo a más, y sus embestidas comenzaron a aumentar de ritmo de inmediato.

El dolor había desaparecido por completo; ahora solo quedaba la gloria de sus penetraciones, cada vez más fuertes, vigorosas y rítmicas. Me besó con una intensidad que amenazaba con quemar mi cuerpo, mientras su boca recorría mi piel hacia mi cuello y mis pechos. Sentía que mis entrañas se incendiaban, como un volcán a punto de hacer erupción gracias al roce constante de su miembro.

Nuestros cuerpos luchaban en una batalla perfecta dictada por la lujuria. Nuestras bocas se devoraban mutuamente mientras lo abrazaba con desesperación. Su boca castigaba mis pezones con una lengua traviesa y firme, al tiempo que sus embestidas se hacían más profundas y decididas. Yo abría las piernas al máximo, permitiendo que su pelvis chocara con fuerza contra la mía. Su miembro entraba de una forma tan total que sentía el impacto en lo más hondo de mi vientre; mi cuerpo vibraba por completo con cada golpe. Bajé mis manos hacia sus glúteos, sosteniéndolo, empujándolo hacia mí para obligarlo a clavarse con aún más ímpetu.

En medio del frenesí, me volvió a besar y, con un movimiento coordinado y fluido, me dio la vuelta. Me colocó encima de su cuerpo, obligándome a montarlo. Él mismo guio su pene erecto hacia mi entrada y yo dejé caer mi peso, sintiendo cómo me penetraba por completo mientras me apoyaba en su pecho firme. Comencé a bajar y subir sobre su duro miembro, dictando el ritmo, disfrutando de la increíble profundidad que alcanzaba en esa posición.

Nos miramos fijamente a los ojos en la penumbra; ver su rostro contraído por el placer mientras yo me movía encima de él fue el detonante final. Mi respiración era un jadeo agónico y mi intimidad estaba tan dolorosamente sensible a sus penetraciones que supe que perdería el control en cualquier segundo. Comencé a moverme con más velocidad, cerrando los ojos para concentrarme en la fricción abrasadora de su pene. Moví mis caderas en círculos perfectos mientras las dos manos de Mauricio atrapaban mis pechos desde abajo, apretándolos firmemente, sujetandome a su cuerpo.

Aquel movimiento frenético me empujó directo al vacío. Una explosión masiva de placer me sacudió por completo; todo mi cuerpo tembló en oleadas de espasmos incontrolables sobre él, mientras lo escuchaba soltar un gemido ronco y profundo que me indicó su propio alivio dentro de mí. Caí rendida sobre su pecho, escuchando el latido desbocado de su corazón mientras intentaba recuperar las fuerzas. Había cruzado una línea peligrosa e irreversible con Mauricio, pero lo había disfrutado tanto que, mientras sentía su calor dentro de mí, supe con absoluta certeza que esta maravillosa perversión se volvería a repetir.


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