El profesor: La propuesta

 Terminaba mi clase de literatura en el campus universitario. Un complejo bastante alejado de la ciudad, donde los docentes solíamos residir durante el semestre. Mis alumnos estaban sumamente atentos a mis enseñanzas, para el semestre tenían el proyecto final de hacer una novela corta, por lo que decidí terminar más temprano la sesión de clases. Tengo 35 años y debo decirlo, soy muy popular entre mis estudiantes, ellos me consideran muy divertido.

—Bien, eso es todo por hoy. Cuídense y vayan con cuidado a casa—me despedí mientras guardaba mi cuaderno de notas.

—Gracias profesor—me respondieron al unisonó mientras caminaban hacia la salida.

Me quede guardando mi laptop en el maletín cuando Becky, una estudiante de primer año ce acercó al escritorio. Era la típica reservada e ingenua que solía preguntar ante la más mínima duda.

—Disculpe, profesor. Tengo una pregunta—dijo tímidamente—. En clase menciono que debemos meternos en la piel de nuestro personaje, para desarrollar la trama de una manera eficaz. ¿Verdad?

—Si. Es fundamental para lograr realismo—respondí mientras subía el cierre de mi maletín.

—Bueno, con respecto a eso, en uno de mis borradores relato un beso apasionado—me explico, mirándome detenidamente—. Y me preguntaba ¿Cuántas veces debe usar la lengua el protagonista durante el beso? ¿Dos veces? ¿Tres veces?

La pregunta me tomo completamente desprevenido; jamás espere un cuestionamiento de esa índole de su parte. No pude evitar soltar una carcajada ante su expresión de absoluta seriedad

—¿Qué pasa profesor?

—Becky, a veces tienes ocurrencias muy raras—dije recuperando la compostura—. Simplemente escribe lo que consideres apropiado y natural para el ritmo de la historia.

Nos despedimos y me dirigi a mi despacho. Subí la las largas escaleras del edificio pensando en la carga de trabajo de las últimas semanas. El dolor en uno de mis hombros delataba el cansancio acumulado de mi cuerpo. Estaba próximo a la entrega de calificaciones, razón por la cual había contratado a un asistente para que me ayudara con las tareas pendientes. El sol de la tarde ardía con tanta fuerza que media hora bajo el sol bastaría para parecer recién salido de la playa.

Salude aun par de mis colegas en el pasillo y, al estirar la mano para girar la perilla de mi puerta, un gemido ahogado proveniente del interior me congeló. Me acerqué a la puerta para escuchar mejor.

—Dame…dame más duro—gimió una voz femenina.

—Te lo dije, la oficina del profesor es el lugar perfecto cuando estamos calientes—respondió mi asistente—. No vendrá, esta en su hora de clases.

—¿Y si viene—insistió ella?

—No te preocupes. ¿Acaso no te excita el peligro de que nos descubran?

—Si…es muy excitante. No pares, cógeme más duro.

El muy canalla aprovechaba mi horario de clases para saciar sus deseos sexuales. Aunque entendía que era joven y que el empleo le consumía mucho tiempo. Aquello era traición intolerable a mi confianza. Saqué un pedazo de papel en mi maletín. Escribí las palabras “Estas despedido” lo doble y lo coloqué en la ranura de la puerta, de modo que cayera al abrirse. Decidí caminar para despejar mi mente, dejaría que mi asistente disfrutara los últimos minutos que pisa mi oficina.

Fui í a la máquina de sodas. Introduje una moneda y saqué una Coca Cola bien fría para combatir el calor. Ya me preocuparía mañana por buscar un reemplazo

—¿Diego?

Mire de reojo, Aquel tono de voz me resulto familiar. No me equivoque, era Carolina. Llevaba una falda corta, estallada y una blusa que realzaba notablemente sus atributos.

—Hola, cuánto tiempo—dijo ella—. ¿Ya terminaste tus clases? ¿Qué pasa con esa cara? ¿Te sucede algo?

—Acabo de atrapar a mi asistente teniendo sexo en mi oficina—confesé, estando un tanto abrumado.

Carolina se inclino para sacar su propia bebida, regalándome una vista espectacular de su trasero perfectamente moldeado por la falda ceñida.

—Son jóvenes, Diego, tienen las hormonas revolucionadas y hay que entenderlos—comento con picardía, aunque luego adopto un tono más serio—. Pero es verdad que cruzo la línea. Tu oficina no es un hotel ¿Qué hiciste?

—Lo despedí de inmediato.

La mire detenidamente mientras hablaba, siempre había sido una mujer hermosa, pero los años habían acentuado su atractivo. Fue mi primer amor en la secundaria, cuando éramos compañeros de clases.

—Ahora que me cuentas eso, me da un poco de depresión—suspiró ella.

—¿Por qué?

—Míranos, atrapados en nuestra rutina laboral, mientras los jóvenes disfrutan, beben y experimentan afuera. Estamos dejando pasar los mejores años sin disfrutar de la vida ¿No deberíamos hacer algo al respecto?

—¿Y qué se supone que hagamos en este campus aislado de la ciudad? —pregunté escéptico.

—Bueno, tenemos la misma edad—Carolina me tomo del brazo, presionando sutilmente sus pechos contra mi cuerpo—. Además, eres un hombre muy guapo —¿No crees?

Mi corazón latía muy rápido y amenazaba con escapar de mi cuerpo y un escalofrió me recorrió la espina dorsal ante la cercanía de su cuerpo.

