Caña y sangre: El gobernador

 El buen gusto no es una inclinación, es una disciplina implacable. Desde las ventanas del carruaje presidencial, contemplaba el despliegue del paisaje del sur con una calma que mis ministros solían confundir con indiferencia. El polvo de los caminos reales se alzaba en finas cortinas doradas al paso de mi escolta de caballería, ensuciando las casacas rojas de los soldados coloniales. A mi lado, el secretario de finanzas me decía una tediosa letanía sobre aranceles aduaneros, contrabando de tabaco y la creciente insubordinación fiscal de los terratenientes locales. Lo escuchaba sin mirarlo, sosteniendo entre mis dedos refinados la empuñadura de plata de mi bastón de mando, cuyo frío metal era el único recordatorio de la realidad en medio de aquel sopor de números que amenazaba con congelar mi alma.

Para un hombre de mi posición, la gobernación de esta provincia no era un honor; era un tablero de ajedrez mal nivelado. Los terratenientes del sur, hombres rústicos enriquecidos por el sudor ajeno y el monopolio del azúcar, comenzaban a olvidar quién dictaba las leyes en la capital. Don Jorge era el perfecto ejemplo de esa estirpe: un hombre obsesionado con el dinero, con el alma pequeña de un usurero y las manos perpetuamente sucias de melaza. Había solicitado mi presencia en su hacienda bajo el pretexto de una auditoría de producción, pero yo sabía perfectamente lo que buscaba: una rebaja en los impuestos de exportación a cambio de una sumisión hipócrita.

El carruaje cruzó los arcos de piedra de la entrada principal de la hacienda justo cuando el sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de un matiz naranja. Don Jorge nos esperaba en el patio, rodeado de sus capataces y de su hija Leticia, una muchacha de facciones correctas, pero con una mirada errática, inestable, que delataba una necedad típicamente provinciana. Me bajé del carruaje con movimientos lentos, arreglándome los puños de mi casaca de seda oscura, permitiendo que el látigo del protocolo colonial obligara a todos los presentes a doblar su espalda en una reverencia unísona.

—Bienvenido, Excelentísimo Gobernador —pronunció Don Jorge, forzando una sonrisa que no le llegaba a los ojos ambiciosos—. Es un honor que comparta nuestra mesa y revise la prosperidad de nuestras tierras.

—La prosperidad de la Corona es mi única preocupación, don Jorge —respondí con una voz calmada, modulada en los salones más selectos de la capital—. Espero que sus libros contables reflejen esa misma fidelidad.

Mientras nos dirigíamos hacia el gran comedor de la casona, un altercado en el Lindero Este interrumpió la ceremonia. Sergio, el capataz de la propiedad, arrastraba a una esclava hacia el poste de los castigos intermedios. Don Jorge hizo un gesto de fastidio, disculpándose por la “indecencia de sus esclavos”, pero mi mirada se fijó en la escena de manera inevitable. La mujer que arrastraban no gritaba. No suplicaba. Se mantenía firme aceptando su destino.

Tenía un vestido de algodón cubriéndole el cuerpo, revelando la suavidad de una piel morena que relucía como el bronce pulido bajo el sol que se ocultaba. Sus muñecas estaban marcadas por causa de unos grilletes viejos, pero lo que me paralizó por completo fue su rostro. Tenía unas facciones delgadas, de una simetría exótica y muy noble, y unos ojos negros que, en lugar de reflejar el miedo a su castigo, mostraban una calma fría, analítica, casi insultante para el látigo que la amenazaba. Cuando ese capataz la empujó, ella se levantó de inmediato, alzó la barbilla y observo el patio con una mirada de absoluto desprecio, deteniéndose un segundo entero en mi presencia.

