Caña y sangre: El granero
El incremento de la vigilancia de Sergio causo que le añadiera más carbón al fuego que me quemaba por dentro. El aire de la plantación se había vuelto sofocante, cargado de una electricidad estática que anunciaba tormenta. Cada vez que me cruzaba con Jazmín en los pilones de la lavandería o cerca del trapiche, el cruce de nuestras miradas era como el choque de dos piedras de pedernal: saltaban chispas capaces de incendiar los cañaverales enteros. Ella mantenía esa postura de reina, esa barbilla levantada que volvía locos de rabia a los capataces, pero a mí me volvía loco de un deseo salvaje y desesperado. Su provocación en el río me había dejado con el miembro latiendo en una erección permanente y dolorosa; no pensaba en otra cosa que no fuera acorralarla donde nadie pudiera salvarnos de nuestro propio instinto.
La oportunidad llegó al anochecer del quinto día. Una densa neblina proveniente del río comenzó a lamer los linderos bajos, camuflando las chozas y los caminos de tierra. Sergio y los demás hombres de Don Jorge se habían retirado a la casona principal para celebrar las ganancias de la última molienda, embriagándose con ron barato y descuidando sus puestos para celebrar.
Vi a Jazmín caminar con paso pausado hacia el granero viejo, cargando un fardo de linos limpios que debía almacenar antes de que la humedad de la noche los arruinara. No me lo pensé dos veces. Me deslicé entre las sombras del cañaveral, con el torso desnudo y el pulso acelerado, siguiéndola como un depredador que sigue el rastro de su presa más valiosa.
Entré al granero justo después de ella, empujando la pesada puerta de madera con un quejido sutil que quedó ahogado por el viento de la noche. Pasé el cerrojo de hierro por dentro. La penumbra del almacén era casi total, interrumpida únicamente por los finos hilos de luz de luna que se colaban a través de las rendijas del techo, iluminando los restos de polvo que flotaban en el aire. El olor a cáñamo, madera vieja y melaza fermentada convertía el ambiente en un escenario pervertido y clandestino.
Al fondo, junto a las enormes carretas desmontadas y los sacos de grano, Jazmín se giró despacio. Dejó caer el fardo de linos sobre el suelo de tierra sin apartar sus ojos negros de los míos. No había sorpresa en sus facciones delgadas; su mente analítica ya había previsto que el semental de la hacienda mordería el anzuelo de su provocación.
—Has tardado en venir, Baltasar —susurró, y su voz resonó en la madera del granero como una melodía lasciva—. Creí que el semental de Don Jorge era más rápido cuando se trataba de reclamar lo que desea.
—No juegues conmigo, morena —respondí con una voz ronca, una vibración profunda que delataba la furia de mi deseo reprimido.
Disminuí la distancia entre los dos con la rapidez felina de un cimarrón. Mis hombros marcados bloquearon cualquier vía de escape, acorralándola contra uno de los pilares gruesos de caoba que sostenían la estructura. Pude sentir la sensación de calor que emanaba de su piel morena, un aroma salvaje a jazmines y sudor limpio que me nubló el juicio por completo.
Mis manos grandes, toscas y llenas de callosidades por el uso del machete, se colocaron directamente sobre su cintura delgada. La tela fina de su vestido cedió bajo la presión de mis dedos, que se hundieron con una fuerza posesiva en la carne firme de sus caderas. Jazmín soltó un jadeo ahogado, pero en lugar de acobardarse, empezó a actuar, enredó sus manos de dedos delgados en mi cabello oscuro, obligándome a mirarla de frente. Su soberbia seguía intacta, incluso en medio de la penumbra y el peligro no bajaba la mirada en ningún momento.
—Demuéstrame de lo que estás hecho, Baltasar —me desafió, entrecerrando los ojos con una sensualidad impropia de una esclava—. No me toques como si fuera una de las esclavas sumisas de tus barracones. Muéstrame el fuego que guardas para los amos.
El choque de su cuerpo contra el mío fue como una descarga abrasadora. Mi miembro, completamente erecto, duro e imponente, presionó con violencia a través de la tela de mi pantalón rústico directamente contra su pubis. Sentí la respuesta inmediata de su cuerpo: su sexo estaba ardiendo de deseo, latiendo con fuerza, empapada por sus propios jugos anticipando esa entrega de placer que estaba a punto de suceder. Deseaba poseerla en ese mismo lugar.
