Temporada de verano: El despertar del depredador

 Huir nunca había estado en mis planes, pero cuando el esposo de aquella mujer descubrió lo que hacíamos y juró que me metería tres tiros en el pecho, mi madre no me dio opciones. Me mandó directo a la casa de playa de mis tíos con la excusa de "alejarme de los problemas". Llegué a este maldito pueblo costero arrastrando mis problemas, de mal humor, esperando encontrarme con un verano aburrido, lleno de sermones y la insoportable compañía piadosa de mi prima Emily. Lo que menos esperaba era tropezarme con ella.

Cristina.

Desde el primer segundo en que la vi, supe que iba a ser mi perdición en esta casa. Tenía un aire de inocencia tan puro, tan jodidamente intacto, que contrastaba de inmediato con la oscuridad que yo cargaba. Mientras yo destilaba cinismo, ella me miraba con una mezcla de curiosidad y temor reverencial. Al enterarme por Emily de que su historial con los hombres se reducía a un novio tonto de la infancia y a un par de besos robados, algo primitivo despertó dentro de mí. No era solo deseo; era la necesidad patológica de ser el lobo que corrompiera a la caperucita roja. Oportunidades iba a tener, porque los padres de Emily pasaban el día entero trabajando, dejándonos prácticamente solos en una casa enorme donde el calor del verano se te pegaba a la piel y te entorpecía el juicio.

La primera vez que decidí romper sus barreras no fue planeada, pero aproveché la oportunidad como el depredador que huele la debilidad. Emily me había dicho que estaban probándose ropa en su habitación. Esperé a que mi prima bajara a la cocina a buscar agua para acercarme al pasillo. No toqué. Empujé la puerta de madera deliberadamente, despacio, disfrutando del crujido.

Ahí estaba ella. Llevaba un vestido blanco, ridículamente ajustado, que se aferraba a sus caderas como una segunda piel. Estaba de espaldas, forcejeando con la tela, mostrando la delicada curva de su espalda y la lencería que ocultaba el resto. Cuando se dio la vuelta y me vio, el pánico y el sonrojo inundaron sus mejillas de una manera que me revolvió el estómago de pura excitación. Se quedó muda, inmóvil, como una presa paralizada por los faros de un auto.

—No te preocupes, Cristina, no es la primera vez que veo a una chica en ropa interior —le dije, dando un paso hacia el umbral—. Pero debo admitir que tu cuerpo es… provocativo.

Mis ojos recorrieron su cuerpo semidesnudo sin una pizca de vergüenza. Quería que se sintiera observada, que supiera que la estaba desnudando mentalmente. Sus manos temblaban mientras intentaba cubrirse, un gesto inútil que solo avivaba mis ganas de avanzar.

—Eres un abusivo —consiguió tartamudear, intentando morder con sus palabras, pero sus ojos la delataban. Estaba aterrada, sí, pero también fascinada. Le sonreí de lado, saboreando el poder que tenía sobre sus reacciones, y cerré la puerta no sin antes clavarle una última mirada lasciva. Pude notar el estremecimiento en sus hombros. A partir de ese día, supe que era cuestión de tiempo para atraparla en mis redes.

Los días siguientes jugamos al gato y al ratón. Ella me ignoraba en la piscina y en la playa, fingiendo una indignación que no se creía ni ella misma, pero yo notaba cómo me buscaba con la mirada cuando creía que no la veía. Así que decidí presionar un poco más. La atrape en el baño una tarde, justo cuando terminaba de ducharse. Toqué la puerta para apurarla y, en cuanto abrió una rendija dispuesta a gritarme, empujé y me colé dentro, cerrando el cerrojo tras de mí.

Trató de usar el sarcasmo, diciéndome que no siempre era navidad y que si esperaba encontrarla desnuda. Me reí por dentro. Me acerqué a ella, acortando la distancia hasta que pudo oler el aroma del jabón en mi piel.

—Cristina, no te queda el sarcasmo, además me siento culpable —le dije, acorralándola con mi tamaño—. Verte desnuda hubiera sido una verdadera delicia.

—¿Por qué te sientes culpable? —preguntó con una ingenuidad que me dio ganas de corromperla ahí mismo.

—No es justo que yo te haya visto así y tú no a mí. Voy a equilibrar la balanza —le respondí.

Y sin quitarle la mirada de encima, comencé a quitarme la ropa. Quería ver hasta dónde llegaba su resistencia. El impacto la congeló; su respiración se detuvo y pude escuchar el eco desbocado de su corazón en el estrecho baño. Cuando me bajé los pantalones y quedé completamente desnudo ante sus ojos, su mirada traidora bajó directo a mi entrepierna. Mi pene, despertado por la cercanía de su timidez y la adrenalina del momento, comenzó a crecer, grueso y largo, apuntando directo hacia ella. Estaba tan fascinada que ni siquiera pestañeaba.

—Perdóname, creo que mi pene es muy sensible ante tu presencia —le solté con una burla ronca, disfrutando de su colapso mental.

