Luna de caza: La segunda noche

 La mañana después de la primera noche llegó como un sueño eterno. Me desperté sola en mi tienda, el cuerpo dolorido y marcado por la reciente batalla llena de pasión, el recuerdo de esa noche aún tenía mi cuerpo sensible. Entre mis muslos sentía aún el eco de Kael, un palpitar constante y profundo, como si mi propia vagina se negara a olvidar cómo me había sido poseída. Tenía marcas de dientes en el hombro, no lo suficiente para romper la piel, pero sí para que se vieran claramente y un moretón suave en la cadera donde sus dedos se habían clavado con fuerza posesiva.

Era una locura lo que había pasado la noche anterior, pero por algo que no podía explicar deseaba repetirlo, deseaba volver a encontrarme con ese alfa, volver a sentir el calor de su piel. Sus caricias, su calor, ese aire dominante que me enloqueció, esos sentimientos se acumulaban en mi cuerpo y me abrumaban de una manera que me estaba enloqueciendo lentamente. Todos esos pensamientos me sorprendían, no me consideraba una mujer que siempre pensara en sexo, pero Kael había despertado esas ganas de mujer que consideraba dormidas.

Intenté trabajar para distraer mi mente en diversas tareas. Recogí muestras, revisé las cámaras trampa, anoté comportamientos de la manada en mi cuaderno… pero todo era inútil. Mi mente volvía una y otra vez a esos ojos dorados, a esa voz ronca llamándome “cachorra”, a la forma en que me había penetrado como si fuera su derecho de nacimiento. Cada vez que me movía, la humedad entre mis piernas se hacía más evidente. Estaba sensible, hinchada, desesperada.

Al atardecer, el bosque se volvió más silencioso de lo normal. Los pájaros callaron. Incluso el viento parecía contener la respiración. Sabía que vendría. Lo sentía en la sangre, sinceramente anhelaba volver a verlo y revivir esos momentos de pasión de la noche anterior. Cuando la luna llena volvió a ascender, enorme y plateada iluminando el oscuro bosque, en ese momento tuve la certeza que nuestro reencuentro estaba cerca. La puerta de mi tienda se abrió sin aviso. Kael entró agachado, ocupando todo el espacio. Esta vez no estaba completamente desnudo; llevaba unos pantalones oscuros de tela gruesa que colgaban bajos en sus caderas, pero su torso poderoso seguía expuesto, las cicatrices brillando bajo la luz que se filtraba. Su cuerpo me atraía de una manera tan física, tan animal y no sabia explicar porque reaccionaba de esa manera ante su presencia.

—Has estado mojada todo el día, ¿verdad? —gruñó, inhalando profundamente—. Puedo olerte desde el otro lado del bosque. Tu vagina llama a su alfa y simplemente no puedes negar ese deseo que sientes por mí.

Me puse de pie, las piernas temblando. Quería negarlo, mantener algo de dignidad, pero mi cuerpo me traicionaba. Mis pezones estaban duros contra la camiseta fina y sentía cómo la tela de mi panty se pegaba a mi piel empapada, mi cuerpo reaccionaba sin que pudiera hacer algo por evitarlo.

Kael no esperó permiso. Me tomó por la cintura, me levantó y me sacó de la tienda como si fuera una muñeca. Me llevó hasta el mismo claro de la noche anterior, pero esta vez había más preparaciones: un lecho más grande de pieles gruesas, antorchas bajas que emitían una luz cálida y aromática, y cadenas de plata antigua clavadas en dos árboles cercanos. Sin duda había preparado el lugar para poseerme nuevamente y ese pensamiento contribuía a aumentar ese deseo que estaba sintiendo por Kael.

—Esta noche no vas a escapar tan fácilmente —murmuró mientras me quitaba la chaqueta y la camiseta con movimientos precisos pero impacientes—. La luna está más fuerte. Mi instinto también.

Me dejó solo con los pantalones. Me empujó contra uno de los árboles y levantó mis brazos. Con rapidez sorprendente, aseguró mis muñecas con las cadenas de plata. Quedé de pie, estirada, el pecho desnudo expuesto al aire fresco de la noche. Mis pechos se sentían pesados, los pezones duros como piedras. Estaba a su merced, expuesta a sus deseos más oscuros.

Kael se arrodilló frente a mí. Me bajó los pantalones y el panty lentamente, dejándolos enredados en mis tobillos. Me abrió las piernas todo lo que las cadenas permitían y se quedó mirando mi vagina expuesta, brillante de excitación.

—Mírate… ya chorreando para mí antes de que te toque —gruñó con satisfacción salvaje.

