Caña y sangre: Corona de espinas
La primera semana del nuevo orden en la provincia transcurrió bajo un cielo grisáceo que parecía aplastar los tejados de la capital. En los despachos del palacio, el tintineo de las tazas de porcelana importada y el raspar de las plumas de ganso sobre el papel sellado pretendían devolver la normalidad a una administración que aún olía a pólvora y caña quemada. Los decretos reales de liberación general para los barracones altos, aquellos que Jazmín me había arrancado como tributo por su lealtad, descansaban en el centro de mi mesa de caoba, validados por mi firma legal y el sello de cera roja de la gobernación.
Observaba el documento con una concentración clínica, manteniendo mi bastón de mando con empuñadura de plata apoyado contra la rodilla. Políticamente, la jugada era perfecta. Al liberar a la mano de obra del norte y pacificar a los cimarrones a través de la influencia de su nueva reina, había conjurado una guerra civil que habría destruido las finanzas de la Corona y mi propia cabeza ante la metrópoli. Había sacrificado los monopolios de Don Jorge y desterrado la inestabilidad emocional de Leticia al olvido de un convento, reconfigurando el tablero con una madurez analítica que los jueces de la capital terminaron por aplaudir con alivio. Era una solución rápida al revuelo que se había formado, calmar la situación era la prioridad y por eso esta era la solución más beneficiosa para nuestros intereses.
Sin embargo, el coste psicológico de aquella paz se cobraba en el silencio de mis noches. De eso no tenía ninguna duda.
Me puse en pie, vistiendo únicamente mi camisa de lino fino y un chaleco de seda oscura, prescindiendo de la pesada casaca de gala, y caminé hacia el ala norte del palacio. Mis pasos elegantes resonaban con una cadencia solitaria en el mármol pulido. Al entrar a los aposentos de la Primera Dama sin anunciar mi presencia, me detuve bajo el umbral, devorando la estampa que se presentaba ante mis ojos grises.
Jazmín estaba de pie junto al balcón de piedra caliza, contemplando el mar oscuro de la bahía. Vestía una bata de encaje negro que flotaba levemente con la brisa marina, dejando adivinar la opulencia morena de su piel limpia y la simetría exótica de sus curvas soberanas a través de la transparencia del tejido. El collar de perlas cultivadas brillaba en su cuello terso bajo la luz moribunda de la luna, pero su rostro de facciones delgadas mantenía una máscara de frialdad y soberbia que ni el triunfo absoluto lograba ablandar. Desde la noche en que atravesó el pecho de Baltasar con la daga de plata, una distancia fría, un vacío espeso se había instalado entre nosotros. Posiblemente al traicionar a su sangre su alma no la dejaba estar en paz, ese precio del poder la había alcanzado, aunque ella no lo admitiera completamente.
Se giró despacio al escuchar el golpe sutil de mi bastón, entrecerrando los ojos negros con esa audacia felina que me erizaba la piel. Sus ojos me miraron fijamente.
—Los secretarios dicen que las aduanas del sur han vuelto a registrar el tonelaje de azúcar, Excelencia —su voz pausada y melódica vibró en el aire caliente de la estancia—. Parece que su imperio vuelve a funcionar con la precisión de un reloj de Ginebra.
—El imperio funciona, Jazmín, porque tú y yo movemos los hilos de esta jaula de oro con la misma fijeza calculadora —respondí, acortando la distancia con pasos lentos, clavando mis ojos en los suyos—. Pero me pregunto si la reina blanca de la provincia no echa de menos el calor del fango, o si la mancha de mármol del gran salón todavía le pesa en los zapatos de raso.
Una sonrisa sutil, una muestra de absoluto desprecio y madurez analítica dibujó sus labios carmín.
—La sangre se limpia con el agua del palacio, Sebastián, pero el poder solo se conserva manteniendo la barbilla alta —replicó ella, dando un paso al frente, acortando el espacio hasta que el aroma a esencias de sándalo y el calor natural de su anatomía inundaron mis sentidos.
