Caña y sangre:La emboscada del río

 El rumor de los tambores de la montaña descendía por las laderas con la persistencia de una marea nocturna, un sonido grave y vibrante que hacía estremecer las raíces mismas de los sauces llorones. Agachada junto a la corriente del río, observaba el reflejo de la luna difusa en el agua cristalina. La calma fría de mi cerebro trabajaba a mil revoluciones por minuto, calculando los tiempos del enemigo sobre el tablero de tierra y sangre que era ahora la provincia. A mi lado, Baltasar respiraba con dificultad, con el torso desnudo cubierto por los vendajes de lino tosco que apenas lograban contener la hemorragia de su lomo desgarrado; su contextura corpulenta, por primera vez, flaqueaba bajo el peso de la fiebre y el dolor físico que sentía debido a todos los azotes que había recibido, su resistencia estaba mermada, pero aún así intentaba mostrarse fuerte a mi lado.

El semental indomable de la hacienda era una pieza valiosa para la rebelión, el brazo armado que encendería los barracones bajos, pero su mente rústica seguía atrapada en el código del barro. Creía que mi regreso al calabozo había sido un acto de devoción carnal, una entrega romántica nacida de nuestras noches en el granero. Pobrecito. No alcanzaba a comprender que, para una loba analítica, el sexo y la lascivia eran solo herramientas de cambio, el cebo perfecto para desarmar a los amos y decodificar sus debilidades. Para mis objetivos tenia que utilizarlo, ese era mi objetivo, Baltasar en su mente pensaba que mi deseo me había dominado completamente.

Ajusté la daga de plata de Leticia en mi cintura, sintiendo el frío del metal contra mi piel morena, cuando el crujido seco de las ramas altas rompió la melodía del agua. La maleza brava se abrió de golpe, y el resplandor de las antorchas de resina inundó el oasis escondido, tiñendo las hojas de los sauces de un color anaranjado y violento. No eran los soldados coloniales de casacas rojas de Sebastián Montenegro. Era una partida de caza privada, hombres rústicos del sur armados con trabucos y machetes de molienda, liderados por un Sergio cuyos ojos inyectados en sangre delataban la urgencia de recuperar el control de las piezas de la hacienda. Y detrás de ellos, envuelta en una capa de montar que no lograba camuflar la inestabilidad emocional de sus movimientos, avanzaba Leticia. Esa estúpida mujer no me dejaba tranquila, estaba dispuesta a arriesgar su propia vida por humillarme, esa una enemiga impulsiva y peligrosa.

Su rostro pálido estaba desencajado, con las marcas moradas de mis grilletes aún dibujadas en la suavidad de su cuello fino. La neurosis demente y los celos obsesivos que la habían consumido en su habitación de adobe se habían transformado en una locura lúcida, una agitación letal que desafiaba el peligro de la noche. Había logrado escapar del calabozo donde la dejé encerrada, movilizando a los capataces de su padre para darnos caza antes de que la infantería del palacio presidencial reclamara el trofeo. Quería obtener venganza de su propia mano, de eso no me quedaba ni una sola duda,

—¡Allí están! —gritó Leticia, apuntando con un revólver de viaje hacia el lecho de piedras, con una firmeza obsesiva que delataba su madurez psicológica volcada hacia la destrucción—. ¡Los cimarrones del fango... la Primera Dama verde esmeralda y su semental de paja! Dispara, Sergio... no los dejes respirar.

Baltasar intentó ponerse en pie con una rapidez felina, empuñando el mosquete del soldado muerto, pero un disparo de trabuco impactó en el tronco del sauce principal, esparciendo una lluvia de astillas y pólvora que lo obligó a rodar sobre la arena mojada, soltando un rugido ronco de dolor. La superioridad numérica nos acorralaba contra el muro de piedra del río.

Me mantuve firme, con la barbilla alta y la mirada fría fija en la heredera, negándome a doblar mi espalda ante la inminencia del final. La seda de mi vestido, rasgada y sucia, dejaba al descubierto mis curvas morenas, y en medio de la emboscada, la tensión sexual y la rivalidad erótica que me unía a Leticia desde los días de la lavandería volvió a estallar con la fuerza de un rayo carnal. A Leticia le excitaba mi dominación tanto como me odiaba por ella; ver mi piel de bronce expuesta al fuego de sus antorchas le devolvía un latido caliente y pervertido a su intimidad mojada, una agitación que la hacía tiritar bajo el corpiño.

