Caña y sangre: La despedida del barro

 El sonido del carruaje de Sebastián Montenegro no se parecía en nada al azote rústico de la carreta que me había traído al sur. Este vehículo se movía con una suavidad insultante, suspendido sobre muelles de acero que amortiguaban cada imperfección del camino real. Sentada sobre los cojines de terciopelo carmesí, miré hacia atrás a través de la pequeña ventanilla con una comodidad que ni en mis más locos sueños pensé que experimentaría. La silueta de la hacienda de Don Jorge comenzaba a desdibujarse en la penumbra de la madrugada, devorada por la neblina espesa que se levantaba desde los cañaverales.

A la distancia, justo antes de que la curva del camino nos ocultara por completo, alcancé a ver el patio del Lindero Este iluminado por las antorchas de la guardia. Allí se quedaba el barro. Allí se quedaba Baltasar. Podía imaginarlo perfectamente, con el torso desnudo cubierto de hollín, apretando sus puños fuertes y rugiendo de una rabia ciega e impotente al ver cómo el carruaje del Gobernador se llevaba a la mujer que horas antes había poseído con brutalidad en la penumbra del granero. Su orgullo de semental indomable estaba herido, quebrado por las tres mil piezas de oro auténtico con las que Sebastián había comprado mi contrato de propiedad. Baltasar creía que nuestra conexión salvaje en la paja sucia era el inicio de un destino compartido en los barracones, pero su mente revolucionaria no alcanzaba a comprender que el barro solo engendra más barro. Esa no era una vida para mí, siempre soñé con lograr lo que nadie de mi familia o mi raza pudo hacer en su miserable vida de esclavos.

En la escalinata de la casona principal, la silueta delgada de Leticia también se desvanecía. La heredera sonreía entre las sombras, cruzada de brazos, saboreando lo que ella creía que era una victoria definitiva. En su mente inestable y neurótica, enferma de celos obsesivos, el Gobernador me llevaba al palacio para convertirme en una sierva doméstica o para deshacerse de una esclava insubordinada que le había disputado el amor de su semental. Pobrecita. Leticia creía que me estaba mandando al destierro, sin entender que sus intrigas desesperadas solo habían acelerado mi ascenso hacia la cúspide del tablero colonial. Creyó que me destruía, pero solo me abrió las puertas del paraíso. El gobernador era la pieza con más poder en este tablero gobernado por hombres blancos. Y después de anoche estaba segura que podía sucumbir a mis encantos femeninos sin dudarlo.

Me giré hacia el frente, acomodándome contra el respaldo de terciopelo. Frente a mí, don Sebastián Montenegro descansaba con los ojos cerrados, sosteniendo su bastón de mando con una elegancia natural. El interior del carruaje olía a maderas nobles, a tabaco caro y a un perfume de lavanda importada que borró de golpe el hedor asfixiante de la melaza fermentada que se me había pegado a la garganta durante los últimos días.

—¿Extraña su jaula de adobe, Jazmín? —la voz del Gobernador rompió el silencio, tersa y pausada, sin que abriera los ojos.

—En el adobe solo viven los animales, Excelencia —respondí, modulando mi voz con esa calma fría que tanto le fascinaba—. Yo solo miro hacia adelante.

Sebastián abrió los ojos, y una sonrisa sutil y sofisticada dibujó sus labios refinados. Estiró la mano y pasó sus dedos suaves por mi mejilla morena, descendiendo por la línea de mi cuello hasta detenerse en el borde de mi vestido de algodón, que aún estaba rasgado en las costuras por la brutalidad de Baltasar. La tensión sexual entre nosotros volvió a encenderse dentro del espacio confinado del carruaje; a Sebastián le excitaba mi pasado de esclava tanto como a mí me atraía su aura de poder absoluto. Éramos polos opuesto en esta vida y eso le agregaba un ingrediente picante a la relación que recién estaba empezando.

El viaje hacia la capital provincial duró tres días, y con cada paso que nos alejaba del sur, la realidad de mi nueva existencia comenzaba a manifestarse. Al llegar al palacio presidencial, una edificación monumental de mármol blanco y columnas griegas que dominaba la bahía, no me llevaron a los barracones del servicio doméstico. Por orden estricta de Sebastián, me asignaron un ala privada en el segundo piso, un conjunto de aposentos con suelos pulidos y ventanales que daban al océano.

Mi primera mañana en el palacio fue un descubrimiento de los sentidos. Tres sirvientas mulatas, que se movían con pasos silenciosos y cabezas bajas, entraron a mi recámara cargando tinas de bronce llenas de agua caliente. Me despojaron de mi vestido de algodón de la hacienda y me ayudaron a sumergirme en el baño, que previamente habían infundido con aceites esenciales de jazmín y sándalo.