En ese instante, el mundo pareció ordenarse de una forma nueva. Mi mente, siempre fría y calculadora, experimentó una sacudida que no había sentido en décadas. No era una simple atracción por una carne hermosa; he tenido a las mujeres más cotizadas de la corte en mi lecho y ninguna me había hecho contener el aliento. Lo que vi en esa esclava fue una inteligencia rara, una soberbia indomable que desafiaba la brutalidad del sistema con la sola mirada de sus ojos. Era una criatura fascinante, un diamante en bruto arrojado en el barro de una plantación rústica. Una obsesión inmediata se me clavó en las entrañas como un alfiler de oro. Necesitaba poseerla, no solo para saciar un capricho carnal, sino para moldear esa mente superior y ver hasta dónde podía llegar bajo mi protección.

—¿Quién es esa mujer, don Jorge? —pregunté, manteniendo mi tono de voz impecable, aunque por dentro mi pulso se había acelerado con una urgencia desconocida.

Don Jorge parpadeó, sorprendido por mi interés.

—Una esclava nueva, Excelencia. Se llama Jazmín. Llegó hace unos días del sur y ya ha causado problemas de insubordinación con mi hija y los sementales —respondió con desdén, restándole importancia—. Una negra insolente que no sabe cuál es su sitio. Pensaba hacer que Sergio le borrara esa mirada a latigazos mañana mismo.

Un frío letal me recorrió mi espalda ante la idea de que ese bruto destruyera una obra de arte tan perfecta. Me giré hacia mi secretario de finanzas y le hice una señal imperceptible.

—El castigo público es un recurso vulgar para amos incapaces, don Jorge —sentencié, clavando mis ojos grises en los suyos con una severidad que lo hizo palidecer—. Esa mujer tiene un porte que desentona con la suciedad de su trapiche. Me interesa para el servicio de protocolo del palacio presidencial. Póngale un precio.

Don Jorge sonrió con una codicia renovada, creyendo que podría colgarse de mi debilidad para negociar sus aranceles.

—Ah, Excelencia… Jazmín es una pieza costosa. Su juventud y sus modales refinados nos prometían una gran utilidad en la casona. No podría desprenderme de ella por menos de quinientas monedas de plata.

—Le daré tres mil piezas de oro auténtico —le interrumpí, y mi voz sonó como el golpe de un hacha de plata sobre la madera noble del comedor.

El silencio que se apoderó del patio fue absoluto. Don Jorge se quedó con la boca abierta, incapaz de procesar una cifra que superaba el valor de toda una molienda anual de azúcar. Leticia, que observaba desde el umbral, soltó un jadeo de pura estupefacción y envidia; se podía notar en su mirada que detestaba esa esclava, ahora valía una fortuna imperial, esa situación la dejó sin aliento. Sergio bajó el látigo de inmediato, comprendiendo que la mujer que sostenía ya no pertenecía al barro de la hacienda, sino a la cúspide del poder provincial.

—Tres… ¿tres mil piezas de oro? —tartamudeó el terrateniente, con los ojos brillándole por la avaricia.

—Con una condición —añadí, acercándome un paso y bajando la voz para que solo él me escuchara—. Firmará la transferencia de propiedad ahora mismo, y la mujer subirá a mi carruaje esta misma noche. No toleraré que pase una sola hora más bajo el techo de esta hacienda.

—Hecho, Excelencia. Es suya —asintió Don Jorge con desesperación, temblando de alegría ante la idea de semejante riqueza.

Hacia la medianoche, tras firmar los documentos legales que me convertían en el dueño absoluto de su destino, me retiré a mis aposentos privados temporales en la casona principal para esperar el traslado. El aire de la noche era denso, y mi deseo sexual, alimentado por el refinamiento y el poder, se había transformado en una fiebre constante. Me despojé de la casaca, quedando en mangas de camisa de lino fino, y caminé hacia la pequeña biblioteca adyacente donde mis guardias habían recluido a Jazmín por orden mía.