—¡Eres un pervertido! —gritó antes de salir huyendo hacia su cuarto.

Me quedé solo en el baño, sonriendo como un maldito lunático. Estaba ganando el juego. Su mente la obligaba a huir, pero su cuerpo ya me pertenecía.

El punto de quiebre llegó en la tarde, en la piscina. Cuando Cristina apareció en el patio trasero usando ese vestido de baño amarillo, casi pierdo los estribos. Ese vestido se ajustaba a sus nalgas de una forma criminal, destacando la parte más provocativa de su anatomía. Me costó mucho disimular la tremenda erección que me provocaba verla moverse, reír y nadar junto a Emily. Estuve tentado de arrastrarla al agua y tomarla ahí mismo, pero el peligro de mi prima me obligaba a ser paciente. La paciencia, sin embargo, tiene un límite.

Cuando Emily entró a la casa para ir al baño tras tomarse unas cervezas y buscar otras ya que se habían agotado, no lo dudé. Cristina estaba cerca de la orilla de la piscina, de espaldas a mí. Caminé en silencio por el agua y me pegué a ella por detrás. Sentir el choque de su piel húmeda contra mi pecho fue como una descarga eléctrica. Presioné mi erección directamente contra la hendidura de sus nalgas, marcando mi territorio.

—Tienes un cuerpo para volver loco a cualquier hombre. No puedo dejar de mirar esas nalgas tan provocativas que tienes—le susurré al oído, rozando su lóbulo con mis labios.

Se puso rígida, temblando bajo mis manos que se colocaron en su cintura.

—¿Qué haces? Emily puede volver en cualquier momento —protestó, pero no se movió.

Esa fue mi confirmación. Las cervezas habían debilitado su débil armadura de niña buena. Se arqueó sutilmente hacia atrás, acomodando mi gran dureza entre sus nalgas, disfrutando tanto como yo de la clandestinidad del acto. Se soltó justo a tiempo antes de que Emily regresara, pero la promesa ya estaba hecha.

Minutos después, estaba apoyado contra la pared, esperándola como el depredador que aguarda en la maleza. Cuando pasó a mi lado, la tomé de la mano y la presioné contra mi cuerpo, sellando sus labios con un beso salvaje que le arrebató el aliento. Su boca era un manjar de inocencia y alcohol; invadí su cavidad con mi lengua, devorándola mientras mis manos reclamaban sus pechos por encima de la tela, masajeándolos en círculos hasta sentir cómo sus pezones se ponían duros como piedras bajo mis palmas.

Bajé mis besos a su cuello, escuchando sus suspiros ahogados, mientras guiaba mi mano por su muslo hacia abajo hasta juguetear con su ombligo. Con un movimiento atrevido, metí mis dedos debajo de la licra de su traje de baño, encontrando la entrada de su sexo. Estaba húmeda, latiendo. Jugué con mis yemas en sus labios vaginales, torturándola con la lentitud de mis caricias mientras con la otra mano jalaba la parte superior de su prenda para acariciar su pezón desnudo. Estaba en un trance de puro placer hasta que la voz de Emily nos interrumpió desde el patio, obligándonos a separarnos.

Esa noche supe que la tensión iba a matarnos a ambos si no la resolvíamos pronto.

Al día siguiente, el desayuno se convirtió en el escenario perfecto para el acto final de provocación. Me levanté con el cuerpo tenso, pensando únicamente en la humedad que había tocado el día anterior. Cuando entré al comedor, Emily estaba de pie, hablando animadamente por teléfono con su madre. Cristina estaba sentada a la mesa, vistiendo una blusa blanca y una falda corta de cuadros que dejaba al descubierto sus muslos tersos y perfectos.

Me senté a su lado, tan cerca que nuestras telas se rozaban. No oculté mi mirada; devoré sus piernas con los ojos, desafiándola en silencio mientras Emily hablaba de espaldas a nosotros. Para mi absoluta sorpresa y delicia, la niña inocente decidió jugar mi propio juego. Con una lentitud exasperante, usó sus dedos para subirse la falda unos milímetros más, mostrándome más piel, desafiándome a actuar.

Acepté el reto en el acto. Bajé la mano izquierda de la mesa y la cerré sobre su muslo de forma posesiva, apretando con una fuerza que pretendía recordarle quién mandaba allí. Su piel quemaba. Comencé a deslizar mis dedos hacia arriba, ascendiendo milímetro a milímetro bajo la tela de cuadros, disfrutando de cómo su respiración se cortaba a mi lado. Emily seguía hablando, ajena por completo al drama erótico que se desarrollaba a centímetros de ella.

Llegué a la tela elástica de su panty. Empecé a masajear el área suavemente, sintiendo el calor que emanaba de su sexo. Por instinto, Cristina abrió las piernas, facilitando el acceso de mis dedos traviesos. Aparté la tela de su panty y toqué directamente la piel ardiente y empapada de su vagina. El contacto la hizo estremecerse tanto que golpeó la mesa involuntariamente, haciendo que Emily se diera la vuelta con sospecha.