Aquella proximidad desató una tensión sexual inmediata, una lascivia refinada y pervertida que nuestra mutua traición no había hecho más que avivar. Mi virilidad, completamente erecta y dura bajo el pantalón de seda, presionaron con violencia contra su cuerpo, reclamando la dominación física que mi orgullo aristocrático exigía. Sentí la respuesta instantánea de su cuerpo: Jazmín estaba completamente dócil, hirviendo en una agitación carnal que respondía a mi poder con un deseo húmedo y abundante. La deseaba poseer y hacerla mía en este lugar, mi deseo había crecido sin control.
La atraje hacia mí con un tirón firme, sofisticado, enterrando mis dedos en el encaje negro de su bata. La besé con una voracidad contenida, devorando su boca con una posesión salvaje que ella devolvió mordiéndome sutilmente el labio inferior, enredando sus dedos delgados en mi cabello fino. La empujé de espaldas contra la mesa de caoba de su biblioteca privada, apartando los decretos reales y las crónicas coloniales con un movimiento brusco que hizo tintinear los candelabros de plata. La observe antes de actuar, ella era mi premio, la había comprado y ahora era completamente suya de cuerpo, pero su alma seguía siendo libre y de eso estaba muy seguro.
Le separo las piernas de par en par, exponiendo la suavidad de sus muslos morenos ante la luz trémula de las velas, y la penetré de un solo empujón, la embestí de forma profunda, limpia, enterrando toda mi longitud en su estrechez ardiente. Entrar en esa cueva ya familiar era una completa delicia, una experiencia que nunca me iba a cansar de probar, lo haría hasta que me quedara sin nada de energía o sin voluntad.
Un gemido ronco, unísono, cortó el silencio de la recámara. Nos movíamos en un compás salvaje y sofisticado, un juego de dominación elegante donde cada embestida profunda hacía crujir la madera noble, convirtiendo la estancia en un altar de lujuria prohibida y complicidad criminal. Disfrutaba ver su rostro soberano perder la disciplina bajo el influjo de mis penetraciones; ver sus ojos oscuros nublarse por el éxtasis carnal era la victoria más alta que mi orgullo podía reclamar, la confirmación de que, a pesar de su cerebro estratégico, su carne seguía siendo mi más preciada posesión. Ella era esa pieza de arte que no me importaba cuanta tenía que gastar para tenerla en mi poder.
El éxtasis nos alcanzó con la violencia de una marea alta. Jazmín sufrió un espasmo prolongado, contrayendo las paredes de su sexo en una serie de oleadas ardientes que la hicieron enterrar las uñas en mis hombros, soltando un grito lascivo que ahogó contra mi pecho. Incapaz de contener mi deseo, me hundí hasta el fondo de su vagina y derramé mi semen caliente en abundancia, vaciándome con un suspiro ronco que delató la quiebra de mi disciplina.
Nos quedamos unidos durante largos minutos, con las respiraciones entrecortadas y los cuerpos cubiertos de un sudor fino y fragante. La ayudé a incorporarse con una caballerosidad refinada, arreglándole la bata de encaje con mis propias manos. Jazmín recuperó su máscara de frialdad con una velocidad pasmosa, sentándose en el sillón de terciopelo mientras yo me abrochaba el pantalón y recogía mi bastón de la alfombra persa.
Caminé hacia el balcón, buscando el aire fresco de la madrugada para aclarar mi mente de estratega. Al mirar la línea del horizonte, donde el cielo empezaba a aclararse con un tono grisáceo, una sutil y gélida epifanía cruzó mi mente.
Había comprado a una esclava por tres mil piezas de oro para transformarla en una obra de arte, y en su lugar, había engendrado a una soberana absoluta que ahora compartía mi corona. Jazmín había decodificado cada uno de mis mecanismos de poder, destruyendo a su propia sangre en el suelo de mármol para asegurar su posición en el tablero. La jaula de oro seguía en pie, limpia y majestuosa, pero al mirar de reojo a la mujer de terciopelo negro que gobernaba a mi lado, supe que el precio de nuestra paz colonial había sido encadenarme para siempre a la voluntad felina de la criatura más peligrosa de la provincia. El imperio de ceniza era nuestro, y mientras los tambores lejanos se apagaban en la frontera, comprendí que la verdadera guerra no se libraba en los cañaverales, sino en el silencio eterno de este palacio donde ambos custodiábamos un trono levantado sobre la traición. No podía evitarme preguntarme si algún día ella decidiría alejarse o el poder era el aliciente suficiente para mantenerla a mi lado.
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