Propiedad de Thorne: La primera noche (Nueva versión)

 Decidi reescribir Propiedad de Thorne, espero les guste esta versión 

Mi destino estaba sellado, por una deuda había terminado siendo la propiedad de Thorne, de Julian Thorne, él no había dudado ni un segundo en cobrar esa deuda y que mi cuerpo fuera su paga, por eso mi llegada a esa mansión fue en un abrir y cerrar los ojos. Ese hombre no admitía un no por respuesta y mi padre buscaba una manera de solucionar ese enredo que por apuestas se había buscado. No tuve tiempo de opinar, ni decidir, pero en el fondo no me desagrada esta nueva vida, ese hombre tenía una oscuridad de la cual me sentía tan atraída desde que lo conocí, aunque nunca había sido mi intención confesar ese detalle.

 La primera noche en la mansión Thorne fue una lección brutal sobre la pérdida absoluta de control. Julian me condujo a través de pasillos interminables donde la oscuridad parecía tener vida propia, era como si sintiera una presencia respirando contra mi nuca. Cada paso resonaba en el mármol frío y el aire estaba cargado de madera antigua, cera de vela y ese olor suyo: whisky añejo, cuero y algo más oscuro, más animal, un olor que me despertaba un deseo físico desconocido hacia ese hombre. Él me llevó hasta una habitación suspendida en el tiempo. Solo una silla de terciopelo carmesí en el centro, iluminada por un rayo plateado de luna que entraba por el ventanal alto como un foco sobre un escenario de depravación.

—Siéntate —ordenó.

Su voz grave no admitía réplica. Mis rodillas cedieron antes de que mi orgullo pudiera protestar. Al hundirme en el terciopelo suave, sentí el roce sedoso de las cintas de seda negra que él sacó del bolsillo. Con movimientos precisos, casi rituales, me sujetó las muñecas a los reposabrazos de esa silla. La seda no apretaba, pero me hacía sentir sujeta a la silla. Como si moverme fuera romper una orden, desde ese momento, mi cuerpo ya no me pertenecía. Julian rodeó la silla como un lobo que estudia su presa. Su presencia era física, asfixiante. El calor de su cuerpo, el susurro de su camisa negra de lino, el aroma a poder que emanaba de él… todo me hacía apretar los muslos. Como si mi cuerpo reaccionara de forma física a esa aura tan dominante que percibía.

—En esta casa, Elena, el silencio es respeto —murmuró, deteniéndose frente a mí—. Y yo exijo respeto absoluto.

Abrió un estuche de madera oscura. El clic sonó como cuando un reloj comienza a andar y ya no se puede regresar al pasado. ÉL sacó una pluma larga, de punta afilada y barbas suaves. Empezó a recorrer mi rostro. El toque era tan leve que dolía. La punta rozó mi sien, bajó por mi mandíbula y se detuvo en la comisura de mis labios. Mi respiración se volvió agitada. Sentía los pezones duros, presionando dolorosamente contra la tela fina de mi vestido. Entre mis piernas, mi vagina ya latía, empapándose lentamente sin poder controlar la forma en que reaccionaba.

—Cierra los ojos —susurró contra mi oído, su aliento caliente quemándome la piel.

Obedecí. La oscuridad lo amplificó todo. Mis sentidos aumentaron ante esa oscuridad. La pluma descendió por mi cuello, rozando el pulso acelerado de mi garganta, y siguió bajando por mi clavícula. Cuando llegó al borde de mi escote, mis pechos se hincharon, los pezones estaban tan sensibles que casi grité. La pluma bajó más, trazando el valle entre mis pechos, rozando apenas las aureolas endurecidas. Un gemido roto escapó de mi garganta. No podía controlar mi cuerpo

Julian rio suavemente, un sonido oscuro y de satisfacción, al darse cuenta que reaccionaba a sus caricias.

—Tan puta y apenas estamos comenzando … —murmuró—. Tu vagina está chorreando y ni siquiera te he tocado de verdad.

La pluma siguió bajando, por mi vientre, por el borde de mis caderas, y se deslizó por la cara interna de mis muslos. Mis piernas temblaban. Abrí los muslos instintivamente, ofreciéndome. La pluma rozó el encaje húmedo de mi panty y presionó justo sobre mi clítoris hinchado. El placer fue tan intenso que arqueé la espalda, tirando de las cintas de seda.

—Por favor… —supliqué, con mi voz quebrada.

—¿Por favor qué, Elena? —preguntó, presionando más fuerte con la pluma, moviéndola en círculos lentos y crueles sobre mi clítoris empapado y tan sensible que las descargas eléctricas recorrían mi cuerpo.

—Por favor… tócame. Méteme los dedos. Déjame correrme.