Se inclinó y pasó su lengua ancha y caliente por toda mi vagina en una larga lamida. Gemí alto, tirando de las cadenas. Él no tuvo piedad. Me devoró con hambre animal: lamía, succionaba mi clítoris, metía la lengua dentro de mí y gruñía contra mi carne sensible. El sonido húmedo y obsceno llenaba el claro. Mis gemidos escaparon de mis labios mientras sentía como mi sexo era completamente devorado por ese deseo tan animal de ese alfa.

Cada vez que sentía que el orgasmo se acercaba, se apartaba y mordía el interior de mis muslos, dejando pequeñas marcas rojas. Luego volvía a atormentarme, era como un castigo placentero que me frustraba, pero al mismo tiempo elevaba mi placer y deseo a niveles que nunca había experimentado en mi vida.

—Kael… por favor… —supliqué, la voz rota—. Necesito correrme…

—Aún no —respondió con esa arrogancia animal—. Esta noche quiero que llores por mi pene.

Se levantó y se bajó los pantalones. Su pene saltó libre, aún más grande e hinchada que la noche anterior. La cabeza gruesa brillaba con las primeras gotas de su deseo y en la base se notaba un ligero nudo que empezaba a hincharse. Me miró a los ojos mientras se acariciaba lentamente.

—Esta noche vas a tomar todo de mí.

Se acercó y frotó la cabeza gruesa de su pene contra mi clítoris, arriba y abajo, torturándome. Empujó solo la punta dentro de mí y se quedó quieto, dejando que me retorciera.

—Suplícame —ordenó.

—Kael… alfa… por favor… penétrame… lléname… soy tuya…

Con un rugido gutural empujó hasta el fondo de un solo golpe. Grité. Estaba tan llena que dolía de placer. Empezó a penetrarme con embestidas profundas y poderosas, sus caderas golpeando contra las mías. Mis pechos rebotaban con cada movimiento. Kael bajó la cabeza y chupó uno de mis pezones con fuerza, mordiéndolo después. El dolor y el placer se mezclaron hasta que mi mente empezó a nublarse. Él me cambió de posición, me dio la vuelta, de cara al árbol, y me penetro desde atrás, más profundo, más salvaje. Una mano bajó hasta mi clítoris y lo frotó en círculos rápidos mientras su pene me destrozaba.

—Siento cómo tu vagina me aprieta —gruñó en mi oído—. Está hecha para mí. Para el alfa.

Estaba a punto de correrme cuando se detuvo de nuevo. Sollozaba de frustración.

—No… por favor… no pares…

Me soltó las muñecas, me llevó hasta las pieles y me puso a cuatro patas. Me montó como un animal. Sus embestidas eran brutales ahora, profundas, golpeando ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas. Sentía su miembro hinchándose, presionando contra mi entrada con cada embestida y lo disfrutaba, él había logrado llevarme a un estado donde cada penetración me tenía temblando de placer.

—Esta noche vas a sentir todo mi deseo —anunció con voz ronca—. Vas a quedarte atada a mí.

Empujó más fuerte. Su pene me presionaba, estirándome. Gemí alto, casi llorando de placer. Con un último empujón poderoso, su pene entró completamente. Mi vagina se cerró alrededor de él, atrapándolo dentro. Kael rugió y empezó a embestirme con movimientos cortos pero intensos, sentía su pene frotando todos mis puntos sensibles.

—Córrete —ordenó, mordiendo mi hombro con más fuerza—. Córrete, es una orden de tu alfa.

El orgasmo me destrozó. Grité su nombre mientras mi vagina convulsionaba violentamente alrededor de su pene, chorros de mi corrida empapando las pieles. Kael rugió y se corrió dentro de mí, chorros calientes y abundantes que me llenaron hasta desbordarme. Su pene palpitaba, manteniéndonos unidos mientras seguíamos corriéndonos.

Pasaron minutos. Kael nos giró con cuidado para que quedáramos de lado, su pecho contra mi espalda, su pene aun profundamente dentro de mí. Me acariciaba el vientre con una mano posesiva, la otra en mi pecho, pellizcando suavemente mi pezón. En esa posición me sentía que le pertenecía, que era parte de su manada y que nunca me iba a poder olvidar de él, ni aunque lo intentara con toda mi fuerza. Mi cuerpo había sido marcado como su propiedad y eso era algo que no podía evitar.

—Eres mía ahora, Elena —susurró contra mi nuca, lamiendo la marca de su mordida—. Mañana por la noche será la tercera y más poderosa. La luna exigirá que te reclame por completo… frente a la manada.

Me tensé.

—¿Frente a…?

—Shhh —me calmó, besando mi hombro—. Ellos solo observarán. Tú solo sentirás. Y cuando termine, no habrá duda de a quién perteneces.

Me quedé allí, unida a él, temblando, llena de su semen y de una extraña paz salvaje. El bosque parecía vibrar a nuestro alrededor. Mi mente científica intentaba resistirse, pero mi cuerpo ya había elegido.

Kael era el alfa.

Y yo estaba empezando a convertirme en su hembra.


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