Caña y sangre:El precio del trono

 Tomar la hacienda de Don Jorge fue un juego de niños, con su capataz principal Sergio muerto, los otros huyeron ante la agresividad de mis hombres. Don Jorge de rodillas suplico por su vida, las lagrimas resbalaron por sus mejillas, en una muestra de que ese hombre no tenia control de su cuerpo. Verlo suplicar ante la esclava, ante la negra que quiso humillar para cumplir los caprichos de su hija, fue una gran victoria. Baltasar no pudo contenerse, lo golpeo con fuerza para hacerlo caer de rodillas. Don Jorge suplico por su vida, por un perdón que no merecía salir de esos labios que solo le interesaba el dinero. Hice un gesto con mi cabeza y Baltasar ejecuto mi orden silenciosa sin ningún remordimiento, la vida de Don Jorge escapo de su cuerpo debido a ese esclavo que tenia como semental, esa bestia corpulenta se había convertido en el arma de mi venganza y ahora mi otro objetivo era mi próximo blanco: El gobernador Sebastián Montenegro.

El avance de los cimarrones hacia el norte había dejado una estela de incendios menores y guarniciones coloniales desiertas. Tres semanas después de la emboscada en el río, la capital provincial apareció ante nuestros ojos bajo un cielo encapotado que amenazaba con una tormenta de proporciones bíblicas. Las columnas de mármol blanco del Palacio Presidencial, que en mi primera mañana bajo la protección de Sebastián me habían parecido un Monumento a la eternidad, recortaban ahora el horizonte como lápidas dispuestas para el entierro de un orden moribundo. La tragedia se acercaba lentamente hacia nosotros y todo lo que nos rodeaba.

Baltasar caminaba a mi lado, con el mosquete oficial al hombro y los ojos oscuros fijos en la gran escalinata de la entrada principal. Sus heridas habían cerrado mal, dejando cordones de carne marcadas que le cruzaban el lomo como raíces de un árbol de fuego, pero su contextura corpulenta mantenía esa energía cruda e indomable de los cimarrones libres. Habíamos ganado las batallas del sur, quebrando los monopolios del azúcar y sumando a los barracones de Don Jorge a nuestra causa, pero yo sabía que la verdadera victoria no dependía de la fuerza bruta, sino de la última jugada en el tablero de la alta sociedad.

Las pesadas puertas de caoba del palacio cedieron sin resistencia; los sirvientes mulatos y los secretarios menores habían huido hacia los puertos, dejando los pasillos desiertos, donde el rítmico eco de mis zapatos de raso con hebillas de plata sustituía al viejo golpe del bastón de mando. Nos habían dejado el camino libre para avanzar directamente hacia mi objetivo.

Entramos en el gran salón de baile, el mismo espacio frio donde Sebastián me había anunciado como Primera Dama ante la aristocracia horrorizada. En el fondo, sentado detrás de su escritorio de caoba tallada que había mandado trasladar desde su despacho privado, nos esperaba el Gobernador.

Vestía su casaca oficial de gala, con los galones de oro limpios y relucientes, manteniendo una compostura aristocrática y pausada que desafiaba el despliegue de las armas cimarronas que rodeaban las galerías. No se inmutó al ver entrar al semental que había mandado a castigar en el poste; sus ojos grises, inflexibles y calculadores, se clavaron directamente en mi presencia, recorriendo las rasgaduras de mi vestido verde esmeralda con una lascivia refinada y una furia demente que el protocolo ya no lograba enmascarar.

—Ha vuelto a su jaula, Primera Dama —su voz suave moduló las palabras con una nitidez que cortó el aire del salón—. Aunque veo que ha cambiado la seda holandesa por la compañía del barro.

—El barro ha tomado sus aduanas, Sebastián —respondí, dando pasos lentos hacia el estrado, sosteniendo la barbilla alta con esa soberbia majestuosa que tanto le obsesionaba—. Las leyes de su metrópoli ya no tienen tinta para firmar más decretos reales. Su imperio de azúcar se ha consumido en la ceniza del sur.

Sebastián soltó una sonrisa sutil, una mueca de absoluto desprecio, y se puso en pie con una elegancia felina, apoyando sus dedos delgados sobre la madera noble de la mesa. La tensión sexual, esa fricción lasciva y pervertida que alimentaba nuestras noches en la biblioteca, volvió a encenderse en el espacio confinado del salón; a Sebastián le excitaba mi audacia de reina rebelde, y mi intimidad, estimulada por el juego del poder absoluto, comenzó a latir con un calor sordo, segregando fluidos que humedecían mis muslos de bronce bajo la seda sucia.