Entré sin hacer ruido. La estancia estaba iluminada por la luz trémula de dos candelabros de plata. Jazmín estaba de pie junto al ventanal, mirando la oscuridad del cañaveral. Le habían quitado los grilletes por exigencia mía, pero aún vestía la ropa gastada de la plantación. Al escuchar mis pasos, se giró con una lentitud majestuosa. No se arrodilló, no bajó los ojos. Me miró de frente, midiendo al hombre que acababa de pagar una fortuna por ella.

—Así que usted es el Gobernador —su voz sonó armoniosa, un susurro pausado que vibró en el aire de la biblioteca con una sensualidad implacable—. El hombre que compra mujeres por el precio de un imperio.

—No compro mujeres, Jazmín —respondí, cortando la distancia entre los dos con pasos elegantes, apoyando mi bastón de mando contra la mesa de caoba—. Compro el potencial. Compro la inteligencia que se esconde detrás de una mirada que se niega a doblarse ante el látigo. En mi palacio no hay barro, hay mármol. Pero las reglas son mil veces más crueles que las de esta hacienda.

Me detuve a escasos centímetros de ella. El aroma salvaje de su piel morena, una mezcla de jazmines silvestres y la humedad del río, inundó mis sentidos, despertando una urgencia carnal que tuve que contener con toda mi fuerza de voluntad aristocrática. Pasé los dedos de mi mano derecha, suaves y libres de callosidades, por la línea de su mandíbula delgada, obligándola a inclinar sutilmente la cabeza hacia atrás. Su piel era como la seda más fina, caliente, latiendo con una agitación que intentaba esconder con su máscara de indiferencia.

—¿Tiene miedo del palacio, negra? —Le pregunté, rozando sus labios carnosos con el pulgar, sintiendo cómo su respiración se volvía un hilo entrecortado.

—He sobrevivido al fango, Gobernador —replicó ella, entrecerrando los ojos con una mirada intensa, dando un sutil paso al frente que pegó sus pechos firmes contra el lino de mi camisa—. El mármol no me asusta. Al contrario… me parece el suelo perfecto para mis pies.

El choque de su cuerpo contra el mío desató la tensión sexual que flotaba en la biblioteca. La tomé por la cintura con un agarre firme, sofisticado, pero impreciso por el deseo acumulado, hundiéndole mis dedos en la carne de sus caderas. Jazmín soltó un suspiro de puro placer cuando mi miembro, completamente erecto y duro bajo el pantalón de seda, se pegó directamente contra su pubis. Sentí que su sexo estaba latiendo, respondiendo a mi cercanía con una humedad latente que traspasaba las telas baratas de su vestido.

La besé. No con la ruda desesperación de un esclavo, sino con la posesión sofisticada y voraz de un estratega que reclama su mayor trofeo. Invadí su boca con mi lengua, saboreándola con un deseo refinado, sintiendo cómo ella respondía al castigo de mis labios con una entrega salvaje que me encendió la sangre por completo. Mis manos subieron por su torso, atrapando sus pechos con firmeza, apretando los pezones erectos que se marcaban bajo el algodón gastado, provocando que ella arqueara la espalda contra la mesa de caoba con un gemido lascivo que me nubló el juicio.

—Vas a ser la mujer más poderosa de esta provincia, Jazmín… pero vas a tener que aprender a obedecer mis deseos en la oscuridad —le susurré al oído, mordiéndole sutilmente el lóbulo antes de apartarme con un esfuerzo sobrehumano de autocontrol.

No pensaba penetrarla allí, en la suciedad de la hacienda de Don Jorge. Ella merecía el terciopelo y las sábanas de seda importada de la capital. Me acomodé la ropa, recuperando mi postura de estatua de mármol, mientras sus ojos negros me miraban con un brillo de fuego y ambición que me demostró que el juego apenas estaba comenzando. La puerta del carruaje esperaba afuera en la penumbra de la noche, lista para transportarnos hacia el palacio, hacia el inicio de una obsesión que cambiaría el destino de la provincia para siempre.


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