Caña y sangre: El despertar de un monstruo
El amanecer sobre los cañaverales del sur no trajo la luz de un nuevo día, sino la claridad de un cementerio humeante. Desde el porche de la casona principal, contemplaba las columnas de humo negro que todavía se alzaban hacia el cielo gris, devorando los restos del trapiche viejo y del granero nuevo. El olor a madera quemada, pólvora y melaza carbonizada flotaba en el aire matutino, pegándose a la garganta con la persistencia de una maldición. Sostenía mi bastón de mando con una rigidez impropia de mi rango; la empuñadura de plata, fría y labrada, era el único eje de simetría en medio del desastre colonial que amenazaba con sepultar mi carrera política. Todo esto se había convertido en un desastre.
A mi lado, Don Jorge temblaba de pies a cabeza, con el rostro pálido y las ropas cubiertas de ceniza. No lloraba por la pérdida de sus estructuras; lloraba por el pánico que le inspiraba la presencia del Gobernador de la provincia transformado en una estatua de hielo.
—Excelencia... yo no sé cómo pudo ocurrir —tartamudeó el terrateniente, frotándose las manos con desesperación—. La guardia estaba apostada, Sergio vigilaba... Es la negra, esa morena maldita tiene el demonio en las entrañas. Ha escapado, Excelencia. Y se ha llevado al semental. Ambos han escapado.
No me molesté en mirarlo. Mi atención estaba fija en el patio principal, específicamente en el poste de castigo donde las cuerdas cortadas colgaban como serpientes muertas. En el suelo, el charco de sangre del soldado colonial que custodiaba a Baltasar ya se había secado, volviéndose una costra oscura sobre la arena enlodada. El estratega clínico, el hombre que presumía de manejar la provincia como un tablero de ajedrez perfecto, acababa de ser burlado por segunda vez por la misma criatura que había comprado por tres mil piezas de oro auténtico. Esa morena era un verdadero demonio, pero en el fondo, de manera ironica me agradaba que fuera tan astuta y no estuviera dispuesta a rendirse.
—Su incompetencia es un insulto a la Corona, Don Jorge —sentencié, y mi voz sonó baja, suave, modulada con un desprecio tan absoluto que el terrateniente dio un paso atrás, como si el filo de mi hacha de plata lo hubiera rozado—. Dejó que una simple esclava desarmara a su hija, burlara a sus capataces y le arrebatara su pieza más valiosa bajo sus propias narices.
—¡Mi hija! —exclamó Don Jorge, recordando de golpe la realidad—. Leticia sigue encerrada en el calabozo bajo... Está delirando, Excelencia. El médico dice que la asfixia le ha trastornado el juicio. No para de gritar el nombre de Jazmín, jura que la morena volverá para prender fuego a la casona con todos nosotros dentro.
La mención de Leticia solo aumentó la hiel amarga que me inundaba el pecho. La inestabilidad emocional y los celos obsesivos de esa muchacha provinciana habían sido el detonante de la catástrofe. En su afán neurótico por destruir a la Primera Dama, había provocado el incendio que desató el caos, abriendo la fisura perfecta que la mente analítica de Jazmín necesitaba para recuperar el control de la partida. Leticia creyó que tendía una trampa irreversible, pero su necedad solo había servido para recordarme que el fango siempre encuentra una salida cuando el amo baja la guardia.
Me giré hacia el jefe de la escolta presidencial, que permanecía firme con su casaca de gala limpia, un contraste insultante en medio de la suciedad de la hacienda.
—Ordene el despliegue inmediato del primer batallón de infantería ligera —ordené, golpeando el bastón de plata contra el suelo pulido del porche—. Bloqueen los linderos altos, cierren los pasos del río y registren cada choza de adobe en tres leguas a la redonda. Quiero a Jazmín y a Baltasar vivos. El semental pagará su insubordinación con el patíbulo público, pero a ella... a ella la quiero intacta. Su castigo no pertenecerá al látigo vulgar de Sergio; pertenecerá al mármol de mi palacio.
El capitán saludó con un golpe de botas y se retiró a paso marcial, rompiendo el silencio de la mañana con los gritos de mando que movilizaban a los soldados de casacas rojas.
Caminé hacia el despacho temporal que Don Jorge me había cedido en la casona, buscando aislarme del bullicio de la reconstrucción. Al entrar, la luz del sol se filtraba entre las cortinas pesadas, iluminando los papeles de la auditoría fiscal que yacían sobre la mesa de caoba. Me despojé de la casaca, quedando en mangas de camisa de lino fino, y me senté frente al escritorio, apoyando la cabeza entre las manos.