—Es tarde para juegos de faldas, Leticia —dije, y mi voz pausada y melódica cortó el bullicio de los capataces con una nitidez que los hizo vacilar—. El Gobernador viene detrás con el primer batallón. Si sus hombres me tocan, Sebastián colgará a Don Jorge de los arcos de su propia casona por interferir con una propiedad de la Corona. Baje el arma y vuelva a su jaula de oro antes de que el fuego de la molienda le queme el linaje por completo.

Leticia soltó una carcajada histérica, contenida, y dio un paso al frente, con el cañón del arma apuntando directo a mi pecho firme. Como si mis palabras fueran vacías, sin fundamento. Burlándose descaradamente de lo que acababa de decir.

—El Gobernador ya no tiene ojos para ti, morena... yo misma le enseñé las cartas que guardabas en tu palacio. Sabe que eres una traidora, una loba que usó sus sábanas de seda holandesa para financiar a los negros de la frontera. Esta noche tu cabeza no volverá al mármol de la capital... se quedará clavada en el Lindero Este para que los siervos recuerden quién dicta las leyes en el sur.

Fue en ese instante de máxima presión psicológica cuando el tablero dio un vuelco definitivo. El eco de los tambores de la montaña cesó de golpe, siendo sustituido por un clamor salvaje, un rugido unánime que descendió del Sendero Alto con la violencia de un alud de ceniza.

Los cimarrones de la frontera, armados con machetes y antorchas, cayeron sobre la retaguardia de los capataces como sombras de la noche profunda. La red invisible que yo había tejido en la biblioteca del palacio, usando los mapas y el oro de Sebastián, acababa de morder el anzuelo en el momento exacto.

El caos fue absoluto. El sonido húmedo del hierro chocando contra la carne, las maldiciones roncas de los hombres de Sergio y el estallido de la pólvora inundaron el oasis de una espesura erótica y violenta. Sergio cayó al suelo con el pecho partido por el machete de uno de los líderes cimarrones, mientras los capataces huían hacia los cañaverales, dejando las antorchas tiradas sobre la maleza brava, encendiendo la vegetación del río.

Leticia, paralizada completamente su cuerpo, debido a su propio pánico, vio cómo sus hombres eran masacrados en un parpadeo. Intentó disparar, pero me abalancé sobre ella con la rapidez felina de una loba analítica. Mis manos aprisionaron sus muñecas blancas, desviando el tiro hacia las nubes, y con un movimiento sofisticado pero implacable, la derribé sobre el lecho de piedras del río.

La fricción de su satén carmín contra mi piel morena y desnuda desató un chispazo de lascivia pervertida en medio de la arena húmeda; la acorralé colocándole las rodillas sobre sus muslos finos, hundiéndole los dedos en la carne de sus hombros mientras mi rostro se situaba a escasos centímetros del suyo. Leticia jadeaba de puro placer carnal y terror primario, sintiendo la firmeza de mis pechos rozar el corpiño roto de su vestido, con su intimidad empapada por la agitación de la sumisión inversa.

—Le dije que el mármol era el suelo perfecto para mis pies, Leticia... —le susurré al oído, rozando sus labios carmín con una lentitud coqueta antes de clavarle la mirada de mis ojos negros—. Pero el barro del sur siempre será el altar de su humillación.

Le arrebaté el revólver de los dedos y me puse en pie con una gracia majestuosa, dejándola tirada entre las piedras y el agua teñida de sangre, con el orgullo aristocrático destrozado para siempre.

Baltasar se incorporó a mi espalda, apoyándose en el hombro de uno de los cimarrones libres, mirándome con una mezcla de sumisión temerosa y un hambre carnal que el fuego de la batalla no había conseguido apagar. Los hombres de la montaña se cuadraron ante mí, reconociendo en la esclava de vestido esmeralda a la verdadera mente estratega que los guiaría hacia la capital.

Miré hacia el norte, hacia donde las luces del Palacio Presidencial aguardaban bajo el cielo oscuro de la madrugada. Sebastián Montenegro estaría puliendo su bastón de plata, preparándose para una guerra absoluta que creía poder ganar con sus leyes y sus casacas rojas. No entendía que la jaula de oro ya se había roto, y que la criatura que había comprado en el mercado del sur regresaba a reclamar su imperio, no como una sierva sumisa, sino como la dueña absoluta de la ceniza que devoraría su corona de mármol. La batalla estaba a punto de comenzar y esperaba salir victoriosa o con algún beneficio, sacrificaría a quien tendría que sacrificar para lograr mis objetivos.


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