—Ya que el destino nos volvimos a reunir en esta universidad después de tantos años…—se pegó aún más haciéndome sudar frio—. Sería fantástico que lo disfrutáramos juntos, ¿No te parece?

—¿Qué estás diciendo? —me aparte bruscamente de ella dominado por los nervios.

—Discúlpame, pero tengo cosas que hacer.

—¿A dónde vas tan de prisa? ¿No quieres que almorcemos juntos?

—No gracias, voy a la biblioteca.

Me aleje caminando rápido. Carolina siempre me había atraído, pero me encontraba recién divorciado y no quería complicaciones sentimentales. Además, desde la época del colegio le encantaba gustaba provocarme solo para burlarse de mis reacciones nerviosas. Si esto era otra de sus trampas, no me lo perdonaría jamás. Sin embargo, de mí no podía evitar ilusionarse pensando en que tal vez, por fin, fuera en serio.

—No puede ser de real—exclamé en voz alta al entrar en la biblioteca.

Por suerte el lugar estaba vacío. Me interne en los pasillos del fondo buscando un libro de literatura clásica. Al mirar entre los estantes divise a Becky al final del último corredor. Tenía la cara roja, la miraba perdida y los labios entreabiertos. Con una evidente tensión en las facciones. Preocupado por su estado, caminé hacia ella, pero al doblar la esquina me quedé de piedra.

Becky estaba sentada, acariciándose el pecho izquierdo por encima de la ropa con una mano, mientras que la otra se deslizaba de una manera lasciva dentro de su panty. Esa escena me encendió la sangre. Una mezcla de sorpresa, morbo y fascinación me inmovilizo mis piernas, impidiéndome reaccionar. Sus dedos se movían a un ritmo intenso dejándose llevar por la lujuria. Era una pervertida, por muy caliente que estuviera hacerlo en el rincón mas alejado de la biblioteca era un riesgo innecesario que podía destruir su carrera universitaria.

De pronto mi celular sonó en mi bolsillo. Ese sonido rompió el silencio del pasillo y por unos segundos que parecían eternos nuestras miradas se encontraron, ella se quedó congelada. Tenia la falda subida hasta las caderas, una mano atrapada entre sus muslos, la otra aferrada al borde de la silla para no perder el equilibrio. Su rostro me dejo sin aliento, sus ojos usualmente tímidos brillaban con lagrimas de puro placer, sus pupilas estaban dilatadas y sus labios lucían hinchados, mordiendo el labio inferior para ahogar los gemidos.

—¡Profesor! — dijo con su voz se quebrada.

Decidí fingir que no había visto nada. Para evitar escándalos o malentendidos que pudieran involucrarme y desatar rumores falsos, decidí dar media vuelta para marcharme

—¡Espere, por favor! —suplicó, rompiendo a llorar de manera espontánea.

Aprovechando la soledad del lugar, la lleve a unas bancas apartadas donde nadie solía pasar. Cuando Becky se calmó, me confeso el motivo de su conducta

—A ver si entiendo, ¿Tu meta es convertirte en una mujer sensual?

—Si —asintió con la voz aun rota.

—¿Y a qué se debe ese cambio tan repentino?

—Hace unas semanas fui a buscar a dos compañeros para un trabajo en grupo—explicó—. No les avise que ya iba en camino y, justo antes de abrir la puerta, escuche los suspiros de Sonia. Estaba en la habitación con Alberto. Lo que vi en esa habitación me impacto. Ella estaba sentada en sus piernas mientras él la acariciaba por debajo de la blusa, besándole el cuello y rozando sus pezones. Sabía que debía irme, pero mi cuerpo no respondía. Al ver como la tocaba y ver su rostro de placer, me calenté por completo. Fue una sensación que jamás había experimentado, y desde entonces quise sentirme sexy y explorar cosas nuevas

—Comprendo el deseo de explorar tu sensualidad, Becky, pero sigo sin entender que tiene que ver eso con masturbarte en la biblioteca del campus.

—Es que leí en internet que debía atreverme a experimentar situaciones sexuales, extremas para ganar confianza—confeso, mirándome con desesperación—. Pero yo nunca he salido con un chico, ni tengo experiencia alguna. No sabía que hacer sola.

—¡Pero no en un lugar público! —la regañe con firmeza—. Arriesgarse de esta manera no es el camino correcto para conocerte. Para esas cosas debes estar en un lugar seguro, privado y relajado.

En ese momento, la lógica volvió a mi mente, hablar de esos temas con una de mis alumnas, me colocaba en una posición sumamente comprometedora. Me puse de pie para regresar a mi oficina

—Como sea, no te preocupes. Olvidemos esto, fingiré que no vi nada—dije dándole la espalda.

De repente, Becky me sujeto del brazo derechos con una firmeza sorprendente, impidiéndome avanzar.

—¡Espere profesor, por favor, ayúdame! —suplicó con una mirada cargada de desesperación—. Usted es un adulto y sabe mucho de esas cosas… ¿Podría enseñarme usted a hacer travesuras?

Un sudor frío me recorrió la espalda. Ante la audacia de su propuesta.

—¡De ninguna manera! ¡Es una locura! —le reclame sosteniéndola de los brazos con severidad—. ¿Tienes idea del enorme problema en el que me estarías metiendo? Voy a actuar como si nunca hubieras dicho eso, así que no vuelvas a mencionarlo jamás.

Me di la vuelta y me alejé a grandes pasos. Siempre había pensado que Becky era la alumna más tranquila y reservada del grupo, pero resultaba evidente que estaba perdiendo la cabeza.


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