—El poder no pertenece a los que queman los campos, Jazmín... pertenece a los que saben gobernar la ruina —replicó el Gobernador, clavando su mirada de estratega en la mía—. Puede ordenar a sus negros que me disparen, pero los jueces y los terratenientes que quedan nunca obedecerán a una esclava del sur. Me necesita para mantener la corona, de la misma forma que yo necesito su mente superior para moldear esta provincia. Firmemos un nuevo contrato de propiedad... esta vez de igual a igual.

Baltasar dio un paso al frente, con los músculos de sus hombros tensos y el rostro inyectados en una rabia ciega, impaciente por terminar la ejecución pública del amo que le había destrozado la espalda. Sus ojos reflejaban un odio intenso por la persona que estaba en frente de su mirada rebelde, un movimiento en falso y ejecutaría al gobernador sin dudarlo.

—No escuches sus mentiras de blanco, morena —rugió el cimarrón, levantando el arma—. Este bastardo solo busca ganar tiempo para que la infantería del norte regrese a rescatarlo. Déjame volarle la cabeza de estatua.

Me detuve a escasos centímetros del escritorio de Sebastián, ignorando los gritos de Baltasar. Mi cerebro analítico procesó la propuesta del Gobernador con una madurez psicológica fría que me caracterizaba. Sebastián tenía razón en algo: una revolución levantada sobre el fuego y el machete terminaría devorada por el aislamiento económico y el caos administrativo; necesitaba sus estructuras, sus archivos fiscales y su firma legal para consolidar mi ascenso majestuoso hacia el trono provincial. Pero la sumisión inversa exigía una traición definitiva, un cabo suelto que borrara mi pasado en los cañaverales para siempre. Definitivamente sus palabras era una oferta que no podía rechazar sin analizarlo.

Miré a Baltasar de reojo, registrando su contextura corpulenta con una intensidad calculadora. El semental revolucionario había cumplido su función; me había dado la fuerza carnal para levantar los barracones, pero su presencia en la corte sería un recordatorio constante de mi origen humilde, una debilidad que Leticia o los jueces remanentes explotarían en el futuro. Para sentarme en el mármol de la capital, el barro tenía que morir.

—Tiene razón, Gobernador... el poder exige sacrificios sofisticados —susurré, y mi voz sonó como una melodía de sándalo y peligro en la penumbra del salón.

Con una rapidez felina que desarmó cualquier previsión, saqué la daga de plata de Leticia de mi cintura y me giré hacia Baltasar, hundiéndole la hoja directamente en el pecho, buscando el espacio entre sus costillas macizas con un golpe seco y certero.

El estallido del mosquete que Baltasar dejó caer al suelo de mármol retumbó en las bóvedas como un trueno de traición. Los ojos oscuros del semental se abrieron con una estupefacción total, una quiebra emocional que dolió más que el látigo de Sergio; me miró con una mezcla de amor herido y desprecio animal mientras la sangre brotaba en abundancia de su herida, tiñendo el lino de sus vendajes de un matiz purpúreo y espeso. Se desplomó sobre las piedras pulidas, soltando un gemido ronco que se apagó despacio conforme su vigor se disolvía en el suelo de la alta sociedad.

Sebastián Montenegro soltó un jadeo de pura admiración y lascivia carnal ante la frialdad de mi ejecución; ver a la Primera Dama destruir a su amante del barro para reclamar el trono de la capital fue el afrodisíaco definitivo para su orgullo aristocrático. Cruzó el espacio con sus pasos elegantes, rodeando mi cintura con sus manos suaves, libres de callosidades, para pegarme a su cuerpo con una urgencia que hizo que su virilidad, completamente erecta y dura bajo el pantalón de seda, se pegara directamente contra mi pubis húmedo.

—Eres perfecta... un monstruo imperial de pura ceniza, mi hermosa Jazmín —me susurró al oído, devorando mis labios carnosos con un beso lascivo y devoto, una posesión sofisticada donde nuestras sangres parecieron sellar el pacto definitivo del imperio.

Disfrutaba de su dominación elegante, sintiendo el roce de su casaca de gala contra mi piel morena, pero mientras su boca descendía por mi cuello y mis manos se aferraban a sus hombros, mis ojos negros permanecieron fijos en el horizonte del balcón de mármol. Al espectador le debe quedar una certeza absoluta en este punto de mi historia: la libertad y el poder absoluto tenían un precio que se pagaba con la quiebra del alma. Había obtenido las riquezas, el respeto, las tierras y la sumisión del Gobernador, pero al mirar el cuerpo exánime del semental rebelde en el suelo, supe que me había convertido en el mismo monstruo que me había comprado en el mercado del sur. La verdadera guerra por el control del imperio había terminado, dejándome sola en la cima de un trono levantado sobre la traición de mi propia sangre, custodiando una jaula de oro que ahora era enteramente mía.


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