Él soltó una risa controlada y oscura. Dejó la pluma a un lado y, por fin, usó sus dedos. Dos yemas gruesas separaron el encaje empapado de mi ropa interior y se hundieron en mi vagina de un solo golpe. Estaba tan mojada que entraron sin resistencia, hasta el fondo. Gemí fuerte, un sonido obsceno que rebotó en las paredes. Julian los curvó, frotando ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas, que lograba que mi cuerpo se arqueara con cada penetración de sus gruesos dedos.

—Tan apretada… tan caliente… —gruñó—. Tu vagina está tragándose mis dedos como si llevara meses sin ser penetrada.

Empezó a penetrarme con los dedos, lento pero profundo, mientras su pulgar presionaba mi clítoris hinchado en círculos perfectos. Mis caderas se movían solas, cogiéndome su mano, mis pechos subiendo y bajando con cada jadeo. El sonido húmedo y obsceno de mi vagina empapada llenaba la habitación. Estaba a punto, tan cerca…

Julian sacó los dedos de golpe.

—No —dijo fríamente—. Todavía no tienes permiso.

Sollocé de frustración. Mi vagina palpitaba al no sentir sus dedos dentro de ella, mis ganas chorreaban por mis muslos. Julian se puso frente a mí, me miró a los ojos y se llevó los dedos brillantes a la boca, lamiéndolos lentamente, saboreando mis jugos.

—Deliciosa —susurró—. Pero el placer es un privilegio que yo otorgo y se hará lo que se me antoje.

Se inclinó y, por fin, me besó. No fue un beso suave. Fue brutal, posesivo. Su lengua invadió mi boca mientras sus manos agarraban mis pechos con fuerza, pellizcando los pezones duros hasta que grité dentro de su boca. Luego bajó la cabeza y chupó un pezón por encima de la tela, mordiéndolo. El dolor y el placer se mezclaron hasta que mi vagina se contrajo con espasmos vacíos.

—Mírame —ordenó cuando se apartó.

Sus ojos estaban negros de deseo y control. Bajó la mano otra vez, metiendo tres dedos esta vez, penetrándome más fuerte, más rápido. Su pulgar castigaba mi clítoris sin piedad. Mi cuerpo se estremeció ante esa caricia tan intensa, logrando arquear mi espalda a medida que seguía torturando mi sexo con sus dedos.

—Quiero que te corras en mi mano, Elena. Ahora. Muéstrame lo puta que eres para mí.

El orgasmo me atravesó como un rayo. Grité su nombre, mi vagina apretó sus dedos con fuerza, chorros de mi venida empapándole la mano y goteando sobre el terciopelo carmesí. Temblé entera, tirando de las cintas, mis pechos agitándose, y mi boca abierta en un gemido interminable.

Julian no sacó los dedos hasta que el último espasmo pasó. Luego los retiró lentamente, brillantes y cubiertos de mi deseo. Me miró mientras se los limpiaba en mis propios labios, obligándome a probar mi propio sabor.

—Buena chica —murmuró con esa sonrisa cruel y satisfecha—. Pero esto solo fue el aperitivo.

Se apartó. Con deliberada lentitud aflojó las cintas de seda, pero no las soltó del todo. Me dejó allí, atada aún a la silla, con el vestido arrugado, mi panty empapado y la evidencia de mi gran venida en mis muslos, mi vagina todavía palpitando y goteando. Mi cuerpo ardía. Mi mente estaba hecha pedazos.

Julian se detuvo en la puerta, recortado contra la luz de la luna como un dios oscuro.

—Duerme así —ordenó—. Siente cómo tu vagina late por mí. Mañana empezaremos de verdad. Noche tras noche te voy a romper, Elena. Hasta que no puedas pensar en nada más que en mi pene, en mi boca, en mis manos. Hasta que me supliques que te penetre como la puta desesperada que ya eres.

 

Cerró la puerta. El cerrojo sonó como si estuviera frente a un tribunal y mi sentencia fuera sufrir por placer

Me quedé sola en la penumbra, temblando, atada, empapada de mi propia corrida. La frustración y el deseo eran un fuego vivo entre mis piernas. Cerré los ojos y, por primera vez, lo entendí todo.

Julian Thorne no quería solo mi obediencia. 

Quería mi devoción absoluta. 

Quería que me rompiera por completo hasta que solo pudiera respirar, suplicar y correrme para él. Quería ser el dueño absoluto de mi alma y mi cuerpo, de eso no tenia ninguna duda y esta primera noche fue la prueba de lo que me esperaba de aquí en adelante, ser la sumida de ese hombre tan dominante.

La mansión Thorne ya no era una prisión. 

Era mi altar. 

Y Julian era el dios cruel y hermoso que acababa de reclamar cada centímetro de mi cuerpo… y de mi alma.

Esa noche comprendí que mi caída apenas comenzaba. 

Y que, aunque mi mente gritara que huyera, mi sexo ya había decidido quedarse… y arder por él para siempre.

 

 

 

 

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