Al sumergirme, cerré los ojos y dejé que el agua caliente lavara los restos del fango de los cañaverales, la sangre seca de mis muñecas y, sobre todo, el rastro del semen y el sudor de Baltasar que aún sentía impregnados en mi intimidad. Ese semental era parte de mi pasado, lo disfrute, pero mi futuro era el gobernador. Cuando emergí, mi piel morena relucía con una suavidad impecable, despidiendo un aroma fragante y aristocrático que me hizo sonreír frente al espejo de cuerpo entero con marco de oro.

Luego vino el vestuario. Las sirvientas desplegaron sobre la cama de dos columnas una colección de prendas que jamás habrían cruzado los linderos del sur. Me colocaron un corsé de ballenas que me entalló la cintura fina, realzando la firmeza de mis pechos, y me vistieron con un camisón de seda holandesa, suave como una caricia, sobre el cual cayó un vestido de color crema con hilos de oro bordados en las mangas. Cuando mis pies descalzos probaron los zapatos con hebillas de plata, experimenté una sacudida de puro placer que no tenía nada que ver con el sexo, sino con el estatus. Además de incomodarme porque no estaba acostumbrada a usarlos.

Me miré en el espejo de cristal de Venecia. Ya no era la pieza de carga que Sergio empujaba en el patio. La ropa cara acentuaba mi cuerpo exótico y elegante, otorgándome un porte de reina que deslumbraría a cualquiera. No me quedaba ninguna duda, era una certeza absoluta en este punto de mi historia: en el fondo me gustaba esta nueva vida de riqueza y lujos. No sentía nostalgia por la libertad salvaje del río ni por los dolores del barracón; descubrí que el lujo era una droga altamente adictiva y que mi cuerpo moreno encajaba perfectamente en las sábanas de seda de los blancos. La ambición, que siempre había sido un susurro en mi pecho, se transformó en un rugido insaciable que buscaba liberarse de esas cadenas que la esclavitud mantuvo en mi alma.

Al llegar la tarde, Sebastián entró a mis aposentos sin anunciar. Vestía su casaca oficial de gala, pero al verme transformada, se detuvo en el umbral, conteniendo el aliento. Sus ojos grises recorrieron mis nuevas ropas con una mirada devota y refinada.

—Las tres mil piezas de oro han sido la mejor inversión de mi vida, mi hermosa Jazmín —susurró, cerrando la puerta con pestillo, apoyando su bastón de plata contra la pared—. El barro ocultaba una joya imperial.

—La joya siempre estuvo aquí, Sebastián —le corregí, adoptando una postura coqueta y majestuosa, dando pasos lentos hacia él, arrastrando las colas de mi vestido sobre el suelo pulido—. Solo hacía falta un amo con los ojos lo suficientemente limpios como para reclamarla.

Me detuve frente a él. El aroma de mi perfume de jazmín inundó el espacio, desarmando la frialdad estricta del Gobernador. Sebastián me tomó por la cintura con sus manos suaves, libres de callosidades, y me pegó a su cuerpo con una urgencia carnal que hizo que su miembro, completamente erecto y duro bajo el pantalón de seda, se incrustara directamente contra mi vagina. El roce de la seda de mi vestido contra su casaca de gala creó una fricción pervertida que me encendió la entrepierna de inmediato. Mi sexo, estimulado por el lujo y el juego del poder, comenzó a latir con fuerza, segregando sus propios jugos húmedos ante la inminencia de su tacto. Mi cuerpo despertaba a su deseo de una manera que no podía contener.

Sebastián bajó la cabeza y me besó con una posesión sofisticada, devorando mis labios carnosos con una lascivia refinada que me arrancó un suspiro ronco de placer. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando los primeros ganchos de mi corsé con una destreza de estratega, permitiendo que sus dedos acariciaran la suavidad caliente de mi piel desnuda. Me apretó contra su pecho musculoso, y yo me aferré a sus hombros, respondiendo a su beso con una entrega calculada pero caliente. Disfrutaba de su dominación elegante; estar en los brazos del hombre más poderoso de la provincia, rodeada de terciopelo y oro, me hacía sentir que las cadenas del pasado se habían disuelto en el aire perfumado del palacio. La despedida del barro era total, y mientras Sebastián guiaba mi cuerpo hacia la cama de seda, supe con absoluta certeza que jamás regresaría a la sumisión de la hacienda, porque la esclava acababa de descubrir el sabor embriagador del poder absoluto.

Ese poder me excitaba de una manera diferente a la que me causaba la pasión animal de Baltasar. Dos hombres distintos; uno con un poder físico inagotable, el otro con un refinamiento y poder que nunca había conocido, los dos me habían vuelto loca de deseo. Pero solo uno vivía la vida que siempre había soñado.


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