Mi pulso, usualmente calmado, latía con una agitación febril que me nubló el juicio. El deseo sexual, la lascivia refinada que Jazmín había despertado en mis entrañas durante nuestras noches en la biblioteca, se había transformado en una obsesión pervertida y peligrosa. No podía borrar de mi mente la imagen de su cuerpo moreno saliendo del almacén, con el vestido verde esmeralda rasgado, revelando sus pechos firmes y turgentes cubiertos por el sudor del sexo clandestino con Baltasar. Saber que esa piel morena que yo había cubierto de seda holandesa y perlas cultivadas se había entregado con tanta devoción y lascivia al semental de la propiedad me desgarraba el orgullo, encendiendo en mi entrepierna un latido caliente, doloroso y urgente. Unas extrañas sensaciones en mi cuerpo que no podía explicar.
Mi virilidad, erecta y dura bajo el pantalón de seda de gala, presionaba con violencia, exigiéndome una dominación física que lavara la afrenta política. Quería poseerla de nuevo, pero ya no con la caballerosidad refinada y pausada de un Gobernador; quería encerrarla en el calabozo más profundo, despojarla de toda soberbia y penetrarla con la crudeza salvaje de quien reclama una propiedad robada, obligando a su mente calculadora a doblarse ante el peso de mi autoridad legal. Jazmín me había inyectado una droga altamente adictiva: la necesidad de dominar a una mujer que se sabía superior a todas las damas de la corte.
—Creyó que el fuego la haría libre, Primera Dama... —susurré en la penumbra del despacho, acariciando la pluma de ganso con la que firmaría sus sentencias—. Pero solo ha conseguido que mi jaula de oro sea mil veces más estrecha.
La puerta se abrió sutilmente y mi secretario de finanzas entró con una carpeta de cuero bajo el brazo, interrumpiendo mis pensamientos lascivos. Su rostro reflejaba una madurez analítica que me devolvió de golpe al tablero político de la provincia.
—Excelencia... los informes de los espías que Leticia pagó en la capital han llegado —dijo, depositando los papeles sobre la caoba con un respeto reverencial—. No solo vigilaban a la Señora Jazmín en el palacio. Encontraron correspondencia oculta entre las pertenencias de la consorte antes de su viaje al sur.
Fruncí el ceño, extendiendo la mano para arrebatarle los documentos. Al desplegar los pliegos de papel fino, la caligrafía elegante y fluida de Jazmín se reveló ante mis ojos grises, y con cada línea que leía, el frío letal de mi espina dorsal se transformó en una furia demente y contenida.
Jazmín no se había limitado a devorar las crónicas de la conquista en mi biblioteca privada por puro capricho intelectual. Había utilizado su estatus de Primera Dama para acceder a los archivos secretos de la gobernación, registrando los nombres de los contrabandistas de tabaco, los desvíos fiscales de los terratenientes y, lo peor de todo, los contactos de los líderes cimarrones que controlaban las montañas del norte. La loba analítica había estado tejiendo una red de alianzas invisibles a mis espaldas, usando el oro que yo había pagado por ella para financiar un levantamiento revolucionario que pretendía quebrar el linaje de los blancos en toda la provincia.
Nuestra intimidad, sus gemidos lascivos sobre la mesa de caoba, sus miradas de fuego en la cama de seda... todo había sido una herramienta de distracción perfecta, un juego de provocación diseñado para adormecer los sentidos del Gobernador mientras ella decodificaba los mecanismos del poder colonial. Ella sabía que un hombre obsesionado es un hombre ciego, y yo me había deslizado directo hacia las redes de su voluntad felina, creyendo que moldeaba una obra de arte cuando en realidad estaba alimentando al monstruo que destruiría mi imperio.
—Es una reina... una reina de pura ceniza —murmuré, dejando caer los papeles sobre la mesa, sintiendo que la admiración y el odio se fundían en mi pecho en una mezcla erótica insoportable.
Me puse en pie, recogiendo mi bastón de mando, y caminé hacia la ventana que daba al Sendero Alto. El sol ya empezaba a calentar la tierra seca, y a lo lejos, el repiqueteo de los tambores de los barracones comenzaba a sonar con una cadencia sutil pero constante, una melodía de sándalo y peligro que el viento transportaba desde los linderos del río. Jazmín y Baltasar estaban allí fuera, ocultos en la maleza alta, uniendo la fuerza bruta del semental y el cerebro analítico de la Primera Dama para prenderle fuego a la caña de azúcar una vez más.
La partida ya no era una simple auditoría de producción o una disputa de faldas en una hacienda del sur; era una guerra de cimarrones por el control absoluto de la provincia. Leticia creyó que la destruía en el granero, y yo creí que la dominaba con mi firma legal, pero ambos habíamos sido meros peones en el ascenso majestuoso de la esclava que descubrió el sabor del poder absoluto. Miré el horizonte sin pestañear, forzando a mi mente a recuperar la disciplina implacable que me caracterizaba. La cacería había comenzado, y esta vez, ni todo el oro de la metrópoli ni las bayonetas de mi ejército serían suficientes si permitía que el fuego de sus ojos negros volviera a nublar el juicio de mi corona.
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