Caña y sangre: Celos en la oscuridad
Desde el balcón de mi habitación, el mundo me pertenecía. O al menos, eso era lo que mi padre y las leyes de esta provincia me habían enseñado a creer. El sol de la tarde comenzaba a ocultarse, bañando con un color naranja furioso los campos de caña de azúcar, y el aire transportaba ese olor pesado a melaza que odiaba tanto como amaba. Me abanicaba con calma, sosteniendo una taza de té helado que ya se había vuelto tibia. Sin embargo, mis ojos claros no estaban fijos en la inmensidad de las tierras de la hacienda, sino abajo, en el Lindero Este. Específicamente, en él.
Baltasar cruzaba el patio principal con su habitual caminar felino y desvergonzado. Tenía el torso desnudo, y los músculos de su espalda se contraían y relajaban con una gracia brutal bajo la luz dorada del atardecer. Un estremecimiento involuntario me recorrió el vientre bajo, haciéndome apretar los muslos. Recordar la noche anterior, la paja sucia raspando mi espalda, la rudeza con la que me había tomado por la cintura y la virilidad de su miembro hundiéndose en mi sexo, me ponía la piel de gallina recordar esa noche de intenso sexo.
Baltasar era mi secreto más pervertido. El semental de mi padre, el animal que usaban para preñar los vientres de las esclavas, era el único hombre capaz de hacerme perder el sentido y el decoro aristocrático. Me excitaba saber que yo, la señorita Leticia, la heredera del apellido más respetable del sur, me arrastraba a la oscuridad de su choza de madera solo para ser destrozada por su miembro tan grande y salvaje.
Pero mi fantasía se disolvió instantáneamente, transformándose en un recuerdo amargo. Baltasar se detuvo cerca de los pilones de piedra de la lavandería. No lo hizo para descansar. Vi cómo su cabeza se giraba despacio y cómo sus ojos se fijaban en una silueta que acababa de colgar unas sábanas de lino fino. Él miraba a esa esclava nueva, Jazmín.
Apenas llevaba cuatro días en la hacienda y su sola presencia ya me estaba volviendo loca. Desde el momento en que bajó de la carreta con las muñecas sangrando, supe que era un peligro. No caminaba como las demás; no encorvaba los hombros ni bajaba la mirada muerta de miedo ante los capataces. Tenía una belleza exótica, delgada, con una piel morena y tersa que parecía brillar con luz propia, y unos ojos negros que analizaban todo a su alrededor con una calma fría e insultante. Y lo peor de todo. Baltasar la miraba de una forma que me quemaba las entrañas. Con las demás esclavas o conmigo, él era todo perversión, un animal buscando vaciar su urgencia carnal. Pero con Jazmín… en sus ojos había una mirada devota, un deseo cargado de un respeto peligroso que jamás, ni en mis momentos más entregados, había tenido hacia mí. Consideraba a Baltasar de mi propiedad por eso no estaba dispuesta a perder ante esa esclava.
Una obsesión neurótica se apoderó de mí. Cerré el abanico de golpe, sintiendo que el aire de la habitación me asfixiaba. La inestabilidad emocional que arrastraba desde la llegada de esa maldita negra me empujó a actuar. Tenía que verlos. Tenía que saber qué ocurría en los rincones donde mi padre no miraba.
Me escapé por las escaleras traseras de la casona, esquivando la mirada de Rosa en la cocina, y me interné por el sendero alto que bordeaba la maleza silvestre, siguiendo los pasos que Jazmín había dado minutos antes hacia los linderos del río. El calor del verano era sofocante, y el sudor comenzaba a empapar el corpiño de mi vestido de seda ligera, pero la rabia y los celos me daban la fuerza de una demente para continuar mi camino.
Llegué al recodo del río y me oculté detrás de un matorral denso de caña brava, conteniendo la respiración. Lo que vi a través de las hojas me desgarró el orgullo y me encendió la sangre en una mezcla violenta de dolor y una retorcida excitación sexual.
Jazmín estaba emergiendo del agua cristalina completamente desnuda. La luz del sol filtrada por los sauces goteaba por sus curvas perfectas, sus pechos firmes y desafiantes, y sus muslos de bronce pulido. Era una visión provocativa y hermosa. Y a pocos pasos, Baltasar la observaba, con los músculos tensos, respirando como un toro enfurecido, con su virilidad presionando salvajemente el pantalón rústico de tela.
Vi cómo se acercaba a ella con rapidez felina. Vi cómo sus manos grandes, toscas y callosas la tomaban de las caderas desnudas de Jazmín, hundiéndose en su carne con una fuerza posesiva que me hizo soltar un jadeo ahogado que tuve que tapar con mi propia mano. El choque de sus cuerpos fue inmediato. Baltasar la acorraló contra el tronco de un sauce grande, y sus bocas se unieron en un beso apasionado, caliente, un intercambio intenso de lenguas que destilaba un deseo acumulado que me pareció mil veces más intenso que cualquiera de nuestros encuentros en su cama. Era ese tipo de deseo que mi cuerpo caliente anhelaba sentir con Baltasar, por eso me incomodaba que lo mostrara ante otra mujer. Lo peor era que era ante una simple esclava.