—Cristina ¿Te pasó algo? —preguntó mi prima, extrañada.

—No…no es nada—respondió ella con la voz temblorosa.

Me aguanté una carcajada diabólica. Mientras ella intentaba mantener el rostro sereno frente a su amiga, mis dedos continuaban sumergidos bajo su falda, acariciando y masajeando sus labios vaginales, hundiéndola en un mar de sensaciones intensas que la obligaban a apretar los dientes para no gemir.

—¿Segura? Te noto extraña, como intranquila —insistió Emily.

—No te preocupes, de verdad, no me pasa nada. Solo…el calor de hoy está fuerte —logró decir Cristina, con las mejillas encendidas.

Entonces, Emily soltó la bendición que yo estaba esperando: tener que salir a recoger unas cosas que su madre necesitaba, asegurando que tardaría al menos una hora y que podíamos quedarnos a relajarnos.

—No te preocupes, prima —le respondí, mirándola fijamente mientras mis dedos daban un sutil tirón en el sexo de Cristina, haciéndola respingar—. Cristina y yo nos divertiremos mucho. No pases apuro.

En cuanto escuché el motor del auto de Emily alejarse por el camino, el juego psicológico terminó. Era hora de la acción. La tomé firmemente de la mano, poniéndola de pie, y la arrastré por el pasillo directo a mi habitación. Cerré la puerta de un golpe y la acorralé contra la pared, devorando su boca con una intensidad rabiosa, hambrienta. Ya no había necesidad de esconderse.

Le arranqué la blusa blanca de un solo movimiento, dejando sus pechos libres del sostén. Los atrapé con mis manos, masajeándolos con rudeza posesiva mientras bajaba mis labios a su cuello caliente. Su cuerpo estaba hirviendo. Cuando mi boca atrapó uno de sus pezones y mi lengua comenzó a lamer la punta con saña, Cristina soltó un gemido agudo que retumbó en las paredes. Al mismo tiempo, mi mano ya estaba debajo de su falda de cuadros, superando la barrera de su panty para masturbarla con un ritmo implacable.

Estaba tan jodidamente mojada que mis dedos se deslizaban con facilidad, entrando y saliendo de ella mientras su cabeza se agitaba de lado a lado, enterrando sus dedos en mi cabello. Sus gemidos aumentaban, volviéndose más lascivos a medida que yo succionaba sus pezones con desesperación.

Quería destruirla, quería ver el rostro de la inocencia corrompido por el placer puro. Me agaché, cayendo de rodillas frente a ella, y metí mi cabeza debajo de su falda corta. Besé la piel suave de sus muslos internos antes de presionar toda mi boca contra la delgada tela de su panty. Sentir sus jugos traspasar la tela mientras pasaba mi lengua por encima la hizo temblar de una manera salvaje. Con mis dedos y mis dientes aparté la tela definitivamente y clavé mi lengua en su vagina.

La devoré. Mis labios se empaparon de su esencia mientras mi lengua recorría sus labios vaginales con deseo salvaje. Era una delicia verla así: la chica nula en experiencias sexuales, la mejor amiga de mi prima, completamente sometida en mi habitación, con mi cabeza metida entre sus piernas, temblando y empapándome las manos como nunca antes lo había hecho con nadie.

Encontré su clítoris. Estaba hinchado, latiendo, pidiendo a gritos ser reclamado. Concentré toda la presión de mi lengua en ese punto exacto, alternando lamidas rápidas y succiones profundas. Cristina casi no podía sostenerse en pie; sentía la tensión de sus músculos y el roce salvaje de sus manos en mi cabello. Su respiración era un jadeo caótico.

Sabía que estaba cerca. Continué lamiendo con intensidad, succionando con fuerza cada gota de sus fluidos que manaban en abundancia, hasta que su cuerpo se tensó por completo. Supe que el volcán había hecho erupción cuando su sexo comenzó a contraerse violentamente alrededor de mis labios en un orgasmo masivo y desgarrador. Sus piernas cedieron por completo, desprovistas de fuerza, y tuve que incorporarme rápidamente para atraparla con mis fuertes brazos antes de que cayera al suelo, sosteniéndola contra mi pecho firme mientras su mente se desconectaba del mundo exterior.

La miré mientras recuperaba el aire. Tenía los ojos nublados, el pecho subiendo y bajando, y una expresión de absoluta ruina que me llenó de un orgullo primitivo y posesivo. Me acerqué a su oído, rozando su piel con mis labios húmedos por su propio sexo, y le solté la orden final, la que sellaría nuestro pacto secreto.

—Quiero que me visites esta noche en mi cuarto, cuando todos estén dormidos.

Vi en sus ojos la aceptación inmediata, la rendición total ante las consecuencias de lo que habíamos empezado. El depredador había despertado, y la presa había entrado voluntariamente en la jaula. Esto apenas comenzaba.


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