No aguanté más. Bajé la cabeza y atrapé su boca con un beso salvaje, crudo, hambriento. Fue una batalla implacable de lenguas; invadí su boca con un deseo intenso que me arrancó un gemido ronco desde lo más profundo del pecho. Jazmín respondió con la misma brutalidad, mordiéndome sutilmente el labio inferior, saboreando mi sangre mezclada con nuestro fluido, entregándose a la crudeza de una química brutal que nos consumía a ambos. De un deseo que deseaba ser saciando sin importar las consecuencias.
Con un movimiento brusco y deliberado, metí las manos por debajo de las faldas de su vestido, desgarrando los hilos de algodón gastado que cubrían sus muslos. Mis dedos callosos ascendieron por su suave piel húmeda hasta encontrar el triángulo de su vello púbico. Estaba completamente mojada, caliente. Introduje dos de mis dedos en su sexo, descubriendo la estrechez de su vagina que se contrajo alrededor de mi tacto. Comencé a frotar su clítoris con el pulgar con un ritmo violento y experto, provocando que su espalda se arqueara de forma pronunciada contra la madera del pilar. Jazmín echó la cabeza hacia atrás, con los ojos nublados por el éxtasis de mis caricias, soltando gemidos fuertes que intentaba ahogar contra mi cuello musculoso.
—¡Baltasar… ah… tómame ahora! —me suplicó en un susurro roto, perdiendo por primera vez esa calma fría que tanto la caracterizaba.
Me desabroché el pantalón de tela con manos temblorosas por la agitación, liberando mi miembro que latía con fuerza, completamente congestionado por el deseo acumulado. Tomé a Jazmín por los muslos firmes que poseía y la levanté en el aire de un solo tirón, obligándola a enredar sus piernas alrededor de mi fuerte cintura. Su sexo desnudo quedó expuesto, latiendo y brotando humedad directamente sobre la punta de mi pene.
Me acomodé y la penetré de un solo golpe seco, violento, enterrando todo mi largo en su interior.
El impacto nos hizo soltar un gemido unísono que retumbó en las paredes del granero. La estrechez de su intimidad me apretó con tanta fuerza que por un segundo creí que perdería el control allí mismo; era un vacío ardiente que me succionaba el alma. Empecé a embestirla con un ímpetu salvaje, indomable, usándola como el semental que era, pero con una conexión emocional que jamás había experimentado con ninguna otra mujer. No deseaba solo penetrarla, quería poseer su alma. Sostener su cuerpo en el aire mientras mis músculos se contraían por el esfuerzo me hacía sentir el dueño del mundo. Jazmín se aferraba a mis hombros marcados, clavándome las uñas en la espalda, subiendo y bajando con un ritmo frenético, respondiendo a cada una de mis embestidas profundas con una lascivia pervertida y perfecta.
Nos convertimos en un torbellino de fluidos, sudor y respiraciones jadeantes en medio de la penumbra del almacén. El roce continuo de nuestros sexos creaba un sonido húmedo y obsceno que alimentaba el fuego de la estancia. La poseía con la crudeza de quien reclama una propiedad robada, descargando en su cuerpo moreno todo el rencor de mi cautiverio, pero también entregándole mi deseo con una devoción absoluta. Jazmín no se rompía; al contrario, su vientre plano chocaba contra el mío con una fuerza que me incitaba a ser más rudo, más implacable. Su mirada oscura, brillaba en la oscuridad, sostenía la mía en medio del clímax placentero que disfrutábamos, demostrándome que incluso siendo penetrada con brutalidad, su cerebro seguía disputándome el control del juego. Fue la primera vez en mi vida que perdí por completo el dominio de mis emociones; ya no era solo placer físico, era una obsesión maldita que me encadenaba a su piel para siempre.