—Estás deliciosa, morena… estás latiendo para mí —escuche el murmullo ronco de Baltasar viajar a través del aire del río.
Mis ojos se abrieron de par en par, fijos en la escena. Vi la mano de Baltasar bajar para meterse entre las piernas de Jazmín, acariciando su sexo húmedo y desnudo, frotando con su pulgar calloso el clítoris de la esclava, provocando que ella arqueara la espalda contra el árbol y soltara gemidos ahogados de puro placer. Mi propia vagina comenzó a latir con fuerza en la oscuridad de mi escondite; me froté los muslos por encima de las telas del vestido, sintiéndome pervertida, humillada y extrañamente excitada al ver al hombre que consideraba mi propiedad secreta entregándose con tanta devoción a otra mujer. Quería estar en el lugar de Jazmín, quería sentir la brutalidad de los dedos de Baltasar rasgando mi piel, pero al mismo tiempo, el odio hacia ella crecía como un monstruo sediento de sangre. Era contradictorio, en ese momento en mi cuerpo se mezclaban tantas emociones que no podía controlarlas.
Jazmín se apartó de él con una lentitud coqueta, vistiéndose con una calma majestuosa antes de regresar por el sendero, dejando al semental jadeando, insatisfecho y completamente dominado por su juego de provocación.
Esperé a que ambos se alejaran para salir de mi escondite. Mis piernas temblaban, y mi respiración estaba agitada. Me miré las manos blancas y cuidadas, y luego miré el suelo de tierra donde sus cuerpos casi se habían dejado llevar por el deseo. La rivalidad femenina ya no era una sutil disputa de miradas en el patio de la lavandería; era una guerra a muerte. Jazmín estaba usando su belleza salvaje para arrebatarme el control de Baltasar, y si lo lograba, yo perdería lo único que me hacía sentir viva en esta maldita hacienda.
—No te vas a quedar con él, negra insolente —susurré en la penumbra de la tarde, y mi voz sonó rota por la inestabilidad de mis emociones—. Te voy a destruir antes de que vuelvas a tocarlo. Hice esa promesa ante el silencio del rio y estaba dispuesta a todo por cumplirla. Jazmín esa recién llegada iba a descubrir quién era la verdadera dueña de estas tierras y mi castigo le llegaría sin piedad. Solo era cuestión de tiempo que eso sucediera.
Regresé a la casona con la mente trabajando a mil revoluciones por minuto. Los celos obsesivos se transformaron en un plan frío y letal. Sabía perfectamente cómo funcionaba mi padre: Don Jorge odiaba perder dinero, pero odiaba aún más la insubordinación de sus esclavos. Si lograba sembrar la duda en él, si lograba que Sergio vigilara más de cerca los barracones, encontraría la oportunidad perfecta para atrapar a Jazmín en un error fatal. Esa misma noche, decidí dar un paso hacia lo que había planeado, mientras mi padre revisaba los libros de contabilidad del azúcar en el comedor, me acerqué a él con pasos lentos, luciendo mi mejor sonrisa de hija abnegada.
—Padre… he estado notando algo extraño en la lavandería —dije, modulando mi voz para que sonara inocente y preocupada—. La esclava nueva, la morena que llegó del sur, pasa demasiado tiempo merodeando cerca del granero viejo y de las chozas de los hombres. Me preocupa que esté sembrando malas ideas entre los cortadores. Tiene una mirada muy soberbia, padre… una mirada que no pertenece a una sierva. Temo que tenga ideas revolucionarias en su cabeza y logre influir en las ideas de nuestros esclavos y ser un dolor de cabeza más adelante.
Don Jorge levantó la vista de los papeles, y sus ojos ambiciosos se entrecerraron con desconfianza.
—¿Jazmín? Pagué un precio estándar por ella, Leticia, pero no toleraré que perturbe el orden del trapiche. Le diré a Sergio que duplique la vigilancia en el Lindero Este. Si esa negra da un solo paso en falso, conocerá la crueldad del látigo.
Sonreí para mis adentros, sintiendo una descarga de adrenalina y un alivio momentáneo. La trampa estaba armada. Solo era cuestión de tiempo para que Baltasar buscara saciar ese deseo que no pudo satisfacer con Jazmín en el río, y cuando lo hiciera, yo misma me encargaría de que el castigo borrara para siempre esa mirada de reina de la cara de mi enemiga. No iba a permitir que nadie me robara al semental de la hacienda, era mío y no estaba dispuesta a soltarlo fácilmente y menos ante una simple esclava recién llegada.
Comentarios
Publicar un comentario