El clímax nos alcanzó como una explosión de pólvora. Jazmín sufrió un espasmo violento, contrayendo las paredes de su sexo alrededor de mi miembro en una serie de oleadas ardientes que la hicieron gritar mi nombre con desesperación, derramando sus jugos en abundancia sobre mis muslos. Incapaz de contener la marea, hundí mi miembro hasta el fondo de su matriz y expulsé mi semen caliente con una fuerza torrencial, vaciándome por completo en su interior con un gemido ronco que resonó en el techo del granero.
Nos quedamos así durante varios minutos, suspendidos en el aire, con los cuerpos temblando por el esfuerzo físico y los corazones latiendo acelerados en el pecho. La bajé despacio, permitiendo que sus pies descalzos tocaran el suelo de tierra, aunque sus piernas eran como gelatina y tuvo que apoyarse en mi pecho musculoso para no caer.
La conexión salvaje que acababa de sellarse entre nosotros era innegable. Pero mientras recuperaba el aliento, mirándola arreglarse los lazos de su vestido con una calma majestuosa que regresaba a sus facciones, una sutil alarma se encendió en mi cabeza. Jazmín era peligrosa. Muy peligrosa. Su capacidad para entregarse al deseo más intenso sin perder esa mirada analítica y calculadora me demostró que no era una mujer común. Ella usaba el sexo como una herramienta, una forma de grabarse en mis entrañas para dominar al semental de la hacienda. Eso estaba pensando que en este juego ella había colocado la pieza para dominarme en el tablero
Nos estábamos acomodando las ropas cuando un sonido sutil, un crujido de paja seca proveniente de la parte alta del granero, rompió el silencio de la noche.
Me puse en tensión de inmediato, con los músculos rígidos y la mano derecha buscando instintivamente el mango del machete que había dejado en la entrada. Jazmín entrecerró los ojos, clavando la vista en las escaleras de madera que conducían al desván de los fardos viejos.
De la penumbra del piso alto, una silueta delgada comenzó a descender con pasos erráticos. Era Leticia.
La hija de Don Jorge salió a la luz de la luna que se colaba por la ventana. Tenía el rostro desencajado, pálido por una mezcla violenta de celos obsesivos, humillación y una rabia demente. Llevaba las manos entrelazadas sobre su corpiño, y sus ojos claros, inyectados en sangre, temblaban por la inestabilidad de sus emociones. Nos había estado espiando desde la oscuridad del desván; había presenciado cada una de nuestras embestidas, había escuchado los gemidos lascivos de Jazmín y había visto al semental que consideraba su propiedad secreta entregarse con una devoción brutal a la esclava nueva.
—Así que era verdad… —su voz sonó como un murmullo roto, un susurro neurótico que cortó el aire del granero—. Te estás revolcando con esta negra sucia en las propiedades de mi padre, Baltasar. Te entregas a ella en el barro mientras a mí me tratas como si fuera una obligación.
Jazmín no se movió, ni intentó cubrir su cuerpo semidesnudo. Se enderezó, alzó la barbilla y miró a la heredera aristócrata con una soberbia e indiferencia que terminó de desatar la locura de Leticia.
—Leticia, regresa a la casona —le advertí con un tono ronco, amenazante, dando un paso al frente para proteger a Jazmín—. Este no es tu lugar.
—¡Cállate, esclavo insolente! —gritó Leticia, perdiendo por completo los modales de alta cuna, con las lágrimas de pura envidia corriéndole por las mejillas—. Se acabó el juego para los dos. Mi padre sabrá de esto antes de que amanezca. Sergio te romperá la espalda a latigazos, Baltasar, y a esta morena… a esta maldita morena la venderemos al peor mercado del sur por el precio de una res muerta. Van a pagar por haberme humillado de esta manera. Ustedes sabrán quien es Leticia y que nadie se burla de mi sin pagar las consecuencias.
Leticia se dio la vuelta con un movimiento histérico y corrió hacia la salida secundaria del granero, desapareciendo en la neblina de la noche. Me quedé helado, comprendiendo que el juego de la plantación acababa de salirse de control. Miré a Jazmín, esperando encontrar rastro de pánico en su rostro, pero su mirada seguía fija en la puerta, analizando la situación con una frialdad que me erizó la piel. El destino de ambos estaba sellado, y la tormenta que Leticia acababa de desatar iba a cambiar el rumbo de nuestras vidas para siempre.
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